La vida sigue igual...

Che

 

Cuando aquella fría mañana de Enero salí del portal de mi casa, estaba eufórico. Me iba de caza y había soñado que mataba un guarraco. Atrás quedaba otra semana tediosa de trabajo, igual que la anterior y la precedente.

La temporada andaba ya terciada y, aunque todo el mundo auguraba en Octubre que iba a ser estupenda, a mi me estaba yendo fatal, la peor de toda mi vida, para ser exactos.

En todas las batidas de cochinos a las que había acudido hasta entonces, me habían tocado puestos extrañísimos. De esos que se inventan los "organizadores-chorizos", a los que les importa un rábano cómo estén colocadas las posturas. Ellos tienen que meter en la mancha tropecientos puestos y los meten como sea. Lo mismo les da que estén peligrosos, que para llegar a ellos tengas que ser monitor de alpinismo. Lo mismo les da colocar primero las traviesas que el cierre de la querencia o poner primero la armada que airea... Les da igual. Lo importante es que tienen el dinero en el bolsillo y el coto del pueblo pagado para los tres años siguientes. Y a los incautos forasteros, que acaban de llenar las arcas de la sociedad de cazadores del pueblo de turno, como "ni saben ni entienden", los colocan en cualquier sitio. Eso sin contar que, cuando se da la batida, ellos ya llevan catorce ganchos dados en el mismo sitio. "¡¡¡Ahí les vamos a dejar los marranos... pá que los maten los forasteros... amos, no jodas!!!".

Pero esa mañana había algo que me decía que la cosa iba a cambiar. Por eso, cuando me subí al Ranger en el que mi compañero Jaime me esperaba al volante, con la calefacción puesta y una copla de Estrella Morente en la radio, le espeté: " Jaimico, hoy tiro".

Tras las paradas de rigor para tomar unos magdalenones como puños de grandes, acompañando a un par de "asiáticos" para quitarnos el frío, nos llegamos al pueblo que organizaba la cacería y después del almuerzo a base de panceta a la plancha, alguna morcillita picante y vino del año, llegó el sorteo.

No creáis que los sorteos de los sitios por los que yo cazo son sorteos normales. ¡Qué va, qué va! Hacen trampas como para cazar leones. Hay armadas enteras que no sortean y cuyos puestos se quedan para los directivos, allegados, familiares, acólitos y asimilados. Y como uno no es nada de eso, pues te toca en los sitios que ellos no quieren. ¡Vamos!, que, como dice mi socio, vas de "palmero", de esos que tocan las palmas en los tablaos flamencos para que baile y cante el maestro.

Bueno, a lo que vamos. Tras el sorteo o lo que sea, nos incorporamos a la larga fila de TT's que avanzan levantando polvaredas por los caminos.

Se distribuyen las armadas y a mi me toca en un terreno llano, con mucho chaparro y poco tiradero. Tan poco, tan poco que no veo más allá de tres metros en ningún sentido. ¡Ya estamos como siempre! ¡Otro puesto asqueroso!... Pero... ¡ca! Hoy no. Hoy no va a ser como todos los días. Hoy me entra el marrano porque ¡ya está bien, joder! Algún día se tiene que romper la racha ¡Y va a ser hoy, coño!.

Largan un par de cohetes para avisar que han soltado los perros, costumbre extraña, por lo menos a mi me lo parece, porque yo, y creo que todo el mundo, cuando llego al puesto estoy desde el primer instante con los cinco sentidos. Parece que en las batidas de por aquí tuvieran que avisar que salen los actores a escena, como en el teatro. Vamos, que no se matan marranos antes de la suelta eh? Y qué tontos entran, qué confiaditos...

Bueno, pues al poco rato del coheterío empiezan a oírse algunas ladras lejanas y los primeros tiros, lo que me hace pensar que la mancha va a tener guarros. Hoy sí, hoy seguro que sí. Hoy es mi día.

Los campanillos de los perros, por lo alto de la cuerda del cerro que tengo enfrente, como a cuatrocientos metros, empiezan a entonar esa maravillosa melodía que todos conocéis.

El viento helado que baja del Veleta se clava en la cara y en las orejas, como si llevara alfileres, y yo me convierto poco a poco en una enorme oreja. El único sentido que me vale ahí y ahora es el oído. Todo en mí escucha. Los pájaros me sobresaltan con el ruido de sus alas. Se acercan con curiosidad a ver qué demonios es esa cosa verde sentada en un banquillo y con un hierro cruzado sobre las rodillas. ¿Nunca, cuando os visita un pajarillo en el puesto, habéis deseado ser pájaro? Yo sí, a veces, cuando estoy aburrido me gustaría convertirme en pájaro y echar un ojo a ver dónde están los marranos y saber qué camino toman.

Y estando en tan disparatadas cavilaciones... Tilín, tilín, tilín, oigo una campanilla que se deja caer por la falda del cerro, por la umbría. Y, de repente... empieza a ladrar "a parao"... un arrollón de monte increíble y el perro que empieza a latir persiguiendo al bicho y llamando a los compañeros. Cuesta abajo y ¡en mi dirección! ¿Ves como hoy es distinto? ¡Algo me lo decía! ¡Ya estaba bien! ¡Me lo merecía, coño!

Por el escándalo que trae el bicho debe ser como un Miura. Y el perro, al que se la han unido un par de ellos más, cargando la suerte. Se les para, se les arranca, da un arreón, se vuelve a parar. ¡Chau! ¡chau! ¡chau! Derechitos al puesto. Me levanto, me preparo, trato de serenarme, busco con la angustia de la prisa un sitio donde haya algo más de visibilidad, aunque sea dos palmos... Quiero adivinar por dónde va a romper. Estiro el cuello todo lo que puedo. Me pongo de puntillas tratando de ver algo... Ruido de locomotora... matas tronchadas... bufidos... piedras arrancadas... tropezones... mordiscones... ¡ya viene!, ¡ya viene! El corazón, ¿quién sabe a estas alturas cómo está el corazón? ¿Y qué más da? Si no estalla hoy es que está fuerte. Ya lo siento... ya asoma.

¿No dije antes que debía ser como un toro? Y... ¿qué es lo que más se parece a un toro?... Pues una vaca, una ternera goooorda como una bola, con los ojos llenos de espanto porque los perros venían tirándole tarascadas por los hijares...

Nunca llevo muchos pertrechos al puesto. Lo justito. La edad y los kilos le aconsejan a uno no cargar ya con muchas cosas. Llevo el rifle, aunque no sé bien para qué, un puñado de balas, el banquillo y la ropa de abrigo. Pues bien, todo, excepto el rifle, fue concienzudamente pateado y esparcido al paso de la furia.

Y como decía aquella canción antigua: "Y yo como un gilipollas, madre, como un gilipoooollaaas".

Moraleja:
Cuando tienes metido el cenizo
No se hace otra cosa que rizar el rizo.

Un saludo.


Che