El jabalí de Raúl

Caucho

 

Según reza el santoral el 3 de febrero es el día arrendado por la Santa Sede a los santos Oscar y Blas, de este último dicen las escrituras que en la Edad Antigua era invocado como patrono de los cazadores, pues según cuenta la tradición durante su persecución por los paganos se escondió en una cueva y a ella acudían las fieras heridas o enfermas y él las curaba; estos animales venían en gran cantidad a visitarlo, hasta que un día vio que quien llegaba eran los cazadores del gobierno, por lo que espantó a las fieras y las alejó librándolas así de ser víctimas de la cacería, siendo el santo quien fue preso.

El tres de febrero del pasado año caía en el cuarto domingo antes de finalizar la temporada cinegética, a esas alturas de temporada su percha aún estaba vacía en lo referente a la caza mayor, no por no tener posibilidades, pues en su haber constaban seis jabalíes avistados, de los cuales había disparado, sin fortuna, a cinco y de esos debía haber abatido uno por lo bajo, pues por la proximidad y forma en que se cruzó en su camino, ese pobre animal, parecía buscase la entrada del caldero para convertirse de la noche a la mañana en el protagonista de una caldereta de jabalí, pero esa es otra historia.

Aunque Raúl pasó el sábado noche durmiendo plácidamente (cosa extraña pero cierta), necesitó de la ayuda de su mentor cinegético y padre para despegarse de las sabanas, eran las siete de la mañana y a regañadientes se despidió de su querida almohada. Mentor y aprendiz se presentaron a las ocho de la mañana en el bar del pueblo, pues era el lugar de reunión de la colla, muy apropiado para empezar a contar mentirijillas y a criticar a los siempre necesarios encargados de cortar rastros. A eso de las nueve llegaron algunos de los perreros, que eran los que habían ido a cortar rastros. Ya estaban todos al completo, sobre 30 cazadores a punto de empezar un nuevo día de caza, frío, pero maravilloso.

Cazarían la partida de "Escobet" que se encontraba en la parte alta del coto. En esa zona el terreno es de una pendiente considerable, el suelo es arcilloso con abundancia de piedras resguardadas bajo las matas de boj, tomillo y alguna que otra joven encina en las solanas, en cambio los barrancos y las umbrías son frondosos, donde predominan los robles y sabinas, aunque también hay zonas de monte cerrado que se repoblaron con pinos, por lo que la zona a cazar era un variopinto tapiz de vegetación de secano con unas pinceladas de alpino.

Se repartieron los puestos como siempre, sin sorteo y con la única máxima de la costumbre, pues en esa colla están convencidos que es mejor un cazador falto de puntería que ya se conoce un puesto, que no el cazador más preciso del mundo mundial en un puesto desconocido. A Raúl le asignaron un puesto que por no está fuera de la cacería, pero poco le falta, queda muy apartado, pues es un sendero que queda muy hondo al otro vertiente de la sierra y desde dónde no te enteras de la cacería ni por los propios oídos ni con ayuda de la emisora. Total que a nuestro protagonista ya le estaban creciendo los morros dado que era la cuarta vez que me visitaba esos lares y las tres anteriores se había aburrido en demasía, pero a obedecer tocan y aunque a regañadientes se fue a ocupar su privilegiada postura.

El puesto en cuestión se encuentra en medio de una umbría de pinos muy espesos dónde hay un sendero que usan muy a menudo los suidos para salir zorreados de la cacería. Concretamente el puesto permanece al abrigo de un roble joven que nace de una peña. A los pies de esta atalaya natural discurre un sendero a una altura de 2 metros. El campo visual abarca desde la curva del sendero (a 6 metros del roble) hasta dónde este se pierde en lo espeso de la vegetación, en total un recorrido de unos 25 metros de largo por dos y poco de ancho. El sendero se dibuja entre una pared de roca y monte cerrado. Lo bonito y práctico del puesto es que los jabalíes tienen que pasar a no más de 2 metros de distancia por debajo del puesto, siempre y cuando no lleven a los perros pegados a la grupa.

A las nueve y media aproximadamente dejaron al aprendiz en el camino, delante de una montoncito de piedras que marca la entrada del camino (inexistente, por cierto) que le debía guiar hasta la atalaya, pertrechado con todos los bártulos y su Sako Valmet 30.06 se adentré en el tupido pinar en busca del mejor camino para llegar al puesto, al cabo de diez minutos y después de dar un par de rodeos dio con el sendero de los suidos, el cual le llevó a su destino.

