Que difícil es ser perdiz

Munchausen

 

Así como la anterior es una vieja historia, esta es una historia reciente, de hace quince días, fue una de mis mejores esperas, poco, muy poco, después de uno de mis mayores fallos como esperista, había fallado miserablemente un gran jabalí canoso y bien protegido, lleva dos escuderos, mejor dicho llevaba pues uno lo ha finiquitado mi hermano, cuando el viejo señor se presentó ante mi, le pegué un soberbio tiro ... al suelo, sus carcajadas resonaron por toda la sierra.

Por el tema se la dedico especialmente a nuestro amigo A.C. y por las perdices a ese galo pequeñajo y matón que se hace llamar Asterix,

Si bien la mayoría de vosotros sabéis, mucho mejor que yo, que y como hacer en las esperas, voy a ser minucioso en el detalle de lo que hago en ellas, por si a algún principiante le sirve de algo.

Llegamos al campo hacia las once de la mañana, un amigo, que no es cazador pero tiene necesidad de pasear y respirar al aire libre, mi hermano, mi hijo y el cuentista, habíamos quedado con el guarda, todos juntos nos dimos un buen paseo, después comimos en un cerro que domina una gran extensión de terreno, charlamos de rapaces, mientras veíamos volar una pareja de águilas reales y media docena de veleros de esos enormes, de aluminio, preciosos, paseamos otro rato para bajar la comida, que no fue mala, y tras un recorrido, en coche, para ver unas charcas nuevas y una reciente repoblación forestal, sorteamos los puestos, a mi hermano le tocó la torreta donde yo había fallado el gran guarro, a ella se fue acompañado por nuestro invitado, a mi hijo otra torreta, casi en el centro de la finca, buenísima para venados aunque no muy segura para los cochinos, en ella se quedará con el guarda, después de dejarme a mi, mi puesto, en un extremo de la finca, es pie a tierra, está situado dentro de unas espesas chaparras, dominando un pequeño claro que es el centro de un anfiteatro de monte salpicado de rocas no muy grandes, en el claro una baña natural de greda roja y un par de espinos, un caminillo nos permite llegar en coche hasta muy cerca, les mando marchar y me dirijo solo cargado con mis “achiperres” “apatusques” o “trebejos” (que de todas esas maneras y algunas mas se denomina a los cachivaches) al puesto, mi cómodo sillón de campo está en él, desde el día anterior, estar cómodo es básico para no moverse, como lo es llegar al puesto con las necesidades fisiológicas satisfechas recientemente, aunque en lugar lejano.

Si está buena tarde, me gusta colocarme con mucho tiempo, pienso, observo y me relajo al sol, como los lagartos, siempre nos debemos colocar al menos una hora antes de la puesta del sol, cuando la tierra se enfría el aire caliente tiende a subir y el rastro que necesariamente hemos dejado para llegar se eleva y desaparece, lo que, unido a la menor posibilidad de que una res madrugadora nos sorprenda llegando, es una gran ventaja, esa tarde estaba deliciosa, llevaba el monotiro Ruger nº 1 del 270, con su Swarosky de 3 a 12X56, cargado con una bala Nosler Partition de 150 grs., su largo cañón y su gran peso lo hacen ideal para estos menesteres, da poca llamarada y no se levanta al disparar lo que te permite juzgar mejor el resultado del disparo; usaba unos prismáticos Swarosky, de los nuevos, de 8’5 aumentos, simplemente sensacionales, son tan ligeros que los puedes manejar con una mano, mientras mantienes el rifle con la otra apoyado en la horquilla, no dan tanto rendimiento nocturno como los Leica de 12X50, pero no deben de pesar ni la mitad, en el morral llevo siempre un traje impermeable, un forro polar ligero, una linterna grandota y potente, unas gafas de repuesto por si las lentillas se ponen pesadas, el cuchillo de monte, un par de paquetes de Kleneex, cuyos usos son múltiples y variopintos, una botella pequeña de agua, una navaja Victorinox de las medianas en número de usos, tiritas, cerillas antiviento, guantes de cirujano, tienen doble uso pues son soberbios para encender un fuego en caso de necesidad, un pasamontañas y una bufanda de polartec, guantes de repuesto muy abrigados, en ocasiones me pongo el más grueso en la izquierda y uno mucho más fino y con el dedo índice al aire en la derecha, también guardo allí la documentación y cuanto llevo en los bolsillos, muy especialmente las monedas y llaves, en ellos solo dejo un pañuelo verde, una gamuza especial para limpiar gafas y lente, una minilinterna bastante potente para encender ante sospecha de presencias extrañas, y un teléfono móvil en modo que he denominado “Aguardo”, o lo que es lo mismo solo vibrador, en la muñeca derecha llevo sujeta una pequeña canana Blaser con dos balas, no estorba nada y se sacan fácilmente con la izquierda, sin soltar la garganta de la culata ni bajar el rifle, en la izquierda llevó un reloj con correa, nunca con brazalete metálico, cubierto con una cinta para el pelo gruesa, elástica y de color verde oscuro que le he mangado a mis hijas, evita ruidos y que la esfera y las agujas brillen en la oscuridad.

