De la caza, de la guerra y de la paz

Abraham

 

Cuando llegamos al rancho en donde pasaríamos la noche ese fin de semana, eran las seis de la tarde del sábado. Los vehículos los dejamos a unos tres kms atrás ya que el camino se cerraba y casi desaparecía tragado por la selva convirtiéndose en un estrecho sendero. Con el equipaje en la espalda y arrastrados por los desesperados sabuesos caminábamos llenos de expectativa y tratando de apurar el paso para evitar la oscuridad. Las tropas de monos aulladores nos recibían con su ensordecedor grito territorial y nos arrojaban excrementos con sus manos con muy buena puntería, ellos emiten su aullido al amanecer pues es a esta hora cuando salen en busca de alimento en las ramas de los árboles de su territorio, lo mismo cuando regresan a dormir en las tardes, al mismo tiempo las guacharacas ó pavas de monte delataban nuestra ruta pues avanzaban paralelamente a nuestra fila india desde una prudente distancia y fuera de nuestra vista a lado y lado del monte tratando de alejarnos de sus nidos y crías en las ramas de los árboles.

De pié en la entrada del rancho ya nos esperaba Rodolfo que había sido alertado por el grito de las guacharacas, que delatan todo lo que se mueva en la selva, ya sea humano, animal ó cualquier otra cosa. El estaba acompañado de su esposa y de sus pequeños hijos, y es un colono de la región que no oculta su alegría al vernos pues con nuestro grupo de caza rompemos con su dura rutina diaria de derribar selva a punta de hacha y machete para recolectar leña y elaborar hornos de carbón y en las áreas que ha derribado, las destronca y cultiva su roza ó huerta en la que siembra yuca y maíz. Rodolfo es uno de las miles de personas que a diario desplaza la violencia. Huyen de su tierra a colonizar nuevamente.

Rodolfo nos prestó su burro para terminar de traer el resto de las cosas que eran tanques con agua, neveras con hielo y las ollas para cocinar.

Al día siguiente batiríamos la selva circundante en busca de los venados cola blanca y los saínos (pecaríes).

Procedimos a amarrar los perros y darles de comer y de beber, los gatos y perros del dueño de casa son desterrados de inmediato por los intrusos.

Ya estaba oscuro, la oscuridad en la selva es sobrecogedora, los sonidos cambian y los animales nocturnos empiezan su búsqueda permanente de alimento, las figuras y siluetas de los grandes árboles semejan toda clase de formas y parecen aumentar de tamaño.

Ya entrada la noche preparamos un delicioso café hecho con leña y endulzado con panela rallada, nada se compara a tomarse un café en el monte hecho con leña!!! Y empezamos a cocinar.

El menú de esa noche era un guiso compuesto de vísceras de ganado, riñón, hígado, pulmón y corazón picados en cuadritos con tomates y cebolla, acompañado de yuca sancochada y una totuma con “aguaepanela” fría.. Después de la cena unos nos sentamos en taburetes, algunos en el piso de tierra barrida y otros en sus hamacas. Yo prefiero el taburete. Los perros dormitaban enroscados debajo de nuestras hamacas y de vez en cuando levantaban la cabeza para mirar a lo profundo de la selva oscura. Que estarán oyendo? Me preguntaba.

Ya algunos de los compañeros cazadores se encontraban caminando por el monte con sus lámparas eléctricas de cacería en la frente. Se dirigían cada uno hasta “su” árbol de mango en la selva que habían dejado preparado el fin de semana anterior para una espera de guartinaja ó lapa, un roedor nocturno que se alimenta de frutas y se caza a la espera desde una “troja” elaborada entre las ramas de un árbol. Este animal solo sale a comer con la noche oscura sin luna.

La conversación avanzaba acerca de varios temas. Las siembras de yuca y maíz arrasadas por los saínos, el venado que se le había espantado la tarde anterior en la revuelta del arroyo seco, el tigre que cruzó el sendero hace tres días, el hijo del compáe Pájaro que se había desaparecido, y de repente......el tema de siempre.

