Los Santos Inocentes

Caucho

 

El sábado después de comer en casa, y por que no decirlo, de una mañana estéril en la búsqueda de las perdices, me monté en mi flamante 4 latas y me acerqué al pueblo, con la simple intención de entablar una de esas deliciosas tertulias cinegéticas con un par de compañeros, y ya de paso meternos en esa agradable faena que es el poner los ojos en el suelo (cual trufa de perro de rastro) e ir en busca del rastro de los suidos sembrado en los márgenes de los caminos y sendas querenciosas, en busca de esas firmas tan bellamente estampadas por sus pezuñas, en busca de los terrazos y piedras desplazadas por los jabalíes en su afán de satisfacer esa terrible necesidad vital, que es la de, simple y llanamente, comer.

Ya puestos en faena, subimos la sierra hasta el regazo de las peñas, dónde se oculta un pequeño yermo muy agradecido por los suidos. En una de las puntas del yermo los jabalíes tienen una de sus charcas preferidas, pero últimamente poco concurridas.
Antes de llegar a la bañera ya hemos inspeccionado un par de morradas en el suelo, obra inequívoca de una piara no muy numerosa, pero lo suficiente poblada para tener una jornada cinegética animada el día siguiente. La charca nos muestra señales frescos de la visita de uno o dos ejemplares mayores y de su prole, compuesta esta por no menos de tres y no más de seis jabatos. Después de fisgonear un poco los alrededores nos dirigimos a sus vías de paso, las cuales no muestran mucho movimiento a excepción de uno que se decanta hacia los mismos pies de las peñas, curiosamente uno de sus encames habituales. Por lo que volvemos hacia la charca y la marcamos, para volver mañana por la mañana y así saber con certeza la frescura de su estancia. Con la charca ya marcada nos encaminamos hacia otro de los puntos a inspeccionar, puntos a los que ya no llegamos, pues nos hemos topado con unos cazadores vecinos y amigos, con quienes entablamos una de esas ilustrativas tardes lanceras que dejan el monte desierto de animales vivos, aderezadas con un choricito, un poco de pan y una bota de vino del pueblo.

Como cada mañana de domingo, me levanté a regañadientes y con gran pena al tener que abandonar mi tan querida almohada y su primo el colchón. Pues nada cargado con los bártulos, el desayuno de todos (hoy me toca a mi llevarlo) y el magnífico todoterreno de la família (el 4 latas, por supuesto), me encamino hacia el pueblo, como cada domingo de octubre hasta febrero.

Llego al local social a las 7:30 de la mañana, el fuego ya esta encendido y aunque mucha brasa no se ha hecho, creo que ya tendremos suficiente para cocer la panceta, la botifarra negra con cebolla y la longaniza de pimienta entera.

Ya van llegando los asiduos al almuerzo, hoy nos hemos reunido nueve, las viandas recién cocidas llegan a la mesa, el vino al porrón y el bullicio alrededor de la mesa. Una vez hemos sacado las barrigas de peligro, el café de rigor y para el bar del pueblo, a reunirnos con el resto de la colla y al lío, que ya es domingo.

Durante el desayuno se ha comentado que en una de las lindes del coto los suidos han hecho de las suyas las dos últimas noches y que seguramente realizaremos la batida en esa zona, dejando para otra ocasión los rastros encontrados ayer, comentario que se nos confirma cuando nos reunimos toda la colla.

Como siempre, después del segundo café de la mañana, se reparten los puestos, yo me voy con mi padre y dos señores mayores a tapar dos plantas de almendros, un barranco muy querencioso y un par de sembrados. La distribución es fácil, en el ribazo que parte los sembrados se apostará uno de los señores mayores dado que debe irse antes de terminar la batida; en las plantas de almendros se apostaran mi padre y el otro señor mayor y en el barranco me pondré yo (por decisión de mi padre).

Una vez dejamos los coches y después de una detallada explicación de mi padre, acompaño al señor mayor al ribazo que parte los sembrados, indicándole los mas y menos de la postura (innecesaria a mi entender). Una vez de vuelta a los coches me encuentro que se han ido sin mi como ya me suponía, al fin y al cabo todo se arregla con una carrera cortita, de esas tan apetecibles cuando vas con las botas y cargado con los atuendos cinegéticos.

Pues nada, después de la carrera matutina los alcanzo y continuo el camino felizmente acompañado. Al llegar a la entrada del barranco nos paramos y mi padre me susurra las querencias de los suidos, un par de detalles del terreno para así asegurarse de mi correcta posición y la ubicación exacta de mi postura vecina. Cual es mi sorpresa que al dar el primer paso, veo que el otro señor mayor se me ha adelantado y se dirige ya hacia la postura que me habían asignado.

