El ciervo que me dejó loloco

Loloco

 

Cuando tenia diez años, mi padre me regaló una carabina de aire comprimido, un NORICA del cuatro y medio, harto de hacer blanco con botes, manzanas y piedras, me decidí a probarla un día contra unos gorriones que jugaban entre los setos del gallinero, después de varios intentos, en los que fui acortando sucesivamente la distancia de tiro, apunte a una hembra que posada en una rama esperaba el momento de robar alguna pitanza que se les había olvidado a las gallinas, la metí en el punto de mira, apreté el gatillo le acerté de lleno en el medio del pecho, el gorrión cayo echo un trapo, es la primera pieza que he matado y no la olvidare nunca, entre otras cosas porque llorando, con la de perdigones en una mano y el ave en otra se lo di a mi madre suplicándole que le devolviera la vida que yo le había quitado, avergonzado de mi hazaña no volví a tocar la carabina en dos días, y mi madre satisfecha, orgullosa de la sensibilidad de su hijo, le espeto a mis dos tíos, -Éste nin jamás será cazador- Como se equivoco mi Madre.

Siempre he mostrado respeto por las piezas que he abatido, siempre les he dado las gracias por proporcionarme ese deleite de su caza, desde la Parda que acaricias entre tus manos para colgar luego en la percha, hasta la arcea, que escrutas buscando el plumín (la pluma del pintor), preguntándote como un trocito de bosque con alas ha venido desde tan lejos para acabar en tus manos, y que decir de los corzos, mi otra obsesión, a los que mimas y acaricias aun después de muertos, justificándote un poco al colgar su preciado trofeo, venerado cada vez que entraba en el salón de mi casa y a hurtadillas me quedaba mirándolo y recordando más el lance que el percance en si y que de alguna manera sesgadamente evoca su recuerdo, ese rececho, esa espera o ese disparo cachetero cuando te ha entrado volando seguido de unos buenos "sawes" y entonces, el corzo vuelve a vivir infinitamente más lleno de vida y pletórico de lo que hubiese estado perdido y putrefacto en el fondo de un monte, quizá el recordar lo amado, hace que de nuevo demos vida a los muertos realizando el milagro de la resurrección, a veces la crudeza del recuerdo dibuja lagrimas de sal en nuestras mejillas tras evocar un nombre que no sale de nuestros labios...Secundo, Fax, Tun, Cafe Manuel, abuelo Julio...viven de nuevo un instante, se me cruzan los nombres de mis perros con los de mis humanos perdidos, pero el recuerdo hace que su presencia este siempre en nuestros corazones, a veces, algunas veces cuando ojeo los corzos colgados en casa...recuerdo, y esas veces, el muerto, soy yo.

Como explicarle al que no ha matado, al que no ha cazado lo que se siente en el momento que decides la vida o la muerte de tu presa, ¿que axioma teológico?, cuantos cazadores hemos deseado devolver la vida, dejar que esa liebre siga corriendo, dejar que ese corzo siga pastando ignorante de su destino; que a cien metros lo tiene metido en la cruz de su visor, ¿que haces entonces cazador? apretamos el disparador y …

Pero ¿Damos muerte o damos vida? Por que la muerte es algo con lo que se nace y el recuerdo, sin lugar a dudas es vida, eso espera el que esto escribe que lo recuerden, como yo recuerdo a mis queridas piezas, como yo recuerdo a mis queridos seres racionales y a mis venerados irracionales.

Pero a veces no aprietas el gatillo, a veces, magnánimamente decides dar vida, y esa liebre que los perros han levantado y te ha venido derechita a los pies, esa perdiz que se ha levantado con un vendaval a la contra, ese corzo que se te ha metido a dos metros, esos que decides su suerte y das vida, esos también quedan en el recuerdo, que cazador, sobre todo si estaba solo, no ha dejado marchar una pieza, a sabiendas de que podía abatirla, y que cazador no ha revivido el lance, una , dos y mil veces dando otro final a la historia, y a que cazador no le ha devorado la inquina de apretar el gatillo cuando era tarde.

A mi me pasó con dos piezas.

