No se puede estar repicando y en misa

Che

 

Este refrán es una verdad que José María aprendió un día en que unos cuantos amigos estábamos echando un ganchete a los cochinos con la rehala de uno de ellos.

Era en un coto de la zona norte de la provincia de Granada, lindando con Murcia y Albacete. Hacía una mañana preciosa, espléndida, con un sol radiante y sin viento aunque, eso sí, hacía un frío que se helaban los pensamientos.

Durante el café "con Mono" en el bar de la gasolinera del pueblo, Fidel, un pastor ya jubilado, nos dijo que entraría viento de levante y como sus predicciones son más seguras "que el cañonazo de las ocho", como dicen los cartageneros, pues nos decidimos a dar el gancho en La Merced y colocar los puestos en las desembocaduras de los barrancos de las Firuletas, que son unas zonas bastante abiertas y planas, sin paredes altas y que van a juntarse todos más abajo. Estas barrancas, en las escasas ocasiones en que llueve por estos lares, bajan toda la tierra y piedras de la parte alta y cuando el aluvión de agua pierde velocidad todo ese material se deposita, se ensanchan las embocaduras y se llena de retamas, tomillos, lavanda, baladres y, sobre todo, romero.

Nos colocamos ese día tapando esos barrancos no muy lejos unos de otros, porque el terreno así lo permite y ya que sabíamos por experiencia que los jabalíes se nos pasarían entre puesto y puesto si no nos poníamos "apretados". Los romeros son matas con la altura justa para que, cuando vienen andando "de puntillas", se te cuelen los cochinos por tu lado sin que los veas.

A mí me tocó entre Jaime y José María y elegí un sitio que estaba todo lleno de romero pero que, a mi izquierda, en dirección al puesto de José María, tenía un clarito de tomillos y ajedreas, más bajos que el romero, y que era el sito perfecto para tirarles si cruzaban por allí. Así que me quedé de pie porque, si tenía suerte, podría ver las matas moverse.

Las diez y media. Una leve brisa de levante empieza a darme en la cara haciéndome escocer las orejas. Este jodío Fidel no se equivoca nunca. Os aseguro que un día que íbamos recechando cochinos por allí cerca con mi Archy por delante olisqueando los rastros, día de sol, cielo limpio, yo con el rifle y él con su "gallao"le digo: "Fidel, cómo es posible que estando raso me haya caído un granizo en la manga del jersey?. Y dice: "Pues, macho, acelera que cuando lleguemos al coche hay dos palmos de nieve". No le creí, pero empezaron a aparecer nubes por las cumbres de los cerros y a las dos horas de marcha nos había caído una nevada de mucho bigote, de esas que cuando llegas a la lumbre te tienes que quitar hasta los calzoncillos de la mojadura que llevas. Y Archy, con las patitas tan cortas, no podía andar e iba dando saltos como los delfines.

Estando en estas reflexiones, Archy, que estaba hecho una estatua a mis pies, da un respingo y empieza a ventear en dirección a José María. Debo aclarar que este "mushasho" es de los que salen los fines de semana a tomarse unos chupitos con su parienta y, si se tercia, cosa que ocurre siempre, se van de bailongo a mover el esqueleto hasta las tantas. Y, naturalmente, no se puede estar repicando y en misa o al caldo y a las tajadas. Por eso, aquella mañana en el puesto... sentadito al sol en una piedra muy aparente... con la espalda apoyada en un pino... zzzzzzzzzzzz... ggggggggg... zzzzzzzzzz.

Cuando los que iban con los perros echaron a andar por la solana de La Mercé la consciencia de José María vagaba ya, hacía rato, por el éter. Yo andaba en reflexiones transcendentales, los cochinos venían de camino pero ni los animales ni los cazadores sabíamos nada de la otra parte. Solamente Archy estiró las orejas a modo de tricornio y le empezó el tembleque de patas que le da cuando siente las reses venir. No las veía, no las oía, pero él sí sabía que venían.

El pobre perro, cada vez más nervioso, empezó a mover el rabo como un molinillo y a echarme esas miradas rápidas que todo cazador conoce cuando están señalando una pieza, miradas con las que te dicen" ¿Pero... es qué no lo oyes, atontao?". ¡Joder!, pensaba yo, qué cosa más rara, si fuera un marrano, por la dirección en que ventea el perro, este tío ya debería haberle zumbado. A lo mejor es que José María se está moviendo en el puesto y Archy lo está notando... pero ¿y el temblor de patas y esos gemidos cortitos y casi inaudibles?.