Con una carrerita cortita y un par de regates a los matojos de boj doy alcance al espabilado señor mayor y le pregunto tajantemente, -dónde coño va usted?- a lo que me responde que como ya estaba cansado que el se quedará en el barranco por que es la postura más cercana.

Mordiéndome la lengua para no arrepentirme de mis palabras creo que lo mejor es cederle y explicarle los secretos de la postura, cosa imposible porque el espabilado me corta y sin dejarme decir nada me salta que a él no le tengo que explicar nada que ya ha entendido lo que me estaba explicando mi padre y que ya lo encontrará él solito; eso ya no puedo soportarlo y lo mas educadamente posible le muestro mi disconformidad y le adelanto que nunca mas va ha “disfrutar” de mi compañía, al menos desde el bar hasta las posturas.

Medio cabreado vuelvo hasta mi padre y le indico que debemos seguir, que ya hemos perdido demasiado tiempo y sin preguntarme nada pero si con una expresión de sorpresa continuamos el camino hacia las plantas de almendros.

Ya en las plantas de almendros yo me quedo en la de abajo y mi padre se va a la de arriba, a unos 200 metros.

El sitio esta bastante bien, pues se encuentra en medio de la solana, desde él hasta la espesura del bosque de enfrente me separan unos 80 o 90 metros de almendros espaciosos, a mi izquierda mas almendros (estos controlados por mi padre, al igual que el erial de encima de la planta de almendros), a mi derecha veo parte de la solana que muere en el barranco y la piedra de la postura robada. Al fijarme un rato se confirman mis dudas, el señor espabilado no se ha situado correctamente y se ha quedado en el culo del barranco, demasiado hondo y espeso para poder sacar provecho de las querencias de los suidos. Total que como vea que un suido le entra por la solana se lo voy a cortar, a ver si así aprende a respetar las decisiones de los encargados de colocar a la gente (en toda la mañana no le entró ninguno, así pues no cometí ninguna acción que se me pudiera reprochar).

Esta mañana el viento me viene de cara, por lo que me podré permitir el lujazo de fumarme algun que otro cigarrillo, así que mano al bolsillo y pitillo al morro, a la segunda calada oigo como tronchan las ramas del bosque justo enfrente de mí y salen dos a toda leche como si de una carrera de velocistas se tratara, yo ya tengo el rifle encarado y con el seguro liberado, apunto al de la izquierda y le suelto el primero, con el único resultado de un pequeño cambio de dirección. Ahora en vez de bajar rectos se han encarado hacia la izquierda. Los veo pasar entre los almendros, aprieto la culata al hombro, cierro el ojo izquierdo y acciono el gatillo, uno da la voltereta y el otro dibuja un quiebro encarándose hacia mi, pero esta vez ligeramente hacia mi derecha. Vuelvo a disparar, ya es el tercero que toma el camino del ánima del cañón y el segundo que lo único que consigue es provocar un poco de polvoreda por su impacto en alguna piedra, pues el terreno esta demasiado mojado para dejar escapar una sola gota de polvo. Sin pensarlo le envio el cuarto con el mismo destino, el suelo. Solo me queda uno en la recamara y vacío el cargador, lo pierdo de vista, pues se mete debajo de un ribazo, vuelvo a encarar esperando su más que probable salida por dónde se acaba el ribazo y cuando le veo el morro le envio la última bala. Me quedo sorprendido del poder de parada de tan pequeño proyectil, pues lo ha parado en seco.

Bueno ya he animado la cacería, o al menos a mis vecinos, y mirando a mis dos piezas, lleno otra vez el cargador del rifle y me vuelvo a sentar, recojo el pitillo del suelo y otra vez “pa’l morro”, que el tabaco va demasiado caro para despreciarlo.

Al cabo de una hora, mas o menos, veo un movimiento sospechoso cerca de la linde de la planta, me quedo fijamente mirando hacia esa dirección y “bingo”, ya tenemos otro que entra en liza, este entra al pasito, si hacer ni pizca de ruido. Va cruzando transversalmente la planta en dirección a mi izquierda. Levanto el culo de la piedra y como no ha detectado mi presencia, me permito el lujo de incar la rodilla al suelo para así asegurar mejor el tiro. Levanto el rifle i le sigo entre los almendros, en espera de encontrar el sitio adecuado para contraer el dedo. Ya no es necesario que continúe corriendo la mano, se ha parado, le queda la cabeza escondida tras el tronco de un almendro, pero le puedo ver perfectamente todo el cuerpo, apunto a la caja torácica y con un certero disparo (supongo que la bala ha topado a algun órgano vital) se desploma tras el almendro, sin apenas reaccionar, solo unos leves espasmos recorren su cuerpo antes de acompañar a sus dos congéneres. Apenas son las doce de la mañana y tres piezas me acompañan con el silencio de su presencia. Es hora de fumarme, tranquilamente el segundo pitillo de la mañana.