-Se acuerdan de aquel muchacho que nos permitió pasar la noche en su rancho aquella vez que fuimos de cacería al corregimiento de Las Palmas por allá por San Jacinto? Nos pregunta Alvaro.

-Si, si me acuerdo, su nombre es Francisco. Por qué? Le respondí.

-Hombre, pues me contaron que mataron a ese pobre muchacho hace dos semanas. Nos comentó Alvaro. -Lo abrieron en canal y lo tiraron al río. Amenazaron a todos los pueblos ribereños a los cuáles les prohibieron recogerlo, y que si por casualidad llegaba a alguna orilla debían de inmediato empujarlo con una vara de regreso a su travesía macabra, pues debía viajar hasta la desembocadura como un mensaje de terror a todas las poblaciones de las riberas del Río Magdalena.

Bajo la luz del fogón y en silencio, todos escuchábamos horrorizados como murió Francisco.

Quienes lo mataron? Nunca se supo. Serían Paramilitares? Sería la Guerrilla? El caso es que el cuerpo de este hombre tuvo que haber recorrido ese río durante unos tres días, y dicen que su esposa lo acompañó en este recorrido desde la rivera del río, parando en cada pueblo a descansar. Las buenas gentes le daban de comer pero nadie se atrevía a ayudarla a recuperar el cuerpo de su compañero.

Rodolfo mandó a acostar a sus pequeños dentro del rancho, su esposa los metió debajo del toldo para que los mosquitos no los picaran, los acarició y los besó y regresó a sentarse ella también a escuchar la historia con la angustia reflejada en su cara.

Recuerdo muy bien a Francisco y el rancho en donde vivía, recuerdo muy bien los lugares en donde me ha tocado acampar cuando vamos de cacería, los recuerdo como si hubiese estado cientos de veces en ellos y recuerdo su gente, así sea que los hubiese visitado solo una vez.

Francisco era indio puro Sanjacintero, corto de estatura, medía 1.60mt, pero fuerte como un árbol de Guayacán, reía mucho y adoraba a su familia compuesta en esa época por su esposa, india pura también de hermosa piel color bronce y su pelo negro como carbón, sus tres chiquitines saltaban y jugueteaban con las largas orejas de nuestros sabuesos y todo lo preguntaban y tocaban.

Recuerdo en especial a la mas pequeña, tendría unos tres años y vestía un trajecito verde roto en los bordes, pero que se colocó como su mejor gala para recibirnos en su casa la mañana en que llegamos. Su nombre era hermoso, se llamaba Alma Rosa, y desde que llegamos a su humilde ranchito elaborado de estiércol de ganado mezclado con barro, hierba seca y techo de palma, no me quitó la mirada de encima.

Estos ranchos generalmente son hechos con forma circular y dejando un espacio en forma de aro en el centro del techo de palma para permitir que el humo del fogón salga por él. Según la cosmogonía de estos indígenas, su rancho es el centro del mundo y el centro de sus ranchos se convierte en el centro de su mundo en particular y por este espacio deben entrar las cosas buenas y salir todas las cosas malas que le puedan suceder durante el transcurso de su vida.

A Alma Rosa le llamó la atención un pequeño radio transistor que acostumbraba llevar conmigo en todas mis cacerías para sintonizar RCN, la Radio Cadena Nacional, en el cuál escucho noticias toda la noche para enterarme el estado de seguridad de las carreteras ya que los retenes de la guerrilla para quemar carros y camiones y secuestrar gente son comunes. Así podríamos retrasar el regreso ó tomar otra ruta de regreso a casa y evitar pueblos arrasados por la guerrilla ó por los paramilitares.

Ese día en la mañana, en el rancho de Francisco, nos llovió a cantaros durante el primer perreo ó batida móvil, por lo cuál tuvimos que suspender. Caminamos de regreso al ranchito bajo la intensa lluvia, salía vapor del cuerpo caliente de los perros al contacto con el agua de lluvia fresca. Al llegar al rancho me senté en un taburete hecho por Francisco en madera y cuero de venado. Allí estaba Alma Rosa, me miraba fijamente y soltaba una risita cuando me veía acercar el radio al oído.

