Dos por uno

Che

 

Domingo, mi buen amigo Domingo, nació hace ya un buen puñado de años en un secarral de la comarca del Campo de Cartagena, donde una gota de agua era más valiosa que una perla y en un lugar en el que, hace cuatrocientos años, según he leído en la Historia, venían a pacer en sus praderas los ganados desde muy al norte de España. Profundos cambios meteorológicos hicieron que esas tierras se convirtieran en poco menos que un desierto donde no crecían más que cuatro espartos, unos cuantos cardos borriqueros y alguna que otra boja y, gracias a la humedad que el Mar Menor proporcionaba por las noches, nacían aquí y allá algunas briznas de hierba que, a las ovejas que cuidaba Domingo cuando era niño, les duraban un suspiro.

Ya de pequeño le tiraba al chaval lo de la caza y se había convertido en todo un experto con el tirachinas y la honda, conocía todos los pájaros y sus nidos, sabía cómo hacía el nido la alondra y el chorlito, el mochuelo y el alcarabán pero a las perdices no se les podía acercar. Me contaba, detrás de un buen tintorro, que en su casa había una vieja escopeta atada con alambres y que, cuando estuvo en edad de echársela a la cara, se las apañaba para que no le vieran, le daba dos perras al recovero que cada quince días pasaba por el cortijo a por los huevos y conejos que criaba su madre, para que le trajese unos cuantos cartuchos y entonces, cuando por las mañanas salía con el ganado, se llevaba el hierro y sus cartuchos bien escondidos y se divertía como nadie. Se ríe mucho cuando me cuenta que en su casa la familia hacía la vista gorda y nadie preguntaba de dónde habían salido las perdices, las liebres o los conejos de monte que caían al puchero un día sí y otro también. Se lo comían y en paz.

Domingo, mi buen amigo Domingo, se adelantó a su tiempo y mientras otros se quedaron cuidando ovejas, él tuvo visión de futuro y fue de los que, con mucho esfuerzo, fue comprando maquinaria y se dedicó a hacerles a otros las labores del campo y aró, roturó, abonó, fumigó y cosechó por media España.

Pero... amigos, un buen día llegó el agua del transvase a su tierra seca y... ¡bingo! Hoy es un próspero agricultor que, en compañía de su hijo, exporta hortalizas a toda Europa.

Claro, como consecuencia de su nuevo status económico, ahora caza de otro modo, va de recechos pero por lo llanito, que ya tiene muchos años y las bielas no las tiene muy telendas, montea por lo fino en buenas fincas y con orgánicas de postín, tiene coto, dispara con las mejores armas, usa ópticas virgueras de marcas alemanas... etc, etc. Pero no todo el monte es orgasmo… (perdón, he querido decir orégano) y hay algún que otro artilugio moderno que no lo tiene él muy dominado y veréis lo que le ocurrió a este entrañable amigo por no "controlar" suficientemente los aparatejos.

Hace ya algunas temporadas que lo hice socio de mi club de monteros de mi provincia de origen, un club donde no entra cualquiera, a menos que se te haya visto cazar antes, se comprueben tus maneras en el monte y la directiva juzgue que eres persona responsable y apta.

Con ocasión de una montería en una finca de Horcajo de los Montes, a nuestro amigo le tocó en suerte un puesto en una traviesa que estaba en un cortadero de esos que los puestos del principio y del final están más altos que los del centro y en los que "todos ven a todos". La jara estaba tan espesa que más parecía un seto de jardín y, excepto las trochas por las que se notaba que entraban y salían las reses, el resto era un muro.

Cuando el postor lo "depositó" en su postura, colocó el hombre sus cosas, eligió el sitio más apropiado, cargó su rifle, se sentó en el banquillo y se dispuso a pasar una mañana divertida porque el puesto era una perita en dulce.

No tardaron mucho las "pepas" en empezar a dar carreras a los perros y cruzar por el cortadero, poniendo a cien el corazón de los monteros y también un par de marranetes dejaron su resuello en medio de la travesía a los tiros de algunos compañeros con más suerte... No andaba Domingo muy contento cuando de repente, como aparecido por arte de magia y en un escorzo digno del propio Nureyev, se le plantó, a diez pasos de distancia, en medio del cortafuegos un venado precioso, que parecía tener muelles en las patas. Cuando nuestro amigo, tras el sobresalto, reaccionó ya era algo tarde y el bicho había ya sobrepasado la mitad del espacio que le separaba de la pared verde de enfrente y no le dio tiempo más que a echarse el rifle a la cara y disparar...

