Mi Primera Patirroja

Sensei

 

La historia que me dispongo a contar se remonta a aquellos días en los que se forjaba en mi la afición, o llamémosla mejor ,“pasión” por la caza; eran los días que ejercía de morralero acompañando a mis hoy día cuñados y compartiendo el disfrute de sus lances con las patirrojas.

Habíamos salido temprano, como Dios manda, para empezar la mano por la linde del coto, como manda el sentido común si hablamos de perdices. Después de una hora caminando con el barro a modo de polainas, no habíamos divisado ni una sola perdiz. El desconcierto se reflejaba en nuestras caras, tal vez ayudado por el aire gélido que a modo de rosetones pacía en nuestros pómulos y convertía la nariz en pimiento morrón. Desconcierto, por que no era normal que no hubiéramos visto ni de lejos un triste bando por estos lares tan normalmente frecuentados por nuestras amigas preferidas de estofado.

Parados en la cima de un teso llega el momento de encender un cigarro y de preparar la estrategia de una segunda mano.

Mientras, el aire no deja que prenda el mechero, tal vez cómplice del médico y de la liga antitabaco. "- Es igual me voy a fumar el cigarro sople lo que sople y diga el médico lo que diga - decía para sí Carlos, mi cuñado, que de pronto escupió el pitillo y se agachó con brusquedad haciéndonos señas para que imitáramos su postura. Allí estaban, a unos cien metros, atrincheradas entre las heridas que el arado hace a la tierra húmeda color tabaco. La postura fue inútil, las perdices comenzaron a estirar el cuello como jirafas y levantaron el vuelo ayudadas por el fuerte viento. No pasa nada, comienza el rececho y con él el dolor de piernas.

Nos acercamos dando un gran rodeo hacia donde más o menos las habíamos visto tirarse y nos situamos de cara al aire a ver si la perra cogía vientos. Nada de nada, increible. Carlos se separó para rodear el teso y Jose y un servidor tiramos derecho a llegar al regato a ver si entre la maleza se había quedado alguna. Alguna liebre fue lo que nos salió casi de los pies, encargándose mi cuñado de que fuera para el morral apuntando a las orejotas cuando viró y nos dio el rabo como bandera. Después del tiro a la hocicuda oímos los tres de la repetidora de Carlos que nos hicieron dar la vuelta hacia el teso. La repetidora había mandado al suelo una perdiz de ala que estaba volviendo loca a la Zara, deseosa de llenar la boca de plumas. Al fin lo consiguió, unas caricias y a por otra.

Anduvimos como tres horas más sin volver a encarar a ninguna resabiada, que aliadas con el viento parecía se las hubiese llevado fuera de España. Así que visto lo visto, Jose, que no había tocado pluma, desesperación del perdicero, y viendo que la liebre me estaba rompiendo los riñones, decidimos poner pies hacia el coche cuando nos encontramos con Carlos, que para mayor desesperación de Jose, llevaba dos perdices más colgadas.

El camino de vuelta fue lento, de charla y pitillo, y de maldiciones por parte del cazador chuleado por las patirrojas, y digo yo que fue por la mala leche y por el vino del almuerzo que a Jose le dieron ganas de aliviar la vejiga:
- Toma, cogeme la escopeta que voy a mear
Cogí la escopeta y la encaré como imitando a los cazadores experimentados cuando un colega le muestra su nueva adquisición para su arsenal venatorio. Al tiempo, la Zara, cruce de sabueso, pointer y alguno más, comienza a mover el rabo de modo nervioso y se va hocico raso contra una zarza solitaria a la vera del camino. Llega, estira el rabo y se queda de foto, más por lo gracioso que por lo bonito, pero bueno a su manera mostraba, tiesa como una vara llena de nudos, pero no fallaba.

- Mira a ver Jose, dice mi cuñado Carlos, que la perra está de muestra.
-Será una liebre, tirala tú, me dijo, que estoy meando.

Me encaminé hacia la zarza despacio pero deprisa, nervioso, hasta me atrevería decir que asustado. Carlos se acercó conmigo. –Entralé Zara.
La perra amaga para entrar a la zarza y se oye un batir de alas acompañado de un cacareo que nunca se me olvidaría. Encaré y sin pensar apreté el primer gatillo de la paralela, para ver el pelotazo que se pegaba contra el suelo la perdiz abatida. No me lo creía, pero menos se lo creía Jose. – Es increible - decía entre maldiciones, hoy me ha mirado una bruja.

Y a ti un santo, me dijo Carlos.