Pobre Sebastián, el creía que lo sabía todo…

Sus scrofa

 

Era a principios de Junio, cuando una mañana, pateando monte el joven Sebastián, encontró un paraje fenomenal para instalar un cebadero, el cual se encontraba junto a un estupendo bancal sembrado de avena, aún tierna, de color verde y bastante cogido por los jabalíes.

Sebastián, al ver esto, su deseo era aguardar esa misma noche a los jabalíes en la siembra, pero no encontraba el lugar idóneo para colocarse ni ningún árbol próximo a donde tenían su entrada y comedero los cochinos, por lo tanto, decidió realizar un cebadero a escasos metros de la siembra, en un claro bastante limpio y con los pinos apropiados para realizar un puesto cómodo y oculto, de espaldas a la luna y a la mima vez, favorecido por el aire. Cuando tubo claro donde colocar cada cosa, se marchó lleno de ilusión y esperanza (había encontrado un lugar bastante bueno para realizar una espera), pues por ahí tenían paso los cochinos y a primera vista, estaba bastante tocado por estos, dejando depositadas en el suelo del claro, 5 o 6 almendras que siempre solía llevar en el bolsillo del pantalón cuando salia a patear y registrar el monte.

Al día siguiente, Sebastián se dirigió al lugar donde había estado el día anterior, cargado con su mochila hasta la mitad de maíz y almendras, con el hacha que le regaló un viejo amigo pastor de la zona, un serrucho, cuerda para atar, un tablón que haría de asiento, clavos y un martillo (por si hiciera falta), con gran ilusión para realizar un puesto y un pequeño cebadero.

Al llegar al citado lugar, por cierto, bastante cansado gracias a nuestro amigo "Lorenzo", tal fue su sorpresa al observar, que las almendras que había depositado el día anterior, se encontraban rotas y esto le hizo saber con certeza al joven Sebastián, que algún tunante andaba por la zona. Sin mas divagación, se puso manos a la obra y comenzó a instalar el puesto en un pino piñonero, bastante frondoso, el cual le brindaba una estupenda vista hacia el claro y muy buena cobertura.

Una vez finalizado éste y sin omitir ningún tipo de retoque y detalle, depositó el contenido de la mochila a unos 20 metros aproximadamente de donde había instalado el puesto, y se marchó del lugar sin olvidar persinarse antes de abandonar el lugar como tenía por costumbre hacer.

A Sebastián, todas estas cosillas se las había enseñado un tío suyo que hacia dos años atrás falleció cuando Sebastián contaba con la corta edad de 17 años.

Esa misma noche no pudo dormir, pensando cada dos por tres si en ese instante estarían los jabalíes allí, trisqueando el maíz y rompiendo las almendras que dejó.

Al día siguiente se trasladó al lugar y no habían entrado los cochinos al cebadero, seguramente por el fuerte olor corporal y el olor a resina que dejó en la zona al estar tanto tiempo por allí y al cortar algunas de las ramas del pino que le molestaban para ver, cuando realizó el puesto.

Hasta el mismo lugar no se podía llegar con vehiculo; debía dejarlo en el camino que pasaba por allí, a unos 100 metros del cebadero, siempre bajo una carrasca bastante grande que lo protegía del sol y a la misma vez, ya tenia pensado dejarlo en ese lugar cuando fuera a esperarlos para evitar los reflejos de la luna.

Sebastián estuvo llendo y viniendo al cebadero durante 3 días y no habían hasta entonces tocado el maíz y las almendras los jabalíes, pero al cuarto día pudo comprobar que si lo habían echo y fue entonces cuando tuvo la certeza de que estos ya se habían acostumbrado a las modificaciones del terreno y al fresco olor a resina de las ramas que cortó cuando hizo el puesto. A partir de entonces, estuvo cebandolos durante otros 3 días mas y siempre acudían, aunque observó, que todas las huellas que se hallaban en el lugar eran del mismo tamaño y muy similares, por lo que empezó a durar si se trataba de un solo animal o por el contrario, de varios de ellos pero del mismo tamaño.

Esa misma noche decidió de una vez por todas, de que ya era el momento de colocarse y esperarlos y así lo hizo. A las 20'30 horas, se trasladó al lugar y se dispuso a aguardarlos. Pasaban los minutos y solo se oía el característico canto del mirlo cuando se va a dormir a la misma vez que se dejaban caer por el cebadero algún que otro arrendajo y un par de tórtolas, engullendo unos cuantos granos de maíz mientras el sol ya empezaba a ocultarse tras la montaña y el día se iba apagando, dando paso a la noche.

