En principio, el Eland no entraba en mi lista de prioridades. El Taurotragus oryx oryx, el antílope más grande que existe, no me llamaba la atención, precisamente por eso, por grande. Con ese aspecto de manso de Las Ventas, suponía que su caza no ofrecería mucha dificultad. Soltarle un tirascazo a un animal de más de 700 kilos en medio de un raso no me parecía demasiado complicado.

Sin embargo, después de verlo en el campo, la idea preconcebida cambió por completo. Aquí hay muchos animales, eso es evidente, pero ninguno tiene intención de esperarse a ver qué intenciones llevas. En África debe ser una máxima «Si ves un blanco rubio, seguido de otro blanco con cara de despistado y de un negro que te señala… ¡A correr!»

Y así lo hacían cada vez que les echaba el ojo encima, en manadas de diez o más individuos con un par de machos y su grupete de rojizas hembras. Estampida en  cuanto hacíamos ademán de acercarnos con una querencia muy acentuada a la montaña, bueno, lo que en La Mancha llamamos cerros, que aquí las montañas no dan para más.

El día anterior ya había estado intentado cazarlo, pudiendo comprobar cómo después de pincharlo mi compañero se tragaba seis tiros de sendos .300 WM  antes de hincar la rodilla. Un macho enorme de cuerpo, pero con unos cuernos que el profesional calificó de normales. Aún así, a mí me pareció un animal soberbio. Largos y recios cuernos sin llegar a marcar la espiral que caracteriza a los grandes trofeos.

Mi compañero también había abatido una hembra, ésta al primer disparo, que dejamos en el campo para pasar a recogerla más tarde. Cuando al fin llegamos donde supuestamente se encontraba, vueltas y más vueltas y la difunta sin aparecer. «Ni que fuese un zorzal», pensaba yo, que sus buenos quinientos kilos sí que los tendría.

Sin dudar de la capacidad de orientación de los pisteros seguimos buscando, para comprobar que la presunta muerta se había levantado y había tomado las de Villadiego, que no sé por qué parte de Sudáfrica queda, mientras nosotros nos rascábamos las cabezas por debajo de las gorras.

Daba muy poca sangre, apenas una gota cada veinte pasos y las huellas se marcaban firmes. Calentón de agujas, de libro.

La pisteamos más de cinco kilómetros, como ya os decía, cerro arriba, sin llegar a verla, para acabar desistiendo. Los locales debían tenerlo muy claro porque aquí no hay costumbre de dejar bichos pinchados en el monte. Por ética de cazador… y porque te los cobran enteros.

Al día siguiente, acompañado de mi cazador profesional negro, volvemos a hacernos con, esta vez sí, mi Eland.

Vemos algunos grupos con machos que a mí me parecen bonitos, pero el profesional insiste en que podemos hacernos con uno mejor. Ya por la tarde, damos con el que estábamos buscando: «A very Big Bull».

Como buen macho viejo está separado de las manadas, plantado a media ladera en un vallejo cruzado por un arroyo seco. La vegetación de la falda es escasa, el típico bush de matones salteados y esparteras, poca leña para ocultarse, y para colmo, a casi un kilómetro de distancia, el animal nos observa fijamente.

Es imposible, no podemos acercarnos sin que se vaya.

Es muy difícil, pero no imposible.

Buena está la cosa, muy difícil, como a mí me gusta.

Nos metemos en el cauce del arroyo, sin dejar de ser observados y una vez allí me doy cuenta de que aquello tiene menos cobertura de la que yo pensaba. Estamos literalmente tumbados sobre el lecho, junto a un ribazo de apenas medio metro de antiguas avenidas de agua, salpicado con algún espino, alguna zarza y familiares cercanos. Lo que en mi pueblo llamamos un pinchorral. Con tan sólo levantar la cabeza  podemos ver a nuestra presa entre los claros de la espinas.

Comenzamos a reptar sobre las piedras del arroyo, por suerte redondas, como todas aquí, de tamaño comprendido entre un huevo de avestruz y un enorme queso Camembert.

—«No hagas ruido, ten cuidado con las piedras sueltas».

Perfecto, albergo tan pocas posibilidades de éxito, que estoy por darme la vuelta y volver al coche a por una Coca Cola.

