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<title>Club de Caza - El Rincn de Candiles</title>
<link>http://www.club-caza.com/</link>
<description>club-caza.com - El portal de la Caza con noticias, foros, chat y todo lo relacionado con la Caza</description>
<language>es-es</language>

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<pubDate>Tue, 31 Jan 2012 19:05:00 GMT</pubDate>
<title>Aún quedan románticos y lances que recordar</title>
<author>Felipe Choclan</author>
<link>http://www.club-caza.com/blog/candiles/postver.asp?p=48</link>
<description><div class="entradillacandiles">Hay algo que no quiero dejar de referir. Voy a contarlo y no se piensen que lo hago en broma.</div><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/048_1.jpg" alt="" width="626" height="455" class="bordefoto" /><br /><br />Una tarde de regreso con mi armada hacia la <em>Junta de los Escoriales</em>, observamos a un montero de edad subido en un borrico de los de la carne, que llegaba algo retrasado.<br /><br />De repente, un venado rompió por delante de nosotros, moviendo un polvorío de espanto de la carrera que llevaba y saltando desesperado entre los que allí nos encontrábamos. Nuestra sorpresa fue mayúscula, cuando uno de los compañeros empezó a dispararle por detrás de mí, sin reparar en aquella persona que asomaba la calva entre las jaras.<br /><br />Yo me atreví a levantar la vista y empecé a gritarle, al tiempo que le vimos caer del borrico con los brazos abiertos.<br /><br />Llegamos corriendo a su vera, apartando ramas como podíamos, pensando que aquello sería una ruina.<br /><br />Por fortuna todo quedó en un susto difícil de olvidar, mientras que con una respiración jadeante, apoyado sobre el codo, nos miraba sobresaltado.<br /><br />Resulta que una de las balas hirió al pollino en el pecho y, al poner la mano encima y vérsela manchada de sangre,creyó que le habían dado y cayó desmayado en tierra.<br /><br />El caso me dejó tan atónito, que ni siquiera sonreí.<br /><br />Pasó un rato, hasta que por fin pudo reaccionar y rápido sacó el rifle de la funda para dispararle al canalla del tiroteo.<br /><br />—No haga eso, por favor —le dije, recogiéndole el arma de entre las manos—, ya se encargará la Guardia Civil de él.<br /><br />—¡Ese se va a enterar en cuanto lo agarre! ¡No sabe lo que le espera al hijo de…! ¡Me cago en…! ¡Mira que confundir al burro con un venado!<br /><br />—Ea, déjele ya —exclamé.<br /><br />—Maldita sea la estampa del mal nacido —voceaba fuerte.<br /><br />—Levántese y dé gracias a San Huberto, que no le ha ocurrido nada grave. Aunque el susto nadie se lo quita de encima.<br /><br />—De acuerdo —convino—, pero en la próxima montería que le vuelva a ver por la sierra, le meto el cargador en las tripas. Será hijo de perra. El mal rato qué me ha hecho pasar —prosiguió, contemplando al borrico sin poder disimular su tristeza, al verle encima del sendero sangrante.<br /><br />El otro, disimuladamente, se fue alejando muy deprisa mezclándose entre los coches allí aparcados.<br /><br />Era evidente que el novato no respetó la <em>Ley de la Montería</em>, que no autoriza a disparar a las reses, una vez acabado el ojeo y mucho peor de regreso en la Junta.<br /><br />Al incorporarse con firmeza a mi brazo, vimos al dueño del animal corriendo detrás del escopetero a más no poder, con un enorme cuchillo de remate en la mano y su voz resonaba fuerte por todo el portillo, envuelto en la neblina.<br /><br />—<em>¡Sooo…! ¡Sooo…! ¡Sooo…!</em><br /><br />Verdaderamente aquel hombre era un insensato más allá de toda razón.<br /><br />El buen arriero, después de la caminata que se había dado en el borrico durante toda la noche desde Andújar, para llegar a la finca de <em>Los Escoriales</em>, perdió el jornal por la muerte del animal.<br /><br />Para el pobre hombre, ya nada parecía tranquilo y normal, pues todo tenía un aíre perverso. El sólo hecho de cabalgar en otra bestia prestada, de regreso a su casa, suponía que aquella situación lo tuviese sumido en la tristeza y que le acompañarían otra noche las nubes y las estrellas. <br /><br />Se acercó a mí el guarda, esbozó una sonrisa y me dijo:<br /><br />—¿Autorizaría usted —como capitán de sierra— la recogida de algunas pesetas, dado el número de monteros que están entre nosotros y que son conocedores de lo que le ha ocurrido a ese hombre? <br /><br />—Considero, Rafael, una buena idea. Ahí van cien pesetas mías en tu sombrero para animar la colecta, y ojala podamos comprarle otra bestia de las que quedan amarradas en la tapia.<br /><br />—Pues vamos a intentarlo.<br /><br />Algunos miraban al guarda con gesto fruncido y las cejas arqueadas, cada vez que pasaba por delante con el sombrero extendido, pero algo daban…<br /><br />Al final se recogieron tres mil quinientas pesetas, dando cada uno lo que pudo, incluidos también los perreros, postores y algunos más.<br /><br />Me alegré ver al amo de aquel borriquillo, montando <em>un mulo</em>, en medio de la reata de bestias camino del atajo que acortaba distancia hasta Andújar.<br /><br />Era un hermoso atardecer, de esos que disfrutamos algunas veces en estos meses de montería en que regresamos empapados de solanillas del sotobosque, y las criaturas cesan su careo bajo los parpados sorprendidos de la noche de mucho respeto.<br /><br /><em>Filigrana</em>, que vio desde lo alto del portillo el jaleo que se armó en la Junta con lo del borrico, se movió despacio en el jaranzal que le ocultaba y dejó entrar en él al venado <em>Candiles</em>.<br /><br />Luego entorno los ojos para dormirse, en el instante en que escuchó de lejos éste fandanguillo, en la voz de uno de los muleros:<br /><br /><blockquote><em>Está latiendo en la umbría. <br />Seguro que es a un cochino<br />que se encamó al ser de día<br />junto al horcajo de un pino.</em></blockquote><br />San Huberto, te lo ruego, no permitas que todo lo que nos rodea, se convierta durante el resto de nuestras vidas en un enfrentamiento de las criaturas con la muerte, donde la emoción en flor despierta, arropa senderos bajo brisas, y la sierra, extrañamente tranquila, escucha la copla de un hombre por encima de todo lo demás.<br /><br />Imagino que la curiosidad de <em>Filigrana</em> era tal, que no hacía más que mirar entre las matas que le ocultaban, por si aquella voz viniese del cielo.</description>
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<pubDate>Mon, 09 Jan 2012 10:05:00 GMT</pubDate>
<title>Tienes que emocionarte, sin más remedio</title>
<author>Felipe Choclan</author>
<link>http://www.club-caza.com/blog/candiles/postver.asp?p=47</link>
<description><div class="entradillacandiles">A la memoria del perrero Antonio Tribaldo.</div><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/047_1.jpg" alt="" width="626" height="337" class="bordefoto" /><br /><br />En su careo, aquel recorrido era el preferido por <em>Candiles</em> muchos días. Pero aquella mañana una amenazadora idea le conmovía hasta lo más profundo de su ser. Empezó a aminorar la marcha y con pasos cada vez más lentos se dirigió al sopié, desde el que divisaría una parte importante de la mancha, como había venido haciendo cuando presentía alguna amenaza.<br /><br />El escudero <em>Filigrana</em>, se hallaba a su lado, con la mirada fija en el monte. Pero una rápida ojeada le había bastado para advertirle que algo no iba bien. Enseguida comprendió lo que ocurría. Descubrió a lo lejos a varios hombres que se adentraban sigilosamente por los carriles del sendero, encaramándose hasta la retranca.<br /><br />Estaba bastante claro. Se iba a dar La Montería.<br /><br />Los pensamientos de ellos fueron interrumpidos por la aparición de varias camionetas cerro abajo y otras aparcadas cerca de la linde del desmonte cargadas de perros.<br /><br /><em>Candiles</em>, disimulando su temor, se encontraba tenso y nervioso, porque presentía que su vida dependía ahora de su instinto en un empeño muy difícil por mantenerse alejado de la amenaza que se cernía alrededor de ellos.<br /><br />Una brisa muy suave, acariciaba las ramas de los chaparros en el silencio tan característico de la sierra y ello hacía que todos los olores alcanzasen la expresión tensa de sus caras. De este modo podían conocer los movimientos de aquella gente en el momento en que empezaran a rodearlos. Su esperanza consistía en que aún no habían subido hasta la cuerda y por allí sería más fácil la huida.<br /><br />Por una enmarañada senda, vieron acercarse a un joven con sus delanteras bien plantadas y el rifle terciado a la espalda, que se colocaba al resguardo de unos espesos enebros desde donde divisaría la media ladera del portillo y sería un buen tiradero. <br /><br />Semiofuscado por la situación, <em>Candiles</em> se dirigió a mí, haciendo una mueca de desagrado.<br /><br />—Mira, Felipe —dijo—, no cabe duda de que esto ya ha empezado. ¿Verdad?<br /><br />—Eso me temo —le respondí, dejando caer la pluma sobre la mesa.<br /><br />—Veo que la cosa está poniéndose fea —resopló fuerte— pensaba que no me meterías en este lío.<br /><br />Me miró con semblante triste.<br /><br />—Me gustaría poder ayudarte desde estas cuartillas.<br /><br />—Sí, pero ¿cómo? —me contestó con los ojos desorbitados—. Tú me sigues por donde yo careo desde mi nacimiento y ahora aquí estoy atrapado como una zorra.<br /><br />—Sí, y eso me preocupa, amigo. No te quedes ahí mirando y pido a la Virgen de la Cabeza, que no te ocurra nada.<br /><br />Le miré largo rato antes de esconderse en la penumbra de la risquera, después de una ascensión estrecha y sinuosa cubierta de espesas cortinas de jaras. Mas tarde escuché un intenso ruido de ramas entre los juagarzos y la carrera endiablada de las dos reses que el eco repetía por todo el portillo, sin poderlo remediar.