Ganchos por Navidad

Llebrer

 

Mi madre preparaba los "canelons"; era muy pronto aún, la siete y media de la mañana, pero siempre que venían invitados mi madre se levantaba a primerísima hora para tener sus guisos a punto a la hora de comer.. En Aragón no se celebra este día, pero curiosamente caía en domingo y nosotros lo celebrábamos año tras año, fruto de la cultura catalana adquirida de nuestros amigos gironins y que en mi caso juntamente con mi naturaleza oscense conforma la totalidad de mi ser. Invitamos a Pepe y a su familia; su mujer, los dos zagals y el abuelo que tan buenos ratos nos daba con sus cuentos y chascarrillos. A la vez que enrollaba la pasta de los canelons, mi madre preparaba huevos con chorizo, ágape imprescindible antes de iniciar cualquier jornada cinegética. "El domingo es obligado de almorzar e ir a misa, pero si almorzar corriera prisa, mucho antes que la santa misa" - repetía y repite mi padre cada domingo cuando nos disponemos a hincarle el diente al chorizo de jabalí que las manos de la Nuri tan bien saben apañar.

Apareció Pepe por la puerta de la cocina, y después de dar los buenos días se fue a buscar la lumbre del hogaril para calentarse los brazos y darle boleta al reuma que cada mañana le martirizaba. Las fiebres maltas que pasó de pequeño le dejaron ese regalo para toda la vida. Pepe, cazador desde que tenía uso de razón, había tocado todas las "artes" acompañando a su padre, el abuelo Pepe, aunque unos pocos le llamaban Don José. La predilección del abuelo eran los pointers; el mismo los adiestraba para la muestra y el cobro premiando a los cadillos con un poco de saliva que aunque parezca poco higiénico, era muy didáctico porque le salían unos perros de bandera con los que cada jornada se traía a casa una buena percha de perdices, cuando nadie las cazaba porque era más seguro pegarle a los conejos, pues el tiro era más fácil y se hacía más carne con un solo cartucho en una época en la que la escasez de recursos era común en la mayoría de casas. El abuelo Pepe fue un gran cazador, de menor sobretodo porque los cochinos no abundaban en su época, al que la sordera apartó de la caza, pero no del monte. Cada mañana salía "tal Artal" montado en su burra y acompañado de las perras, finca donde tenía un olivar, de sevillanos y gorderas, que afanosamente cuidaba. El monte era su vida, juntamente con su burra, las perras, las gallinas y en sus últimos días Alejandro, su nieto, al que él llamaba "ninón" y que yo creo que fue una de sus más grandes satisfacciones. Cuando su hijo venía de cazar con algún "trucazo" o perdiz en "lo morral", el abuelo sacaba el pájaro y se lo daba a Alejandro, que aunque aún andaba a gatas se afanaba por arrancarle las plumas a ese duro perdigacho de doble espolón.

- "Donde están las perras, Pepe"- le pregunté al percatarme de su ausencia.- "Las he sacado par que se'n vayan a pichar". Pepe tenía entonces cuatro perras, y no monetarias, sino caninas. La Betty, una pointer blanca y negra para la perdiz. La Luna, sabuesa cruzada y la Tula, podenca con sabueso; para "lo jabalín". Lo cierto es que sin ser perras puras marchaban de maravilla, se entendían a la perfección y encontraban más suidos que todos nuestros perros juntos, parándolos a quieto de forma magistral cada vez que daban con algún verraco encamado. Para Pepe eran los perros perfectos porque era un cazador solitario de condición al que más de una jornada tras las perdices le había deparado un encontronazo con los suidos, recibiendo estos la peor parte siempre. Un día de Reyes el sólo salió de casa por la tarde y volvió a la hora de comer con tres jabalís; para gozo de los zagals y pena del abuelo, al que no le gustaba despellejar y es que las vacas flacas hacía más de tres lustros que habían pasado y ya eran pocos los que disfrutaban con la carne de caza que de más de un apuro los había sacado en tiempos pretéritos.

