Bailando con... Pavos

Che

 

Cuando cumplí trece años mi padre me regaló una escopetilla de segunda mano, de 9mm., monotiro y con perrillo.

De Abril a Octubre, en que se habría la veda, la limpié doscientas veces y la engrasé otras tantas para desesperación de mi madre que se quedaba sin aceite de la Singer.

Cerrando los ojos aún puedo ver la escena y los personajes: Mi madre protestando mientras tejía un "jersey de ochos" porque decía que mi padre me estaba enviciando con la dichosa caza, éste recargando cartuchos para la próxima salida y echándole la cuenta de cuántos años llevaba ella sin tener que comprar carne en las tiendas y yo haciendo los deberes a toda prisa para poder rebordear los cartuchos con la rebordeadora, que era la importante tarea que me estaba encomendada. Y, en cuanto podía, sacaba mi maravillosa arma y le daba trapo y baqueta hasta que me dolían las manos.

Cuando me iba a dormir, invariablemente dejaba volar mi imaginación por esos cerros y campos y le pegaba tiros a todo lo que se movía, deseando que aquellas perdices y conejos que yo ensoñaba se hicieran realidad algún día. No veía llegar nunca la fiesta de la Virgen del Pilar.¡Qué despacio transcurría entonces el tiempo, con lo rápido que va ahora!

Recuerdo con añoranza aquellas tardes familiares escuchando los consejos del veterano cazador, de cómo se tenía que medir la pólvora y los perdigones, de cómo había que apretar el taco de fieltro... y todo ello a media voz para no molestar a mi madre que, mientras le daba a las agujas de tricotar, seguía atentamente la novela de la radio, una vieja Telefunken de lámparas, grande como una nevera y con la que también se oía de vez en cuando... "Aquí Radio España Independiente, estación Pirenaica..." Supongo que los más veteranos que se aventuren a leer estas líneas recordarán escenas parecidas de su infancia. Y quizás también les suenen aquellos programas de la radio: Matilde, Perico y Periquín, Pepe Iglesias El Zorro; y novelas como El Zamarrilla, Un Crisantemo para Kitty Doyl, Ama Rosa, Diego Valor...

Bueno pues, terminó aquel curso, llegó el largo y caluroso verano de Toledo, distraíamos el tiempo cazando jilgueros con liga y con red, nos íbamos con la Lambretta a por cangrejos al arroyo del Guajaraz, de tórtolas por las choperas de la orilla del Tajo o a pescar al pantano del Torcón con los amigos de mi padre. Eso era lo que más me gustaba con diferencia, pasábamos dos noches durmiendo al raso, en medio del campo y ello comportaba una hoguera al final de la jornada y muchas horas oyendo a los mayores contar historias y anécdotas de caza. Si a todo ello le unís el ruido de fondo de los "alacranes cebolleros", de los grillos , el "voy, voy, voy" de algún mochuelo, el silbido de las bandadas de sisones volando alto en el cielo oscuro y , cada poco, el salto de algún blass atrapando a un incauto mosquito, tendréis el decorado perfecto de aquellas noches fenomenales que disfrutábamos los chavales con nuestros padres. Eran los comienzos de nuestro despertar cinegético.

La hora de sentarse alrededor de una fogata, después de cenar, cuando a los mayores se les soltaba la lengua gracias al vino y a algún que otro chupito de Decano Caballero, era mi momento preferido. Las historias, los lances de caza, los chascarrillos se sucedían sin orden ni concierto entre grandes carcajadas y alguna que otra pulla. Y nosotros, los chavales, manteníamos los ojos como platos y nos considerábamos los más afortunados del mundo, impacientes por crecer y poder participar de todo aquello que oíamos.

Ya tarde, cuando la hoguera se iba quedando reducida a unas cuantas brasas, me hacía un ovillo debajo de mi manta, mirando las estrellas, intercambiando calor con el perro arrebujado a mis pies y dejaba mi mente vagar por esas fantasías infantiles en las que yo siempre, siempre era cazador.

Llegó, por fin, aquel día tan ansiado. Nos habíamos venido a pasar unos días a casa de mis abuelos paternos para aprovechar el comienzo de la temporada. Mi padre tenía un sitio preferido para ir los principios de desveda y era El Cabezo de la Jara. Allí estaban, según él, las perdices más bravías y los conejos más rápidos del orbe mundial. Era un sitio que, siempre que veníamos de vacaciones, lo recorríamos de cabo a rabo, unas veces buscando raíces para hacer la liga o el visco para coger jilgueros, pardillos y verderones, otras cogiendo hierbas para los guisos, los adobos y las aceitunas y las más de las ocasiones como simple corralero del boss.