El lobo de Degaña y el "Corzo de Jesús".

El lobo de Degaña, una localidad norteña próxima a Leitariegos, que salió a mi armada, y venia apurado por los tiros del comandante del puesto de S. Antolín, el Sargento Melchor (el cual a pesar del nombre, no acostumbraba a regalar nada), que acerrojaba el rifle una y otra vez intentando quitar el casquillo que se le había obturado en la recamara, y entre juramentos y maldiciones me ponía alerta en el desfiladero un paso sin escapatoria posible al que llego el animal a trote lobuno y al descubrirme se paro , clavo esos ojos rasgados en los cañones de mi escopeta y a veinte pies , quieto y mostrándome el pecho, altivo y arrogante espero a que le espetara los dos postazos sin moverse, y aun me dio tiempo a meter dos tiros mas a toda prisa, asombrado yo mismo del fallo que había cometido, nervioso y con el cabello erizado al tener a tan coloso enemigo a esa distancia, y el lobo , al que no le había cortado un pelo, siguió en el mismo sitio, quieto, petrificado mirándome a los ojos como nunca me ha mirado nada y yo con la de perrillos montada, metiéndole la banda en el pecho, me vi impotente de apretar los disparadores y el lobo, se marcho lentamente monte arriba, , solo me vio Manolín (hoy Manolón) García, de Ibias, un niño que hacia puesto de cierre en la desboca del infierno y que falto de arma, al no tener edad para llevar la escopeta le echo dos piedras que le hicieron correr mas que los nueve plomos que le había echado yo.

La otra fue el "Corzo" de Jesús.

Conocí a Jesús en el expreso de Madrid, en concreto en la estación de tren de León, ambos nos dirigíamos a cursar el primer año de estudios superiores a la Capital de España y mientras esperaba el trasbordo , en una fría noche del mes de Octubre, hube de auxiliar a un joven que parecía no querer dejar de buen grado sus tierras norteñas, y que para olvidar la amargura de la despedida y hacer el viaje mas llevadero se había entretenido en dejar bajo mínimos las existencias de Anís del Mono en la cantina de la Estación, y ahora aliviaba su estomago a un lado del anden, en el muelle de mercancías.

No se porque me levante a echar una mano a aquel mozo, él cual lejos de aceptar la ayuda que le ofrecía, me increpaba para que lo dejase en paz, tal vez fue la hora, tal fue hallarnos dos mozos de la misma edad solos, o tal vez las miradas que echaban dos "puntos" de mala calaña que no quitaban ojo de la gran maleta del estudiante, fuese lo que fuese, el cazurro acepto el ofrecimiento y allí nació una gran amistad, una de las que he conservado hasta la fecha y que ni el tiempo ni la distancia ha conseguido menguar.

Jesús se ha distinguido por muchas cosas a lo largo de su vida, su físico y su labia creaban un halo entorno a él, sobre todo en las crepusculares tertulias de invierno en torno a las mesas del café de Gijón, su Madre Doña Anunciación había trazado todo un futuro para el joven aprendiz de cirujano, su padre Don Federico, esperaba que su hijo desistiera en el primer curso de Medicina para seguir a su prócer, y regentar la Farmacia Familiar en la Pola (la leonesa) y Jesús…. Bueno Jesús hubiera sido un gran químico, porque le gustaba la alquimia, o un buen actor, porque era clavadito a Cary Grant, o un buen Marques, si hubiera heredado el linaje de su madre pero Jesús escogió sus derroteros y no fue ni lo uno ni lo otro y acabo dedicándose a dos cosas por las que siempre le he envidiado, su esposa, Marie y los viñedos de su suegro cerca de Tolouse, a ambos les dedico su vida, y entre caldos Borgoñeses plasmo sus sentimientos en lienzos, y manejo el pincel como manejaba su padre la paralela.

