Loa de las armas finas de verdad, las «Best»

Munchausen

 

El hombre desde que empezó a cazar y a guerrear, cosas que debieron suceder casi al mismo tiempo, ha procurado que sus armas siempre lleguen cada vez un poco más lejos y con más potencia, en la guerra la cosa parece no tener fin, hemos pasado del golpe de maza, distancia más bien cortita, a la denominada "guerra de las galaxias", con la que el Sr. Reagan le metió el miedo en el cuerpo a sus contrincantes, pues los pillo con el paso cambiado y la cartera vacía, en el camino quedaron chismes tan dispares en su apariencia como parejos en su fin, la azagaya, el arco y la flecha, la bombarda, el arcabuz, el máuser, el Gran Berta, los cañones de marina y de costa, los aviones de bombardeo, las V1 y V2, los portaviones, los mísiles intercontinentales y así una infinidad de chismes intermedios de los citados.

En la caza eso de la distancia se paró antes, gracias a Dios, pues dar un par de ojeos con mísiles de crucero debe ser un lió más que mediano, y tumbar un Marco Polo en el Pamir, con un misil intercontinental, disparado desde las Azores, debe andar escaso de emoción y por añadidura los prismáticos necesarios para ese rececho deben pesar la tira, en esto de la caza, el limite debe andar, para la mayor, en el medio kilómetro, y con reservas y en los 50 metros, como máximo, para la menor, el no tener que dedicar esfuerzos mentales para elevar las distancias, el armero de caza los dedicó a embellecer las armas, con verdaderas filigranas de finísima elaboración y unas maderas que la verdad, en ocasiones, quitan el hipo solo con verlas, por eso las armas de guerra buscaron la funcionalidad y las de caza la belleza en su construcción, siendo por supuesto las más bellas absolutamente artesanales, mis cuentos de hoy estarán relacionados con armas todas ellas absolutamente "Best" y absolutamente artesanales, los protagonistas, verdaderos maestros en su manejo, fueron o bien conocidos míos de forma directa o bien conocidos por referencias directas de familiares o amigos en su caso, cada uno en su momento les saco partido y se sirvió de ellas para cobrar cantidad de caza.

La distancia que estas armas son capaces de cubrir ronda, más o menos, el tiro de escopeta y ¿su potencia?, pues ... como dicen en Rolls Royce, cuando alguien les pregunta por la de sus coches, "suficiente", aunque las protagonistas sean estas joyas de la industria armera, los cuentos tienen cada uno su o sus protagonistas humanos, e irán precedidos por una introducción al tema en general.

INTROITO GENERAL: ¿Cuáles son las maravillosas armas de las que os llevo hablando un rato?, pues ni más ni menos que las piedras, lanzadas a sobaquillo, el porro y la honda, delicados adminículos todos ellos que llevan dando juego a la humanidad, en esto de la caza, muchos siglos y que en gran parte de la Tierra continuaran dándolo por alguno más. Como podéis suponer el tema lo reduzco históricamente, a unos tiempos no demasiado lejanos, y, geográficamente, a la zona centro y sur de mi querida España, cuyo medio rural es el que más conozco, ¡Cuanta caza habrán abatido esas armas y cuanta hambre habrán paliado!.

En relación con las piedras lanzadas a sobaquillo, debo deciros que cuentan que el Conde de Teba era buenísimo con ellas y que alguna pieza fue al zurrón por tan silencioso método, mi amigo Juan Carlos Buendía, el hermano pequeño de la familia de ganaderos andaluces, era un fenómeno con ellas, pues añadía a una puntería estupenda una potencia tremenda, vamos que era un "mágnum" en toda regla, para muestra que os sirva un botón, los mejores cabestros son de Miura, hijos de vaca mansa "berrenda en colorao" y toro bravo, naturalmente en ocasiones se acuerdan de "papá" y se arrancan como eso ... como miuras, a Juan Carlos, lo pilló uno en una rara ocasión en que estaba pie a tierra, en esa casa, menos entrar en la Iglesia y alguna necesidad mayor, todo lo demás se hace a caballo, el buey, de enorme tamaño, decidió pasarle la cuenta de los garrochazos recibidos y se fue a por él con las peores intenciones, claro que, para su desgracia, no contó con que en las cercanías del humano había una buena piedra, Juan Carlos lo dejo tieso, de una pedrada en la frente, murió en el acto, el comentario fue breve: "Que "joio", se creyó que me iba coger", no es muy cazador pero en sus tierras hay muchas liebres y más de una compartió final con el miura, el protagonista del cuento no era un "mágnum", más bien un 270 W., no tenía la potencia que Juan Carlos, pero le daba una pedrada al Lucero del Alba, si se lo proponía.

