Caza de Montería con Dogos Argentinos

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Una de las cosas básicas que debimos aprender, dentro de esta actividad, fue la de no subestimar las características combativas del jabalí.

Si bien el Dogo Argentino posee por naturaleza en valor admirable, junto a una decisión combativa increíble, quedé convencido que el preparar bien el conjunto de jauría, procurando que sus elementos se combinen perfectamente en la lucha, logra anular casi totalmente los factores que determinan las bregas sangrientas.

También aprendimos que es necesario ofrecer al Dogo en su última fase de adiestramiento, jabalíes feroces de buen tamaño brindándole la posibilidad de adquirir experiencia, a través de una lucha real, controlada por el criador, haciéndole notar la importancia que debe merecer el mantenimiento a distancia de la boca del jabalí o controlada por el conjunto.

El Dogo rara vez asimilará esto. Su naturaleza de indiferencia al peligro y a las tremendas heridas que recibe, lo pondrán en desventaja en este aspecto.

Tampoco se acobarda, por muy castigado que esté lo que es característica primordial de la raza. Por el contrario, se embravece en proporción al castigo recibido, pero lo lógico será tratar de lograr los mejores resultados con el mínimo de riesgos.

A mí, como al que más, me ocurrieron caso donde mi inexperiencia y el apresuramiento colocaron las acciones en concluyente desventaja. Gracias a Dios, no lamenté jamás pérdida alguna, pero sí hube de preocuparme por la recuperación de los perros lo que se logró merced a la fortaleza de la raza. Durante el proceso me sentí como único culpable, por haber abusado inconscientemente de sus actividades cuyo límite puede marcar sólo la muerte.

Afirmando estas conclusiones, relataré una salida apresurada realizada para lograr un jabalí macho mediano, entre setenta o cien kilos, con fines de adiestramiento.

En el desarrollo remarcaré, como planteo secundario, cuales fueron mis fallas, que si bien en aquel entonces no alcancé a percibir, me sirven de experiencia en el presente.

Había terminado, por aquel entonces, la enseñanza de dos Dogos de once meses de edad, con práctica en la lucha con jabalíes más o menos manso, en la que habían demostrado características notables, salvo un pequeño detalle al que resté importancia.

Uno de los Dogos, el mejor, era más veloz que el otro, habiendo demostrado esa condición especial superando en una corrida a todos los demás ejemplares. Ello, con amplitud.

Si hubiera tenido experiencia en estas cosas, o en su defecto hubiese seguido las normas de Agustín Nores Martinez, cuya opinión olvidé en la circunstancia, habría buscado para ese Dogo otro con sus mismas características, procurando ponerlo a encubierto de un castigo solitario.

La salida para cazar se realizó con estos dos Dogos como integrantes de un conjunto de cuatro.

Luego del viaje de más de 300 kilómetros y del descanso obligado, estábamos al día siguiente, condiciones de iniciar la acción.
Ensillamos los caballos de madrugada y preparamos los elementos necesarios para atar la supuesta presa y lo indispensable para churrasquear en el campo.

Soltamos a los Dogos, que inquietos parecían adivinar nuestro destino, e iniciamos la marcha por la polvorienta calle que nos alejaba del casco de la estancia, rumbo a los lugares habituales del jabalí.
La jauría, formada como dije pro 4 Dogos, tenía este orden de capacidad:
"Pampero", propiedad de Agustín Nores Martinez, quien me lo había dejado con motivo de su viaje a Europa en procura de que no perdiera práctica durante su larga ausencia. Este Dogos fogueado como el que más, conocía al puma en campo o en pelea de jaula y lo había vencido en muchas oportunidades, en algunas de las cuales yo había tenido el gusto de oficiarlas de espectador. Sus "prendidas" contra el Jabalí eran también muy numerosas. Su estampa hablaba bien claro de su capacidad. Era el máximo exponente del conjunto.

"Day" era el segundo. Ejemplar de once meses, muy veloz en corrida y acción. La confianza que le dispensaba "Pampero", justificaba su empleo a tal edad.

