Los marranos de las siete vidas

Rayón

 

La verdad es que por los dichosos marranos ese verano le gastaron y tuvo que aguantar Manuel todo tipo de bromas. Sus amigos le decían que los mataba a base de pegarles sustos que les provocaban infartos, pero no como debía, a tiros. Y es que en realidad y, de forma inverosímil, se le quedaban todos vivos teniéndoselos que rematar después sus amigos casi jugándose el tipo.

Corría el principio del verano del 90 y Manuel tenía las vacaciones en Julio, así que ya estaba contando los días que le quedaban uno a uno con verdadera impaciencia, esperando que llegara la tan esperada fecha, hasta que llegó el día 30 de Junio, que fue cuando sin perder tiempo alguno "metió a su familia en el coche" y tomó desde Madrid la carretera de Andalucía camino de su pueblo para pasarlas allí.

Por el camino Manuel iba un tanto "ausente", casi no escuchaba lo que de vez en cuando le comentaban su mujer y sus hijos, el solo iba pensando en la sierra y en el mes de esperas a los marranos que le esperaba. Tenía claro que iba a disfrutar de lo lindo con sus amigos Enrique y Andrés, sus inseparables compañeros de fatigas caceras siempre que iba a su pueblo, a Baños de la Encina (Jaén).

Cuando quiso darse cuenta ya iba atravesando Despeñaperros y, al llegar a Santa Elena, a notar como sus pulmones se inflaban al respirar el aire impregnado en el olor de la resina de las jaras, un olor más que familiar para él desde hacía muchos años.

Cuando llegó al pueblo, de forma nerviosa empezó a sacar todo el equipaje del coche y a meterlo en casa. Su mujer al verlo con tantas prisas y nervios le preguntó si era que tenía pensado marcharse esa misma noche a la sierra. Manuel con una sonrisa de esas que suelen calmar "los peores cabreos" le contestó que no, que lo que tenía pensado era bajar al bar de la plaza para ver a Enrique y Andrés y preguntarles que tenían pensado hacer durante esos días que ellos iban a pasar en el pueblo.

Al entrar Manuel al bar allí estaba Andrés, pero no con Enrique como él esperaba, estaba solo, hablando con Manolin el del bar mientras se tomaba un "trepachulos". Se saludaron fundiéndose en un abrazo y, tras una animada charla, Andrés le dijo que había llegado al pueblo en el mejor momento, que su padre había pedido un permiso para esperas nocturnas por los daños que estaban haciendo los marranos en las siembras y se lo habían concedido hasta finales de Julio, pero que eso no era lo mejor, sino que estaban entrando los marranos a montoneras a ellas, así que ya se podía ir preparando.

Al día siguiente, tal como habían quedado, tomaron desde el pueblo la carretera de la sierra acompañados por Enrique. Se llevaron con ellos a sus mujeres e hijos con el fin de pasar toda una semana en el cortijo, así que la semana la iban a afrontar sin prisa alguna, a lo grande, pues mientras las mujeres con los muchachos se quedarían todas las noches sentadas en la puerta del cortijo tomando el fresco y charlando hasta altas horas de la madrugada, ellos se marcharían de espera sabiendo que a su vuelta no tendrían que marcharse al pueblo, que lo que podrían hacer a su vuelta sería tomarse unas cervecitas y cenar al fresco en la puerta del cortijo disfrutando de una animada y buena tertulia sin ningún tipo de prisas, esas prisas que están tan reñidas con la paz y tranquilidad que proporciona el campo.

El primer día ya empezaron las bromas a Manuel, pues la lió con el primer marrano que tiró. Al atardecer se quedaron las mujeres en el cortijo con los muchachos mientras los tres cargados con sus pertrechos tomaban el camino de las siembras para hacer la primera espera.

Nada más llegar, Manuel se puso en un puesto que le encantó. Estaba en la misma ceja que formaba el llano de las siembras con una pequeña solana. Desde el puesto divisaba el pequeño barranquete que formaba la solanilla con la umbría, separadas por un pequeño arroyuelo, y unos vereones por donde Andrés le dijo que venían los marranos hasta las siembras.