EL SEÑOR JOSÉ "REMEDIOS" : Fue empleado de casa desde el fin de la Guerra Civil, hasta su muerte, a una edad muy avanzada, cercana a los noventa, pero desconocida, era apatrida, nunca supo ni cuando ni donde nació, allá ... por la frontera portuguesa, pero... ¿de que lado?, pues cualquiera sabe, aunque cuando murió yo era un adolescente, con el cascarón todavía pegado al culo, lo recuerdo bien, alto, delgado, serio, amable y con una tremenda elegancia natural, siempre con un cierto aire tristón, mi madre lo adoraba y lo cuidó hasta su final, estaba solo en el mundo ... "Ya ve señora, la mujer y los seis hijos se me murieron mu pronto..., lo pobritos, toitos de lo mesmo, de la ultima fiebre", como siempre se había negado a que le hicieran "papeles", "Que no, que eso no, que me hacen hacer la "mili" en los dos laos, y ya voy grande pa eso", después de la guerra la cosa se le puso difícil, y un buen día lo llevaron al cuartelillo, allí un teniente, muy serio y enfadado, le puso las cosas más negras que tiznadas, pero ... resulta que el Señor José "Remedios", que no tenía ni apellido, tenía tres amigos, de donde les venía la amistad solo ellos lo sabían, uno era mi abuelo, el otro un tal Camilo Alonso Vega y ¿el tercero?, quien los avisó, algo se decía de que al Sr. José no le gustaban ni la mili ni los fusilamientos, y que algunas personas se libraron de esto ultimo, gracias a lo bien que conocía la raya y el camino de Lisboa, supongo que al teniente todavía no se le ha pasado la sorpresa, llamada directa y personal de D. Camilo, y un Packard verde, nuevecito y con matricula de GB, en aquella época de coches negros y viejos, con chofer de uniforme, a buscar al detenido, para llevarlo al que desde ese momento sería su domicilio y su empleo de por vida, nadie le volvió a pedir un papel, ni para liar un cigarro.

No sabía leer pero era listo y eficaz, en la finca se encargó de los animales de labor en doma, mulos y bueyes, tenía una mano especial con ellos, los amansaba y los dejaba como malvas, pero ... si alguno le buscaba las cosquillas, metía la mano en un fardelillo, que le colgaba del hombro izquierdo y sacaba un canto rodado bien elegido en el cauce de un arroyo seco, la piedra volaba con un zumbido premonitorio y le daba al díscolo buey en el pitón elegido, le quitaba las ganas de armar por una larga temporada, naturalmente el puchero recibía una buena ayuda del fardelillo, conejos, liebres, palomas, probaron las piedras del Sr. José, no fallaba una, le vi cobrar un sisón a una distancia que hubiera dudado en tirarlo con escopeta, y un milano arrancando a volar cuando ya levantaba un metro del suelo, pero lo asombroso fue ...

Cabalgaba junto a mi padre, muy de mañana, cuando alcanzamos a la recua de parejas que salían a trabajar, el Sr. José iba montado, a mujeriegas, en un mulo de la yunta de cabeza, nos pusimos a su altura y tras saludarnos, mi padre y el Sr. José entablaron conversación, en esas íbamos cuando repentinamente nos mando callar y parar, se deslizo del lomo del mulo y echo mano al fardelillo, llamó por señas a un muchacho y le hizo dirigirse hacia unas matas:

"Zagal dale un palo a las matas", obedece el muchacho y sale un conejo flechado, zumba la piedra y el conejo pega una voltereta, "Zagal dale otro palo", así lo hace y sale otro conejo, nuevo zumbido y nueva voltereta, "Coñe, prueba a darle otro", en ese momento ya estábamos todos los espectadores con la boca abierta, nuevo palo, nuevo conejo, nuevo zumbido, nueva voltereta, los del público le damos una ovación, "Joe, mira que si hay otro", el muchacho no espera más, le pega otro palo a las matas, y nuevo conejo ... no, dos nuevos conejos, y ... lo increíble ... dos zumbidos seguidos, casi ni si distinguen, y dos conejos rodando prácticamente al unísono, "Coñe, que suerte, los "empelote" a toos ... zagal busca las piedras y tráemelas, que eran bien buenas", como veréis un arma fina "Best", el Sr. José "Remedios", su ojo y su sobaquillo, de los que lo fabricaron artesanalmente nada se sabe, pero indudablemente el diseñador era divino.