Jesús era hijo único, hijo de Boticario y de una Gran Señora (que pasaba más tiempo en Madrid con sus tías que es su casa de Provincias con su marido) el padre de Jesús , Don Federico (Don Fede para todo el mundo) como buen boticario era Cazador , pescador y empedernido jugador de Mus, y despachaba sus recetas y fórmulas magistrales desde la taberna (que aconsejado por el mismo había instalado Marcial, un minero Asturiano con los pulmones bien llenos de sílice ), en un local propiedad de D. Fede, pegado a la botica y que le había arrendado al minero retirado, muy bien de precio (Jesús decía que cuando su padre saldaba la cuenta a fin de mes, quedaba lo comido por lo servido).

Si algo le gustaba a D. Fede era el rececho al rebeco, que practicaba todo cuanto podía, y podía mucho, Jesús había ido con su padre dos o tres veces pero no mostraba inspiración alguna por las actividades cinegéticas, así que cuando fui presentado en familia y salió a colación mi vena "cazadora" , viendo el boticario la afición que yo tenia, y el interés que ponía en cada una de sus cacerías, una luz se encendió en su corazón, como atisbo de que tal vez yo incitara al hijo a practicar el arte que el mismo no había conseguido germinar, ni que decir tiene que D. Fede me invito a la primera cacería del verano, una vez acabados los estudios iríamos los tres a cazar el corzo y el rebeco en el coto que tenia (para el solo) en los límites de Somiedo, como es de imaginar yo contaba los días desde entonces, asediando tanto a Jesús que le obligue a sacarse la licencia de armas y el permiso de caza, algo que puso tan contento al Padre , que para fin de curso le regalo un Citröen, relegando a partir de entonces al ignominio a la Red Nacional de Ferrocarriles Españoles.

Acabo el curso, mejor para otros que para nosotros y aunque a Jesús le importaban poco las calificaciones academias yo hube de quedarme y apretar duro para rehacer lo mal hecho quedando la cacería postergada hasta el mes de Septiembre, pero todo llega y por fin el 9 de Septiembre, el día de mi cumpleaños a lomos de mi Lambretta, con el rifle metido en su funda llegue a casa de Jesús a la mañana temprano.

Esa misma tarde salimos para el Cazadero, nos instalamos en la casa del guarda y D. Fede, Albino (el Guarda) y los dos mozos, cenamos y probamos el berciano vino que habíamos llevado, luego café y partida de Mus, padre e hijo contra dos "pinzas" de sostener el naipe,( porque eso es los que éramos el guarda y yo, y poco conocíamos el arte de invidar mas a la chica o cortar la mano) , Don Fede estaba radiante al ver a su hijo siguiendo sus pasos y tan radiante estaba y tan bien le entraban las cartas que cuando nos dimos cuenta, la botella de brandy había quedado temblando y ya echaba mano de la de anís, a la que su hijo daba el mismo trato, eran las doce cuando nos acostamos, los unos lamentando el lamentable estado en que se encontraban los otros, como sabia que no podría pegar ojo me daba lo mismo, y así fue que toda la noche hube de soportar los ronquidos de Jesús y el sopor del anís del mono, pero a las cinco, Albino toco diana y todos sin decir ni pió nos arrebujamos en torno a la humeante cafetera, Don Fede intento trazar el plan, pero ante su poca coherencia debido en una parte a la masiva ingestión de brandy, que le hacia balbucear frases incomprensibles para nosotros, fue el guarda quien llevo la voz cantante, él y Don Fede irían al rebeco, mientras Jesús y yo, al ser una cacería mas llevadera, iríamos al corzo.

No me hizo mucha gracia, yo tenia buenas piernas, en el monte me consideraba como el que mas y como había bebido lo justo me encontraba en forma, así que hubiera preferido coronar las cumbres tras el rebeco, pero ante la insistencia del guarda, y la exposición que Don Fede me hizo sobre la obligación de matar machos y lo difícil que era reconocerlos,(y un poco porque el guarda tenia constancia de que un macho muy bueno rondaba la zona y no fuera a ponerse delante de mi rifle, abatiéndole la pieza a D. Fede, que además de cazador, boticario y jugador de Mus, era un poco egoistón) cedí, al fin y al cabo el coto era suyo . Así que todos salimos por la senda monte arriba, y al llegar a una bifurcación, ellos se fueron altos a ganar lo collados, mientras nosotros nos dirigíamos a las praderas a media altura.