Las últimas semanas me las había yo pasado encarándome sin cesar mi escopetín para entrenarme. Las gallinas de mi abuela eran mi pieza favorita. Primero las espantaba y luego "les corría la mano" cosa fina.

Ni que decir tiene que la noche anterior a tan importante fecha, en el cortijo de mi abuelo hubo tres que no pegaron ojo. Mi padre, que por costumbre, la noche antes de empezar la caza y por muy veterano que fuese, no podía dormir y se levantaba a beber y "desbeber" cuarenta veces; yo porque ya os podréis imaginar mi estado de impaciencia, y la perra de raza podenca que tenía un tío mío y que, cuando veníamos nosotros, dormía debajo de la ventana del dormitorio de mis padres lloriqueando. Y eso que, en previsión, le habíamos dejado el morral en el porche para que se acostara al lado y no diera el follón.

Cuando, al fin, me puse mi oleosa escopeta sobre el brazo izquierdo, arma que yo encuadraría, después de haber leído la clasificación de Munchausen, en la categoría de "best", levanté el perrillo y eché a andar que siempre habría un antes y un después de ese preciso momento. Sentí que mi padre era mi amigo y que yo, a pesar de mis trece años, me había hecho mayor.

Mi recorrido de caza, ya acordado de antemano, para que no me perdiera, iba a ser desde la casilla del pozo hasta el cortijo del tío Pedro el de La Torre, dueño de la finca. Mi recorrido debía ser paralelo al camino, con una banda de cien metros a un lado y a otro pero sin separarme de la referencia (Je, jé, se creían que yo me iba a perder por aquel recorrido que me sabía de memoria. Hubiera sido capaz de andarlo con los ojos tapados).

Pronto perdí de vista a mi padre que se fue a los cerros con los compañeros y yo eché a andar zigzagueando con el camino como eje, obediente. Tiré tres tiros. Dos a sendas perdices que se fueron a criar y el tercero a un conejete que me hizo un regate y siguió el mismo camino que las perdis. ¡Ya me contaréis, qué decepción! ¡Qué cabreo! Curándome en salud del cachondeo que me iba a venir de los mayores no hacía más que repetirme a mi mismo: "claro, es que con unos cartuchines como el dedo meñique".

De ninguna manera quería llegar a la casa "bolo". Y me negaba a recibir palmaditas en el hombro y miradas de comprensión de los mayores. Así que, cuando faltaba poco para llegar, me di la vuelta y empecé a desandar lo andado, procurando no pasar por los mismos sitios. Nada de nada. Ni a la tercera vez tampoco. A decir verdad, lo que más me dolía era decepcionar a mi maestro. Os aseguro que llegué a pensar que , si al llegar, me miraba con cara de pena, dejaría la escopeta y no volvería a cazar nunca.

Cuando di vista a la casa, mucho después de lo que se supone que hubiera debido tardar, había pavos y gallinas alrededor del cortijo buscándose el complemento al puñado de cebada que, para poderlos meter en el gallinero, les ofrecería la dueña del cortijo. Me extrañó ver ya de vuelta a mi padre, que normalmente terminaba de noche, sentado junto al "tío Pedro" en uno de los poyos de la entrada y la Choqui, la perra, echada al lado.

La escopeta estaba abierta, recostada en la pared y mi padre, nada más verme, se levantó, vino hacia mi y me pidió que le contara. Con el paso de los años te das cuenta que, el pobre hombre, anduvo todo el día más pendiente de mí que de cazar él. No dijo nada, sólo me repitió lo que yo ya sabía, que cada pieza tiene su distancia y que, con aquella arma, poco se podía hacer, así que tranquilo, me repetía. "¿Has conseguido acercarte a las perdices?. Recuerda que, en el campo, has de pensar y moverte como una alimaña"... Y a continuación dejó caer: "Ah, ¡y prepárate que vas a matar tu primera liebre!"

¿Queeeé?. Creí que estaba gastándome una broma y más cuando vi la cara de pillín que ponía el vejete dueño del cortijo, que con la colilla de "caldo de gallina" colgando de la comisura de los labios se había acercado a nosotros trayendo a la perra enganchada del collar con la parte curva de su bastón.