<br /><br />Cinco rehalas corrían desesperadas, persiguiendo a un buen cochino que traían chanteado desde el barranco con un jaleo excitante. Se les podían ver saltando sobre las matas por delante de la morra donde se encontraban ocultos <em>Candiles</em> y <em>Filigrana</em>.<br /><br />Sonó un disparo. Un disparo que lo revolcó, yerto y pateando, donde el sobresalto se cita.<br /><br />Inmediatamente sobrevino el inevitable agarre, gruñendo como una fiera y lanzando perros por los aíres con sus afiladas navajas. Luego murió entre los mastines que le mordían desesperados.<br /><br />De pronto un podenco blanco avisó desde lo alto de unos peñones, y todos volvieron veloces latiendo de nuevo a lo que viniese, entre el repiqueteo de los rifles. Varias ciervas corrían enloquecidas, rompiendo monte con sus pechos y siendo sorprendidas por los perros que venían a su encuentro. Al verse atacadas, saltaron por encima de ellos, dejando desamparada a una cría que enseguida la agarraron entre lamentos que desgarraban los encinares.<br /><br />Tres monteros bajaron las armas cuando las orejonas cruzaron por delante de sus posturas. Después pudieron despistar a las rehalas, regresando a la llamada del caracol de los perreros para reunirse de nuevo. Desde el jaral donde permanecía oculto <em>Candiles</em>, miraba a todas partes procurando adivinar el viaje que llevaban las recovas y lanzar rápidamente a <em>Filigrana</em> por delante.<br /><br />Poco después, desde el fondo del barranco, ordenó una voz:<br /><br />—¡Oye Francisco! ¡Espérate ahí a que lleguen los otros perros del sopié!<br /><br />—¡Mire usted, señor guarda, las reses están arremolinadas en esas pedrizas y no hay quién sujete a mis punteros!<br /><br />—¡Pues tú aguanta ahí! ¡Ya te diré yo cuando tienes que entrar otra vez! —le respondió seriamente.<br /><br />—¡Así se hará! —y se sentó bajo un olivo silvestre, rodeado de buena parte de sus perrillos.<br /><br />En la armada de la traviesa aullaba un perro. No se entendía su parada como si latiese a perdido en la soledad de aquellos páramos verdinegros. De repente hubo frenazos y dos, siete, trece perros, se detuvieron allí, y en medio del círculo que ya se había formado, el cuerpo caído de un perrero permanecía recostado sobre un charco de sangre. Se puso de pie, miró una de las botas y observó que tenía rajada la pierna desde el tobillo hasta cerca de la rodilla. Un jabalí navajero, que llegó herido, lo revolcó sin compasión, y el perro que aullaba era el que avisó a los demás.<br /><br />Durante horas, sin saber que hacer, muchas criaturas se despeñaron y otras eran heridas por las balas a la misma hora…donde estaban antes… donde habían crecido… Se oía crujir de ramas mezcladas con una algarabía de voces espantando reses, aquí y allá. <br /><br /><em>Candiles</em>, tenía la impresión de haber oído pronunciar su nombre. Cuando ya se acercaban los primeros perros de presa, se volvió y mandó salir a <em>Filigrana</em>. Sintió la tentación de pedirle perdón, pero se reprimió.<br /><br />Con la rapidez que pudo, saltó las jaras alertando a aquellos malditos al golpear las piedras cada vez más fuerte con sus pezuñas. Daba saltos en el aire imprimiendo más intenso ruido, que excitaba cada vez más a los punteros, esquivándolos como mejor podía.<br /><br />Al poco tiempo, aquellos perros guiados por su olfato, divisaron una collera de venados mostrando sus hermosas cornamentas, sorteándolos con regates largos, lo que le permitió a <em>Filigrana</em> alcanzar la cuerda del monte y trasponer el portillo que se monteaba.<br /><br />Se paró después encima de una lastra que dominaba todas las trochas, y paseó despacio la mirada hacia el triste camino recorrido.<br /><br />Alguien acababa de disparar en los pícateles de enfrente. Se quedó mirando con un suspiro, y vio rodar por tierra a los dos ciervos, que antes perseguían los perros.<br /><br />Miró forzando los ojos hacia la orilla de un arroyo donde refrescó las heridas de sus patas, entre el paqueo de los rifles. Cuando terminó de beber, se irguió y acaricio su cuello sobre unas hojas de torvisco.<br /><br /><em>Candiles</em> venía a su encuentro, con ganas de consolarle cuando terminó el jaleo y los perreros recogían rehalas. <em>Filigrana</em>, al verle, empezó a dar saltos de alegría y se fueron alejando, carrileando postueros de mucha querencia, y esquivando zarzalotes incómodos en que verdean las cuerdas más altas.<br /><br />No parecían asustados lo más mínimo. Sus ojos estaban abiertos. Muy abiertos…<br /><br />—Me emocionaron las palabras de un perrero, cuando junto a mi postura compartíamos un trago de mi bota de vino, mientras descansaba de batir la mancha.<br /><br />—Don Felipe —dijo— todavía se me saltan las lágrimas al recordar la muerte de Antonio Tribaldo, gran perrero de Puertollano.<br /><br />—¿Qué me dices? ¿Y cómo fue?<br /><br />—Haciendo lo que más le gustaba: Montear con sus perros y, al subir un repecho detrás de un buen guarro, el corazón no pudo más y allí mismo murió.<br /><br />Sus perros quedaron rodeándole su muerte, hasta que el podenco <em>Caminante</em>, latiendo a parada, pudo indicar donde estaba a los que le buscaban, ya que no aparecía en la recogida de los perros.<br /><br />—¡Qué pena! ¡La sierra se queda triste para siempre al perder a tan buena persona y mejor perrero!<br /><br />—¿Y qué le vamos a hacer?<br /><br />—¡Que nos espere en su peña celestial y desde allí nos ayude en la suerte del buen cazar! (7-11-2011)</description>
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<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 10:25:00 GMT</pubDate>
<title>¡Qué sería de los montes sin sus buenos guardas…!</title>
<author>Felipe Choclan</author>
<link>http://www.club-caza.com/blog/candiles/postver.asp?p=46</link>
<description><div class="entradillacandiles">—¡Madre mía! —dijo de repente <em>Candiles</em>—. Corre <em>Filigrana</em>, corre por lo que más quieras y mira bien por dónde brinques, que yo voy detrás de ti.</div><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/046_1.jpg" alt="" width="626" height="728" class="bordefoto" /><br /><br />Derribando jarales tronchados por el fuerte viento que no les permitían oír nada, sin saber a dónde dirigirse, llenos de temor, y sorteando las ramas de los tamujares como si fueran rejas, confiando en la plenitud de su destreza por las ásperas veredas, el murmullo de la tormenta con olor a tierra mojada, y una magia especial que cincelaba la carrera de sus patas. <br /><br />—Es verdad, que he penado mucho por salir adelante, pero en momentos como éste se hace difícil pensar que tendremos suerte. <br /><br />Pero aquello parecía complicarse, y tenían la sangre negra al saber que <em>tres perros asilvestrados</em> se echaron al monte hacía unos meses, y devoraban cuántas reses caían delante de sus babeantes bocas, y cuentan los serreños que hasta atacan los apriscos del ganado.<br /><br />—¡Cuidado, que ya vienen! ¡Siga más rápido, se lo ruego, señor! —se apresuró a decir el <em>escudero</em>, casi sin habla—, y usted sabe, que lo que pueda hacer por salvar su vida lo haré jugándome la mía.<br /><br />—Lo sé <em>Filigrana</em>. Lo sé… Más pronto o más tarde tendrás que vértelas con estos asesinos.<br /><br />Él, se limitó a mirarle moviendo la cuerna más impresionado que nunca. Nadie le había lanzado jamás semejante reto.<br /><br />—Pero estoy pensando que voy a probar una cosa —que por probar nada se pierde— y cuando empiece a clarear, seremos <em>dos cimbeles</em> para atraerlos hasta el <em>chozo del pastor</em>, que tantas ganas les tiene por el daño que vienen ocasionándole, y saltaremos varias veces la valla de estacas produciendo todo el ruido del mundo para que salga el pastor, y cuando vea a los perros allí dentro, se liará a tiros con ellos, y nosotros entre la desesperación de lo peor que nos está sucediendo y un deseo de librarnos de su feroz ataque, intentaremos salir de allí como nos sea posible.<br /><br />—Pues venga <em>Filigrana</em>… a correr, que ya están cerca y vienen desesperados con su ladrisqueo por el repecho de rabia entre los matorrales —dijo <em>Candiles</em>, dando un largo respingo.<br /><br />Y, sin pensarlo más, se lanzaron en una fuerte arrancada, y los perros cada vez más agresivos detrás de ellos y, al verlos el pastor —que no se descolgaba la escopeta del hombro ni para dormir— empezó a dispararles, hiriendo a dos de ellos que se revolcaban de dolor, y el tercero huyó senda abajo sin hacer caso de los otros.<br /><br />El sol brillaba, alejando las últimas sombras. El aire era fresco aún y el viento había cesado. Acechaba el rocío en el relente de la tierra fresca, y la incomparable y perfumada <em>sierra de Andújar</em>, filtraba por sus retamas el lenguaje de las reses, de los caminos terrizos de jaras y toda la salvajina de las cumbres solitarias. <br /><br />—Señor, si no hubiese sido por éste hombre, no estaríamos aquí tan tranquilos. Y es que hace unos días escuché la conversación de dos guardas en la <em>finca del Tamujar</em>, que comentaban el problema con la llegada de los perros salvajes a los montes y el peligro que representaban para las reses y el ganado.<br /><br />—Así me lo hiciste saber y por eso decidí actuar a mi manera y llevarles detrás de nosotros a la trampa del chozo del pastor, como si fuese un embudo, donde él podía estar esperándoles para abatirlos y alejarnos del peligro.<br /><br />—Por lo menos, en esta ocasión tuvimos suerte al regatear a esas fieras rabiosas que casi nos tenían acorralados —dijo <em>Filigrana</em>, atento a lo que se moviese entre los chaparros del portillo.<br /><br />—¡Y suerte que el guarda nos ayudó…!<br /><br />—Por cierto, señor. ¿Qué le parece si aprovechando estos días de Navidad, le enviamos nuestra felicitación a estos hombres que cuidan los montes con tanto interés y valentía?