INTROITO AL PORRO: Arma vaquera por excelencia, normalmente hecha de un pie de fresno, pero con variantes más cortas y durísimas, de encina, y otras mixtas, la vara de fresno y la porra de encina, en ocasiones claveteada y otras, incluso de puro granito con forma algo cónica, un arma terrible en manos expertas, las vacas dominadas a porro obedecían por bravas que fueran, en tiempos, para hacer la señal de la ganadería en las orejas de los becerros, el vaquero se ponía a galopar al lado de la vaca y le soltaba un porrazo en la cabeza, vaca patas arriba, vaquero al suelo agarrado al becerro, con la navaja abierta en la mano, y marca a hecha a toda castaña, antes de que se levantará la vaca, claro que en ocasiones la vaca pues ... no se levantaba nunca, y en otras se levantaba demasiado pronto y no quedaba mas solución que abrazarse al becerro y ponerlo por medio, y así entre el becerro y el porro mantenerla a distancia hasta llegar a seguro, épocas duras, de hombres duros y ... vacas duras, los escoceses arrojaban piedras golpeándolas con el porro, así nació el "golf", Ivan Maura, que yo sepa, mandó disecar tres perdices en su vida, la primera, la cien mil, y una que mató con una bola de golf y continúa expuesta en una conocido club madrileño, los españoles no tiran piedras con el porro, pero tiran el porro, en paralelo y a ras del suelo, girando, con el sonido de un pequeño helicóptero, la cantidad de liebres, conejos, perdices a peón, zorras y demás alimañas que se habrá llevado por delante un porro así lanzado, por un pastor, un cabrero o un vaquero, pues ... miles y miles.

Hace tres años, en una tarde de finales de verano, en una dehesa salmantina, íbamos buscando unas cabestras de esas berrendas en colorao, naturalmente descendientes de Miura, por mitad de un cercado, con la Peña de Francia al fondo y en el sopíe de la Reserva de Las Batuecas, cabalgaba por delante nuestro, un mayoral, sobre un caballote castaño, colino y huesudo, de los de antes, ocho perros de presa abiertos en mano le precedían, atravesado entre las posaderas y la concha de la montura, un porro de una vez, también de los de antes, una escena de otra época, solo el todo terreno de la ganadera y el nuestro desentonaban, cuando alcanzamos al jinete, grandes saludos con nuestro mayoral, naturalmente eran amigos de siempre, no pude remediar el preguntarle la razón para tanto perro, "Bueno para los toros, para cuando se pelean", "Ya eso lo supongo, pero tantos y tan abiertos en mano ... ¿para los toros?", "Hombre ... pues eso, je, je, más bien para los cochinos ... sabe usted", resulta que el hombre cobra todos los años un buen número de ellos, especialmente algunos grandes machos, "Ya sabe, esos en cuanto les das un caballazo y los perros los cansan una mieja, pues dan la cara, los perros lo agarran, me lo distraen y unas veces, las más, desde el suelo y otras desde el jaco, le doy, con el porro, en el huesecillo ese del cogote, y para chorizos", ni tiene vedas, ni licencia de porro, ni le importa un comino, para llegar hasta él hay que cruzar entre las vacas paridas o los toros de saca, y la verdad para pedir unos papeles, a un conocido, que es un buen hombre, no merece la pena hacerse torero, si es guarda o guardia.