Eran ya casi las 22'00 horas, cuando Sebastián escuchó un crujido de ramas justamente en frente de él. Sebastián, a pesar de su corta edad, ya sabia que quería decir esto, y se preparó para afrontar el lance. Pasaron unos 5 minutos y en la maleza, pudo apreciar entre dos luces, a un jabalí bastante majo, el cual no paraba de coger aire, con el morro levantado, sin dejarse ver bien y al parecer bastante receloso. Sebastián, a pesar de la distancia, podría haberle tirado, ya que gastaba por entonces el viejo Máuser de cerrojo que heredó de su tío ya fallecido, del calibre 30-06, con visor de retícula luminosa de 3-9X40, pero la maleza le impedía hacer un tiro certero por lo que decidió esperar a un momento mejor. También pudo comprobar que efectivamente solo iba un animal, de ahí, que todas las huellas parecían similares y del mismo tamaño.

El jabalí, después de hacerse el remolón entre la maleza, se quedó parado por un instante y de repente hizo un giro de 180º y se marchó del lugar al trote, sin gruñir ni soplar.

Sebastián cogió un rebote descomunal. Aguardó un par de horas mas aproximadamente por si este señor decidía volver o en su caso, lo hacían otros, no obteniendo resultados alguno. Ya aburrido de esperar, se apeó del pino y en silencio se dirigió hacia el coche que se encontraba estacionado en la carrasca donde solía aparcar por las mañanas.

A la mañana siguiente se trasladó al lugar para comprobar si después de él irse habían entrado, y, ¡¡efectivamente!!, allí no quedaba ni un solo grano de maíz y ni una almendra sana (¡¡la madre que los parió!!), por lo que volvió a echar maíz y almendras de nuevo.
Ya por la tarde, se preparó y se fue a esperarlos otra vez a la misma hora. Pasaban las horas y por el lugar no se dejaba caer ni las aguilas. Sobre las 01'00 horas, aburrido de nuevo, se bajó del pino y se fue a casa.

A la mañana siguiente volvió al cebadero y...........¡¡otra vez!!.........., allí no queda ni rastro de comida. Sebastián no paraba mentalmente de soltar tacos, estaba cabreadísimo.
Pues bien...., así estuvo durante 7 noches y días mas, y siempre la misma operación, cuando lo aguardaba, no entraba, y cuando volvía al día siguiente por la mañana a comprobar el cebadero, no quedada ni un solo grano, nada mas que cascaras de almendras.

Sebastián, ya harto de esta situación y de regreso a casa después de cebarlos, decidió hacer una visita a su viejo amigo Juan, el pastor, aquel que le regaló el hacha, ya que hacía cierto tiempo que no lo veía y a la misma vez para que le informara de donde había jabalíes, ya que él se tiraba todo el día en el monte pastoreando con el ganado, además de conocer este arte como el mejor.

SEBASTIÁN: Hola Juan, ¿como estas?.
JUAN: Pues bien, esperando que me venga la jubilación y dejar el ganao de una vez por toas que tiene mucha faena y dan pocos cuartos. Cuanto tiempo sin vernos ¿eh?
SEBASTIÁN: Bastante Juan. Tenía ganas de verte y saber como andabas. También quería hacerte una consulta ya que tú te conoces la demarcación como nadie y siempre estas por el monte.
JUAN: Pues.....tú dirás.
SEBASTIÁN: ¿Tu sabrías decirme por donde se dejan caer los jabalíes?.
JUAN: Pues si hombre, yo ya no salgo, la edad no perdona, pero aún me fijo por donde andan. Mira...en "el barranco del garrofero", se ven señales y masclotes en la siembra que esta de trigo sin arista aún verde. También he visto que lo tienen muy pillao en los bancales de "la boca del asno". Allí he visto señales de uno bastante majo y llevan la cebá que no van a dejar asomar ni un grano.
Además, tu de esto entiendes, ¿es que no has visto ná por ahí?.
EBASTIÁN: Calla Juan, si me tiene uno frito. Llevo casi dos semanas detrás de uno y el muy cabrón se esta riendo de mi como le da la gana. Lo voy a esperar casi todas la noches, e incluso estas tres últimas he estado hasta las 04'00 de la mañana y nada, vuelvo a ir al medio día para ver si ha entrado y allí no queda ni maíz ni nada, todo comido. He decidido dejarlo por imposible.

Juan, soltó una pequeña carcajada un poco pícara, como si supiera el motivo del porque no entraba el jabalí al cebadero cuan Sebastián lo aguardaba.