Yo la miraba disimuladamente bajo el ala rota de mi viejo sombrero de caza hasta que se desapareció de mi vista.

Me recosté con el taburete en una columna de madera del rancho inclinado sobre las dos patas traseras del taburete y bajé la cabeza con los ojos cerrados para “escuchar mejor” la señal de radio.

Continuaba lloviendo pesadamente, el torrente de lluvia no me permitía escuchar bien las noticias del radio y las gigantescas gotas ametrallaban la vegetación que rodeaba el rancho. Ya el cuerpo se me estaba enfriando y el calor de la caminata desaparecía, empezábamos a sentir frío, no recuerdo que escuchaba en ese momento cuando sentí un suave tirón en la manga de mi camisa.

Levante la mirada y era la bella y pequeña Alma Rosa que en sus manitas sucias sostenía una tacita elaborada en totumo seco el cuál contenía un humeante café. Sin apartar el radio de mi oído tomé la tacita de café, el cuál me devolvió el calor. Pensé en ese momento: “No deberías ser tú la que me sirvieras a mí Alma Rosa, debería ser yo el que pudiese servirte de algo a tí”

Cuando conocí a Francisco él tendría unos 25 años y a pesar de todas la penurias que origina el sobrevivir en el monte este era un hombre verdaderamente feliz. Era un extraordinario hombre de monte, conocía la tierra en que vivía y las costumbres de los animales que lo rodeaban. A pesar de su corta estatura cargaba con un machete mas largo que él y lo manejaba a la perfección, si existiese en las Olimpiadas una competencia de carrera en la selva con machete se seguro Francisco se las ganaría todas. Este hombre prácticamente corría en el monte abriéndose paso con el machete.

No dudaba en meter la mano en cualquier cueva ó agujero en la tierra para tantear algún armadillo ó alguna paca. Ese día lo vi sacar una paca con sus manos ásperas, estos son roedores de unos 5 kgs con incisivos temibles que producen feas heridas en los hocicos de los perros que se atreven a rastrearla hasta su guarida. La paca le abrió tremenda cortada en su dedo índice pero este no dejaba de reírse mientras me instaba burlona y retadoramente a que yo sacara la otra paca que quedaba en el hueco. Por supuesto me negué y de inmediato se arrodilló de nuevo en el hueco y metió la mano para sacar otra mas grande aún.

Ese día, después que la lluvia amainó, con la ayuda de Francisco y los sabuesos levantamos los saínos, pudimos matar tres gracias a él y a su habilidad con el machete pues los perros plantaron al saíno contra un árbol y el pudo llegar a tiempo y primero que nosotros para retirar los perros lejos de los colmillos del saíno. El mató uno con su machete y el otro fue tirado mas arriba por otro compañero. Otro de los que hirió con el machete se refugió en una cueva. El saíno entra de culo a sus cuevas y hasta allí lo seguimos con los perros. Con una vara lo puyábamos a ver si se movía. Solo oíamos el traqueteo de sus colmillos en el interior. De inmediato Francisco se acostó en la tierra y se zampó de cabeza en la pequeña cueva por donde solo cabían él y su gigantesco machete en la mano y se metió hasta la cintura. Se oyeron dos golpes secos y la voz de Francisco pidiéndonos que lo jaláramos por los pies. Así lo hicimos, lo agarramos por los talones y lo jalamos hacia fuera, de nuevo su eterna risa burlona y el saíno prendido por el hocico con sus manos.

-Ya tenemos suficiente, regresemos al rancho. Dijimos todos.

Francisco nos aplicaba jugarretas en el monte, iba de baquiano indicando el rumbo en fila india. Avanzaba de primero y de repente se desaparecía, dejándonos medio perdidos en la selva, para aparecer al minuto retorciéndose de la risa y burlándose de las caras de los pobres hombres de ciudad. Tenía un sentido del humor muy particular, pero era su forma de enseñar, creo que esta forma de enseñar la lleva en sus genes y así seguramente el fue enseñado, con dolor.