EL TIO BELISARIO Y EL SR. MANUEL: Al primero lo recuerdo vagamente, era vaquero en casa, en una finca de Gredos, pero cuando se retiró era yo muy chico, si recuerdo, de él, tres cosas, verlo galopar cuesta abajo por una ladera de Gredos, ponía los pelos de punta, las "migas canas" que hacía, estaban de rechupete, y el caballo "Belisario", lo domó él, lo montó el abuelo durante años y fue, probablemente, el primero al que me subieron en mi vida. Según cuentan, manejaba el porro, más menos como Robin Hood el arco y las flechas, metía las vacas donde se propusiera, a un toro semental, de Concha y Sierra, "Carasucia", lo paró de un solo porrazo en las narices, cuando se le arrancó en corto y por derecho, conejos con el porro, casi todos los días alguno, en una ocasión, a finales de otoño y en una mañana de niebla, heladora, cuando fue a echarle un ojo a los novillos, se encontró el prado vacío, solo allí, por el medio, se veía un bulto en el suelo, enseguida se malicio lo sucedido, se fue para el bulto, en efecto, era un novillo muerto, al acercarse se dio cuenta de que la barriga del novillo se movía, de ella sobresalían los cuartos traseros de un lobo, tan metido en el tema del desayuno estaba el "patas pardas", que ni se enteró de la llegada del Tío Belisario, este enarboló el porro y le soltó un estacazo tremendo, el lobo se revolvió con un quejido y de paso le soltó un bocado que le abrió los zahones, y el pantalón de pana, desde la ingle hasta la pantorrilla, y ... del interior del novillo salió un segundo lobo, en el primer salto le puso las manos en el pecho y lo mandó al suelo, gracias a Dios, los dos lupinos compadres optaron por la prudencia y decidieron tomar las de Villadiego, el Tío Belisario, desde el suelo, le envió el porro, zumbando por el aire, al primer lobo, que se alejaba renqueante y lo volvió a enganchar, por los lomos, de nuevo el lobo al suelo, mordiéndose con saña el lugar del golpe, el vaquero se levantó y se fue para la casa, todo manchado de sangre, sin porro y con susto, lo mejor que pudo hacer, allí lo revisaron bien revisado, no estaba herido, los zahones y el pantalón destrozados, el largo calzoncillo tenía marcas y desgarros, y quien sabe si algo más, ver dos lobos, chorreando sangre por todo el cuerpo, saltándote por encima, es cosa que puede cortar la digestión incluso de unas "migas canas", pero la pierna estaba intacta, no había peligro de rabia, lo acompañaron a por el caballo y el porro de reserva, revisaron el lugar del sucedido, rescataron el porro y cuanta carne pudieron, que no estaban los tiempos para desperdiciar proteínas.

A los pocos días, cuando cambiaban las vacas de cercado, los animales dieron un fuerte espanto al pasar junto a unas zarzas, los hombres acudieron al sitio, el olor a lobo era inequívoco, miraron, remiraron y finalmente lo encontraron, muerto del todo que estaba el bicho, con la columna vertebral rota, consecuencia del segundo garrotazo, del primero le había dejado un cadera hecha migas.

El Sr. Manuel, también era vaquero, su especialidad con el porro era la caza menor, lo recuerdo pie a tierra, con las riendas de su caballo tordo sujetas bajo el brazo izquierdo, apoyado en el porro, en esa postura tan característica de los viejos hombres de campo, él parecía medio dormido y el caballo dormido entero, pero tenía un ojo puesto en las vacas y el otro en la boca de algún vival cercano, si una vaca pretendía meterse en la siembra le pegaba un silbido y agarraba el porro, normalmente era suficiente advertencia, si un conejo salía al sol desde el vival, no había advertencia volaba el porro y conejo para el puchero; el abuelo lo mandó a cuidar las vacas en una finca que había arrendado, en ella había conejos a miles, fue a principios de los cuarenta, cuando el hambre y la necesidad apretaban en España, allí se especializó, ya de viejo me contaba que un día si y otro también cobraba la media docena, "Entre los que iban al puchero, los que regalaba y los que cambiaba, te digo que no salí por menos de mil quinientos al año, en cada uno de los tres años que estuve allí", cuando cambió de finca la cosa empeoró, pero ya era un tirador de elite con el porro, caza tenía menos pero puntería más, y lo uno por lo otro aseguraba que en su casa nunca se pasó hambre, ni en las de su entorno tampoco, eran épocas en que aunque se tuviera trabajo y se cobrará no había comida, el arma, aunque una autentica "Best" y más artesanal imposible, no es precisamente fina y delicada, pero un porro y un hombre que supiera cazar, arreglaban una barbaridad la cocina.

INTROITO A LA HONDA: Instrumento mucho menos extendido, aunque casi tan antiguo como los anteriores, hoy creo que totalmente en desuso, al último que conocí usándola fue a Alba, el viejo mayoral de los Buendía, no conozco a nadie que la continué usando, pero era toda una tradición en el campo con ganado bravo, los cabestreros y muchos vaqueros la usaban, las había preciosas hechas por los mismos que las manejaban, con unos repujados en el cuero tan elaborados como los de los zahones de torear, una de las puntas, la de soltar, estaba rematada por un cordelillo de seda, como los de las trallas de los cocheros, para restallar, las hacían sonar como tiros de pistola, cuando los animales la oían se encogían, ya sabían lo que venía detrás, sus usuarios las solían llevar atadas en la cintura sobre los zahones, y la munición era minuciosamente escogida en el lecho de los arroyos, cantos rodados duros como el acero, se guardaban en unas alforjas de cuero que colgaban de la concha de la montura, o sobre el hombro izquierdo cuando caminaban a pie, con la honda la distancia eficaz de tiro y la potencia se multiplicaban.