Para Jesús fue un alivio ver alejarse a su padre, por fin saco el tabaco y empezó a fumar, sentado en un peñasco entre dos luces hecho mano a la petaca y bebió un buen trago de orujo para calentar el animo, (a mi no me hacia falta calentarme con nada), estaba en mi salsa, en mi mundo, me había puesto las pilas de cazador y no atendía a razones, así que le espete, -O caminas o aquí te quedas- y sin el más mínimo pudor, sin alzar la voz y con indiferencia me devolvió un - Pues me quedo- , dude dejarlo allí sentado, la niebla estaba subiendo, pero seguro que era una neblina mañanera que con los primeros rayos desaparecería, me contuve y me acomode a su lado, y volvió a decirme -Vete, Vete, voy a echar un sueñecito- , eso fue superior a mi tolerancia, eche mano al rifle y a la vara y sin mirar atrás me puse en marcha, cuando llevaba andados veinte pasos Jesús me llamo de nuevo -Lolo, ¿a que he de disparar si veo algo?-, me exasperó, - este tío esta peor de lo que yo pensaba -, dije para mis adentros, así que casi sin mirarlo y de mal humor le conteste -A todo lo que tenga cuernos- y monte arriba deje a Jesús en su piedra.

A medida que avanzaba, el día ganaba a la noche pero la niebla aumentaba al mismo ritmo haciéndose a la media hora de caminata espesa como un puré, obligándome a sentarme ante la posibilidad de un percance y a lo imposible del rececho, así que busque acomodo entre dos piedras, apoye el BSA a un lado y saque el tabaco para echar un pito, que metía entre las manos para que me diera algo de calor, ensimismado estaba haciendo cábalas sobre mi situación, sobre si la niebla levantaría, fumando e introduciendo la mano en el bolsillo para jugar con el puñado de balas que llevaba metidas en el cuándo de repente un potente Lamento helo mi sangre y note como los pelos del cogote se me erizaban, las piernas no apoyaban bien y el cigarro caía de mis labios sin remedio, de nuevo otro, esta vez más próximo, que me hizo reaccionar pegando mi espalda al peñasco y echando mano al .270, que acerroje al momento, cerrado estaba de niebla, tanto que no veía a mas de dos metros frente a mi y ahora los lamentos se hacían mas sonoros , parecían los de un toro bravo buscando contrincante, pero yo sabia como bramaba un toro y eso era completamente distinto, así que helado por el frío y el miedo, en cuclillas apoye el rifle al hombro y tentado estuve de disparar en dirección a los Berros, y si no lo hice fue porque se fueron alejando para al final apagarse y solo oírse alguno muy de vez en cuando, fue media hora, pero media hora de terror que me dejaron pálido, lívido y cansado como si hubiera subido corriendo al alto del puerto, solo cuando la niebla empezó a disiparse empecé a relajarme y volver a ser dueño de mis actos, solo entonces volví a poner el seguro al BSA e intente seguir el rececho al corzo, pero seguro estaba de que el día había acabado, y como no me encontraba muy bien decidí buscar la seguridad al lado de Jesús.

Cuando me puse a caminar, las piernas me dolían por lo incomodo de la postura y la tensión del momento, así que espere un poco a que el sol me calentase y devolviera la temperatura a mi sangre, y con los ojos cerrados me bañe en uno de los rayos que ya calentaban el monte, y otra vez un berrido me devolvió a la realidad, pero esta vez como la niebla ya se había disipado totalmente escrute el lugar de donde procedía el lamento, que nuevamente se producía a doscientos metros de mi, entre unos quejigos al lado de una pradera, el cordal de la montaña que estaba frente a mi empezaba a dibujarse claramente por lo que pude reparar en dos figuras que ascendían pico arriba y que supuse se trataba de Don Fede con el guarda, a pesar de la enorme distancia que nos separaba, ver a los dos hombres ascendiendo me devolvió la tranquilidad y me imagine que al estar a media altura, los berros serian de algún ternero que despistado por la niebla llamaba a su madre, así que me asome con cuidado al borde del promontorio y enfoque los prismáticos hacia los quejigos, nada se veía, el sol el daba de lleno y no se movía ni un alma, pero aunque era tarde para que algún corzo se moviera en un día normal, el de hoy al haber estado echada la niebla hasta tan tarde podía propiciar que los animales buscaran encames aprovechando los rayos mañaneros, así que sin moverme mucho, procurando que mi figura no se recortara en las peñas, me puse a buscar algún corzo, pero por mucho que me esforcé, hasta que me dolían los ojos de mirar, no vi ni corzo, ni raposa ni mamífero de cualquier tamaño, solo una pareja de águilas, que a lo lejos, planeaba aprovechando las corrientes cálidas de la montaña.