Bien o mal, hemos empleado casi media hora en cubrir quinientos metros y para mi sorpresa, cuando se acaba la cobertura vegetal y nos asomamos, nuestro Big Bull ya no nos mira.

Eso sí, hasta aquí hemos llegado, ya no hay para donde tirar. Tenemos veinte metros delante de nosotros de arena lavada de río sin una mala hierba y la pieza todavía está fuera de tiro. Si consiguiésemos salvar esta franja nos meteríamos en la desenfilada de la ladera y con el aire a favor sería fácil hacer la entrada. Pero claro, eso no va a pasar.

Tras diez minutos allí sentados, buscando una posible solución, el profesional me sorprende con su estrategia.

—«Agárrate a mi cinturón por detrás, camina agachado detrás de mí. Por favor, no mires al animal».

Así, este extraño antílope bicolor comienza a andar despacio, al descubierto, con aquesta cabeza casi metida en el culo de aquel negro, pero, por supuesto, sin mirar al animal.

Las nubes se han retirado y acuso el acercamiento reptando, la ropa de abrigo y la pausa. En esta posición el sudor va chorreando de mi cara dejando un rastro en la blanca arena.

Mientras tanto no puedo parar de imaginar que estará pensado el Eland de nosotros.

«¿Adónde va este par de idiotas?»

Sin embargo, y a pesar de mi pesimismo inicial, una idea clara se me pasa por la cabeza.

—«Esto es tan raro, que va a salir bien. Seguro».

Al fin estamos en la desenfilada, ya sólo nos queda subir y que la extraña treta haya dado resultado. Subimos despacio, asomándonos tras cada arbusto, llegamos a la zona donde debería estar esperándonos… pero, claro, no está.

—«¿Se ha ido?» —susurro.

—«Sí, se ha ido».

Subimos diez metros más, y allí está, no se ha movido ni un metro, la pendiente y el bush no nos dejaban verlo. La estampa del animal,  con esa luz cálida de los atardeceres en el Karoo, es magnífica, ramonea tranquilamente y su piel refleja un tono rojizo. Realmente ¡es muy grande!

Frente a mí aparecen dos palos unidos con una cámara de bicicleta. Tecnología punta al servicio de la cinegética. Meto al bull en el visor. Está a unos doscientos cincuenta metros. Por su tamaño y por lo que nos ha costado llegar hasta él no me veo capaz de fallarlo.

Está cruzado, pero una mata tapa su codillo. Ahora me entran las dudas. Las puntas que he traído son algo blandas. Mucho más si pensamos colocarlas en el codillo de este gran animal después de atravesar una mata. Además, son sólo ciento cincuenta grains y su primo encajó dos como éstas y cuatro más gordas.

Monto el pelo y apunto justo al borde del matorral que lo tapa. Por más que lo intento sigo sin ser capaz de oír el zap de la bala al impactar en los bichos, pero el Eland salta sobre sus cuatro patas lanzando una coz al aire. Buena señal.

Inicia una alocada carrera cuesta abajo arrollando todo a su paso.

¡Repite! ¡Repite!

Alimento el arma y los diez aumentos hacen que tarde un par de segundos en volver a ponerle la cruz. Ahora sólo le veo la cabeza y la parte de arriba del lomo mientras corre tapado. Tiro con confianza. La mole rueda cincuenta metros y finalmente se para.

Es cierto que fuera de España celebran y se asombran de los tiros a la carrera, pero realmente el lance ha sido espectacular. El primer tiro pasó ambos pulmones y el segundo, un tiro de fortuna, ha entrado por el hoyo de las agujas y ha partido la columna. Ninguna de las dos balas ha quedado dentro. Rodao sin puntilla.

Alegría, saltos y paseo hasta llegar a este precioso animal. El arma va alimentada y en prevengan. No quiero que se levante y se vaya como hizo su novia.

Mientras acaricio el rojo tupé me percato de que el camino más cercano está entre lejos y muy lejos, y me recuerdo arrastrando guarros entre jaras y pedrizas.

Un nuevo pensamiento me viene a la cabeza: «Espero que no me hagan sacarlo a las costillas».

Quiero agradecer a Mynhard Herholdt, de MH Hunting Safaris, los fantásticos días de caza que nos permitió vivir, entre amigos, los que mejor recuerdo dejan.

 

Fidel Santos