La ropa siempre de colores oscuros, ocres, marrones o verdes, limpia, por mucho que algunos se empeñen en defender lo indefendible huele menos que sucia, (hablando en términos de suciedad normal pues si metemos el mono en el deposito del gasoleo o dejamos la ropa a dormir en la porqueriza no tengo nada que decir, excepto que el usuario es un marrano), aunque sin olores extraños, cómoda y sin cosas que suenen o se enganchen, me gusta mucho un forro polar con antiviento de Aigle, abriga, no pesa, no suena y es comodísimo, a la par que sus puños elásticos impiden que los insectos hagan molestas incursiones por los brazos, tengo una chaqueta austriaca granate que sería la ideal, el rojo muy oscuro es el mejor color para la noche pues no refleja el infrarrojo y es el color que menos se distingue en la penumbra y la oscuridad, mucho menos que el negro por supuesto, si bien la uso para montear, no me atrevo a llevarla a las esperas pues tiene los botones grandes, de plata, suenan y brillan demasiado, los pantalones si es posible deben ajustar sobre la bota para evitar bichitos caminando hacia la ingle, zona a la que los humanos de ambos sexos, incluso durante un aguardo, solo aguantamos muy determinadas incursiones, andar sacudiendo manotazos con un macareno cerca es mala cosa y una avispa en los mismísimos malísima, calcetines abrigados y botas que no suenen, preferible de suela gruesa, incluso en verano, el frió que nos entra por los pies es de lo más desagradable.

Al llegar al puesto, que conozco de memoria, ni me aproximé a la baña, retoqué cuatro ramitas, me puse el Aigle que antes he citado y unos guantes ligeros de la misma marca, las manos blancas no ofenden si son del genero femenino, pero las mías son del masculino y en ambos sexos son muy traidoras en las esperas, su movimiento, sobre un fondo oscuro, nos descubre muchas más veces de las que suponemos, es preferible pasar algo de calor que andar poniéndose ropa y armando justo en el mejor momento, cuando al oscurecer empieza a hacer fresco, me senté, acomodé firmemente la vara con horquilla (eterna compañera pues me acompaña desde que yo tenía 18 añitos) entre dos piedras y dejé el rifle apoyado en ella y en mi muslo, de tal modo que con un muy leve movimiento lo podía encarar, todo era tranquilidad y paz, creo que dándole vueltas a la mollera hasta me adormile un poco, cuando miré al cielo un solitario cernícalo me contemplaba parado en el aire, estas pequeñas rapaces, que tan abundantes fueron para luego prácticamente desaparecer, están volviendo, en el borde del claro se movía un solitario conejo, casí, casí el “último de los pocos” que diría Tony Sánchez Ariño, un par de palomos arrullaban que era un gusto, al momento y por mi izquierda chascaron unos palos secos, un venado desmogado, grande de cuerpo, cruzaba, tímidamente, un trozo de monte más ralo sin salir al claro, sin su cuerna los pobres no son nadie y lo saben, tres ciervas se presentaron en el claro sin un ruido, como apariciones, me divertía como alternaban bocados del suelo y de las ramas, las dos más viejas están panzonas y se miran los costados, para mi que paren muy pronto, todo era paz cuando tres parejas de perdices se pusieron a picotear cada una en su parte del claro, minutos después los pares se convirtieron en bando y todas juntas apeonaron con mucha prisa hacía lo espeso, cogí el rifle y busque con la lente en la zona contraria al refugio de las patirrojas, poco tuve que buscar, maese zorro, muy tranquilo, apareció cruzando el claro, tenía la punta de la cola blanca y mientras no me demuestren lo contrario para mi todos los de esa característica son machos, las ciervas lo miraron, él se paró y las miró a ellas, la más vieja dio dos golpes en el suelo con la mano y se fue hacia él, lo dicho, esa pare pronto, yo tenía al zorro en el centro de la cruz, pero la verdad era tan temprano que me dio pena estropear el aguardo y no apreté el gatillo, con cierta dignidad, no exenta de prisa, el canido cedió el campo ante el envite de la cierva, baje el rifle y retome los prismáticos, antes de dos minutos estaban de nuevo las perdices en el claro.

