A tan solo unos días de que nuestros corazones monteros galopen a ritmo de locomotora a causa de la incertidumbre que provoca el no saber si va a romper a nuestro puesto ese enorme macareno de grandes navajas que se les ha quedado retrancado a los perros contra la peñoná que hay en el arroyuelo que delimita la umbría tupida de jaras, madroñas y chaparras de la solana, de ese lugar donde se oye esa nerviosa y escandalosa ladra que algunas veces precede al quejido de muerte de algún perro.
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