Se estaban dando bien las fiestas, el día anterior, día de Navidad salimos un rato por la mañana buscando a los suidos por las laderas de los barrancos, resacando siempre los solanos, ya que los pacinos (umbrías) en esta época no son nada querenciosos. Llegar y besar el santo se le llama a lo que sucedió. Pepe entraba por el barranco de Cuancas, justo debajo del cementerio, echando a los perros de abajo hacia arriba, como mandan los santos cánones, mucha buchera y chinebro (enebro), que se iban transformando en aliagas a medida que subías barranco arriba. En el cerro mi padre y yo observábamos el resaque mientras que dos escopetas más cerraban la retaguardia, para evitar las típicas reculadas que jodían la procesión. Pero los perros se negaban a subir ladera arriba y se empecinaban en bajar al barranco, donde el agua y las bucheras (bojes) anegaban el terreno. No tardó en comenzar la función, el Golfo y la Luna casi sin coger rastro, porque seguramente el jabalí había entrado por el otro lado; dieron con el encame con celeridad, dos o tres vueltas alrededor de los buchos para cerciorarse de la ubicación de su enemigo y cambió súbito del tempo del concierto, dando el do de pecho las recias voces de ambos sabuesos latiendo al unísono la melodía atropellada que daba paso al lance. Los perros paraban y arremetían, pero el suido se arrancaba unos metros para detenerse a dentro de las bucheras otra vez. Los perros hacían el corro a la mata y cuando la Luna arremetía, se volvía a arrancar para repetir comportamiento unos metros después. Pepe no paraba de dar voces porque se temía lo peor, y nosotros, en el cerro, oíamos el concierto e impacientes esperábamos nuestro turno con la "batuta" de hierro para inclinar la balanza del lado de los canes y poner fin a la función. Pero Pepe no le dio opción; en su cuarta parada, llegó la Tula que debido a su juventud había marchado tras una rabosa (zorro) nada más salir de casa. Entró la Tula en la buchera como un elefante en una cacharrería y el jabalí viendo lo que se avecinaba salió de la mata para defender su vida ante las acometidas de los perros, y su osadía le salió cara. Pepe llegaba a la carrera y casi se dio de bruces con el animal, que al ante la visión humana optó por virar 180 grados llevándose de regalo una "breneke" que por la escasa distancia atravesó longitudinalmente al suido, entrando la bala por debajo de la cola y saliendo entre las dos paletillas. Se acabó la representación, el protagonista o antagonista según como se mire, cayó fulminado mientras que la Luna, con las patas delanteras sobre el cadáver alicataba (mordía) al Golfo y a la Tula cada vez que se acercaban a su trofeo. Y es que una vez muerto el jabalí, la Luna tomaba posesión del animal cual diputado a su escaño y sólo nos dejaba acercarnos a nosotros. Los puntos un día más se quedaron sin debutar, asistiendo a la función como meros espectadores. Fito era el que más se quejaba porque quería estrenar su 30.06 y aún no se había presentado la oportunidad. Cuarenta quilos a lo sumo pesaría el jabato. Una pata trasera la tenía encogida a causa de una bala que días atrás le había atravesado un pernil, herida que provocaba las súbitas paradas y arremetidas contra los perros. Mi padre examinó la herida para dictaminar si el animal era apto para el consumo. El diagnóstico fue positivo para confirmarlo posteriormente la veterinaria, y es que la abundancia de bellotas del lugar unido a las curas de barro que se daba cada noche le habrían salvado la vida con toda seguridad.

Don Paco celebraba aquella mañana de Sant Esteve y me apresuré a subir a mi madre a misa, mientras que mi padre preparaba el café. Sin bajar del coche volví al Mesón, encontrándome de bajada con las perras de Pepe que volvían de pichar. Observé que la Luna cojeaba, cojera de perro, pensé yo, pero no; cuando me acerqué vi que el animal chorreaba sangre a doquier por la pata de atrás, sangre que se escurría cayendo al suelo y formando un surco continuo. Llamé a Pepe y a mi padre que vinieron rápidamente. Pepe se pensaba que la habían atropellado, pero cuando limpié como pude la sangre del animal asomó entre borbotones una inmensa raja con el sello inconfundible de Monsieur Jabalí. La herida era bastante fea, la había tocado entre el hueso y el tendón de Aquiles pero sin llegar a dañar este último. El botiquín en marcha, vendas y a tapar con presión para evitar que se desangrara. Mientras que esperábamos la llegada de la veterinaria, comenzamos a preguntarnos que coño había pasado, el moro tenía que estar encamado a doscientos metros de casa a lo sumo, puesto que desde casa a la iglesia no había más que cinco minutos, lapso de tiempo en el que habían herido a la Luna. Mi padre no lo dudó ni un segundo; -"En el Parral lo tenemos"-, aseveró con seguridad. El Parral era una pequeña finca "margenera" que estaba justo debajo de la carretera vecinal. Durante muchos años produjo el vino que se consumía en casa, pero la filoxera, junto a las trabas burocráticas para desbrozar la finca convirtió al Parral en una gran barzalera que siempre había albergado muchos conejos, hasta que una colonia de fuinas se hospedó en el mismo, y con la mixo en su contra desaparecieron del todo.

