Dedicado por Sarasketa a los jauleros de El Club.

Anónimo S. XX

 

Con su jaula tapada con la bayeta,
ceñida una canana bastante mala,
con el hombro oprimido por la escopeta
y cubierta la espalda por la morrala;
con los miembros aún torpes y perezosos
y el sombrero de paja sobre el cogote
y los ojos hinchados y legañosos
y un rostro soñoliento de monigote,
limpiándose la punta de las narices
con la manga derecha de la sotana,
el cura de mi pueblo se fue a perdices
a las tres menos cuarto de la mañana.

Henchido de esperanzas, entusiasmado,
y cantando el "Dei irae" por lo bajito,
se ocultó en las malezas de un verde prado
que estaba a la derecha de un senderito.

Desenfundó la jaula pausadamente
y a la perdiz haciendo cuatro monadas,
la colocó en la tapia cómodamente
y encendiendo la pipa dió dos chupadas.
Se aseguró el sombrero sobre las cejas,
se arremangó las faldas de la sotana
y entre zarzas y espinos y cañalejas
se tumbó panza abajo como una rana.

¡Tempranito empezaron los padeceres!,
le picaban las moscas y las hormigas,
le pinchaban los cardos como alfileres,
le arañaban las zarzas y las ortigas.
Y el cura de mi pueblo sin inquietarse,
viendo correr mil bichos por su sotana,
aguantaba el martirio sin menearse
tumbado panza abajo como una rana.

II

El reclamo en el bolso de la chaqueta,
ceñida una canana muy sucia y mala,
y el hombro cercenado por la escopeta,
las espaldas cubiertas por la morrala;
los miembros machacados y perezosos,
el sombrero de paja sobre el cogote,
los ojos irritados y legañosos
y el rostro soñoliento de monigote.
Limpiándose la punta de las narices,
convirtiendo en pañuelo la americana,
un pobre boticario se fué a perdices
muy cerca de las cuatro de la mañana.

En la mano el reclamo ya preparado
y andando con sigilo por la espesura,
fue a esconderse en las zarzas del mismo prado
a unos setenta pasos del pobre cura.

Cargó el arma terrible tranquilamente,
y fumando un cigarro de seis chupadas,
se arrodilló en su puesto cómodamente
y dió con su reclamo cuatro pitadas.
Se aseguró el pañuelo sobre las cejas,
se abrochó su chaqueta de paño pardo,
se sacudió las moscas de las orejas
y se tendió a la larga como un bastardo.

¡Tempranito empezaron los padeceres!
le picaban las moscas y las hormigas,
le pinchaban los cardos como alfileres,
le arañaban las zarzas y las ortigas.
Y el pobre boticario, que en una oreja
barruntaba la sangre que le hizo un cardo,
aguantaba el martirio sin una queja
y a lo largo tumbado como un bastardo.

A los cinco minutos de su clausura
cantar oye a una hembra llena de celo,
la reclamó de macho y el pobre cura
oyó el reclamo y dijo: ¡qué macho ceno!
Hembra y macho cantaban desde su aguardo
y pasaban las horas de la mañana
tendido el boticario como un bastardo
y aplastado el buen cura como una rana.

El pobre boticario, que se cansaba,
se incorporó un poquito, y en la maleza
de la tapia del prado que enfrente estaba,
de una perdiz hermosa vió la cabeza.
Se puso de rodillas muy despacito
y se caló los lentes con mano inquieta,
dió dos o tres pitadas por lo bajito
y levantó los caños de la escopeta.

Y el cura que oyó el ruido que el otro hacía
se caló con cuidado las antiparras,
vió una cosita parda que se movía,
se puso de rodillas y abrió las barras.
Callaron de momento perdiz y pito,
pasaron tres segundos, y de repente
sonaron dos disparos, oyóse un grito
y... no supe más que eso, lector paciente.

III

Supe después que el cura que fué a perdices
a las tres menos cuarto de la mañana
limpiándose la punta de las narices
con la manga derecha de la sotana,
fué a su casa, a las doce, muy compungido,
con la ropita llena de desgarrones,
con el cuerpo abrasado y entumecido,
lleno de picotazos y de erosiones, con una perdiz
muerta, tan guardadita
de la larga sotana bajo las faldas,
una jaula vacía, muy tapadita,
colgada con hebillas de las espaldas

Y el pobre boticario que fue a perdices
muy cerca de las cuatro de la mañana
limpiándose la punta de las narices,
haciendo de pañuelo la americana,
llegó a su casa, a la una, muy compungido,
con la ropita llena de desgarrones,
con el cuerpo abrasado y entumecido...
¡y una nalga cuajada de perdigones!