<br /><br />—Pues ¿por qué no? Si su buena guardería merece nuestra gratitud y respeto, puntualizó <em>Candiles</em>, continuando su careo a trote largo por la verde solana que revocan las jaras cargadas de olor.<br /><br />Un hombre con todo el sigilo que le era posible, caminaba inquieto con su gorrilla terciada, el zurrón a la espalda y el arma preparada. Avanzaba en medio de una densa bruma procurando apartar las jarillas que seguía.<br /><br />Tardó más de una hora en alcanzar la <em>solana de los Tinajones</em>, y allí estaba escuchando la berrea de los montes.<br /><br />De repente, le pareció oír el rodar de unas piedras cuando jalaba un puntalillo de hermosas carrascas y paró en seco sus pasos, al tiempo que vio pasar a <em>Filigrana</em> justo por enfrente de los matas que le ocultaban. Tras pensarlo un momento, procurando que no descubriesen su presencia, permaneció inmóvil y pudo ver la silueta de <em>Candiles</em>.<br /><br />Estaba paralizado y cuando apuntó la escopeta, la niebla se lo tragó. Escuchaba su brama a veinte pasos y no podía verlo. Todo el portillo se difuminó de repente en unos segundos y cada vez se oía más lejana su berrea y otras veces también la del escudero, que por cierto tenía más de un chichón de pelearse con otros venados.<br /><br />No podía creerlo y seguía sin saber qué hacer. El momento de derribar a <em>Candiles</em> resultaba ahora más complicado.<br /><br />Empezó a caminar por la raña impenetrable al seguir la estrecha senda que aún tenían frescas las pisadas del venado. Acarició la cabeza del perro que le acompañaba y el oído tan acostumbrado a todos los sonidos de la sierra se agudizaba cada vez más, retorciéndose sobre una línea de encinas viejas que seguía, sin dejar de mirar los rasos, y apenas sin hacer ruido.<br /><br />Arqueó las cejas y levantó el cuerpo para ver más lejos.<br /><br />Se tendería sobre el prado de la solana para echar un tranquilo sueño. No se sentía capaz de seguir caminando, envuelto en el intento desesperado que le permitiera encontrar de nuevo a <em>Candiles</em>.<br /><br />Le despertó el paso de unas ciervas a toda prisa seguidas de sus gabatas, trotando maravillosamente bien hacia la arboleda de acebos donde se pararon para tener marcado a un podenco que desde hacia rato las seguía sin ladrar.<br /><br />—O sea que al final tengo la suerte de seguir siendo el famoso <em>Candiles</em>, gracias a la niebla que me ocultó de ese hombre. <br /><br /><em>Filigrana</em> trato de sonreír pero no pudo. <br /><br />—Bueno muchacho, a lo que estamos. Como el careo que lleva ese individuo no es el mismo que el nuestro, vamos a colarnos en la otra mancha y ya se cansará de buscarme. Fuera como fuere, pronto empezará a oscurecer y regresará cabizbajo por donde vino, cavilando que nunca más se le presentaría otra ocasión como la de hoy para hacerse conmigo.<br /><br />—Ni yo lo permitiré —exclamó el escudero sin poder disimular su orgullo.<br /><br />El ciervo lo miró complacido.<br /><br />Empezó la lluvia a caer mansamente sobre los montes.<br /><br /><em>Candiles</em> sacudió la cuerna. Era el momento de marcharse mientras la brisa de octubre hacía crujir los resecos jarales de los senderos, y el aguaviento que caía rugía con fiereza.<br /><br /><br /><strong>¡Tenme contigo Sierra mía! —dijo la guardería— Pues sólo perdura aquello que apreciamos y protegemos.</strong></description>
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<pubDate>Fri, 09 Dec 2011 11:45:00 GMT</pubDate>
<title>Luis Aldehuela</title>
<author>Felipe Choclan</author>
<link>http://www.club-caza.com/blog/candiles/postver.asp?p=45</link>
<description><div class="entradillacandiles">A la memoria de Luis Aldehuela, pintor de Sierra Morena de Andújar y de sus reses.</div><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/045_1.jpg" alt="" width="626" height="468" class="bordefoto" /><br /><br />Hablé con su hija <em>Pilar</em> para darle el pésame por la muerte del maestro y al terminar la conversación me dijo:<br /><br />—Tendrás que escribirle algo a mi padre. Hazlo como tú quieras. Pero escríbele. Hoy no está entre nosotros, pero te leerá desde su peña celestial.<br /><br />Y al día siguiente ya estaba yo delante del ordenador con la ayuda de mi libretilla donde guardo las notas de aquellos tiempos por los montes y mis visitas a su estudio de <em>Los Majuelos</em>, que divisa desde el cerro las anchuras de la sierra infinita.<br /><br />En una ocasión en que el cielo andaba algo nublado, al asomar de pronto unos rayos de sol, va y me dice:<br /><br />—<em>Fíjate Felipe, qué tonos azulados están tomando ahora las hojas de esas jaras</em>.<br /><br />Y no había terminado de decírmelo, cuando ya tenía el pincel sobre el lienzo de un cuadro donde las jaras cerraban el paso de las trochas y un venado tronchaba las matas de claridades.<br /><br />Me apetecía hablar con el maestro Aldehuela y oírle decir:<br /><br />—<em>Yo prefiero pintar desde aquí la vida de los animales sencillos de nuestras incomparables y silenciosas serranías, aromadas de tomillos y jarales. Caminar por el monte respirando aíre puro y contemplar el vuelo de las águilas entre las nubes de las cumbres, o captar la carrera ágil y bravía de los ciervos y jabalíes por los abruptos barrancos…</em><br /><br />Y es que en esta tierra negra, la emoción anida en cualquier parte y pasa arrebatado el silencio caminante con toda la luz de las cuerdas más altas. <br /><br />Dicen, y yo no puedo dudarlo, que los artistas cuando alcanzan la edad madura, gustan de recordar todo aquello que no volverá a ser igual y con voz segura, elevan su primitiva hoguera de esperanza e ilusiones por los más altos compromisos que les dicta su conciencia y jamás exigirán nada por ello.<br /><br />Pintores han captado el primer trinar de los jilgueros, el paso de las nubes por donde el día arranca, la secreta llamada de amores que el silencio verde acaricia y los encames de las reses por el portillo apretado que esquivan vientos torcidos entre escondidas flores del jarizo. Pero ninguno igualó al maestro Aldehuela —poseedor del más vivo testimonio serrano— en hacernos sentir con su pintura la gloria bendita de las suaves crestas y los amables regatos de sus manchas monteras. <br /><br />Y me agrada también recordar a Jaime de Foxá, cuando habla de su pintura, donde respira el monte:<br /><br /><em>Luis Aldehuela, ha ido, como montero de color y la paleta, sorprendiendo por las veredillas casi inaccesibles de sus sierras —de nuestra Sierra de Andújar— ese quehacer escondido de las reses que no conoce ni siquiera el formal cazador, más habituado a verlas en trances de fuga desarbolada o de desolada agonía.<br /><br />Aldehuela, es el hombre de Sierra Morena que dispara con el pincel y con la gracia sobre las reses de sus montes. En sus cuadros hay un distante plano desvaído que huele a jara y a leña mojada. A esa aromada teología de olores y de brisas que sirve de fondo y encuadre a la silueta gentil de los grandes animales que todavía son —¡y quiera Dios que por muchos años!— enigma e inquietud de los valles humildes y de los cerros heroicos de Andújar.Luis, caza pintando. Con pincel fino y antiguo, de hombre que ama la Tierra y a sus frutos vivos, llámense, bolitas de madroño, gabatos pintados o gramillas amorosas de lentiscos</em>.<br /><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/045_2.jpg" alt="" width="626" height="404" class="bordefoto" /><br /><br />Luis Aldehuela, expuso por primera vez en Madrid el año 1950.<br /><br />Desde entonces ha celebrado ochenta y cuatro exposiciones individuales entre las principales capitales de España. Tiene obras en Suecia, Francia, USA, África, México y Andorra.<br /><br />Juan Bta. Beltrán, le dedicó el siguiente comentario que pregona la naturaleza grande y bravía con sus pinceles, ante el horizonte agreste de su sierra:<br /><br /><em>Pintor animalista, sí, y de los pocos que ha habido en España —perros de Velázquez y de Goya entre cazadores de Corte— y el mejor animalista moderno. Pero también intérprete eficaz de la siempre fresca y hermosa serranía.<br /><br />El primero que se atrevió a conjugar el ágil movimiento del animal silvestre en su propio y paradisíaco hábitat que funde, en una visión personal, la dinámica viva de animales verdaderos con la estática de las cumbres, de nieblas leves por las vegas de rocas abruptas o de sotos apacibles.<br /><br />Ved, si resistís sin emocionaros el hondo patetismo del pico, abierto en canto del urogallo, o la serenidad de estos venados que olfatean grandezas de horizontes en la impresionante soledad de sus lienzos.<br /><br />Escasa violencia en las criaturas de Dios, dentro de su fuerza. Una intuición certera depuradamente artística, que halla fiel vehículo en una técnica perfecta, de ayer y de hoy, que su hija Pilar, por la difícil senda que marcaron aquellos broncistas iberos de Despeñaperros, también hace suya con admirable acierto</em>.<br /><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/045_3.jpg" alt="" width="626" height="370" class="bordefoto" /><br /><br />Y termino estas citas, destacando el hecho de ser su amigo y contar con orgullo el haberme ilustrado la Segunda Edición de mi libro Candiles, editado por la Comunidad de Madrid.<br /><br />Como es natural, fue una gran satisfacción contar con su estimable colaboración, expresando en voz alta su arte inigualable, destacando las láminas del nacimiento del venado, el agarre de un cochino con los perros de la rehala, el ataque del escudero Campanillo, a dos furtivos que los derribó de la moto cuando regresaban de hacerles una espera, y aún están temblando de la sorpresa que sufrieron por el arrollón inesperado.