"Dele", hermano del primero, un poco más bajo de talla, sin tanta velocidad, pero tremendamente efectivo n la lucha, era el número tres.
Completaba el grupo "Lenga" una perra, hija de uno de los mejores Dogos Argentinos del mundo, "Kob", que había heredado las características fundamentales de su padre.

Con ellos al frente de nuestras cabalgadas, nos fuimos aproximando al lugar donde se reuniría con nosotros un hombre de campo práctico en rastreo y conocedor de la zona, especialmente en lo referente al vadeo del río, cuyo cruce era necesario. Le acompañaba un galgo, o mejor dicho un ejemplar cruza de galgo que, según su dueño, tenía olfato altamente ejercitado para el jabalí.

Necesitamos un animal de tal característica no por su función sino por su ladrido, ya que en caso de monte cerrado, teníamos la posibilidad de ubicar rápidamente la pelea pues, como se sabe, el Dogo es silencioso, no ladra el rastro y es capaz de morir en la lucha, sin más ruido que el de su respiración.

Junto con mi amigo Roberto García completábamos el grupo de tres cazadores con cinco perros que, luego de resolver el tramo a recorrer ese día, reiniciamos la marcha en dirección a la costa.

Cabalgada una legua, llegamos al borde del río, en busca del vado que nos permitiera el cruce en procura de la isla.

Nos tocó su tiempo. El sol oculto tras las nubes no resolvía favorablemente el frío reinante en aquella mañana de junio. Los pequeños charcos de agua helada sonaban bajo los cascos de los caballos, con un ruido que parecía aumentar la temperatura ambiente.
Iniciamos el vadeo seguidos de nuestra jauría, a la que arrastraba la corriente aguas abajo. Solo el "medio galgo" remoloneó un poco para entrar al agua. Lo justificamos, pues no era agradable nadar con tanto frío.

De trecho en trecho nuestros caballos perdían pie. El agua nos llegaba entonces a las piernas que procurábamos poner a cubierto encogiéndolas sobre nuestras monturas o recados.

Luego de mucho agua, logramos la orilla opuesta, donde nos vestimos nuestras ateridas piernas. Armamos nuevamente la jauría y ordenamos el plan de rastreo.

Aquí cometí mi primer falla, que de haber surgido la presa, nos hubiera dejado en desventaja.

Roberto, acompañado por el baqueano, salió junto con "Lenga" y "Pampeano" buscando rastros del jabalí que, seguramente al anochecer cruzaría el río en procura del resguardo de los bosques o de los cortaderales que cubrían la isla.

Por mi parte, salí en dirección contraria, junto a "Day" y "Dele". Así rodearíamos la isla en todo su perímetro, procurando, al encontrarnos nuevamente, tener una idea exacta de la bestia con la que tendríamos que enfrentarnos, guiándonos por el tamaño de sus rastros.
Obramos, evidentemente mal. Quisimos ganar tiempo y dividimos la jauría. De haber salido un barraco macho de gran alzada detrás de cualquier cortadera de la orilla, habría lastimado a mis cachorros resultando imposible tomarlo vivo, ya que hubiera sido necesaria nuestra intervención armada para evitar males mayores.

En una palabra, fracasaba el fin perseguido.

Por suerte, ello no ocurrió. A pesar de que estuvimos cerca de tal imposibilidad.

Casi a las tres horas, ya sobre el mediodía y cuando el estómago reclamaba nuestra atención, encontré un rastro de jabalí bastante grande. Para mi alegría, el rastro era fresco ya que aparecía rota la escarcha del día, al salir el animal dela agua, en busca del centro de la isla.

Los pequeños charcos que llenaban las orillas, marcaban su paso y su revolcón en una cortadera, donde se olía aún su tufo.

Apuré el paso, mirando siempre sobre el barro de la orilla, tratando de hallar una entrada más, pero solo encontré salidas. Siguiendo la marcha no tardé en enfrentarme con Roberto y el baqueano.