Debo reconocer que mis gustos por la poesía son deplorables, según dicen los entendidos, mis poetas favoritos son J. Mª Gabriel y Galán, por su poesías sobre el campo charro y extremeño, y Fernando Villalón, el poeta de la Baja Andalucía, el de los garrochistas, los contrabandistas y los bandoleros, una pena según algunos, pero que le vamos ha hacer algún defecto se debe tener y ese será el mío, este Fernando Villalón, fue muy amigo de un amigo íntimo de mi padre , como Fernando, ganadero de bravo y solterón; con él hice mis primeras armas en la montería, y contaba unas cosas graciosísimas de su amigo el poeta, del que dicen se arruinó intentando que sus toros tuvieran los ojos verdes, en una ocasión, llevó a encerrar una corrida de toros a La Maestranza, en aquellos tiempos los toros, se llevaban desde las afueras de Sevilla a la plaza, al amanecer, por su propio pie, bien amparados de cabestros y caballistas y ligeritos, pero pasando por algunas calles, el cabestrero a pie y restallando la honda, llamaba a cada buey por su nombre, ¡!Hop!! ¡!Hop!! Piloto, ¡!Hop!! ¡!Hop!! Navegante, al menor síntoma de descolocarse del sitio debido, volaba la piedra y el cabestro recibía un recado en los pitones que prácticamente lo sentaba, terminada la faena, y una vez distribuidos los toros en los corrales y efectuado el sorteo, Fernando Villalón, invitó a comer a sus gentes, todos vestidos de corto, con sombreros anchos y zahones, oliendo a caballo y a toro, ¿a dónde se le ocurrió llevarlos?, pues ni más ni menos que al elegantísimo y recién inaugurado Hotel Alfonso XIII, ante la expectación general de los huéspedes y el servicio del hotel, se instalaron en el comedor, el "maitre" levantó la nariz y ni puñetero caso, y así un rato, y un rato más, las caras de los invitados, y la del ganadero, se empezaron a poner serias, pero ... el cabestrero, "Señor Conde,¿lo llamo?", Fernando además de poeta era conde, "Pues si, anda llámalo", se levantó el hombre, cogió un panecillo lo puso en la honda, y... "Hop, Hop, Hop, Camarerooooo", restalló la honda, voló el panecillo y ... la pajarita del estirado maitre se fue, limpiamente, a hacer puñetas.

Que respeto no les impondría la honda, y quien la manejaba, a los animales, que cuentan que cuando el ganadero conocido como el Cura de Utrera, se estaba muriendo, quiso ver por ultima vez su amada ganadería, lo colocaron en su cama, en una amplia sala que tenía dos puertas, entrando por una puerta y saliendo por la otra, a base de dar vueltas a la casa con la parada de cabestros, hicieron pasar la ganadería, toros incluidos.

Amanecer en Sevilla, hace .... un montón de años, un sacerdote precedido por dos monaguillos y por el sacristán, que toca la campanilla, seguido por un par de beatas y dos hombres muy llorosos, lleva el Santo Viático a un moribundo, de pronto y dirigiéndose hacia ellos suenan los inconfundibles ruidos de una conducción de toros con una parada de cabestros, cencerros, zumbos y cascos herrados y sin herrar, la cosa esta difícil, ya no cabe ni retroceder, pero ... entre el sonido de los cencerros, el mayoral, siempre atento a los problemas, ha distinguido el también inequívoco sonido de la campanilla y por la hora no tiene la menor duda del motivo, gracias a Dios, vuelven de La Maestranza, de dejar los toros, pero claro eso los que se dirigen a cumplir su sagrado cometido no lo saben, en la penumbra resuenan, como pistoletazos, los restallos de un par de hondas, "Hop hop, Volador" "Hop hop Palomo" "Hop hop ......" "De rodillaaaas"..., cuando la pequeña comitiva que acompaña al Santísimo, con el alma y el cuerpo encogidos por el miedo, llega a la altura de la conducción la escena es asombrosa, 22 cabestros, perfectamente alineados, todos de rodillas, con tres jinetes a cada lado, con el sombrero quitado y sobre sus caballos que están también de rodillas, y en el centro, con un rodilla en tierra, que él no usa caballo, la gorrilla en la mano y la honda extendida en el suelo delante de él, el cabestrero.

