Aguardos en la Alberquilla

Felix

 

Alameda del Riánsares , 28 de Agosto de 2001
En este puesto ya había fallado un guarro grande, en el mes de Mayo. Nos acompañaba -a mi padre y a mí- Vicente, el guarda. Parecía que le llevara teledirigido al cochino. Nos dijo a la hora que se levantaba de la cama, lo que hacía después -bañarse en una charca próxima- y a la hora que nos entraría. Lo de que se estaba bañando en la charca lo comprobamos porque las ranas dejaron de croar. Es evidente, pero estas cosas se nos escapan la mayoría de las veces a los cazadores de ciudad.

Pero ese día el aire estaba mal. De vez en cuando nos daba en la nuca. Se acercaba la hora y se acercaba el guarro, y el aire seguía revoloteando. Desde que le intuimos, Vicente me animaba a tirarle. Yo no le veía la muerte al cochino. Estaba de frente, luego de lada, mal, pero mal.

- ¡Tírale! ¡Tírale! ¡Qué se va a ir!

Y el guarro se fue, pero el tiro le pasó cerca...

Luego me comentó Vicente que ya habían matado a ese guarro, sobre un mes después.

Pero estas fechas, últimos de Agosto, son ya casi otra estación. Había la misma luna que aquella vez, pero el cielo estaba más claro y yo estaba más solo.

A las diez y media se rompió el silencio. El monte, de repente, empezó a hervir. Había ruido por todas partes.

Una manada estaba entrando al comedero. Al primero que vi fue a un guarro, que luego supuse era la guarra. Salió a lo claro, y se dirigía como hacia mí. Ya también podía intuir a los guarrillos comiendo, haciendo un ruido estrepitoso. Cogí los prismáticos y estuve contemplando a los guarrillos darse un festín de maíz. A la que perdí de vista fue a la guarra. Esperé un rato y decidí romper la tranquilidad de los cochinos. Encendí el faro. En el visor se dibujaba un baile de ojillos diabólicos, que no sabían si mirar a la luz, comer o salir corriendo. De repente salieron corriendo, aunque sin mucho convencimiento. Como vieron que allí no pasaba nada, decidieron entran a comer otra vez. Y otra vez les encendí la luz para no perderme el espectáculo. Pasados un par de minutos escuché unos bufidos. Seguro que la guarra me había cogido el aire y avisaba a los guarrillos que había que irse. Ahora si que la huida fue más convulsiva y rápida.

Otra vez me quedé tranquilo. La noche era estupenda. Pero el aire hacia lo que le daba la gana. Yo ya sabía, porque Vicente me lo había dicho, que a este puesto le fallaba el aire. Pero había momentos en que venía bien, y esto me animaba a alargar la espera.

Últimamente, para evitar el sueño, llevo un termo con café. Viene muy bien, en estos días de caza por la noche o de madrugada, que no sabes si vas a cenar, o si te va a entrar hambre. Así que ahora era el momento para aprovechar y tomar un café. También pensé que esta sería una de las últimas esperas del verano, por lo que decidí quedarme un rato más largo.

Debieron pasar como tres cuartos de hora cuando oí romperse una rama. Ahora quería oír una piedrecilla rodar, cerca de por donde me había parecido oír troncharse la rama, y cerca del comedero. Pero el ruido no parecía continuarse. Por si acaso, y por mirar más allá del comedero, cogí los prismáticos y eché un vistazo.

Había como media luna, pero el comedero estaba justo en la sombra de esta, así que a simple vista se veía muy mal. Pero con los prismáticos si que pude diferenciar un bulto, justo en el comedero. Un cochino. Estaba solo, pero no me parecía muy grande. De todas formas decidí tirarle. En ese momento, y cuando ya le tenía metido en el visor, volvió hacia atrás.

-Bueno. No es muy grande.

Pero enseguida volvió a comer, y ahora si que me presentaba todo el costado. Le tiré apoyado en la horquilla. El tiro hizo que el guarro quedase patas arriba, dos patadas al aire y el cochino dispuesto a ser fotografiado. El jabalí pesaría unos cincuenta kilos.

-Sí. Para matarlo ya. -Comentó el guarda cuando le conté la película