<br />Hay otros dibujos de luz vibrante careada de reposo, de verdes arrodillados, a cual mejores, por su belleza natural y su ímpetu de sierra, nacidos de la mano de Aldehuela, bajo brisas de amor, de yerba y piedra.<br /><br /><div id="fotoder"><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/045_4.jpg" alt="" width="300" height="432" class="bordefoto" /></div>¡Y cómo le dio vida el maestro a <em>Candiles</em>, para la portada, en elegante estampa de poderío y belleza…!<br /><br />—Amigo Luis, está claro que no sabía cómo escribirte y por ello he querido que me acompañasen tus amigos y hablasen de ti, como si formásemos una sola familia de amistad a lo largo de tantos años que estuvimos juntos.<br /><br />Algunos aún vivimos y hace unos días cuando te marchaste, justo en aquel momento, los soleados portillos peregrinos arrodillados de jaras, empinaron las pisadas sigilosas de los ciervos para despedirte, como si te los llevaras pintados en tus lienzos y una jabalina rodeada de seis rayones, dando un careo por delante de tus Majuelos, observaban su interior para verte y ni siquiera te hallaron dentro del estudio.<br /><br />Miraron de nuevo a su alrededor para despedirte, y el maestro, que tantas veces pintó sus lances, agradeció el recuerdo más allá de los confines del cielo levantándose emocionado de su peña celestial.<br /><br /><em>¡La cochina grande, cómo si le hubiese oído, alzó lentamente la cabeza y soltó un gruñido!</em><br /><br /><br /><em>Dedicado a sus tres ‘palomicas’: Pilar, Marien y Alicia</em></description>
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<pubDate>Tue, 18 Oct 2011 20:32:00 GMT</pubDate>
<title>Fue cosa mía que le llamasen Pernales</title>
<author>Felipe Choclan</author>
<link>http://www.club-caza.com/blog/candiles/postver.asp?p=43</link>
<description><div class="entradillacandiles">Pero él seguía mirándome fijamente.</div><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/043_1.jpg" alt="" width="626" height="520" class="bordefoto" /><br /><br />Me encontraba en presencia de un perro sin raza, casi tan alto como un podenco, que llegaría a primeras horas de la mañana —no sé de donde— echado sobre unas matas junto a la cuneta de la carretera que sube a <em>Las Viñas de Andújar</em>.<br /><br />Me quedé mirándole sin hacerle caso, hasta llegar a las proximidades del <em>Hotel del Val</em>, donde descansé en un banco porque aquella mañana di un largo paseo por el monte, cosa que realizo con frecuencia, y andaba algo cansado.<br /><br />Yo no sé de dónde habría salido, pero de pronto se vino hacia mí, <em>¿y qué hizo?</em>, pues se pegó a mis botas y me las lamió varias veces hasta que lo separé con fuerza, y me acuerdo que cayó panza arriba y no le pareció bien que lo echase de esa manera y cuando se levantó, de repente acudió otro perro mayor, y sin ladrar ni nada, con las orejas tiesas, el pelo erizado, y una mirada desgarradora, lo alejó de nosotros con un conocimiento como no había visto nada parecido y, acercándose a mí, me permitió que le acariciase.<br /><br /><em>¿Qué iba a hacer?</em> No tuve más remedio que sonreírle y cual fue mi sorpresa, que me seguía cuando empecé a caminar moviendo insistentemente el rabo.<br /><br />Y eso me pasó con este perro al poco tiempo de conocernos y estoy seguro de que me vio antes de que yo lo viera. Debió de ser al empezar las monterías y sin saber qué hacer con él, puesto que no me dejaba ni un minuto solo.<br /><br />Pues nada. Así ocurrió y con fortuna para mí, pues si no hubiese sido por este valiente ahora no habría podido terminar estas líneas, porque un jabalí herido es peligroso si te lo tropiezas en el monte.<br /><br />Resulta que, al colarnos en la mancha para tomar un atajo que iba a volcar a la vereda hacia donde me dirigía, apareció un cochino en medio del sendero que llegaba con una pata colgando de algún tiro que le habían dado, y cual fue mi sorpresa al ver al perro lanzarse como una fiera contra aquel bicharraco mordiéndole donde podía, mientras, como me fue posible, me subí entre las ramas del tronco de una chaparra cercana, pensando: <em>«que me caigo, que no me caigo»</em> y con un aire zumbando fuerte, que yo decía: <em>Una bocanada de estas me lleva</em>, y yo dando tumbos y pensé que a lo mejor me voltearía encima de ellos.<br /><br />Y en un instante en que les vi, perdieron el equilibrio y rodaron los dos barranco abajo, hasta que el cochino fue a parar a lo hondo chillando a más no poder y huyendo a tres patas sin saber por donde tirar para orientarse.<br /><br />Y yo, subido allí, ya no pintaba nada, así que de un salto caí en tierra y empecé a echarle voces —sin saber su nombre— contando con que no hubiera muerto en la pelea que sostuvieron.<br /><br />Pasó un ratillo y ya le vi subiendo el laderón y casi no podía sostenerse en pie, y me quedé como alelado al ver su cuerpo ensangrentado. El pobre animal, al verme, se tumbó con mil apuros mirándome y procurando no moverse.<br /><br />Me parecía mentira que a lo mejor pensase que no le había querido ayudar. Seguro de que si hubiese llevado la escopeta le hubiera metido dos tiros en el codillo a ese asesino, y yo tenía en esos momentos todas las penas del mundo en mi corazón.<br /><br />Era ya mediodía, cuando llamé al perrero <em>Joaquín Monteagudo</em> para que viniese a recoger al perro herido y lo curase en su perrera.<br /><br />No había pasado una hora cuando vi llegar a su ayudante <em>Chema Defez</em> para subirlo en el remolque y llevárselo.<br /><br />—<em>¡La Virgen Santa!</em> —dijo expresando en voz alta su asombro—, vamos rápido a llevárselo a <em>Joaquín</em> para que lo salve, porque tiene encima una buena paliza y varias cuchilladas.<br /><br />—Es que se enganchó con un guarro que venía herido, y estuvo luchando con el bicho hasta que no pudo más.<br /><br />—¿Y cómo se llama?<br /><br />—Me gustaría le llamasen <em>Pernales</em>.<br /><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/043_2.jpg" alt="" width="626" height="406" class="bordefoto" /><br /><br />Recordaré siempre que el mejor perro que tenía se lo mataron en un gancho de jabalíes y, cuando latía, daba gloria oír su campana hasta dar con sus rastros. Le puso de nombre <em>Pernales</em> y, aunque era feo de andares, su gran caminar veloz alegraba con el cascabel el repicar de la pedriza. <br /><br />Agonizó en los brazos de <em>Joaquín</em> junto a una tupida coscoja.<br /><br />Más tarde, con la cabeza gacha, reunió a los perros y, al cruzar por delante de mi postura, con los ojos llenos de lágrimas susurró estas palabras:<br /><br />—<em>San Huberto lo tendrá ahora en el cielo de los perros buenos</em>.<br /><br />Yo le devolví una sonrisa, sin mirarle siquiera.<br /><br /><br />Al poco tiempo, ya curado, mi amigo <em>Pernales</em> acollarado a un podenco salía por primera vez de montería. Me quedé mirándole y sentí un estremecimiento al tenerle tan cerca.<br /><br />—<em>Joaquín</em> —le comenté sorprendido—, tiene los mismos andares del otro perro que tanto querías.<br /><br />Más tarde subió de un salto a la furgoneta y me miró desde la reja del remolque echado entre dos mastines.<br /><br />Espero que en la lucha salvaje del agarre con un vendaval de navajas, no lo raje cualquier jabalí arocho en el hondo de un oscuro chaparral.<br /><br />—<em>Lo lamentaría de veras</em>.<br /><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/043_3.jpg" alt="" width="626" height="419" class="bordefoto" /><br /><br />En la suelta lo distinguí jalando delante de la rehala persiguiendo a una piara de cochinos, y jalaba monte arriba entre las aulagas que le clavaban sus pinchos como alfileres, y latía desesperado alegrando el portillo.<br /><br />—Hay que ver lo bien que late el perrillo. Si no lo veo no lo creo, con lo malo que me lo trajeron —decía <em>el perrero</em>.<br /><br />—<em>Ese ya no se para hasta que no eche a los guarros de España</em> —comentó de broma un <em>postor</em>.<br /><br />Y hasta ese día, nadie le había hecho caso entre tantos perros como tenía en la perrera.<br /><br />Cuando regresó con la rehala, <em>Joaquín</em> le acarició y se alegró de que se llamase <em>Pernales</em>. <br /><br /><br />Antonio López Espada, Director de la revista El Mundo del Perro, en su excelente articulo en nuestro Club de Caza, escribe: <em>«Si por cualquier desgracia, un perro se extravía, y está unos días vagando por las calles, nadie podrá alimentarlo porque eso supondría una multa desorbitada»</em>. Reforma a la Ley de Protección de animales domésticos de 1990.</description>
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<pubDate>Fri, 14 Oct 2011 10:05:00 GMT</pubDate>
<title>Deseo hablaros sencilla y claramente</title>
<author>Felipe Choclan</author>
<link>http://www.club-caza.com/blog/candiles/postver.asp?p=44</link>