¿Mentira? ¿Milagro? ¿Increíble?, pues nada de eso, doma, terror a la honda, y ... un poco de casualidad, la gente y los bueyes eran de la ganadería de la Vda. de Concha y Sierra, en esa ganadería, al igual que en otras varias andaluzas con toros especialmente peligrosos en el campo, el pienso para los toros se transportaba diariamente a lomos de los cabestros, era lo más seguro, y claro para subir a los lomos de un buey de gran tamaño un par de pesados sacos de pienso, lo mejor era que el buey se arrodillara, pero es que además, en esa ganadería se daba la circunstancia, de que a la Sra. Viuda, ya mayor y sobrada de kilos, le gustaba ver sus toros de cerca, pero no se fiaba de ellos ni de sus facultades como amazona, el asunto se solucionó montando a la señora sobre el más grande y fuerte de los cabestros, al que los toros respetaban muchísimo, de esa guisa, acompañada por el mayoral a caballo, los visitaba con frecuencia, y claro para subir a la ganadera, pues como con los sacos, lo mejor el buey arrodillado, los caballos, pues cantidad de caballos de campo se arrodillan para facilitar el montar, enseñarlos no es difícil y muchos vaqueros lo hacen, por entretenerse y por someterlos.

EL TIO GORIN Y VALENTIN "EL TREBOLIN": Al Tío Gorin no lo conocí, ya era viejo cuando mi padre era un niño, pero tanto él como mis tíos me han contado historias del Tio Gorin y sus manejos cinegéticos, si conocí su escopeta de avancarga de un caño, se paso muchísimos años, colgada de un clavo, en la cuadra, hasta que alguien decidió hacer limpieza y sin encomendarse a Dios ni al diablo se la vendió al chatarrero, era guarda, o algo parecido, en la finca de Gredos, vestía de pana negra, se ceñía la cintura con una gran faja negra de lana que le daba varias vueltas, y sobre todo ello una blusilla de sarga gris oscura, cubriéndose con un amplio chambergo también negro, en un bolsillo de la blusa llevaba una calabaza llena de vino, jamás se separaba de ella, y al parecer le hacía frecuentes consultas, sin siquiera sacarla del bolsillo, el hombre tenía una pata de palo, de esas clásicas como de pirata, aunque para andar se apañaba estupendamente, por difícil que fuera la trocha, correr lo que se dice correr, pues no podía, en la zona no abundaban las monteses, el Tío Gorin se encargaba de que hubiera todavía menos, para ellas llevaba la escopeta, para el resto de los bichos usaba la honda, se la había regalado y enseñado a manejar un vaquero extremeño de la casa, para ayudarle a paliar su minusvalía, y resultó un alumno muy aventajado, como tenía el diente duro, lo mismo le daba un arrendajo, que una perdiz a peón, aunque tenía predilección por los mochuelos, "Porque hacen un caldo muy bueno que abre el apetito", y claro, ya de puestos, si una lechuza se ponía a tiro también iba al puchero, naturalmente los conejos y liebres formaban parte importante del menú, el hombre para transportar menos peso y poder llevar algo más de vino, tenía, distribuidos por la finca y sus alrededores, almacenes de cantos rodados, perfectamente elegidos y clasificados según peso y tamaño para cada tipo de pieza, así con poca munición se apañaba pues tenía fácil la reposición, en la finca no quedaba ganado, ni persona alguna, desde finales de otoño hasta bien entrada la primavera, pero él subía todos los días, desde el pueblo distante un par de Km., se montaba en una borrica y para la finca, al llegar la metía en la cuadra le daba un "brazao" de heno y por la tarde la recogía, claro esta, eso era así siempre que no hubiera que transportar algún o alguna montes, que en ese caso requería antes su servicios.