El día sigue nublado, resquicios de sol aparecen tímidamente, pero por poco tiempo, la niebla va subiendo lentamente, engulliendo con parsimonia el bosque, los sembrados, los yermos...., pero sin demasiada convicción, pues sus múltiples lenguas se dilatan y contraen continuamente, como si estuviera dudando en envolver todo el paisaje.

Al cabo de media hora las dudas de la niebla se disipan y con ellas la misma niebla se contrae, dejando algún que otro retazo de algodón enganchado entre los robles y encinas.

Se empiezan a acercar las campanillas de los perros y la inconfundible voz pausada de uno de los perreros, -RRRRRREEEEEËÉÉÉÉ!!! HAAAALÏÏÏÏÏÏÏ!!!!!-, golpes de voz en lo alto de la carena respondidas por alguna que otra ladra grave de los sawes.

En lo bajo del bosque, cerca de los almendros, de uno de estos retazos se entrevé una sombra, se esconde por entre la maleza, dejando notar su presencia pero sin llegar a consentir que alguien adivine su naturaleza. Va planeando por la linde hacia mi izquierda, directo hacia mi padre, seguramente le va ha dar la vuelta sin salir del abrigo del bosque, aprovechando el sigilo que le aporta la tierra y la maleza del bosque empapado. Las campanillas estan descendiendo por entre el bosque, se oyen dos ladras graves y seguidas, con un tono de enfado, les siguen las ladras ahogadas de los podencos, tronchan las ramas en dirección a la sombra, esa arranca abandonando el bosque, solo veo un relámpago sin darme tiempo a disparar. En pocos segundos se oye un disparo... Me es familiar ese sonido, y viniendo de mi izquierda, me convence que quien ha disparado ha sido mi padre. Desde la carena, a pulmón abierto, pregunta el perrero por el resultado, la respuesta escueta, un SI tajante, apagando por un momento los gruñidos de un solo perro, es el sawes joven, es el que lo ha arrancado.

El perrero continua su camino, esta vez llamando a los perros, sawes y podencos que en un momento le vuelve a los pies. Menos el sawes joven, que en vez de subir hacia la carena como sus hermanos podencos se mete a la carrera en lo bajo del bosque, con tres ladras seguidas, parece que lleve el ceño fruncido.

Vuelve a tronchar la maleza en frente mio, es el sawes que ha entrado con todo. A unos quince metros delante suyo se abre el bosque y salta a la planta con el pelo erizado. Esta vez solo levanto el rifle sin llegar a apretarlo contra el hombro, mi ojo se alinea con la línea blanca del alza y el plástico rojo del punto de mira, el ojo izquierdo se cierra y el dedo se contrae inconscientemente.

Sus rodillas se doblan, su cabeza se arrastra por entre terrazos y piedras, la grupa dibuja una parábola y finalmente la espalda besa el sueldo, se arrastra unos pocos metros y se queda estirado muy cerca del camino de entrada a la planta de almendros.

A las tres y media mi padre me avisa de que la batida se ha dado por terminada, por lo que me bajo de la poltrona y le espero en la salida de la planta. Mientras vamos bajando por el camino le comento un poco por encima los lances de tan fructífera mañana, al llegar a la entrada del barranco, le doy voces al señor espabilado que ya hemos terminado y le indico por donde llegará mejor hasta nosotros. Como por la mañana no me hace ni caso y baja por donde le parece, por lo que me siento en el suelo, me enciendo otro cigarrillo más y me dispongo a charlar unos cinco minutos más de la cuenta con mi padre, pues es el tiempo extra que deberé esperar a que llegue semejante personaje.

Cuando llega no lo hace solo, lo hace refunfuñando por no haber visto nada de nada, quejándose de la postura y preguntándome encarecidamente el resultado de los disparos, a lo que le respondo escuetamente que son cuatro por mi parte y otro por parte de mi padre.

Le mando que nos ayude a sacar-los, pues las otras posturas tardaran un poco en venir, a lo que me responde que no puede, que se debe ir para casa, que su esposa le espera para comer.

Poco antes de llegar al coche, me llama la atención unas huellas de jabalí fresquísimas, tan frescas que por la mañana no estaban, parece que provengan del barranco, pero no estoy del todo seguro, aunque es lo más posible.

Hay un detalle que había olvidado comentarle al espabilado: fue que eran cuatro zorros los que abatí esa mañana, ojalá hubieran sido suidos, pero sólo eran unos zorros.