Ellos habían hallado también rastros en la margen opuesta. Rastros grandes, aunque viejos pues correspondían al día anterior. Por lo tanto, para nuestra fortuna, el animal cuyo rastro yo había visto, estaba aún en la isla.

Sin encender fuego, solo con fiambre y pan, engañamos al estómago. Acomodamos las monturas, todo en el mayor silencio y salimos en dirección al rastro. Una vez en el lugar, comenzamos la tarea de seguirlo.

El jabalí no debería ser muy grande, quien sabe si alcanzaba los 100 kilos, pero, evidentemente, conocía su oficio de fugitivo.

Había tomado por un riacho de aguas quietas, cruzándolo en una y otra dirección. Parecía que con el único propósito de despistarnos.

El riacho estaba encajonado, flaqueado por paredes de casi tres metros de alto, imposibles de escalar. Regresamos para poder a continuar el rastreo. Por momentos el agua profunda y la pared a pique representaban un obstáculo difícil, que salvábamos con verdadero esfuerzo.

Continuamos el curso de agua quieta durante casi una legua hasta llegar a 300 metros de un cortaderal, donde moría el riacho.

Por ahí se iba nuestro jabalí, cuando se acercaba el fin de la tarde. Coronamos la pared que seguía el rastro, estudiamos el terreno y nos descorazonamos un poco al comprobar que lo cubría pasto firme, que impedía seguir las huellas.

A nuestro frente teníamos dos cortaderales. Uno grande a la derecha y otro de menor dimensión a la izquierda. Seguramente en el primero se encontraba el jabalí ya alertado por el viento suave que nos era desfavorable.

Las matas cubrían más de trescientos metros de largo, por un poco menos de ancho en su parte más grande. El cortaderal pequeño apenas si cubriría una superficie de veinte metros por diez.

El baqueano indica que su perro tira en dirección a las matas grandes. Roberto toma la iniciativa y junto con los Dogos, hacia allí se dirige.
Algo desorientado, me limito a llamar a "Day" que se me acerca rápido. Sin pensar, lo ubico con viento favorable, a unos 60 metros del cortaderal chico.

Tomar viento el Dogo, vacilar un segundo y salir en decidida carrera contra el cortaderal, fue todo uno.

Mis gritos y mi carrera tras el "Day" -que se me antojaba lerdísima- alertaron a "Pampeano", "Dele" y "Lenga" que reaccionaron más rápido que Roberto y el baqueano. Pero 300 metros necesitan de un tiempo prudencial para cubrirse. En el lapso, mi buen "Day" estaría recibiendo heridas. Me maldije íntimamente por mi inconsciencia.

Todo lo ocurrido después fue un tremendo desconcierto que aún recuerdo.
Llegué con mi caballo a la carrera al borde del cortaderal. Al sofrenar, sentí un quejido apagado que me heló la sangre. Era el "Day", ya en pelea con el jabalí, solo, sin más ayuda que sus once meses de edad y su tremendo valor.

Espantado, me bajé del caballo en busca de mi Dogo.
Lo que vi quedará por mucho tiempo grabado en mi memoria. Quizás ese recuerdo sea el que me obligue a mirar constantemente a mi "Day" con una admiración "increscendo".

El jabalí, oculto en una cueva del cortaderal, ofrecía al Dogo sólo su armada testa, "Day" lo había prendido de la oreja y tiraba con alma para sacarlo fuera de su cubil, en tanto recibía mordidas en el pecho, el cuello y las paletas. La sangre bañaba su blancura goteando sobre el suelo.

El jabalí lanzaba bufidos que se me antojaban impresionantes. Cuando alcé el revólver para matarlo, sentí un golpe desde atrás contra mi pierna que, casi, me lanzó por tierra, muerto de susto.

Gracias a Dios no era otro jabalí, sino "Pampero" que llegaba. Me lo confirmaron "Dele" y "Lenga", que me pasaron por encima, dejándome sin los anteojos.