<description><div class="entradillacandiles">Doy gracias a mis amigos, guardas, muleros, perreros, postores y secretarios —hombres sencillos que conocen la sierra y sus manchas— y hasta tantos y tantos monteros, a los que nunca olvido, y de los que recibí las mejores lecciones de buen cazar y que me enseñaron a <em>‘amar todo lo que nos ofrece el monte soberano, en la soledad de sus encames, en esta selva pequeñita donde coge todo el mundo y hasta el aire llega por favor’</em>; como me dijo el periodista y entrañable amigo Tico Medina, cuando la contempló por vez primera desde el cerro del Santuario de la Virgen de la Cabeza.</div><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/044_1.jpg" alt="" width="626" height="419" class="bordefoto" /><br /><br />Yo he vivido aquellos tiempos de gloria, careando solanillas y sendas en un mar de jaras que padreaban colleras de buenos venados y que, por aquel entonces, aún no le habían puesto puertas al campo.<br /><br />Y en cierta ocasión, me dijo mi maestro Jaime de Foxá: <em>«Dentro de poco, la hermosa y soleada sierra de Andújar será un monte cuadriculado de postes y alambres»</em>.<br /><br />Y así fue desgraciadamente.<br /><br />Era allá por los años cincuenta y tantos, y al oírlo se me hizo un nudo en la garganta.<br /><br />¡Y qué pena, ver cómo están hoy las fincas reseras, donde las alambreras marcan un solo camino y las opciones de las posturas alcanzan precios millonarios! <em>¡Ah, eso sí! ¡Se sigue rezando una salve a la Virgen de la Cabeza!</em> y recorriendo las fincas con los todoterrenos, y después de las habichuelas largarse a todo correr, sin despedirse siquiera del valiente <em>perrero</em>, que con sus rehalas le ayudaron a mover el monte y llevarle las reses hasta su postura para conseguir <em>el cupo</em> que la organización permitía.<br /><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/044_2.jpg" alt="" width="626" height="172" class="bordefoto" /><br /><br /><em>Acércate amigo. No preguntes nada. Vete por las grandes praderas de chaparras fecundas y escucha el cascabeleo cantarín de las rehalas.<br />Hay mil sendas para ti. Noches tremendas al irse la luna de los aguardos. Estupendas rocas, desfiladeros de monte fuerte y arrancadas encendidas de reses encamadas en lo hondo. Alcánzame tu mano.<br /><br />Empínate donde el camino salvaje arranca. Contempla como mueren los valientes en los agarres, en tanto la sierra se alegra con las ladras. <br />Detente, desde aquí arriba. En las raíces mismas de cualquier portillo, y abarca con tu mirada colleras de buenos venados hasta levantar una partida de jabalíes abriendo tajos hacia los altos crestellares.<br /><br />Todo el silencio para ti deseo. Para abrir paso al jaco en que cabalgas y seguir el ronco latido de los mastines en la recova.<br /><br />Pero calla amigo. No preguntes nada. La honda soledad en tu ronda espera hasta las anchuras de la sierra infinita por la aurora que nace en tu pecho de montero</em>. <br /><br />En aquel tiempo las trochas las marcaban las reses con sus pezuñas y, en algunas manchas, tardábamos en bestias varias horas para llegar a las posturas y otras tantas al regreso, teniendo en ocasionen que bajarnos para que descansaran. Y por si fuera poco, al no estar acostumbradas a llevar extraños en sus lomos, más de uno rodó con ellas, teniendo que ir recogiendo los guardas durante meses parte del material esparcido por el monte. <br /><br />Hoy las monterías en Sierra Morena y los novatos con billetes, son los que siempre acuden por allí y aparecen después fotografiados con excelentes trofeos en las revistas especializadas de caza.<br /><br /><em>…Ya que parlanchines escopeteros han roto el lance serio de las monterías y el negocio traspasa tus andaluces comederos.<br /><br />Por eso, yo te quiero, sierra mía. Desde aquella ladra por la risquera del mediodía, que me puso sobre el camino aquél apretón de guarros, cuyo rastro de sangre me bautizó. Y por todo ello, recíbeme siempre igual —como antes— donde yo pueda mirarte, para darte henchido el corazón cansado, ¡hasta que te espolvoreen mis huesos por tu paraíso de silencio</em>.<br /><br />Deseo hablaros, de cuánto debéis recordar del monte y de los ganchos de jabalíes, que es lo que más se caza en nuestros montes, y no olvido aquel joven que al ir a comprarse su primer rifle, al preguntarle <em>el Armero</em> qué marca y calibre deseaba, le respondió:<br /><br />—<em>Véndame usted, el que más aleje…</em><br /><br />En los últimos tiempos debido al abandono del campo, la población de cochinos ha aumentado considerablemente en los montes. Mi compañero de esperas, Eduardo Trigo de Yarto, <em>corazón de la sierra partido en mil pedazos</em>, les llamaba <em>«los señores de la vista baja»</em>.<br /><br />Falleció, después de sufrir varios infartos, en aguardos y recechos, donde el sobresalto se cita.<br /><br /><em>Amigo Eduardo, después de tu muerte, ahora no rompo a llorar. Me voy vaciando el corazón, oprimido de cielo y tierra dura. Estabas tan cansado, que al dejarnos en esta sierra tuya, miro crecer nuestra vieja amistad, mientras ramonean en los tamujares los gorrinos. Oigo tu arrollón de monte y tu repicar de piedras en el breñal, pisteando goterones de sangre fresca. Yo tuve que nacer montero de casta, para encontrarte donde hoza el jabalí, que ahogaban nuestro resuello en la espantosa soledad del aguardo…Y me acuerdo, hermano Eduardo, del último encame, hacia una muerte inevitable y solitaria… ¡Por eso, si tú quieres, cuando yo suba a ese repecho, espérame en tu peña!</em><br /><br />No es de extrañar que cada fin de semana un elevado número de cazadores acudan a practicar esta modalidad de caza denominada <em>batidas</em>, cuando están debidamente autorizadas, y los jóvenes se van adentrando en tan apasionante aventura frente a la única fiera que queda en nuestras sierras, junto con el oso y el lobo.<br /><br /><em>Porque un cochino herido, que te tropieces en su huida, manda mucha fuerza</em>.<br /><br />Yo tuve que atender en una ocasión a un perrero de Cardeña, durante un agarre de su rehala con un buen macareno en la finca de <em>Los Puertos</em> y cuando le entró a cuchillo —porque ya tenía herido a dos perros— de repente al darle la sombra de éste, le clavó una de sus navajas en el tobillo de la bota y le rajo media pierna. Y aunque no está permitido salir del puesto con la escopeta, al ver aquella masacre, no tuve más remedio que rematarlo de un disparo, después de apartar a un mastín que lo tenían cogido por la boca.<br /><br />El pavo pesó en la báscula del cortijo, <em>ciento cincuenta y tres kilos</em>. Después nos dijo el guarda de la finca, que lo tenía bien localizado y le daba impresión al amanecer cuando lo veía carear postueros de mucha querencia, levantando bandos de rabilargos sobre los rasos.<br /><br />Si alguna vez visitáis nuestro <em>Pabellón de Caza Mayor</em> en los montes de <em>Torremanzanas</em>, lo veréis en una tabla con sus dos buenas navajas y esa mirada que todavía pone los vellos de punta.<br /><br />La elección de la fecha adecuada para la celebración de los <em>ganchos</em>, dependerá en gran medida del éxito o el fracaso del celebrado la pasada temporada.<br /><br />Hay que tener en cuenta que el recorrer el monte días antes de dar <em>la batida</em>, o recoger setas, o los ciclistas y senderistas por dentro de la mancha, es más que suficiente para que los guarros salten de allí a otras manchas colindantes. <br /><br />Quiero recordar la cosa más pequeña e insignificante que hay en el monte.<br /><br />Es <em>la Tablilla</em>, y quienes se sitúan junto a ellas —porque son las que marcan las posturas— sólo las recordarán si han conseguido allí abatir una buena res y si alguno pregunta donde la abatió, entonces contestaran:<br /><br />—<em>Pues, en el siete de la cuerda del Poyuelo</em>.<br /><br />Y es triste que sólo se hable de ella, al colocar la fina <em>mira</em> del rifle en el codillo de un verraco adulto.<br /><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/044_3.jpg" alt="" width="626" height="530" class="bordefoto" /><br /><br /><em>Una cuesta sube hasta el puesto. Allí estoy yo. Soy la Tablilla, zurciendo días en la chaparra, ante los amaneceres limpios. Las perdices que corren a peón. Los moscones incómodos. Las oleadas del aguacero otoñal. Los traviesos rayones de galopito conejero y la clara noche enfrente.<br /><br />No sé qué año me ataron aquí, ni qué postor me pintó el siete, e ignoro todavía porqué estoy en el sopié.<br /><br />Hoy, en ésta rinconada de acebos y lentiscos, la agria soledad tiene suelo fijo y sin embargo al vendaval soy campanilla entre las bellotas de la coscoja. De las sienes del silencio, seis marranetes desde su encame, entran y salen de las bañas frías, chorreando barro por sus cerdas. Cuando susurra el aíre en mi rincón solitario del monte, se arropa el arroyo de adelfas. Amo a esta selva chiquita y la quiero, Acaricio las tardes al sol y una nostalgia de vaho de tomillo es el nácar del olvido</em>.<br /><br />Es necesario ponerse anticipadamente de acuerdo con la sociedad de cazadores del coto vecino para que no coincidan las mismas fechas de los ganchos que se vayan a celebrar. Marcar los puestos con antelación y repasarlos días antes de la batida, comprobando que están visibles todas las <em>tablillas</em>, y situarlas en lugares dominantes del monte para que se distingan bien. <em>El guarda y el postor</em> de la finca las irán colocando anticipadamente, y el día de la cacería será el postor el responsable de colocar a los asistentes en sus correspondientes posturas que indiquen <em>las tablillas</em>.<br /><br />El lugar donde acuden cuantos participen en la cacería es la <em>Junta</em> y allí tendrá lugar el sorteo de las posturas.<br /><br />Para realizar este proceso tienen que estar presentes en la mesa el capitán de montería y dos ayudantes y, una vez celebrado el mismo, se le entregará al <em>postor</em> la lista del sorteo que luego repartirá entre sus ayudantes, para dirigirse después hacia las posturas de la mancha acompañados por los monteros de cada armada.<br /><br />Termino estas líneas con el recuerdo a un <em>buen macho</em> que el viento del amanecer levantó de un olvidado monte.<br /><br /><em>Es el alba. Un venado carea vallejos de monte fuerte hacia el encame elegido. Entra el día, de cerro a cerro, en jirones medio despiertos. La hora es temprana, detrás de cada trocha o cada jara, donde hay agua y barranquetes. Allá va deteniéndose, de vez en cuando, con aíre receloso. Atraviesa de un salto una fuentecilla que nace por sí. Con su escudero varetón, rodea jadeante los últimos riscos bajo los enebros del romero espléndido. A veces, busca los senderos peregrinos, elevando su poderosa cuerna cuyos candiles brillan a más de cien leguas.<br /><br />El que no madrugó durante el fatigoso rececho, no habrá sentido la satisfacción, de mirar en vez de apuntar</em>.<br /><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/044_4.jpg" alt="" width="626" height="369" class="bordefoto" /><br /><br />Y os doy las gracias por la atención prestada a mis escritos. Recibid el abrazo ancho de este viejo montero —<em>con olor a macarenos</em>— donde el romero, la jara y los campos silvestres, <em>coronan sus sienes de plata</em>.</description>