Con mi hermana a cargo de la Luna, esperando la llegada de la "facultativa" y la Tula atraillada, porque su juventud y su sangre podenca le podían ocasionar un disgusto si la dejábamos suelta; nos dispusimos a seguir el rastro de sangre que en su huida la Luna había dejado a modo de grandes goterones negruzcos por el efecto de la coagulación. El Golfo también venía con nosotros y yo creo que el también sabía donde estaba. Menos de cinco minutos nos costó llegar hasta el barzal donde mi padre había pronosticado el encame. La sangre se perdía dentro de una senda sospechosa en medio de las barzas. La Tula se adelantó al Golfo y empezó a pararlo levantándose sobre las patas traseras, al tenerla atraillada Pepe mientras esperaba nuestra colocación. El golfo, al que no le gustaban miaja (nada) los jabalís en los barzales lo paraba a una distancia prudencial. Yo me apresuraba a situarme donde me indicaba mi padre para rodear la postura, pero aquella finca se había cerrado demasiado y no encontraba la senda, y entre tanta confusión pasó lo que tenía que pasar, la Tula de un tirón se le escapó de las manos a Pepe y con la cadena arrastrando arremetió contra "lo jabalín". -"Ojo, que lleva lo ramal arrastrando"- gritó Pepe temeroso de que la perra se quedara enredada con la cadena en alguna mata y el moro la desgraciara también. Acto seguido Pepe disparó los tres tiros de su repetidora al aire en un acto reflejo que seguramente salvó la vida de la perra, porque el jabalí se arrancó inmediatamente. En un pequeño claro lo divisé en un "tranco" pero no me atreví a tirar porque los perros iban paralelos haciéndole la rueda: y es que el verraco se arrancó de la cama con un trote cochinero (nunca mejor dicho), que permitía a los perros seguirle muy de cerca aún yendo por dentro de las matas. Su chulería le traicionó, salió al siguiente claro casi caminando, yo no lo podía ver, pero mi padre sí, y con la seguridad que le daba ese trotecillo cansino afinó la puntería en esos dos metros escasos que tenía y de un guiño con el ojo izquierdo le mandó un pildorazo del doce entre el cuello y la cabeza, que le hizo doblar de manera inmediata. Sólo los estertores lo mantuvieron sentado los pocos segundos que tardaron en llegar la Tula y el Golfo para acabar de doblarlo. Procedimos a capar al macareno, cuando observamos la expectación que habíamos creado. Estaba Don Paco el cura y todos sus feligreses asomados a un mirador en la plaza desde el cual a unos cien metros se divisaba el Parral. Y es que don Paco, oyendo desde la iglesia el tiroteo, aceleró aún más si cabe la celebración y finiquitó la eucaristía para poder asistir al evento. Yo creo que Don Paco también incluyó entre sus votos el de cazador, y de los buenos. -"¿Qué, un rayoncete no?- preguntaba irónicamente el mosén al ver el tamaño del mismo mientras que lo cargábamos en el Land Rover. Noventa y cinco quilillos de nada, y aunque los he visto con mucha más boca, creedme que imponía respeto. Seguramente se había instalado la noche anterior ya que mi padre no lo tenía controlado, aunque se le había comido las almendras del suelo que aún quedaban por coger.

Pero no acabó aquí todo. Tan sólo eran las nueve y media de la mañana y teníamos en la puerta del Mesón un verraco para despellejar, una perra para coser y una veterinaria que no llegaba. Quien si llegó fue el abuelo Pepe, con su nuera y los dos zagals y al ver el estado de la perra se armó la marimorena. El abuelo lloraba como un ninón, y es que mientras que a la podenca le tenía manía, a la Betty y a la Luna las adoraba. La herida era interna y le afectaba a alguna arteria por lo que mi padre no se atrevía a coserla. Al final nos la llevamos a una veterinaria que tenía la consulta abierta a veinte kilómetros del Mesón, pero valió la pena y no sólo por el hecho de salvar a la Luna sino que también por ver la cara de alegría del abuelo cuando volvimos con la perra cosida. Las lágrimas de pena del abuelo se tornaron en alegría. Dejamos a la Luna al lado del hogar con el suero colgado de un clavo de la pared y nos dispusimos a comer. Eran las cinco de la tarde y aquellos canelons me supieron a gloria. -" Zagala, dame otro cacharro de isos, que están buenismos"- decía el abuelo refiriéndose a los canelons, y es que con el disgusto no había probado bocado aún.


Para el abuelo Pepe al que siempre recordaremos con cariño.

Llebrer.