Llegó la noche y el tiempo iba pasando sin que Manuel oyera ni un solo "tamarazo" en el monte, pero cuando él pensaba que ya debido a lo tarde que era "no había nada que hacer", empezó a escuchar un ruido en el pecho de enfrente, en la umbría, y al momento a notar claramente que era un marrano que estaba cruzando el arroyo para tomar solana arriba hacia él. Después lo siguió oyendo acercarse poco a poco, sin prisas, pero sin variar tampoco su viaje. Una de las veces que Manuel estaba "barriendo" la solana con su vista le vio brillar la pelambre con la luz de la luna al cruzar un pelaete. En ese momento fue cuando Manuel empezó a notar que su corazón se ponía a galopar y que su boca se resecaba, algo que conoce muy bien el cazador que ha hecho esperas nocturnas, ya que son los momentos más difíciles, los de más incertidumbre, en los que el esperista empieza a preguntarse: ¿entrará? ¿se desviará? ¿me cortará el aire? En fin, que son unos momentos en que los nervios te pueden jugar hasta una mala pasada. Pero al final al marrano le entraron las prisas por comer trigo y tomó al trote un vereón que lo llevaba hasta donde Manuel lo estaba esperando. Cuando llegó hasta unos treinta pasos, Manuel se apretó la culata de la escopeta a la cara y aprovechando que el marrano se desvió un poco a su izquierda enseñándole el codillo le soltó el tiro. El "escopetazo" dejó la sierra atronada y llena de ecos y al marrano "espatarrao", fue lo que en principio a Manuel le parecía un tiro totalmente certero.

Al ratito llegaron Andrés y Enrique preguntándole que había pasado. Manuel les indicó el sitio donde el marrano permanecía tumbado sin moverse. Enrique sin pensárselo dos veces cogió muy decidido la navaja y le dijo a Andrés que subiera a por el coche para llevarse el bicho, que él mientras lo aviaba, que no había que perder tiempo, que la cerveza se iba a calentar en el cortijo y ya estaba seco.

Cuando Enrique estaba llegando donde el marrano permanecía tumbado, éste se levantó y se le quedó mirando con cara de guerra y pocos amigos, menos mal que al darle Manuel un grito a Enrique avisándole del peligro, el marrano en vez de arremeter contar él lo que hizo fue darse la vuelta y emprender carrera cuesta abajo hasta el arroyo. Andrés que era el más cercano a las escopetas cogió una de ellas y se fue corriendo al otro lado del arroyo, a la umbría, ya que esa debía ser la querencia del marrano y, por tanto, su viaje de huida. Enrique y Manuel por el lado de la solanilla empezaron a tirar piedras a la matocada donde se había metido para que saliese y Andrés pudiera tirarle, pero el bicho salió hacia donde estaba Enrique y casi se lo lleva por delante. Al final lo pudieron acorralar más abajo y al salir hacia un pelaete de la umbría Enrique que ya había cogido también la escopeta le soltó un "pildorazo" que fue el que realmente acabó abatiéndolo.

Ahí es donde empezaron las bromas a Manuel, unas bromas que duraron toda la noche mientras sentados en la puerta del cortijo se tomaban unas cervezas mientras mantenían una animada charla. Le decían que habían descubierto una nueva faceta en él, que dejaba los marranos paralizados por los sustos e infartos que les provocaba, pero que con el tiro nada de nada, que en vez de tirarle plomo debía haberle tirado un corcho.

Pero eso no fue lo peor. Al día siguiente Enrique no podía ir de espera porque tenía que ir a hacer algo al pueblo, y Andrés tampoco porque se les presentó una visita a última hora y alguien tenía que atenderla, así que Manuel les dijo a todos que lo excusaran, pero que él se marchaba de espera. Tomó el camino y se fue a poner al lado de donde la noche anterior había estado puesto Enrique, donde le había dicho que los había oído entrar a las siembras. A las once de la noche empezó a oír un marrano venir por un vallejo poblado de monte que había más abajo de la siembra, con tantas prisas por comer que cuando quiso darse cuenta lo tenía delante de él a pocos pasos. Le tiró a conciencia después de haberlo apuntado todo lo mejor que pudo, dejándolo tumbado todo lo largo que era.

Al rato de haber derribado el marrano, Manuel se levantó del puesto dispuesto a caparlo y aviarlo, pero cuando iba acercándose a él notó que el marrano estaba vivo, incluso que quería levantarse. Cuando estaba sacando el cuchillo para rematarlo vio que venían tres personas por el filo de la siembra derechas a él. Cuando llegaron donde él estaba conoció a uno de los que iban en el grupo, era el primo de Andrés, al que su tío le había dado también un permiso para que fuera a hacer esperas. Después del pertinente saludo Manuel le dijo a "Ñoño", que era como le llamaban al primo de Andrés, que iba a rematar el marrano, que le parecía que aún estaba vivo. "Ñoño" en tono de broma le dijo que se lo dejara a él, que los cuchillos que llevaban los madrileños solo valían para cortar el queso del bocadillo. "Ñoño" lo "remató" y le dijo a Manuel que ya lo podía capar. Una vez capado lo cogieron de las cuatro patas y lo echaron junto a una mata para luego bajar con el "toterreno" de Andrés a por él.

