Reportajes

Tras conejos con podencos

Caza a diente

Dos podencos de castigo se internan en la zarza. Mientras, fuera, los más veloces esperan. Cuando suenan las voces de los que están dentro, algunos más entran en el mar de espinas y ramas. El resto acude y cerca las posibles vías de escape del conejo. Son los más veloces, los que tienen alguna opción de alcanzar al conejo en los primeros metros de huida en el exterior de las matas.

CdC

17/07/2018 - 6966 lecturas

«Los podencos trabajan armonizando tareas hasta convertirse en un equipo eficaz y letal»

«No entendemos la caza sin podencos»

«Los perros llegaban a este primer día bien preparados»

«El conejo, ante el acoso de estos perros, se mueve en el interior de la zarza, que conoce a la perfección»

«A cada latido, el propietario del perro que lo ha producido lo identifica inmediatamente»

Para los que disfrutan de la caza con perro y del trabajo del can, esta escena se postula como una de las más bellas. Los podencos trabajan armonizando tareas hasta convertirse en un equipo eficaz y letal en la caza del conejo sin armas, de poder a poder.

Perro y conejo

El día de la apertura de la temporada de caza a diente tuvimos la oportunidad de acompañar a cuatro cazadores valencianos que viven esta caza de un modo muy intenso. José Luis es un joven cazador que ha heredado de su padre, además del nombre, el veneno, como ellos lo llaman, de la caza del conejo. Junto a ellos, siempre sus podencos, casi todos andaluces de talla media y pelo corto, pero también les acompaña una xarnega valenciana.

Padre e hijo reconocen que apenas han podido dormir por la emoción que les causa el arranque de la temporada conejera. Estos cazadores sólo cazan el conejo, desechando el resto de piezas de nuestra cinegética, y siempre con la ayuda de los perros: «No entendemos la caza sin podencos» es una frase repetida durante las conversaciones que mantuvimos con ellos.


Llegó la hora de dar comienzo a la temporada.

Terrenos duros para la caza

Después de reunirnos con otros dos cazadores, Víctor y Antonio, y con sus perros, casi todos podencos medianos de pelo corto, excepto uno de pelo largo y un excepcional maneto, nos dirigimos al cazadero, consistente en varias zonas de distintas características. Un arroyo de gran caudal custodiado por densas cañas y matas de adelfas, manchas de matas, campos de cambrón o espino africano, un duro barranco repleto de espino negro y unos preciosos campos de zarzamoras.

Un intenso calor nos recibía, aún con las primeras luces del alba, en los terrenos que estos cazadores habían elegido para inaugurar la temporada. En cambio, los perros llegaban a este primer día bien preparados, como así nos confirmaba José Luis: «Mi padre los saca todos los días a que corran y los tiene en el campo bastante tiempo. Es la única forma de que los perros rindan con temperaturas tan altas».


Los perros más rápidos siguen con sus ojos y oídos lo que acontece dentro de las zarzas.

Un equipo completo y compenetrado

Como hemos adelantado al comienzo de esta crónica, los podencos de castigo son los que no dudan en introducirse en las zarzas más apretadas. Al mirar a estos perros, los identificamos sin problema. Cuentan con cicatrices que delatan su valor, su temeridad a la hora de llegar hasta el conejo en las circunstancias más exigentes.

Estas cicatrices les afectan, sobre todo, a las orejas, y durante esta jornada hemos podido comprobar las heridas que les ocasionan las afiladas puntas de los espinos en los que han cazado.

El conejo, ante el acoso de estos perros, se mueve en el interior de la zarza, que conoce a la perfección. Avanza y retrocede según le conviene. En ocasiones, llega hasta el límite de la vegetación, pero si no lo ve claro, no emprende huida.

Le cuesta mucho dejar el amparo de las matas, incluso este primer día de caza de la temporada. Además, se da perfecta cuenta de que el resto de perros espera esa huida, colocados perfectamente para intentar cortar su carrera en los primeros pasos, ya que después, cuando el conejo alcanza más velocidad, será casi imposible darle caza.


Uno de los conejos pone a prueba la velocidad de los podencos.

Primeros lances

Con paciencia y con la buena labor de los perros, van produciéndose los primeros lances. Los podencos dan con los primeros rastros, a pesar de que las altas temperaturas dificultan en gran medida la dispersión de los olores, sobre todo en el interior de los largos regueros de matas y zarzas que, en algunos tramos, superan los dos metros de altura.

A pesar de no tener casi nada a favor, los perros dan con los rastros, y las primeras voces no tardan en resonar con fuerza en el campo. A cada latido, el propietario del perro que lo ha producido lo identifica inmediatamente: «Esa es Daina», «aquella es Sara», «esa es La Rubia ladrando a la boca de la madriguera», íbamos oyendo a medida que los perros alzaban su voz.


Varias veces hubo que parar a dar agua a los perros.

El resto de integrantes del grupo de podencos acudía a la carrera al lugar donde había latido el perro. Cercaban el sitio y aguardaban con atención a lo que ocurría entre las densas ramas. Acercaban la nariz al interior de la zarza, utilizaban su vista pero, sobre todo, les veíamos girar su cabeza para que la información les llegara a sus oídos. Mientras, dentro, de vez en cuando éramos testigos de las sacudidas de la vegetación, señal de que en su interior la persecución exigía el máximo a los perros y conejos.


Al concluir la jornada toca revisar a fondo el estado de los perros.

Carreras espectaculares

Era cuestión de tiempo que los conejos abandonaran su escondite empujados por la presión incesante de los perros. Aquí es cuando pudimos disfrutar de unas carreras espectaculares y de algún garrotazo que los conejos esquivaban con gran pericia. Es por eso que a esta modalidad se la denomina caza a garrote.