En medio de mi miopía, alcancé a escuchar a Roberto que me preguntaba si estaba bien y sin esperar respuesta llegó al lugar del combate con la cámara fotográfica en plena acción.

"Pampero", en tanto, vengaba a "Day". Entre ambos sacaron por la fuerza al jabalí que traía tras sí a "Dele" y "Lenga" prendidos en los cuartos.

Ya estaba vencido. Dejamos en el suelo los equipos de fotografía y cine y nos acercamos para atarlo.

Roberto lo sujetó desde atrás y entre el baqueano y yo tomamos las patas delanteras. Tiramos firme y con la ayuda del cuerpo lo volteamos. Una vez en el suelo, le até la boca. Roberto hizo lo mismo con las patas.

Empezamos a desprender los perros que , indiferentes a nuestros movimientos, seguían sujetando firme.

Mi primer Dogo fue "Day". Al hacer el torniquete de asfixia para que desprendiera, mis manos quedaron húmedas de sangre. Mi nerviosidad se contagió a Roberto y nos imposibilitaba el logro del propósito, máxime cuando "Day" parecía enfurecido hasta extremos increíbles.

Tranquilizándolo a gritos, alcancé a sacarlo y lo alcé en brazos. Mis ropas se tiñeron de rojo. Lo dejé atado al pie de un sauce cercano y volví al lugar, para sacar a los otros.

Roberto ya había desprendido a "Pampeano" y a "Lenga". Yo terminé con "Dele" y luego los fuimos atando al mismo sauce por medio de un lazo que sirvió al efecto.

Demoraba en revisar a "Day". Me imaginaba mucho el daño que había sufrido y sintiéndome culpable de la mala organización de la captura, esquivaba las explicaciones a Roberto que, con buena voluntad quería justificarme, cargando las culpas al baqueano.

Llegué junto a "Day". Estaba echado, lamiéndose las heridas. Al sentirme ceca, se levantó reflejando el dolor de su pata delantera izquierda. Movía la cola, alegre de sentirme cerca, alargando la cabeza para recibir las caricias que conocía, indiferente al dolor, restándole importancia a lo ocurrido.

Lo acosté. Sumisamente se dejó revisar. Si mucho malo había imaginado, no creí que fuera tanto. Por un momento pensé que "Day" no cazaría nunca más.

Había dado su pecho para que el jabalí castigara a fondo. Lo que alcanzaba a ver era, posiblemente, la primer mordida recibida.
Contrariamente a lo que supone la mayoría de la gente, el jabalí no muerde de costado, aprovechando sus colmillos. Casi siempre lo hace de frente, en ángulo de cuarenta y cinco grados hacia fuera, haciendo valer sus dientes delanteros. Tiene, en esta táctica, un poder de penetración extraordinario.

"Day" soportó esa mordida en la punta de la paleta izquierda. Los dientes del jabalí llegaron a tocarle el hueso, arrancándole carne y cuero, todo de un golpe. El hueco que había dejado, era tremendo, del tamaño de una palma de una mano normal. En él, alcanzaba a verse perfectamente la formación muscular interna del animal.

Semejante herida nos produjo tal desconsuelo y desesperación que redujeron todas las emociones vividas a su más mínima expresión. La sangre que perdía, bañaba toda su pata y al contacto con el frío se congelaba en una masa colgante.

Mi equipo de cura poco servía para el caso, pues no podía rellenar semejante agujero y menos estirar la piel. Con astringentes, tratamos de para la hemorragia y luego procedí a coser los cortes (ocho en total) que adornaban su pecho y cuello. Nos limitamos luego a esperar los resultados del tratamiento.

Revisamos luego a "Pampero" y posteriormente a "Lenga". Estaban intactos.

Caminamos hacía el jabalí, que se revolvió furioso al sentirnos ceca. También él estaba castigado, especialmente en la oreja que le había tomado "Day". Lo curamos bien y lo cubrimos con mantas en procura de evitar que se moviera tanto.