Las manecillas del reloj rondaban ya las once de la mañana, después de zamparse su bocadillito de jamón y haberse bebido todas las reservas de agua que llevaba, ya estaba desesperado por lo aburrido del puesto y la mañanita que le estaba dando un par de ardillas simpáticas, cuando de pronto escuchó un gran estruendo de piedras a su espalda, por lo que salió del abrigo del joven roble, levantó el rifle mientras liberaba el seguro el seguro y se quedó mirando a su derecha, por dónde suponía debía aparecer un gran suido (por el ruido exagerado de las piedras debajo de sus pezuñas). El jabalí no se hizo esperar, Raúl dio un paso hacia delante, percatándose el jabalí de ello, quien en vez de cambiar a una marcha mas larga echó el freno de mano, quedándose éste parado en la entrada del sendero al tiempo se daba la vuelta para tomar una vía de escape alternativa, antes de que el jabalí abandonara tan limpio sendero Raúl le soltó el primer disparo (le apuntaba al cuello) que le entró por encima del nacimiento de la cola haciendo añicos su espina dorsal y parte de la cadera. Cual fue su sorpresa que en el mismo sitio dónde se encontraba el jabalí, ahí se desplomó, quedándose pataleando y gruñendo, intentando vanamente levantar su dolido cuerpo, sin conseguirlo. Fruto de la excitación y lo nervioso que le estaban poniendo los gruñidos del jabalí, dio un paso mas hacia delante, volvió a encañonarlo, escupiendo el Sako un segundo disparo que impactó en su paletilla derecha haciéndola trizas y quitándole la poca vida que le quedaba. Sin ir a comprobar si su primer jabalí estaba aún vivo, volvió de inmediato a resguardo del joven roble, en espera de la llegada de un segundo jabalí (el cual ya no llegó).

Pasaban cinco minutos de las once de la mañana, a unos seis metros suyos yacía el cuerpo inerte de su primer jabalí, el silencio volvía a ser el dueño del pinar y poco a poco, nuestro aprendiz, empezaba a convertir la excitación en felicidad y sosiego, como quien deja se deshace de un pesado lastre, pues esas sensaciones se le esbozaban en la cara, mas si cabe cuando las comisuras de sus labios se hermanaron con los lóbulos de las orejas enrojecidas por la fría mañana.

La felicidad paso a mudarse en ansia cuando tan afortunado aprendiz se dio cuenta que no se lo podía contar a nadie. Echó mano de la emisora y empezando por su mentor fue nombrando a todos los integrantes de la colla, habidos y ausentes, pero por mucho que pasó lista no le contestaba nadie. Así que guardando la emisora en el bolsillo de la chaqueta se encaminó hacia tan preciada pieza para apartarla del sendero, dejándola en un rincón dónde pudiera verla, pues tenia miedo a que resucitara y le dejase solo.

A eso de las doce o doce y media pudo contactar con uno de los perreros y después de contarle, repetirle y perjurarle (por su incredulidad) que había cazado al jabalí, el perrero le mandó que se fuera para casa a buscar bañador y toalla, pues como pasó después durante la comida, el cava, más que caer en los vasos, volaba hasta ellos y nuestro aprendiz se fue a casa calado de cava hasta los calzoncillos.

La espera del final de la cacería fue eterna, cuando la desesperación le había repetido mil veces en su adentro que abandonase el puesto se oyó desde el camino la voz de su mentor quien a parte de mandarle bajar le ofrecía su ayuda para sacar el jabalí. Ahí fue cuando apareció su orgullo, por cierto superior a su capacidad de razonamiento, y aunque el jabalí solo pesaba 35 kg, bajarlo hasta el camino por en medio del bosque de pinos y sin cuerda para arrastrarlo, no fue tarea fácil.

Después de varios tropezones llegaron al camino Raúl, bártulos y jabalí hechos un nudo, y ahí recibió ese cachete cariñoso de su padre y mentor.

Así fue como Raúl cazó su primer jabalí, un tres de febrero, el día en que su hermano celebra el santo y en un puesto que se encuentra en una parcela de bosque propiedad de su tía preferida.