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<pubDate>Thu, 06 Oct 2011 10:22:00 GMT</pubDate>
<title>¿Volveríamos a sentir lo mismo, pese al sobresalto de aquel lance?</title>
<author>Felipe Choclan</author>
<link>http://www.club-caza.com/blog/candiles/postver.asp?p=42</link>
<description><div class="entradillacandiles">En aquel momento querría que hubiese centenares de testigos presenciando lo que nos sucedió a mi hijo Felipe y a mí, en la finca de El Rapao, cuando de repente nos sorprendió un venado y al dispararle el joven montero y herirle, se fijó en mí, que estaba algo distanciado de él y berreando a toda carrera me obligó a agarrarme a un árbol y darle un pase, que ni un torero lo hubiese mejorado, tiempo que necesitó para rematarlo cuando intentaba volver a la carga con su brama impresionante.</div><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/042_1.jpg" alt="" width="626" height="353" class="bordefoto" /><br /><br />Bueno, pues entonces… me acerqué hasta su postura y le felicité por su temple, pues el venado venía en serio y todo aquello nunca lo he dejado atrás en mis recuerdos monteros y hoy deseo que toda la gente lo sepa. ¿Cómo podemos olvidarlo?<br /><br /><em>…Y yo quería, que lo que hizo, lo hiciese cerca de mí y cuanto antes. Fue un lance inesperado frente a un animal salvaje en pleno celo.</em><br /><br />Nunca le tomé las vueltas a una res, de poder a poder, teniendo el rifle en mis manos, pero en esta ocasión lo solté rápido entre las jaras, porque no podía hacer otra cosa que no fuese abrazarme al chaparro, seguro que en su veloz carrera me hubiese arrollado.<br /><br /><em>¿Volveríamos alguna vez a sentir lo mismo, pese al sobresalto de aquel lance?</em><br /><br />Probablemente no.<br /><br />La tarde indiferente pasaba y las nubes cargadas de agua se estiraban por lo alto de los collados sombríos y por el monte de jaras, balanceando sus cuernas, caminaban <em>Candiles</em> y <em>Filigrana</em>, trepando el impenetrable chaparral por donde gustaban pasear el inmenso verde que abre las veredas cada día y aún sorprendidos por el sobresalto de la escena que presenciaron desde el puntal donde se encontraban. <br /><br />—No creo, muchacho, que prestes demasiado atención a lo que voy a contarte —dijo <em>Candiles</em>— pero ya lo entenderás cuando tu corazón se conmueva ante algo que no tendrá más remedio que ocurrir y tienes que estar preparado.<br /><br />El escudero no esperaba estas palabras y máxime después de lo ocurrido hacía un rato con lo del ataque de aquel colega. <br /><br />—A lo largo de los años, todo dios viene recorriendo la sierra con el achaque de la cacería. ¿Cómo podríamos hacer una ley para aquellos que carrilean nuestras lindes buscando hacer su apaño?<br /><br />Pero como pasó lo antiguo, <em>lo que era de todos</em>, llegó lo moderno y nadie dijo nada del furtivo que saltaba de noche los serrallos solitarios, aunque fuese descastando reses de parte a parte.<br /><br />Y pasó lo qué pasó.<br /><br />Casi acabaron con todo lo que tenían cuernas y colmillos y puede ser el motivo por el cual, poco a poco, fueron cercando las fincas, sin echar cuenta del daño que hacían a la gente que ya no podían montear en lo libre —donde siempre lo hicieron— porque pusieron puertas al campo y llenaron de reses los cercados. ¡Qué desconsuelo tan grandísimo!<br /><br /><em>¡Adiós a los claros días de largo camino, tras la res levantada careándose, que ventea y se marcha</em>.<br /><br />—Señor, con estas cosas —tapándome del guarda y los perros— ya he visto las lindes donde están clavando troncos de acebos y las reses andan por allí desconcertadas.<br /><br />—Los cochinos de tanto jaleo en los montes, antes se arrimaban de día a la montanera y al quejigal, y ahora lo hacen de noche a las tierras negras donde hay raíces que ellos sacan con las jeta y de día se suben a la tranquilidad de cualquiera umbría salpicada de limpios, a ver los ires y venires. <em>¿Qué remedio les quedan?</em><br /><br />—Y nosotros, las reses montunas, no tenemos culpa de este aburrimiento en la tierra. Tanto ruido de tractores y camionetas, cargadas de gente para ganarse el jornal, motivó que las reses no quisiésemos padrear fuera de los vallados que atravesaban nuestras hermosas alamedas y la gente al no tener cuartos para montear allí dentro, se arrimaban a lo que fuese y las rehalas latían desesperadas frente a los alambres de espinos.<br /><br />—<em>¡La perra! ¡La perra podenca que está ahí enganchada!</em> —gritaba el guarda intentando que le ayudasen a desclavarla.<br /><br />—La verdad sea dicha, no sé qué te habrá parecido cuanto te he contado y lo que está sucediendo por aquí.<br /><br />—<em>¿Y qué quiere usted que yo le diga?</em> —respondió <em>Filigrana</em>. <br /><br />El monte, como otras veces, no sólo olía a tierra mojada, sino también a trochas de reses ausentes. Yo estaba acostumbrado a ese olor en mi postura, pero aquella tarde se aspiraba la sierra de forma diferente llena de musgo y de silencio.</description>
</item>

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<pubDate>Wed, 21 Sep 2011 11:12:00 GMT</pubDate>
<title>Los largos atardeceres del verano</title>
<author>Felipe Choclan</author>
<link>http://www.club-caza.com/blog/candiles/postver.asp?p=41</link>
<description><div class="entradillacandiles">Mi buen amigo Antonio Pérez Henares, escritor y montero, publica este mes en la revista <em>Federcaza</em> un artículo titulado <em>‘Crepúsculo sobre el agua’</em> y, en esta ocasión, no habla de caza y las únicas armas que le acompañan por el monte son unos prismáticos y una cámara de fotos.</div><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/041_1.jpg" alt="" width="626" height="585" class="bordefoto" /><br /><br />Y es mi deseo destacar algo que me llamó la atención, conforme iba entrando en su lectura y que nos ofrece a cuantos las leamos:<br /><br /><em>«Cuando el sol oculta por fin su sangrienta agonía, cuando la luz del crepúsculo se evapora y el cielo oscurecido preludia el brillo aún inexistente de la primera estrella, cuando el día ya muere, y ha muerto, pero la noche aún no ha nacido, es el silencio»</em>.<br /><br />Y hoy que es un día caluroso de agosto cuando dice: <em>«Los largos atardeceres de verano y sus lentos crepúsculos son unos de mis momentos preferidos para quedarme quieto y en silencio en pleno monte, al lado de cualquier punto de agua sea éste una charca, una fuente o algún tramo de un arroyo o un río»</em>.<br /><br />Por eso nosotros, que sabemos disfrutar de la naturaleza, tanto tú en tu libro <em>La mirada del lobo</em> —que conservo dedicado— como yo en el mío de <em>Candiles</em>, les ofrecemos sus páginas por si algún compañero desea comprobarlo.<br /> <br />En tu artículo, y en el mío, al que ahora me referiré, hoy no comentamos actividades cinegéticas. Hoy, estamos más cerca de las criaturas silvestres e incluso, en ocasiones, hablamos con ellas.<br /><div style="text-align: center; font-size: 24px; font-weight:bold;">* * *</div><br /><br /><div id="fotoder"><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/041_2.jpg" alt="" width="350" height="489" class="bordefoto" /></div>Faltaba poco para la amanecida, pero en ese momento era reacia a irse.<br /><br />Pensé en Sierra Morena. Era lo único que veía a lo lejos y empecé a escribir bajo el pasto que brilla al sol.<br /><br />Al cabo de unos instantes me encontré con <em>Candiles</em>, echado en el suelo de una lentisca y me senté a su vera.<br /><br />Nos miramos durante un largo rato. El venado abrió la boca e intentó decir algo, pero yo tenía ganas de hablarle y ahora estaba deseoso de hacerlo. Entablé conversación, encendiendo un cigarrillo.<br /><br />—Disculpa <em>Candiles</em>, es sólo encontrar respuesta a la necesidad de quedarme contigo. Me siento confundido fuera de este paraíso que te rodea.<br /><br />—No. No te vayas. Charlemos como dos viejos amigos que estuviesen pasando el rato.<br /><br />—Por favor, escúchame.<br /><br />—Sí, ¿por qué no?<br /><br />—Porque… recordarás que en una ocasión te dije que valía la pena carear esos serrallos de luz bermeja que alegran la vida y me duele separarme de ellos, donde los verdes ventean de tallo en tallo.<br /><br />—¿Sin duda quieres mucho a estos portillos? ¿Verdad?<br /><br />—A veces me parece que hablo con ellos en voz baja, donde la imaginación corretea por los encinares de las peñas desnudas y entre el soplido de los vientos sobre el horizonte brumoso, algunas tardes me vuelvo para echar un vistazo al parpadeo de los robles dorados y no me encuentro solo.<br /><br />—No te emociones y dime, ¿qué te pasa?<br /><br />—Me gustaría comentarte, sólo por curiosidad, que al recordar estos portillos es como explorarme a mí mismo. Tal vez, mi gran estima a su mensaje sobrecogedor que esparce en mi mano olorosas semillas de espliego, donde ella y yo, desde muy atrás, recorremos sendas de retamas como un apasionante desafío.<br /><br />Bajé, la cabeza, con aire pensativo.<br /><br />—Lo cual quiere decir —sonrió <em>Candiles</em>— que no se merece esta sierra que cada senda pueda ser una trampa, vigilada por el rifle listo para abrir fuego.<br /><br />Me puse en pie y le dije:<br /><br />—Tendremos que volver a hablar.<br /><br />—Otro día, tal vez…<br /><br />La amanecida se acercó, aunque no con mucha fuerza, y empezaba a tener la sensación de estar soñando.<br /><br />Me sobresalté. Cerré la ventana y miré el débil resplandor que penetraba en la pared. Parecía distinto e irreal.<br /><br />Súbitamente me dormí.<br /><div style="text-align: center; font-size: 24px; font-weight:bold;">* * *</div><br /><br /><div id="fotoder"><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/041_3.jpg" alt="" width="350" height="233" class="bordefoto" /></div>Te recuerdo Antonio, cuando la Real Federación Española de Caza me concedió el trofeo DIANA CAZADORA —verdadero orgullo a mis años de viejo montero— que tuve el honor de que fueras tú quien me presentases en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid. <br /><br />Cuando terminó el acto, me acerqué a nuestro Presidente, le abracé y le dije: <em>«¿qué quieres que te diga, Andrés? Por lo menos he conseguido que mi hijo Felipe continúe la tradición de montero noble y honrado»</em>.</description>