Llegados a este punto debo aclarar que, como todo montero precavido, dos o tres días antes de la montería había estado en el campo de tiro poniendo de acuerdo "los hierros con los cristales" para no tener luego sorpresas...

Pero claro, como decían en la última escena de " Con faldas y a lo loco" nobody´s perfect y a nuestro buen amigo no se le ocurrió más que, en el último tiro de prueba, poner el visor en el 12... y se le olvidó quitarlo... y en el puesto no comprobó tampoco el dichoso "catalejo" como él lo llama...

"Tó pelo"... como en el viejo chiste. Eso fue lo único que vio cuando apuntó al venado y lo vio tan tan tan cerca que parecía pelo de su propio bigote... y Puuuum! No supo si lo había tocado o no porque el bicho, que ya venía "envenenao" con los perros detrás, se tiró como una exhalación contra la pared de jara y allí desapareció como un fantasma con poderes para atravesar los muros.

En toda la mañana no le entró al puesto más que un marrano que se fue a criar y cuando terminó la cacería se fue a registrar el tiro del venado, sin mucho convencimiento. Buscó la sangre que delatara su acierto pero, como estaba la jara tan enmarañada, no se adentró mucho en el monte y muy cabreado cogió sus pertrechos y comenzó, con su cansino andar de un hombre de setenta y muchos, el regreso a los coches.

No sabía él que la "espesa pared de jara" en la que el venado había desaparecido no tenía de anchura más allá de veinticinco metros y a continuación venía un ancho espacio de jaras medio secas y encanijadas que formaban un claro, ni tampoco sabía que su vecino de tres o cuatro puestos más abajo, había presenciado toda la "faena".
¿Pero es que no marcas el bicho que has matado? Le preguntó socarrón cuando llegó a su altura.

¡Qué va! Contestó Domingo. "Si no le he dado", admitió muy mosqueado al comprobar que el otro lo había visto todo.

¡Que sí, hombre que sí!, ¡que lo he visto yo caer en el clarito de monte! ¡Si se ve el venado desde aquí!

¡Coño! Tan contento que se puso Dominguete con la noticia y "volvió grupas" por la cuesta arriba en busca del trofeo que, según el compañero no era malo ni mucho menos, porque él confesaba que no le había dado tiempo a verle la cuerna. La cuesta, que tenía bemoles, se le hizo un poco más soportable esta vez y, descansando de vez en cuando para tomar resuello, llegó de nuevo al sitio. En esta ocasión se metió todo decidido en el monte y de pronto...al salir al claro, ve una cabeza preciosa con unas coronas preciosas destacándose entre las matas... "¡Jó, macho, vaya suerte! ¡Y yo que pensaba que no le había dado!"... pero... según se iba acercando, iba notando un tufillo desagradable que cuando llegó al bicho se había convertido en un hedor insoportable. En efecto, allí había un buen pavo, pero lleno de gusanos y que debía llevar muerto, por lo menos, desde la berrea.

Vuelta a bajar... soltando por bajines alguna que otra fervorosa letanía...

"Pero, ¿qué pasa? ¿por qué no has señalado el bicho?"

"Pues, ¡coño! Porque el venado que tú estás viendo está hecho un cartón y se mueve solo, de la cantidad de gusanos que tiene". Contestó Domingo, esta vez ya más jodidillo el hombre, ante el tono de cachondeo que notó en el otro.

"Pero, si lo he visto caer redondo como una pelota y no se ha levantado", aseguraba su vecino, "si lo estoy viendo desde aquí"... Prismáticos... "¡La verdad es que no parece el mismo!"

Otra vez para arriba. Ahora Domingo iba, según sus palabras, "pá que le dieran El Señor", por tercera vez se encaramaba a aquella subida que ya le iba pareciendo El Gólgota, a sus años.

Se volvió a meter en la jara, acompañado en esta ocasión por aquel compañero que la suerte le vino a poner allí y que, además, tuvo el gesto de no dejarle solo aquella tarde, ya oscureciendo, cuando todo el mundo se había largado a comer.

Y efectivamente, allí había dos "pavos" de mucho bigote. Uno, el que ya conocéis, más tieso que una mojama y el otro con un tirascazo en el cuello. Los dos medalla de plata.
Al bajar por enésima vez, había una persona que iba tan ancho que no cabía por el cortadero y... además aprendió una lección.

Moraleja:
Cuando llegues a tu puesto
Siempre has de ser "pre-visor"
Revisarlo todo bien
Y comprobar el "visor"

Perdonad el ripio.



Che.