
Dejó, Don Paco, que, tiempo atrás, su historia se diluyera en la niebla, como su vida. El tiempo cruel quebró sus sueños borrando de un plumazo sus perdices y conejos... Pero regresa a estas páginas, en el espíritu de El Chepa, para volver a dejarnos el aroma de la jara y de la sierra. Es lo que tiene el lenguaje de José F. Titos, que huele a campo en todas y cada una de sus sílabas... ¡Pasen y huelan!
En efecto, en el puesto del debut no nos comimos una rosca, pero eso a mí, después de haberlo vivido embobado por el arte con que se destapara aquel novato y tan inefable artista, me importó un rábano. No sé si el debutante hubiera dicho lo mismo. Para mí, lo realmente trascendente, fue que aquel ‘novillero’, del que yo era ‘apoderao’, hiciera una tan magistral faena, y de tan vibrante y emotiva, tensión como para sacarlo a hombros por la Puerta del Príncipe de la Real Maestranza de Caballería, de Sevilla, por supuesto. Y es que estas faenas del reclamo, son, precisamente, la quintaesencia, como bien sabemos los buenos pajareros, de esta tan bella como sugestiva modalidad cinegética. Ni a los tobillos le llegó el puesto que, aquel mismo día por la tarde, le diera a El Tarta, aun habiéndose trabajado las dos hembras y el macho, que le tiré admirablemente.
Tres perdices en un solo puesto es casi como para echar las campanas al vuelo… y no fueron cuatro porque ni el cartucho merecía una ‘vicaria’ que, muy a última hora, allí se presentó como… de excusandeo, y, por lo mismo, más inexpresiva e insensible que si hubiera sido de escayola, por lo que El Tarta se debió sentir tan humillado y despreciado, que no le hizo ni puto caso. La ignoró absolutamente y, claro, abatir una perdiz en un lance de unas tan deprimentes y despreciable circunstancias, no es sino un vulgar y vil asesinato, y, como tal, sólo puede ser cometido por el que es un desdeñable pichinero, que no por un servidor que siempre se jactó de ser un honrado y buen pajarero.
A partir de aquel fin de semana aún me quedaban tres más, para los que pensé atrochar por mitad del barbecho –en cuanto al educando, me refiero– y, cuanto menos, sacarlo el sábado y el domingo, si es que no todos los días seguidos, dejándome de tantas recomendaciones y chuminás de los más ‘sabios jauleros’, ya que cada vez estaba más convencido de que lo del pájaro es algo tan sumamente aleatorio y enigmático que hay que decir, humildemente, lo que ya dijera aquel eximio sabio heleno: «Sólo sé que no sé nada». Y así, sólo tres puestos más le pude dar, en lo que quedaba de celo, al ‘pigmeo’ y descalabrado saltarín, en los que dejó inequívoca y completamente confirmado ser ese codiciado reclamo por el que todo aficionado suspira.
Sólo en uno de ellos no le pude tirar, y la causa, por supuesto, no fue su falta de generosidad y buen hacer, ya que en él, como en los demás, se trabajó ‘el artículo’ como sólo saben hacer los buenos. Y es que, claro, la tarde fue infernal y de los más desapacible, con aquel airazo encañonado que sacudía las copas de los olivos como a marionetas desarticuladas. No olvidemos, por otra parte, que uno de los mayores enemigos de la caza del pájaro es, precisamente, el viento, ya que el campo se suele amojonar al socaire de cualquier rocacha, mata o peñasco y, además de no abrir el pico, a ver quien es el guapo que les saca de allí para dar un pase delante. A pesar de todo, el animoso Chepa no se vino abajo ni por un solo instante, sino que allí permaneció, al pie del cañón, predispuesto, como los valientes, a lo que fuere, y siempre dando la cara.
Desde el primer momento en que le quité la sayuela, no dejó de salir de reclamo, aunque haciendo pequeñas calladas que aprovechaba para poner el oído, con ostensible gracia y descaro, a la espera de la más pequeña y lejana contestación; pero allí no se oía ni una pitá. Llegó hasta pichearse, como hacen los más grandes campeones, ‘para levantar el campo’. No me quería creer tanta sabiduría en un neófito, y he de confesar que me dejó con los güevos colgando. Ni así, sin embargo, había por allí quien diera señales de vida. Aquello era ‘el huerto de los callaos’, que es como los castizos llaman a los cementerios. Aguanté, no obstante, como amojonado, también, allí en el tollo, por el solo placer de oír a aquella delicia de joven reclamo, cuya actitud, por sí sola, bien podía ser capaz de ilusionar a un muerto.
En otro de estos puestos pude tirarle a un macho que, por cierto, era todo un cácarro de los de colmillo retorcido, pero que –¡ole ahí los pollos bragaos y con arte para conseguir meterlo en la plaza!– el viejo guerrero campesino, ante las llamadas de su hembra que, a lo lejos, no dejaba de reclamarlo a su lado, si daba un paso adelante, daba dos hacia atrás, hasta que, entre un sí y un no, se encaramó en lo alto de un peñasco (seguramente para que lo viera su esposa y lo dejase tranquilo) pues, al parecer, no quería abandonar aquella su lucha –para no dar la impresión de ser un cobarde y, sí estar dispuesto, por el contrario, a cantarle las cuarenta a aquel intruso que, tan osada y temerariamente, había invadido su territorio intentando, incluso, meterle las cabras en el corral.
Más de una hora se tiraron ambos contendientes en sus beligerantes y ardorosos retos hasta que el cácarro de marras, que, seguramente, debería de estar ya hasta los mismísimos cojones de la pertinaz provocación del intruso, aprovechó unos instantes en los que la parienta dejo de llamarlo para descolgarse por aquel risco y acudir, como un chispeante rayo, a aquel tan tozudo como comprometedor.
El recibimiento que le hizo El Chepa, a pesar de venir como venía, fue insuperable. Aún superior que el que le hiciera a la viuda de Las Cochineras. Pero es que, una vez abatido el campesino, ‘cargó el tiro’ con tal maestría que, como dicen los sevillanos, aquello fue «¡p’a morí, compare, porque es que no se podía aguantá!». ¡Qué maravilla de pájaro, Santo Dios! ¡Parecía imposible que pudiera haber guardado tal joya en aquel cuerpo de enano azarrunao y cabeza descalabrá!
El último puesto que le di en aquel su primer celo ya fue la repanocha, ya que, siendo el último día de la temporada, el campo estaba más jauleao y espigao; sin embargo, El Chepa, como si se hubiera convertido, por arte de magia, en algo así como en ‘un reclamo escoba’, fue barriendo los desperdicios que otros fueron dejando atrás. Y es que meter tres viudas resabiás en la plaza, en un mismo puesto, y más a estas alturas… ya tiene ‘bemoles’, por no decir aquello otro de ¡manda cojones!
Toda una valiosa joya del reclamo, este Chepa, que había que guardar como oro en paño, para venideras temporadas, aunque, inconcebiblemente, terminara el celo con la cabeza, con perdón, de un Santo Cristo, coronado de espinas, y que, junto a su joroba y aquel su tipejo de enanoide, cierto es que se prestaba a la compasión, si es que no al asco y al desprecio.
José F. Titos Alfaro
Publicado en la revista Caza y Safaris
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