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<pubDate>Sun, 04 Sep 2011 14:40:00 GMT</pubDate>
<title>La venganza de Candiles</title>
<author>Felipe Choclan</author>
<link>http://www.club-caza.com/blog/candiles/postver.asp?p=40</link>
<description><div class="entradillacandiles">El gran <em>Búho</em> les dirigió una prolongada mirada después de elevar su canto desde lo más alto de un pino —que pocas criaturas conocían— pregonando la importante misión que había sido capaz de realizar aquella noche, deseoso de ayudar a quien siempre cuidó de su maestro.</div><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/Candiles/imagenes/040_1.jpg" class="bordefoto" /><br /><em>Filigrana</em>, permanecía de pie observando fijamente el tronco donde se encontraba, sin olvidar que siempre le recordaría por lo que hizo por él.<br /><br />Tardó unos segundos en esperar a que le respondiésemos con un saludo de despedida.<br /><br />Con la cuerna hacia los árboles, le dijo a <em>Candiles</em>:<br /><br />—Maestro en su honor, seremos nosotros quienes haremos temblar estos portillos. ¡Lo que va a sonar, sonará…!<br /><br />—Bravo muchacho, sécate el sudor, respira hondo, y allá vamos los dos…<br /><br />Y lanzaron varios berridos, que dejaron al <em>Búho</em> sobresaltado y al árbol tambaleándose.<br /><br /><em>Aquello fue algo más que una despedida</em>.<br /><br />Después levantó repentinamente sus grandes alas como gesto de amistad, y se lanzó al aíre majestuosamente por encima de sus cuernas, desapareciendo entre la bruma de la sierra, en un abrir y cerrar de ojos.<br /><br />—¡Ah, ya se ha marchado!<br /><br />—¿Y bien? —dijo <em>Candiles</em>— ¿no tendrás miedo? ¿Verdad?<br /><br />—No, he descansado mejor y ahora la herida empieza a escocerme algo menos.<br /><br />—Eso es señal de que va cicatrizándose. Poco a poco recuperarás las fuerzas para mayor seguridad y como es natural todo irá bien.<br /><br />—Lamento señor, que por culpa de ese mal nacido, al que ni siquiera se le puede llamar enemigo, hayamos sufrido tanto.<br /><br />—Sí, es cierto, pero intentaré atacarle por donde él no espera, ya que me lanzaré contra su cuerna, más bien lo arrastraré, sin posibilidad de que me venza.<br /><br />—Señor, no sé cuál será el final, pero estoy seguro de que <em>El Negro de Povedilla</em> quedará tendido a sus pies o se dará a la fuga —se atrevió a comentar. <br /><br /><em>Filigrana</em>, se incorporó al paso de <em>Candiles</em>, y aunque el avance de sus patas le permitían seguirle por las trochas, era difícil echar unos quince pasos sin detenerse. El maestro, en actitud comprensiva se volvía a mirarle de vez en cuando, y al ver su esfuerzo, se detuvieron a la sombra de unas hermosas carrascas que crecían por las bajeras de la solana, recostándose sobre las matas del oloroso espliego.<br /><br />Hoy <em>Candiles</em>, asumiría un nuevo compromiso, dadas las circunstancias: Escudero de <em>Filigrana</em>.<br /><br />Y éste honor era demasiado para él, puesto que nadie podía superar la vigilancia de su leal escudero por barrancos y repechos, acostumbrado a actuar con rapidez y siendo un guía obediente a sus repentinos impulsos, desviando las violentas carreras de las rehalas y evitando que diesen con el encame de su maestro.<br /><br />Unas horas más tarde volvió a ser el mismo, y muy despacio se tomó la libertad de acariciarle. <br /><br />El aire fresco que llegaba a intervalos de los altos de la sierra refrescaba la herida y minutos después volvió a levantarse, iniciando su caminar con más vehemencia como si esperara la oportunidad de localizar al <em>Negro de Povedilla</em>. Era el venado que le atacó a <em>Filigrana</em> y al que <em>Candiles</em> se la tenía jurada, y quería que pagase el haberlo apuñalado con una de sus luchaderas, dejándole abandonado sobre un charco de sangre.<br /> <br />De repente observaron a un jabalí que tomaba una charca de placido cobijo y al verles levantó su gacha cabeza y sorprendido se dirigió al venado para hablarle:<br /><br />—<em>Candiles</em>, por la umbría de <em>Valtravieso</em> te espera <em>El Negro</em>, y no con muy buenas intenciones. Me preguntó si te había visto por allí y si te acompañaba un escudero.<br /><br />Antes de que pudiera contestarle, había sentido moverse su sangre y una sombra cada vez más cercana agitaba su coraje.<br /><br />—Te lo agradezco —le contestó con voz distante— con Dios y hasta más ver… <br /><br />Después, tiró por el espeso rastrojo sin dejar de mirarlos y se fue alejando con sus más de noventa kilos encima. Soltó un resoplido y masculló algo por lo bajo.<br /><br />—Bueno, muchacho, a ver qué irá diciendo… <br /><br /><em>Filigrana</em>, notó mi preocupación, pero no lo manifestó en mi presencia, pues quería conocerlo todo y eso sería lo más duro para él.<br /><br />—Maestro, no debíamos fiarnos de ese —dijo— a lo mejor lo ha enviado para engañarnos.<br /><br />—Sigue te lo ruego…<br /><br />—No, por favor. No quisiera preocuparle más. <br /><br />Galopa el viento de berrea hacia nuevas lluvias, calentando la pasión del monte y grandes cuernas de puntas perleadas se afilan en un comienzo de pelea. La sierra brava aguanta mecha enloquecida y las luchas de los venados rasgan el sendero de topetazos.<br /><br />Por una empinada rehoya venía bramando <em>Candiles</em>, una y otra vez, seguido de cerca por <em>Filigrana</em>. Más allá ciervas encendidas los reclamaban en las soleadas alamedas.<br /><br />Desde la media cimbra de la silleta, llegó hasta ellos el ronco bramido de otro macho que dejaba sin resuello los manchoncillos de las lindes. Bajaba cubierto de rabia entre los jarales batidos por la brisa, sacudiendo la recia cornamenta que desgarraba con furia los jarales.<br /><br />De repente, frenó su alocada carrera para escuchar la brama violenta de <em>Candiles</em>. Se hizo un silencio de pánico e ira mezclados, más bien de odio, como avisándole que no tenía derecho a pisar su sombra, a no ser que quisiera salir corriendo a tres patas.<br /><br />—Señor, ese es <em>El Negro</em> —dijo <em>Filigrana</em>, sin vacilar.<br /><br />—Lo veo, muchacho.<br /><br />Cuando estaba llegando a él le dijo con naturalidad:<br /><br />—No te he olvidado, es hora de que te prepares a recibir la mayor paliza que te hayan dado en la sierra —gritó <em>Candiles</em>, enardecido de furia— y enganchando su cuerna con la del otro venado, le arrastró largo rato hasta estrellarlo contra los sueltos pizarrales de las peñas desnudas. <em>El Negro</em> parecía petrificado, sangrando por la boca que le impedía berrear. Bruscamente volvió <em>Candiles</em>, a chocar de nuevo con su poderosa cornamenta y haciendo un enorme esfuerzo lo arrojó precipitadamente contra los matorrales de jaras, cuando ya la tarde se marchaba sin retorno.<br /><br />—Por favor señor, déjelo ya —se apresuró a decir <em>Filigrana</em>. <br /><br />Temía que volviera a explotar de un momento a otro. No era agradable ver al maestro fuera de sus casillas y mucho menos cuando estaba en pleno celo.<br /><br />—Juré, que éste mal nacido se acordaría toda su vida del daño que te hizo. <em>¡Puedes decir que mi venganza se ha cumplido!</em> y que con esta derrota el muy traidor ya va apañado, y como en el monte todo se sabe, ya se va pregonando por todos los repechos de mucha querencia, el final de su chulería.<br /><br /><em>Candiles</em>, estaba mucho más que cansado; estaba rendido de cansancio. Una locura que le dejó sin pulsos y royéndole por dentro.<br /><br /><em>Filigrana</em>, marchó a esconderse —con todo el sigilo que le fue posible— dentro de un soto de fresca sombra, donde le siguió <em>Candiles</em>, con una fría y persistente lluvia.<br /><br />Aquel lugar tranquilo, esparcía el olor de las juncias entre las matas de lirios silvestres.</description>
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<pubDate>Thu, 04 Aug 2011 17:43:00 GMT</pubDate>
<title>La calentura de Filigrana</title>
<author>Felipe Choclan</author>
<link>http://www.club-caza.com/blog/candiles/postver.asp?p=39</link>