Puuuuum! El rifle de JM me sacó de dudas y mi peludo compañero ya no aguantó más, ni yo traté de sujetarle, y salió "escopeteao" en dirección al tiro alejándose a toda la velocidad que le permitían sus cortas extremidades.

Según miraba al perro, que en su frenética carrera, con las orejas para atrás, se dirigía al tiro, me veo un cochino que, de dos saltos cruza el clarito que antes os referí, entre el perro y yo, pero en el sentido opuesto al esperado metiéndose en la mancha, en vez de salirse. Levanté el arma pero, fue tal la rapidez y la sorpresa, que no me dio tiempo a dispararle. A las décimas de segundo siguientes, y mientras mascullaba alguna letanía apropiada para el momento, aderezada con unos recordatorios a los santos del día y unas beatíficas jaculatorias, me veo otro marrano con el rabillo del ojo y que viene detrás del anterior y sin darle tiempo a que se dé la vuelta lo pongo patas arriba.

Entre tanto, Archy, al ruido del paso del primer jabalí, había vuelto sobre sus cortos pasos y venía a esa "endiablada punta de velocidad" que cogen los Teckels, y se topó de morro con el segundo que casi lo aplastó en su mortal revolcón.

Contento con el lance, me acerqué al bicho, que estaba siendo concienzudamente mordisqueado por el can que no paraba de tirarle tarascadas y achuchones. Y de pronto veo que el guarro está ¡chorreando agua!. ¿Comoooor? ¡los jabalíes no sudan! ¿De dónde puñetas ha salido este animal? Este guarro, me digo, ha tenido que estar bañándose no hace ni un minuto. Pero... ¿dónde?, si aquí no hay agua, ¡si aquí los lagartos llevan cantimplora!.

Llegó Jaime del puesto del lado contrario y le comenté el caso, por cierto, que cuando fue a ver el tiro que llevaba el cochino, Archy, desde el lomo del bicho, le obsequió con un gruñido advirtiéndole que aquello era propiedad privada. Estando en estas consideraciones vimos llegar a JM. Cabizbajo, nos miraba y le daba una risilla nerviosa como aquel que está en un secreto y no quiere revelarlo pero por otro lado sabe que no va a tener más remedio que "cantar de plano".

Mientras que Jaime le tiraba de la lengua yo me alejé en busca de la prueba que me faltaba y cuando regresé la escena no había cambiado, pero JM, al verme la cara de cachondeo que yo traía, supo al instante "que yo sabía" lo que había ocurrido y lo contó.

Película de los hechos: Al ratito de sentarse al solecito, se durmió con la escopeta al lado, apoyada en una piedra y al cabo, entre sueños, le pareció oír unos extraños ruidos, abrió los ojos y se encontró que, a quince pasos contados por mi, tenía ¡ocho guarros! que tranquilamente se bañaban en una poza que había entre unas piedras, delante de él, y que aún tenía dos dedos de agua del último chaparrón. Se quedó petrificado y la consciencia le volvió a toda velocidad. Pensó que si cogía el arma o se levantaba él pegarían un arreón y se quedaría sin tirarles, así que se quedó muy quietecito viendo cómo se bañaban durante, al menos, cinco minutos.

Desesperado y sin saber muy bien qué hacer se empezó a mover muy despacio. De pronto un guarro dio la alarma y... estampida. Carreras para todos lados y dos de ellos se fueron hacia él, le atropellaron, le revolcaron, le sobrepasaron y, como pudo, les largó un tiro... Pero se le fueron a criar... el resto ya lo conocéis.

El cachondeo subsiguiente fue, como supondréis, de los que fuman en pipa. Aguantó el hombre todo lo que tenía que aguantar y... lo que le queda, porque aún hoy, seis o siete años después de lo que os he contado, cuando JM está en la cuadrilla dando un gancho, algún graciosillo le canta por la emisora aquello de... Duérmete niño, duérmete ya o vendrá el coco y te llevará... y, no falla, a continuación, por las ondas llegan una serie de improperios con evaluaciones de las puntas de tal o cual cornamenta, de las luchadoras, las contras, los candiles y el perleao del dueño... Ya sabéis... exquisiteces.

Moraleja: Si mañana has de cazar... no debieras trasnochar.

Feliz Navidad.

Che.