Una vez lo vi meter el brazo en un nido de hormigas “ají molío” ó “candelillas” se remangó la camisa e introdujo su brazo en él. Las hormigas de inmediato le invadieron el antebrazo y tranquilamente nos miraba mientras hurgaba con su mano en el interior del nido que las hormigas hicieron en la base de un tronco seco de un árbol. Luego lo retiró calmadamente, se sacudió las hormigas y se bajó las mangas. Estas hormigas producen una especie de telaraña que ellos utilizan para hacer un hilo muy fino y otras veces como combustible para mechero.

Por supuesto me dijo que lo ayudara a sacar mas tela, así que me remangué la camisa y al ver que estas hormigas no picaban metí el brazo hasta el fondo. Apenas lo metí sentí fuego en el brazo, cientos de hormigas se abalanzaron enfurecidas a defender su nido, retiré de inmediato el brazo y de un salto quedé parado. El antebrazo me quedó como el de Popeye mientras Francisco a carcajadas se reía. Me dieron ganas de patearlo pero entendí que esta es su manera de enseñar. Seguramente así había aprendido él de su padre, y su padre de su abuelo y así.....

Ya en camino de regreso al rancho refrescamos los perros en un arroyo de agua cristalina, él sacó unos peces que cayeron en una trampa dejada por él y continuamos nuestro lento regreso. Ya en el campamento, nos reciben de nuevo los pequeños y en especial Alma Rosa. De nuevo ella reparte café, lo toma de la olla hirviendo en el fogón y de nuevo me regala una taza de café. El mejor de los cafés.

Ya a nuestra partida decidí dejarle el radiecito a Alma Rosa con un par de baterías nuevas. Le enseñé como utilizarlo y como cuidarlo. La sonrisa y la alegría que manifestó Alma Rosa aquella tarde han sido el mejor recuerdo que cacería alguna me haya dejado. Francisco de inmediato me ofreció las dos Pacas que había atrapado vivas, yo me negué pues esa carne mas la del saíno eran su comida de los próximos días. Entonces le dijo a Alma Rosa que me devolviera el radio. Acepté las pacas de inmediato, las cuáles hasta el día de hoy todavía conservo. Tienen 12 años conmigo y jamás me he atrevido a tocarlas. Nunca se amansaron.

Hoy no se nada de Alma Rosa, hoy no me atrevo a viajara a ese apartado lugar pues las condiciones de orden público y de seguridad no me lo permiten. Que habrá sido de ella? Habrá presenciado el asesinato de su padre? Conservará el radio? Estará viva?. Todavía no lo sé, pero lo que si sé es que no he podido servirle de nada a Alma Rosa.

El aullido de los perros me devuelven al presente, en el rancho de Rodolfo, nuestro anfitrión. Los perros se paran de sus encames escarvados en la tierra y siguen ladrando a la oscuridad, trato de ver a lo profundo para ver quien se acerca, veo luces, el corazón se me acelera, oigo voces, tengo la escopeta cargada y abierta en mis piernas.

Que habrá sentido Francisco cuando en la madrugada del día que lo mataron. De seguro escucho los perros aullando a la selva. Que habrá sentido cuando a patadas tumbaron la puerta de su mundo y lo sacaron arrastrado ante la mirada de su familia?.

Veo las luces acercándose y distingo con tranquilidad que se transforma luego en alegría, a mis compañeros de caza que a eso de las 2 de la madrugada vuelven de la selva después de su espera. Una paca cobrada.

Hoy en mi casa cada semana antes de planear un fin de semana de caza, debo pensarlo varias veces antes de decidir salir al monte. La bendita caza me permitió conocer la historia de Alma Rosa y de su padre Francisco, y como la historia de esta familia es la historia de muchas otras que estoicamente viven en el olvido en el corazón de la selva, bella e inclemente, generosa y a la vez cruel y salvaje, agregándose a esto lo implacable de la crueldad humana.

Hoy les puedo contar la historia de Francisco, de como era su mundo y de cómo este fue destruido. De cómo el mal entró a su mundo y a su humilde vivienda por ese orificio en el techo de palma por donde supuestamente deberían entrar las cosas buenas y salir las malas.

Que haya Paz.