<description><div class="entradillacandiles">Cierra los ojos amigo, y cuando vuelvas a abrirlos, trata de mantener firme la mirada entre las veredas peregrinas por donde carean <em>Candiles</em> y <em>Filigrana</em>, donde los jarales los esconden hasta las más ocultas rehoyas del tronchado cortadero. Pronto recordarás las palabras de sus conversaciones.</div><br /><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/039_1.jpg" class="bordefoto" /><br />—Oye muchacho. Hay que ver lo que nos ha costado repechar esos crestones grandes que dominan las cuevas donde estuvieron los moros antiguamente, y aún continúas descentrado y toda la mañana caminas de acá para allá.<br /><br />El escudero, al oír aquello, no dijo nada.<br /><br />—A ti te pasa algo y te veo muy raro.<br /><br />—Pues maestro se lo voy a decir, ya que usted se ha dado cuenta de que algo me preocupa y necesito su consejo.<br /><br />El venado lo miró perplejo.<br /><br />—Es que el otro día cuando me mandó a que echase un vistazo a las trochas de la umbría del Rapao, me encontré con dos ciervecillas muy bellas…<br /><br />—Bueno, y ¿eso es tan sólo?<br /><br />—Menudas culatas tenían tan bien formadas y no sabe usted cuánto se alegró mi corazón al verlas.<br /><br />Todas las ciervas saben caminar, pero muy pocas son dignas de ser admiradas como a ellas confiadas en su querencia, cuando caminan entre los encinares. No puedo repetir otra cosa que no sea volver a verlas de nuevo, y este deseo y este sueño, <em>es su magia que me atormenta</em>.<br /><br />—Pues ya sabes lo que tienes que hacer. ¡Valor, y a por ellas! ¡Valor, y deja bien alto el portillo! —dijo <em>Candiles</em>.<br /><br /><em>Filigrana</em> salió corriendo como alma que se lleva el diablo, brincando sin cesar hacia la lejanía del encuentro de las jovencitas, enredando sus ojos de tanto acechar, a ver si las veía. <br /><br />Corre el fresco, apretándose en las pedrizas de bajas neblinas, y tiene castañas carear los carriles frente a un mar de encinas, abrigados por las peñas cubiertas de juncias.<br /><br />Era una mañana recién nacida, ahogada por ligeras brumas en los collados, cuando distinguió a lo lejos a una de las ciervas que paseaba senda adelante con toda su belleza, y permaneciendo con el cuello muy estirado para verme mejor cuando asomase por un clarillo, y me seguía sonriente como si acabara de tener una visión.<br /><br />Parecía que no quería confiarse y no tenía nada de extraño que se mostrarse inquieta, de ahí su mirada con las orejas empinadas, en la creencia de que había vuelto.<br /><br />Por fin se presentó la ocasión, y como le fue posible. <em>¡No podía resistirlo más!</em> Se acercó hasta ella. Sonreía tímidamente y cada paso que daba entre las jaraspetas de plata en aquel silencio pavoroso, acariciaba a un amor que nació de repente.<br /><br />—¡Hola! ¿Cómo te llamas?<br /><br />—<em>Filigrana</em> —respondió lanzando un suspiro—, ¿y tú?<br /><br />—Pues yo, <em>Salvia</em>.<br /><br />Y así se unió la pasión de dos criaturas en su careo incansable por el monte, mientras el viento a retazos propagaba por el recodo del sendero la brama del ciervo hasta las cuerdas más altas.<br /><br />—Oye, <em>Salvia</em>, si tu quieres podías venir conmigo y te presentaría a mi señor, <em>Candiles</em>.<br /><br />—He oído hablar de él en la sierra y se dice que es un arrogante ciervo, de casta valiente en las luchas con otros machos.<br /><br />Sin pronunciar palabra alguna, al poco tiempo ya estaban los dos en presencia del ciervo, que por cierto le impresionó a ella su gran corpulencia como no había visto otro igual por el monte bravo de los jaranzales, en su constante ir y venir, regateando rehalas e imprimiendo a cada salto mayor agilidad, balanceando su enorme cuerna.<br /><br /><em>Candiles</em>, sorprendido por el encuentro, pudo ver sus mejillas enrojecidas, las finas curvas de sus patas y el hermoso pecho bañado por la luz transparente del mediodía. Ella estaba visiblemente nerviosa y con la cabeza gacha.<br /><br />Mientras tanto <em>Filigrana</em>, permanecía en silencio y paseaba a su alrededor con disimulo, temiendo que pudiera darse cuenta de su curiosa mirada.<br /><br />—Ven aquí bonita y dime cómo es tu gracia —dijo <em>Candiles</em>.<br /><br />—Me llamo <em>Salvia</em> —y bajó la mirada.<br /><br />—Escucha, deberías hablar con <em>Filigrana</em>, mientras yo doy una vuelta por estos burciales —y acercó al escudero hasta ella, bajando despacio hacia el cañaveral del arroyo. <br /><br /><div id="fotoder"><img src="http://www.club-caza.com/blog/candiles/imagenes/039_2.jpg" alt="" width="350" height="443" class="bordefoto" /></div>Cuando ya se alejaban, de repente se toparon, frente a frente, con el <em>Negro de Povedilla</em>. <em>Filigrana</em> se quedó tan inmóvil como una momia. Tardó unos segundos en comprender que estaba en presencia del viejo venado, resabiado y asesino, que recibió de <em>Candiles</em>, en la anterior berrea, una gran paliza, huyendo despavorido monte adentro y amenazándole que ya se verían en otra ocasión.<br /><br />—Me han contado —dijo el muy canalla obligándole a mirarle— que ese venado va acompañado ahora por otro escudero tan cobarde y fanfarrón como él. No serás tú, ¿verdad?<br /><br /><em>Filigrana</em> le hizo una señal a la cierva y esta salió a todo correr presintiendo lo que podía liarse allí.<br /><br />—Pues para que lo sepas, soy yo. Y no te permito que hables mal e insultes a mi señor en su ausencia. Aquí me tienes para lo que quieras.<br /><br /><em>El Negro</em>, al escucharle se lanzó como un desesperado contra su cuerna y, al separarse, le clavó una de las luchaderas en el codillo dejándole abandonado y mal herido, esbozando una sonrisa siniestra esperando que muriese desangrado.<br /><br />Mientras tanto, <em>Candiles</em> andaba preocupado por la tardanza de su escudero pese a la cautiva sencillez de aquella cierva, ya que jamás <em>Filigrana</em> se alejó tanto tiempo de su compañía. Pensaba lo bien que lo estaría pasando con su amiga y le extrañaba que no acudiese a ver como andaba su maestro.<br /><br />Cuando se fue, se sintió más perdido que nunca y, ahora, esta ausencia por aquellos montes no presagiaba nada bueno y así parecía.<br /><br /><em>Empezó a hipar muy despacio, preparándose para lo peor.</em><br /><br />En ese momento rompió el silencio un gran Búho, y sus alas se posaron suavemente sobre la entramada fronda de un aliso cercano y se dirigió al venado:<br /><br />—<em>Candiles</em>, tu compañero está muy mal y es preciso que me sigas y veamos que podemos hacer por él.<br /><br />Y cuánto más largo era el vuelo del Búho, mayores eran los saltos del venado, y en un instante encontraron el encame de <em>Filigrana</em> retorciéndose bajo los riscos.<br /><br />Apenas podía abrir los ojos echado en un charco de sangre que salía de su codillo.<br /><br />—¿Qué te ha ocurrido?<br /><br />—Me atacó, señor, el <em>Negro de Povedilla</em>, tan pronto le dije que era su escudero y le repetí que no le insultase más a usted, no encontrándose allí presente. Me parecía imposible vencerle, pero sin embargo cuando mis ojos estaban casi al mismo nivel de los suyos, no pude evitar su traidora puñalada y me arrojó sin contemplaciones a éste horrible emparrado de zarzas, y no cedió a la tentación de revolverse otra vez contra mí.<br /><br /><em>Las lágrimas asomaron a sus ojos.</em><br /><br />—Pero ¿acaso se le ha olvidado a ese, que se la tengo jurada desde aquél día que le abatí delante de toda la sierra?<br /><br />—No, desde luego señor.<br /> <br /><em>Candiles</em>, como pudo le arrastró hasta el charco azul, muy hozado por la jeta de los jabalíes, donde le frotó la herida con barro para taponársela y evitar que sangrase más, limpiándosela después con hojas de romero florecido, y dejó que se recostase sobre su cuerpo, inundado de sudor, después de la carrera que se dio hasta dar con su fiel escudero.<br /><br /><em>—Perdone —dijo <em>Filigrana</em>—, lo que más me gustó fue verle huir al cobarde, corriendo delante de los perros más inofensivos del cortijo.</em><br /><br />Observó <em>Candiles</em>, al acercarse, que la herida olía mal y le preocupó la posible infección que tuviese, y una sensación de frío recorrió todo su ser sin poder hacer nada por él. Lo abrazó, frotando la herida, y notó distinto su alrededor, donde pulsó la vena que ya no sangraba tanto.<br /><br /><em>Le miró diciéndole al oído: señor, se lo suplico, si me saca de aquí, ya nunca me alejaré de su lado.</em><br /><br />De repente el Búho real, elevó sus alas por encima de ellos y desapareció veloz entre las encinas lejanas de los Escoriales.<br /><br />¿Qué sería capaz de hacer aquella ave por salvar la vida de <em>Filigrana</em>, o es que marcharía al encuentro de alguien que más tarde volvería con él para asistirlo?<br /><br /><em>Candiles</em> no sabía qué hacer. Ahora comprendía cuánto le apreciaba y, justamente en ese momento, llegó el gran Búho acompañado de un anciano corzo que el venado reconoció enseguida, y que fue el que le operó del tiro que rasgó su brazuelo en la montería del Castañar.<br /><br />—<em>Filigrana</em>, éste señor corzo sana a las criaturas de Sierra Morena. Te lo voy a presentar, y ha traído consigo unas hojas de majuelo del valle del Bullaque para curarte.<br /><br />—¿Co… cómo? —dijo el escudero tartamudeando.<br /><br />—Verá amigo —dijo el corzo—, pienso que podré arreglarle ésta herida antes de que se le infecte más.<br /><br />—¿Y qué le hace suponer eso? —murmuró muy serio.<br /><br />—El hecho de que otros colegas sigan saltando por los montes después de rodar por tierra de un disparo o de ser agarrado por los perros.<br /><br />—<em>Filigrana</em>, éste corzo es muy inteligente y deseo que confié plenamente en él. Quiero que sepas, que en varias ocasiones curó al jabalí Solitario.<br /><br />Diez minutos más tarde dormía el escudero profundamente, mientras le extraía parte de la luchadera que se le partió de la fuerza con que se la clavó, y que pudo sacársela con la punta de uno de sus cuernecillos y por ello dejó de sangrar.<br /><br />Era casi de noche cerrada cuando termino de curarle, y con pasos temblorosos se fue alejando después de hacerle una ligera reverencia, dejando dormido a <em>Filigrana</em> sobre el romero y las rojas peonías camperas.<br /><br /><em><em>Candiles</em> acarició la frente del escudero y se acercó a su lado sin pronunciar palabra alguna. A lo lejos, el bosque con todos sus misterios era el guardián de <em>Filigrana</em>.</em></description>
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