La noche se aproximaba. Era imposible cruzar nuevamente el río. Llegaríamos demasiado tarde y como no había luna, no podríamos calcular exactamente el vado, corriendo el riesgo de ser arrastrados por la corriente.

Decidimos pasar la noche en el campo. Encendimos el fuego para menguar el frío, cuya intensidad iba en aumento. Empezaba a helar.
Desensillando, comenzamos a preparar las comodidades necesarias.
"Day", en tanto, seguía perdiendo sangre y yo, mis esperanzas de salvarlo. Tenía la pata delantera casi imposibilitada de mover. Cada vez me convencía más de que si salvaba, jamás podría recuperar los músculos que le había llevado el jabalí.

Sin quererlo, en un instante de apresuramiento y falta de organización, había malogrado, posiblemente, a una ejemplar de condiciones privilegiadas.

Comimos en silencio el churrasco hecho al fuego, acompañado de vino y pan. La perna era compartida también por Roberto que quería mucho al "Day".si en nuestro historial de caza existían otras noches tristes, creo que ninguna podía compararse a aquélla.

Al apretar el frío, arrimé los perros junto al "Day" y me acosté entre ellos, procurando comunicarle un poco de calor. Roberto encendió fuego cerca que mantuvo encendido toda la larga noche. Sin que él lo hubiéramos pasado bastante mal.

Así nos sorprendió la mañana que nos permitió contemplar el campo emblanquecido por la helada. Estábamos ateridos pero, gracias a Dios, el Dogo estaba vivo.

De tanto en tanto, el jabalí dejaba oír un bufido. De su cubertura escapaba un hilo de vapor que se elevaba en el aire.

"Day", echado, permanecía quieto. Lo tapamos con unas mantas y lo arrimamos más al fuego. "Pampero" apoyaba sobre él su cabeza tratando de restituirle el calor que se escapaba por su herida.

Cerca de las diez, ensillamos. La herida de "Day" estaba igual, sólo que no sangraba.

Al levantarlo le quedó colgando una masa sangrienta que se nos antojó carne. Era, en realidad, sangre coagulada que cortamos con un cuchillo.
Preparamos el regreso.

Primero cargamos el jabalí, vivo aún, sobre el caballo del baqueano, quien inició la marcha sujetando la inquietante bestia.

Cargué en mi caballo al "Day", que se resistía a permanecer allí y seguí tras el jinete que hacía punta.

Roberto montó y se nos unió rápidamente.

Llegamos al río, envuelto en una cortina de vapor provocado por la helada que se iba levantando.

Fue un cruce difícil. El agua nos bañó otra vez las piernas con su frío glacial.

Nuestra preocupación nos puso indiferentes. Si alguien sintió la crudeza del clima no hizo de ello la menor mención.

Llegamos, por fin al casco, pasadas las 4 de la tarde. Roberto se turnó con el baqueano para soportar al jabalí, que se revolvía continuamente.
Acomodamos los Dogos, especialmente a "Day", dentro de la Estanciera. El jabalí también tuvo cabida en una división hecha ex profeso, en la que casi pudo ser liberado totalmente de sus ataduras. Estaba acalambrado y no ofreció mayor resistencia.

Cambiamos nuestras vestimentas por ropa seca y luego de la despedida, partimos a velocidad para casa, donde llegamos ya de madrugada.
Acomodamos los perros en sus caniles y el jabalí en el corral que habíamos preparado.

A "Day" lo dejamos dentro de la casa y mientras recibía las miradas de admiración de mi gente, fuimos en busca de un profesional amigo para curarlo.

Cuando éste llegó y lo hubo reconocido, sus palabras nos trajeron la tranquilidad deseada. "Day" se recuperaría. Poco a poco se formarían los nuevos tejidos musculares que llenarían el hueco nuevamente.
Lo que nunca llegamos a saber, fue el destino dado por el jabalí al pedazo de carne que arrancó de la paleta del Dogo. Supusimos que se la comió pero no podemos afirmar nada, pues fue un detalle que no comprobamos en el lugar.