SEBASTIÁN: ¿Por que te ríes?. Ya sabia yo que te ibas a reír si te lo contaba, por eso no te lo he contado al principio.
JUAN: Vamos a ver Sebastián, ¿tu quieres hacerte con él?.
SEBASTIÁN: ¡¡Pues claro!!, pero no se que cojones hacer ya.
JUAN: Ja, ja, ja......ese bicho te tiene la horma cogida, esta noche me voy a ir contigo y ya verás como te haces con él.
SEBASTIÁN: Pues no hay nada mas que decir, esta tarde te vengo a buscar a eso de las ocho y media.
JUAN: De acuerdo, ya nos vemos entonces.
SEBASTIÁN: Adiós Juan.

A las 20'30 horas, Sebastián como un clavo se presentó en la casa de su amigo Juan y se fueron a esperarlo, lo único que le extrañaba a Sebastián era que Juan no llevaba ropa de caza ni llevaba la escopeta y ademas olía a colonia, cosa que era rara ya que Juan sabía que para ir a esperarlos, era mejor que no olieses a perfumes y esas cosas, pero bueno, si Juan decía que esta noche se haría con él, lo demás no le importaba mucho a Sebastián.

Al llegar al lugar, aparcó el vehiculo en la carrasca de costumbre, y a pie, llegaron hasta el puesto los dos. Juan le dijo a Sebastián que se pusiera en el puesto, es decir, que se subiese al pino ya que él se quedaría en la cepa del mismo sentado. Sebastián extrañado, obedeció y se colocó en el pino. Al cabo de 45 minutos, Juan le dice a Sebastián en voz baja:

JUAN: pisff......pisff.....
SEBASTIÁN: Queeeee..........
JUAN: Dame las llaves del coche..
SEBASTIÁN: ¿Para queee..?
JUAN: Tu dame las llaves y calla. Hazme caso coño..
SEBASTIÁN: Vale, ahí van.....pero...¿es que te vas?
JUAN: Siii....tu estate ahí quieto y estate atento que yo ya sabré cuando tengo que volver.

Juan, se fue hasta donde se encontraba el vehiculo aparcado, puso en marcha el mismo y se asentó del lugar. Sebastián no comprendía nada, no hacia nada mas que mirar para atrás para ver que diablos hacia su amigo Juan, pero no lograba ver nada. Sebastián estaba lleno de dudas y no sabia que estaría tramando su amigo Juan, cuando de repente, en frente de donde se encontraba, entre el borde de la maleza y el claro, apareció un viejo jabalí, que poco a poco, fue caminando aparentemente bastante confiado hasta el lugar donde se encontraba el cebadero. Sebastián, sin dudar un solo instante y con mucho cuidado para no hacer ruido, se echó el rifle a la cara y metió al viejo jabalí en el visor, esperando el momento oportuno para disparar. Cuando estuvo seguro de que el disparo iba a ser certero, apretó el gatillo y se cayó fulminado aquel hermoso animal. Sebastián no se lo podía creer, menudo bicho había abatido, el mas grande de todos los que había tumbado. Bajó del pino casi sin tocar con los pies rama alguna y se acercó hasta éste para ver como era. Sebastián saltaba y saltaba de emoción, lanzando puñetazos al aire como si le hubiese tocado una quiniela de 15. No tardó en oír el ruido de su coche acercandose a donde se encontraba él. Al poco, apareció su amigo Juan todo repeinado y oliendo a limpio, y con una sonrisa de oreja a oreja le extendió su mano para felicitarlo a la misma vez que le decía:

JUAN: Ja, ja ,ja......que te había dicho yo,.......a que te has hecho con él.
SEBASTIÁN: ¿Como sabias que esta noche iba a entrar el muy condenado?
JUAN: Ja, ja, ja,.....yo no sabia que esta noche iba a entrar, pero lo que sí sabia es que este bicho te tenia la horma cogida.
SEBASTIÁN: ¿La horma cogida?......¿que quiere decir eso?...no lo entiendo.
JUAN: Pues verás, este jabalí como muchos otros, nunca entraba a comer cuando tu venias a esperarlo, siempre se esperaba a que tu te fueras....
SEBASTIÁN: Y.... ¿como sabia él cuando venia a esperarlo y cuando me iba?
JUAN: Pues muy sencillo, le bastó la primera vez que te vio para saber asociar el ruido del coche con la presencia tuya aquí y viceversa, es decir, cuando por la noche oía el coche venir, él sabía que tú venías aquí y cuando volvía a oír de nuevo el coche, sabía que te marchabas, por eso nunca te pudiste hacer con él. Debes de saber a partir de hoy, que los cochinos no son gilipollas y mas si tienen la edad que tiene este..
SEBASTIÁN: Pero,.........él nunca me vio........recuerdo que se fue al trote la primera noche que lo esperé sin gruñir ni soplar ni nada.
JUAN: Eso es lo que tu te crees..................ja, ja, ja..........

P.D.: Nunca subestimes la astucia de este animal.......ja, ja, ja......ya lo decia JUAN...