¿Ves los pavos que hay allí?, me dijo. ¿No has notado nada raro?. Yo miré en la dirección pero no vi más que pavos.
¿No te das cuenta de cómo están colocados y lo que están haciendo?. Creyendo que se trataba de una broma volví a mirar y esta vez sí que vi que estaban formando un círculo y se movían de forma extraña, a la vez que emitían sus clásicos sonidos guturales. Algunos de ellos se acercaban al centro, parecía que escarbaban y retrocedían. Daba la sensación de que bailaban.

¿Qué les pasa?, pregunté mosqueado. Y tomé otra lección de aquel día. "En el centro", dijo mi padre,"tiene que haber una liebre encamada. No nos hemos querido acercar esperando a que llegaras". "Acércate pero... no se te vaya a ocurrir tirarle en la cama. Eso no sería propio del cazador que vas a ser. Dale la oportunidad de que se vaya".

¡Jooooder!. Aquello era el examen de la reválida. ¡Y vaya un presidente de tribunal! Y con aquel escopetín, la liebre tenía la vida más segura que un jefe de estado.

Según me iba acercando no creáis que las llevaba todas conmigo. En algún rincón de mi cabeza había un punto de desconfianza.¿Se tratará de una broma? ¿Estará mi padre, siempre tan circunspecto, riéndose de mí?... Con estas sensaciones encontradas avanzaba yo, tembloroso, hacia la manada de pavos que, sin tregua, seguían con su extraña danza. Me acercaba como el piel roja se asomaba, en las pelis de indios, para ver el campamento del "rostro pálido".

Al principio no veía nada y pensé: "ya has caído", y los pelos del cogote se me pusieron de punta sólo de pensar que me llegara una carcajada por detrás... Y entonces lo ví. Era un ojo gordo y reluciente, como una canica de las de peseta. Una canica que me miraba sin pestañear y que fue el punto de partida para distinguir el perfil de la liebre acostada junto a un tomillo.

Catapúm, catapúm, catapúm. El corazón empezó a quererse salir de su caja. Me sonaba en la cabeza y en el pecho. Los pavos, impasibles ante la llegada de un nuevo bailarín, seguían a lo suyo. Entraban al centro, hacían su "solo" y volvían a su sitio, así una y otra vez, incansables. Estábamos como a tres metros del pobre animalejo que, con ojos desorbitados y las orejas pegadas al lomo, esperaba el momento propicio para dar el salto hacia la salvación.

No sé el tiempo que transcurrió. Yo miraba a la liebre y ella a mí. "Vaya pitorreo que voy a tener que aguantar como se me vaya". Lo único que oía, surgiendo por encima del canturreo de los pavos, era la voz del viejo que, cada vez más nervioso, le decía a mi padre: "Acércate tú, acércate tú, Mateo, que al chiquillo se le va".

"No se va, no. Tranquilo que no se va", decía mi padre. "Y si se va, que se vaya, tiene que aprender". Y aquellas palabras fueron un bálsamo para mi espíritu.

A partir de ese instante, los pavos enmudecieron a mis oídos, el corazón se puso al ralentí y "supe" lo que tenía que hacer. Me agaché despacio, cogí una piedra y, a medio incorporarme, se la lancé a la rabona como el que lanza un bolo en la bolera. El animal salió como si tuviera un muelle en el trasero. Se abrió paso entre la fila de pavos, me encaré mi espingarda y le largué mi única oportunidad. Se me quedó trasero y rompí dos patas. Una pata a la liebre, que fue suficiente para que la perra se hiciera con ella, y otra al pavo más cercano que, en vista de la avería, fue convenientemente convencido de un garrotazo del viejo para que abandonara este valle de lágrimas.

Mi maestro, mientras nos comíamos el pavo, aguantó con buen humor los comentarios de "lo mañosito que le había salido el chiquillo que, con una mierda de escopeta, se había ventilado dos piezas a la vez".

Pero yo supe que estaba contento conmigo. Me lo demostró cuando, tras el "doblete de pavi-liebre", me pasó la mano por el hombro, apretó los dedos (todavía los noto) y me dijo: "Recoge el cartucho, un cazador no ensucia nunca el campo".

Todavía lo guardo. En él, con la pulcra escritura de mi padre, está escrito: "Con éste maté mi primera liebre en las faldas del Cabezo de la Jara de Puerto Lumbreras. 12-X-56".

¡Ahí es ná!

Para todos vosotros, cazadores como yo.



Che.