Eche mano a una manzana cavilando que al terminarla iría en busca de Jesús, y quite la bala del rifle, dando por concluido el rececho matutino, esperando más fortuna al atardecer, así que volvía dar un repaso con los prismáticos, y al otear los quejigos me pareció ver una sombra bajo ellos, una sombra que se había movido, aun tenia la manzana entre los dientes, y solo la solté cuando me pareció que la sombra tenia cuernos y un macho de corzo se esbozo en mi imaginación, aferre los prismáticos con las dos manos y me centre en la sombra, no había duda, era un corzo, y me parecía que tenia cuernos, por lo espigado del cuello no podía tratarse de ganado montañés, estaba lejos para efectuar un disparo, y además no se veía bien, era solo una sombra, así que echando mano al BSA y a la vara de rececho intente un aproximamiento abandonando lo mas silenciosamente que pude el pedregal en que estaba acurrucado.

No tarde mucho en ganarle distancia, el aire estaba a mi favor y mis pies pisaban una pradera de montaña en la que no hacia ruido, caminaba cauteloso, sabiendo que los últimos cincuenta metros serian imposibles, ya que estaba al descubierto y los brezos, secos por el verano crepitarían bajo mis botas de montaña alertando a mi presa, había que entrar bajo, para que si este se levantaba no tuviera otra opción que huir hacia arriba, lo que dado el terreno en que se hallaba le obligaría a ir lento en la ascensión y me daba opción a doblar el tiro en caso de ser necesario, pegado a la verde hierba, avanzando en cuclillas gane los últimos diez metros que distaban para llegar al borde del brezo, entonces volví a meterle los prismáticos y pude comprobar que no se había movido, la sombra seguía allí, y por Dios que era enorme, tenia que ser un corzo buenísimo por el tamaño del cuerpo.

Una vez me halle situado al borde de los brezos, los cuales me daban por la rodilla y busque un sitio cómodo para efectuar el disparo, ¡Dios, que tentado estaba de tirarle en el encame, acostado como estaba! Había una piedra grande, del tamaño de dos hombres que salía un poco por encima de los brezos, el problema es que estaba a diez metros del lindero de la pradera, y había que ganarlos a pulso, sin hacer ruido, así que para evitar males mayores, me despoje de la mochila y la ropa extra e incluso me quite las botas para en todo lo posible atenuar el ruido sobre los secos arbustos, y así arrastrándome en cuclillas, con el rifle en la mano izquierda avance lo que pude hasta la piedra. Que puedo decir de esos diez metros, el corazón me salía del pecho, el sudor por la emoción empapaba frente y manos, la respiración… ¿Qué respiración? Si la estaba conteniendo, prolongando las apneas hasta lo insospechado. Los apenas dos metros que me separaban ahora de la roca, totalmente descubierto, me parecían kilómetros, evitaba mirar de frente a los quejigos pensando que tal vez podía alertar a el animal con mi mirada, pensando que tal vez él mismo estaba Observándome a mi, fijamente y esperando detectar ese movimiento que descubriera al cazador, para emprender alocada carrera, echando al traste mi entrada, pero por fin llegue hasta la postura, coloque como pude el jersey que llevaba atado a la cintura y encima de este, delicadamente como si de una pluma se tratase apoye la madera de mi .270, entonces fije la vista en el lugar en que estaba encamado mi adversario y allí, a menos de cincuenta metros seguía aquella negra figura, sin moverse incauto a su suerte, apunte, y no pude centrarlo, incapaz de sujetar el rifle que temblaba entre mis manos, lo solté y aspire profundamente, intente calmarme y aunque no lo conseguí del todo volví a la carga y apunte de nuevo, esta vez tenia la parda mancha del corzo en mi punto de mira así que quite el seguro y apreté los mas suave que pude el gatillo y… nada, el ruido que esperaba no se produjo, entonces me di cuenta de que no tenia "tiro" en el anima, así que eche mano al cerrojo y con todo el cuidado del mundo, procurando no hacer ruido monte el rifle y fue en ese momento, cuando me moví para montar el cerrojo, fue precisamente en ese instante cuando lo que otras veces tanto buscaba apareció como por arte de magia y tres perdices que allí tomaban un baño de tierra y que yo no había visto, asustadas levantaron vuelo con un sonoro PRRRRRR, rápidamente volví la vista hacia el lugar en que reposaba el corzo, reponiéndome del susto que me habían dado las perdices este ya estaba de pie, mirándome fijamente, pero repare en que el corzo, no era corzo y un gran venado de Montaña, de grandes orejas, poderoso cuello y soberbia cuerna llena de puntas, parado, a menos de cincuenta metros, me ofrecía el costado, yo atónito lo miraba sin saber a que atenerme.