Cuando Manuel llegó al cortijo le dijo a Andrés lo que había pasado con el marrano y que tenían que bajar con el coche a por él. Andrés le contestó que se dejara de prisas, que en la sierra había que hacer las cosas con tranquilidad, que lo primero que iban a hacer era tomarse un vinito y comer algo, que él tampoco había cenado esperándolo para hacerlo juntos, así que el marrano esperara, que después habría tiempo de subirlo al cortijo, aunque esperaba que ese estuviese bien muerto cuando él bajara, que no pasaría como la noche anterior.

Cuando bajaron a por el marrano la chiquillería se empeñó en ir con ellos, así que los subieron al coche y tomaron el camino hasta donde estaba el "peludo". Cuando llegaron al sitio, Andrés preguntó a Manuel que donde estaba, Manuel por más que lo buscaba con la vista no lo veía donde lo había dejado, llegando a pensar que posiblemente hubiese visto alguien la faena y lo hubiera dejado sin marrano. Pero estando hablando de la desaparición del marrano empezaron a oír un ruido cercano a su izquierda. Miraron y vieron al marrano a pocos metros venir hacia ellos enseñando unos colmillos que daba pánico verlos. Manuel y Andrés viendo que el marrano se les echaba encima cogieron a los muchachos de un "puñado" y los subieron a unas piedras que había al lado. Manuel y Andrés se habían dejado las escopetas en el cortijo, así que empezaron a mirarse uno a otro mientras pensaban la faena que les esperaba, preguntándose entre ellos que hacían. Al final Andrés se marchó al coche por un cuchillo dispuesto a empezar la faena, pues aquello más que otra cosa iba a ser la faena que un torero le hace a un toro de lidia en una plaza de toros.

Cuando regresó Andrés con el cuchillo le dijo a Manuel que se pusiera por delante del guarro para llamarle la atención, que él mientras intentaría arrimarse por detrás para rematarlo. Después de unos cuantos "pases" al marrano al mejor estilo taurino por parte de Manuel, Andrés pudo rematarlo entrándole por detrás, no sin antes haber fallado algunas intentonas, pues el marrano se las traía en bote pegando dentelladas hacia todos sitios. Lo único que les faltó fueron los olés por parte de los muchachos desde lo alto de las piedras donde estaban encaramados y la música de un pasodoble, pues lo demás lo tuvieron todo como si se tratase de una corrida de Victorinos.

Pero amigos, eso no fue lo peor para Manuel, lo malo le vino la tarde siguiente cuando Enrique llegó al cortijo y Andrés le contó lo ocurrido con el marrano, las bromas ya no duraron toda la noche, sino toda la semana y parte de la otra. Al final yo creo que Manuel creía lo de los infartos a los marranos.

A los pocos días, después de haber abatido Andrés y Enrique otro par de marranos o tres, volvió a tirar otro Manuel, y aunque éste no se lo tuvo que rematar nadie, las bromas no fueron menos. Le entró el marrano tan cerca que aunque casi no se movió para apuntarle lo detectó, saliendo corriendo como una centella. Al tirarlo corriendo, aunque le pegó, el tiro se le quedó algo trasero, dejando al marrano "roto" de los riñones pero con fuerza para correr. Manuel salió detrás de él y le soltó otros dos tiros sin tocarle, así que una de las veces que el marrano se cayó, corrió hacia él hasta ponerse a unos diez pasos, que fue donde mirando al cielo dijo: o le pego el tiro en la cepa de la oreja o que se valla, pero este no me lo remata nadie, así que a ese lugar le apuntó y tuvo la suerte de pegarle y acabar de abatirlo.

Pero cuando él pensaba que las bromas se habían acabado, la cosa fue aún peor, pues entonces empezaron Enrique y Andrés a decirle a la mujer de Manuel que lo mejor que podía hacer era marcharse en un momento al pueblo a por unas cuantas cajas de balas, ya que su marido necesitaba una entera para abatir cada marrano.

La verdad es que el hombre no sabía ya como hacer las cosas, pues tan malo era lo mucho como lo poco a la hora de las dichosas bromitas con los marranos. Eso si, Manuel se lo pasó a lo grande durante ese mes, como yo creo que no se lo ha pasado más en cuestiones caceras.

Un fuerte abrazo para todos.

Rayón.

Ah, se me olvidaba, este relato es para que Sarasketa no se aburra en tiempo de veda, pues aunque no es nada del otro mundo, mientras lo lee "matará" el tiempo.