"Day", efectivamente, se recuperó. Quien vio la herida tremenda que sufrió, no la olvidará jamás, ni llegará a explicarse cómo soportó tal castigo sin soltar su presa.

Casi un cachorro, dejó en el ánimo de todos la tremenda calidad de su raza, comprobada a través de su desempeño.

Nos permitió aprender, también, cosas fundamentales, fijándonos desde entonces un comportamiento pausado y medido.

Si hubiésemos obrado cuerdamente durante la cacería, no hubiese ocurrido lo que pasó. El Dogo pagó, con sus heridas, la indisciplina nuestra y vertió su sangre sólo por nuestro apresuramiento.

No debimos haber pasado los momentos amargos que vivimos, que la pluma no puede describir en su verdadera dimensión.

En el momento en que la duda me asaltó, cuando llamé a "Day" para revidar el cortaderal chico, me equivoqué redondamente. La manera de actuar era muy otra.

Llamar a toda la jauría, siguiendo tras los pasos del baqueano y Roberto. Es decir, manteniendo toda la fuerza del conjunto.

También nos equivocamos cuando cruzamos el río a nuestra llegada. Se dividió la jauría "para ganar tiempo", lo que no tiene sentido. De nada vale el tiempo cuando se logra a costa de posible derramamiento de sangre.

En mi apuro, puse en descubierto a los Dogos cachorros, los que sin el aporte de "Pampero", puntual de la jauría, podrían haber sido castigados innecesariamente.

El factor sorpresa forma muchas veces el elemento natural de estas acciones. El jabalí puede estar donde menos se piense o encontrarse en pareja. Si bien rastrear significa seguridad, ésta no puede determinarse de manera absoluta.

Es fundamental mantener unido al conjunto, en procura de evitar, justamente, esas sorpresas. Cuando ellas ocurren y el cazador se encuentra sin perros adecuados para el caso, la acción puede terminar en una verdadera masacre dentro del cortaderal.

Cuando no se utilizan Dogos Argentinos, el jabalí que no es prendido sino atacado fugazmente, se convierte en dueño de la situación. El caballo que se monta, la comprende y trata de guardar una prudente distancia resoplando nerviosamente.

Conozco más de un caso donde el cazador baleó sus perros, confundido en la baraúnda de la pelea que se desarrolla bajo un colchón impenetrable del cortaderal que, a veces, alcanza tal altura que cubre al caballo que montamos.

Quien piense ver un jabalí en esas circunstancias, se equivoca. Sentirá la disparada, lo imaginará o notará qué lo pasó bajo el caballo sin verlo. Cuando su montado, lleno de espanto, lo tire al suelo, vivirá una sensación de terror que difícilmente olvidará en todo el resto de su existencia.

En estos lugares, la prendida del jabalí es cosa seria. Los perros comunes quedan muertos con facilidad, los caballos cortados. El cazador desorientado, sin saber dónde disparar y muy propenso a balear perros en su nerviosismo.

La gente del lugar no se aviene fácilmente a entrar en las matas. Nunca se tiene visión exacta de lo que ocurre, sino a centímetros de la acción, siempre y cuando se utilicen los Dogos Argentinos.

Con otra raza es inútil insistir. Se logran pequeños jabalíes o se prende alguno grande a un elevado costo de sangre y tiempo.

Mi error, con respecto al Dogo "Day" me significó una tremenda amargura deportiva. Si "Pampero" hubiese ayudado desde un comienzo, otra cosa habría sucedido y seguramente, esta narración no viese sido necesaria.
Cada vez que entramos en un cortaderal nos refrescamos la memoria mirando a "Day". Su pecho lleva una medalla imborrable. El precio de nuestro apresuramiento. Su sangre derramada durante kilómetros que parecieron interminables, nos marca, desde entonces, la disciplina de SABER CAZAR...