Regresaba hacía la cuadra por una vereda, a recoger la borrica, en una tarde de invierno, cuando presintió que tenía compañía, pronto el presentimiento se hizo realidad, desplegados en abanico, entre los robles, le seguían cinco lobos, flacos, con los ijares remetidos, el asunto tenía poca gracia, no hay cosa más atractiva para los lobos que una presa coja, la escopeta tenía un solo tiro y para recargarla se tardaba un rato, uno mataba seguro, pero ... eran cinco, la poca munición que llevaba para la honda era más bien ligera, para aves, negra, muy negra se ponía la tarde, el hombre decidió imitar a las monteses cuando se veían en esos trances, elegir una buena peña y subirse, pero claro, un serrano con una pata de palo, no es precisamente un macho montes para eso de encaramarse en los riscos, el más grande de los lobos pegó una carrerita y se sentó delante de él, en mitad de la vereda, el Tío Gorin descolgó la escopeta, comprobó que tenía fulminante y levanto el perrillo, con ella en la cara, se fue para el lobo, sabía que cualquier vacilación sería aprovechada, el lobo no aguantó, se levantó y se apartó unos pasos del camino, el hombre no disparó, aun no era el momento oportuno, de pronto recordó que allí cerca tenía una de sus depósitos de piedras, y en un sitio que ni a propósito mejor, en lo alto de una roca a la que se subía con toda facilidad por un lado, tenía, y tiene pues yo mismo he subido muchísimas veces a ella para usarla como atalaya, unos huecos que forman prácticamente una cómoda escalera, por los otros tres es altísima y cortada en vertical, sin vacilar encaminó sus renqueantes pasos hacía a ella y sin siquiera mirar hacia atrás se coloco en lo alto, en ese momento se dio la vuelta, con tiempo para ver como el mismo lobo de la vereda empezaba a subir tras él, de nuevo escopeta a la cara y de nuevo el lobo que abandona la peña de un salto, debía tener alguna mala experiencia con las armas de fuego aquel animalucho, los lobos giraron en torno al risco y decidieron sitiarlo, unas veces se paraban cubriendo cada uno un punto y otras le pegaban un par de vueltas cada vez más próximas, pero el Tío Gorin ya había sacado de debajo de la faja su arma secreta, allí la munición era abundante y del calibre adecuado, restallo la honda en el silencio de la fría tarde y el lobo más próximo recibió la pedrada en la paleta, un crujido de huesos y lobo al suelo, los otros cuatro se acercaron al caído, el hondero aprovechó el momento para enviarles otro par de piedras al grupo, los disolvió en el acto, salió cada uno por su lado y el primero que había probado las piedras, con el hombro roto y la mano arrastrando inerte, el lobo grandote, recondujo la situación, contuvo la huida de los demás, se aproximo a prudente distancia y se paró mirando a lo alto de la peña, levantó los labios y enseñó unos magníficos colmillos, el Tío Gorin le mandó una magnifica piedra derechita a la cabeza, el lobazo era rápido, la vio venir y se quiso librar de un salto, libró la cabeza, y fue mucho, pues seguro que el pedrusco se la hubiera cascado como una nuez, pero la recibió en mitad del cuerpo, algunas costillas tuvieron peor suerte que la cabeza, los lobos abandonaron el campo a toda prisa, aquella tarde la honda del Tío Gorin ganó la partida.

El hombre se cercioró de que los lobos no volvían, le pegó un buen envite a la calabaza, cargó con cuantas piedras pudo en los bolsillos y el sombrero, que usó como canasto, se soltó la larga faja que dejó arrastrando tras de si, cosa que le habían contado tenía su utilidad contra los lobos en los caminos, y por un atajo, sin pasar siquiera a por la burra, se fue para el pueblo, eso si haciendo restallar la honda cada poco rato; aquella noche le pego una tembladera y una calentura más que mediana, pero por la mañana tras meterse un buen plato de patatas "meneas" y una ración doble de lo habitual de aguardiente, se sintió con fuerzas para subir a por la borrica, claro que para ese viaje se hizo acompañar por varios parientes y vecinos, cuando llegaron a la cuadra, comprobaron que los lobos habían rondado a la burra toda la noche, menos mal que la lancha de debajo de la puerta es enteriza, de granito, habían escarbado en ella hasta dejarse las uñas, y la puerta incluso la habían mordido, cuando entraron la burra estaba en ultimo rincón de la cuadra, todavía temblando.

Aquella experiencia le sirvió al Tío Gorin para cambiar algunas costumbres, uniformó el calibre de las piedras, al máximo admisible, por aquello de que quien puede lo mucho puede lo poco, y que más vale mochuelo destrozado y lobo perniquebrado, que un buen caldo por mucho que abra el apetito, aumentó el número de piedras transportadas y tomó la manía de hacer restallar la honda, de vez en cuando y sin que al parecer tuviese motivo para ello; lobos volvió a ver en varias ocasiones y todo hace suponer que ellos a él en muchas más, pero se respetaron mutuamente sin cruzar sus caminos, la burra, lo tuvo peor, la pobre tenía su sino, un par de años más tarde, en una tarde de mayo, en el mismo prado donde mucho más tarde se hicieron una casa mis padres, se la merendaron los lobos.