Por ganas le hubiera metido una bala en el codillo, tenia que reprimirme y aunque lo estaba apuntando, también me venia a la cabeza el Boticario y el Guarda, así que el único disparo que se oyó fue el PUM que salió de mi garganta, y apuntándolo, mordiendo los labios hasta hacer sangre, aguantándome como no me he aguantado nunca le eche otros tres tiros "de voz" mientras se escapaba ladera arriba.

Abatido como me vi pocas veces calce mis botas, descargue el BSA y recogiendo mochila, ropa y vara me encamine a buscar a Jesús, recordando el ciervo, el enorme ciervo, el primero que veía tan claramente y que como después supe había sido el autor de los berros, su imponente figura se dibujaba en mi mente camino de la vaguada en la que Jesús debía esperarme, cuando empezaba a caminar por la senda sonó un tiro con ruido de escopeta vieja, me saco de mis cavilaciones y me hizo regresar al mundo de los vivos, media hora más tarde encontré a Jesús, que excitado venia en mi busca abriendo lo brazos, fumaba y me gritaba algo que no conseguía descifrar, por fin cuando me hallaba a tiro de piedra me dijo -Lolo, he matado un Corzo, he matado un corzo, he matado un…- apure el paso y le di un abrazo, bien echo le dije, -¿donde esta?-, Jesús con lagrimas en los ojos me señalaba el fondo de una valleja de monte cerrado, -El pobre no se movió, esta allí abajo- , no parecía Jesús el cazador ilusionado, no tenia ese triunfal aspecto del que abate una pieza, estaba pálido, así que para animarlo le pregunte por la calidad del trofeo, -¿es bueno?-, encogió los hombros, -es grande al menos- le dije, -Grande, grandísimo es enorme-, como Jesús había visto pocos corzos no le preste atención, pero ante el desasosiego que mostraba empecé a pensar que había matado una corza así que sin mas le pregunte -¿Tiene cuernos?, su respuesta fue demoledora, se le abrieron los ojos, y alzando los brazos me dijo -Si, son grandísimos- .

Como se suponen Jesús había matado el ciervo, mi ciervo, el que yo había dejado escapar, y la culpa fue mía, al menos con ella cargue yo entre las bromas que luego hicieron su padre, el guarda y la gente que vino a ayudar a bajarlo del monte, Jesús me había hecho caso a pies juntillas, solo le había disparado a "lo que tenia cuernos".

Fue el primer y único "corzo" que mato Jesús, nunca más volvió a coger un arma entre sus manos, ni para caza mayor, ni para caza menor y el portentoso trofeo acabo de perchero en la rebotica de su padre, que siempre le echo la culpa del abandono de la pasión cinegética de su hijo, pero a Jesús jamás le gusto la caza, ni la muerte y sin embargo mato, ¿Quién lo entiende?.