A Valentín "El Trebolín", lo conocí muy bien de todos los citados fue el único que llegó a estar a mis ordenes, además enseñe a leer a su hijo mayor a cambio me hizo un "rejo" de crin de caballo tordo mezclada con crin de alazán que es una preciosidad, como vaquero era excelente, como persona peligrosillo, como tirador con honda superlativo, siempre la llevaba atada a la cintura, con ella hacía diabluras, pretendió enseñarme y yo aprender, al final de las clases, pasé de no darle a una provincia a meter todas las piedras dentro del mismo municipio, ese fue mi techo como hondero.

Cuentan que de joven tuvo sus devaneos y algo más con algunas casadas, el marido de una de ellas, lo espero una noche con la escopeta y lo pillo saliendo, pero "El Trebolín" algo se había sospechado y llevaba la honda cargada y girando en su mano, el marido dijo: "Te voy a matar sinvergüenza", "El Trebolín" contesto "Pues ya puedes matarme bien muerto, porque en cuanto me pegues el tiro se me suelta el dedo y te coloco el canto entre los cuernos y te dejo la sesera más hueca que la tienes" y así uno apuntando y el otro volteando la honda, se fueron rodeando y alejando, cada mochuelo se fue a su olivo, uno con el gusto y otro con el disgusto, y nada paso, bueno algo si, pero no lo que el marido tenia previsto que pasara.

Le vi matar de un cantazo una jineta que subía por el tronco de una encina, partir literalmente en dos a un zorro a la carrera, y en un fallo de puntería romperle la paleta a un utrero, su especialidad eran las liebres, cuando se ponían de pinote, les tiraba a la cabeza, para no estropear la carne, conejos, palomas y hasta codornices en los regadíos cuando las praderas estaban recién segadas.

En más de una ocasión le vi ganar apuestas, siempre con el mismo sistema, un blanco pequeño, un paquete de Celtas por ejemplo, colocado tras un cántaro roto, sin fondo, para dar en el blanco la piedra tenía que pasar por la boca del cántaro sin rozarla, siempre ganaba nunca, que yo sepa, le tocó pagar.

El Trebolín estuvo muchos años en casa de vaquero, como tuvimos paciencia para aguantar su carácter es cosa que aun no me explico, sus perros eran tan malos como él y tuvo un cruzado de mastín con bóxer que protagonizó mi más fuerte disensión con un can, volvía de cenar en casa de la abuela a la de mis padres, separadas por unos cien metros de jardines, cuando lo encontré acostado a la puerta, por lo que fuera le molestó mi presencia, me conocía perfectamente, y se vino a por mi con las peores intenciones, logré retroceder hasta un manzano donde solíamos colgar las toallas de baño al salir de la piscina, allí cogí una y me la enrollé en el brazo izquierdo, el perro saltó y se quedo prendido en mi brazo, lo agarré por el collar con la mano derecha y salté a la piscina por su parte más profunda, que tiene cuatro metros, yo cogí aire, él no, intenté y logré mantenerlo un rato bajo el agua a cambio de una buena ración arañazos, cuando lo solté subió medio ahogado, dado que las escaleras eran de tubo yo salí de la piscina antes que él, lo espere fuera armado con un azadón, no me hizo ninguna falta, el animal huyo como si hubiera visto al diablo y durante el resto de su vida me guardo las distancias con muchísimo respeto. De ese perro tengo otra anécdota menos traumática, los lobos habían medio matado a un novillo, hubo necesidad de apuntillarlo, como es lógico se intentó aprovechar la carne, pero las zonas en donde habían mordido los lobos se iban echando a un cesto de mimbre para repartirlas a los perros, según los que lo estaban haciendo habría al menos 25 Kg. de carne, cuando terminaron de aviar la res se fueron a lavar, al volver el perro se había apropiado del cesto y lo defendía como un león, se lo comió entero, él solito, en poco rato, se tumbó a dormir y se pasó tres días roncando, sin que ni una sola vez lo viéramos levantar ni cambiar de postura.

Estaréis de acuerdo que "Best" más finas que las descritas se podrán encontrar pero más artesanales imposible, y más "folk" tampoco, fueron las armas de caza y las herramientas de trabajo de unos hombres muy duros en unas épocas muy duras, esas épocas espero que no vuelvan, ni falta que hace que lo hagan, pero ... tenían su belleza, la verdad ir muy de mañana, entre la niebla, a la caseta del Tío Belisario a compartir sus migas canas, en muchas ocasiones ablandadas en leche de vaca brava, es algo que recuerdo en la lejanía, pero que siento que mis hijos no hayan vivido y disfrutado.