De pronto, por el rabillo del ojo derecho, veo algo, no se que es, pero es algo que se ha movido en una zona de monte bajo, alzo los prismáticos y busco, una mancha blanca cruza entre dos chaparras medio oculta en los tomillos, ¡¡no puede ser!! ¡¡No puedo tener esa suerte, hoy casi milagro!!, si tengo esa suerte, como surgido de la nada aparece sentado sobre una piedra un precioso lince adulto, es una maravilla de bicho, los lobos siempre me sorprenden por ser más altos y más estrechos de pecho de lo que esperó y recuerdo, el lince me sorprendió por lo macizo y robusto, muy especialmente por el grueso de sus manos, antes había visto otros cuatro en libertad, ninguno tan cerca ni tan a placer, y algunos mas difuntos, pero este es un animal soberbio, de verdad me quedé como atontado, ni pensé en el rifle, examiné cada pelo y cada rasgo de su cuerpo, muy en especial su cara, sus pinceles y sus ojos, ¡que belleza de bicho!, al poco rato se levantó, se estiró y se dejó caer suavemente de lo alto de la piedra, mala suerte se acabó la aparición, hasta solo Dios sabe cuando no volveré a ver otro, me relajé y repasé mentalmente el lance; pero ... el lance no había terminado, en un extremo del claro y como una blanca sombra apareció el felino, con la barriga pegada al suelo y a la velocidad de un paso por minuto, avanzaba hacia un macho de perdiz que piñoneaba sobre una piedra al borde de la baña, la emoción de la caza se palpaba, yo mismo en un momento me sentía lince y en el siguiente perdiz, pero especialmente me sentía estúpido, junto a mi en el suelo, al alcance de mi mano, estaba la Nikon automática y motorizada con un zoom 28-200, perfecta para el caso pero .... pese a mis minuciosos preparativos, antes descritos, había tenido un olvido ... la Nikon estaba en su funda y la funda perfectamente cerrada con una cremallera, inútil cualquier intento de abrirla sin delatarme, por lo tanto... cuentista a continuar mirando y sin pestañear siquiera, el gato estaba ya muy cerca del macho cantor cuando este se enteró de la que se le venía encima, despegó en vertical, como el mejor helicóptero, y el lince despegó detrás, las manos estiradas al máximo y con las garras fuera, las patas posteriores absolutamente extendidas tras el tremendo impulso, coño... así era u bicharraco larguísimo, creo que llegó a rozar a la perdiz, pero era la tarde de uno y no la del otro, Caruso se salvó y el gatazo no merendó, tampoco pareció importarle mucho, aterrizó perfectamente y sin pararse un instante ni soltar un solo taco, retomó su marcha aunque ahora sin precauciones, yo cogí el rifle con movimientos muy suaves y le coloque la cruz en el codillo, un Bang... sonó en mi mente, y otro y otro, pero mi dedo ni se movió, también era la tarde del lince, y la mía por supuesto, el bicho se paró ante el espino y le soltó un chorro de orina, después cambio de rumbo y se vino derechito hacia mi, hubo un instante en que nuestras miradas se cruzaron a través de la lente, ¿Qué es eso? pareció preguntarse, pero no le importó demasiado, creí que me llegaba a los pies, pero no, volvió a cambiar de rumbo, se acercó a una carrasca y le soltó otro chorro de orina, después, aprovechando que la carrasca pica un poco menos que el espino, se pego un buen rascado de trasero, claramente era un macho marcando el territorio, quiero pensar que si se preocupa de ello significa que alguna otra pareja anda por allí, que así sea, finalmente y con toda parsimonia se perdió en lo espeso, ese fue uno de los mejores momentos que he pasado como cazador, y me sentí muy cazador por perdonar la vida y no matar; mi viejo amigo el búho Gran Duque dejó oír su voz, muy cerca, otro tipo cazando perdices, él desde antes de anochecer hasta bien entrada la mañana, las águilas reales y los halcones el resto del día.

Muy poco después sonó un disparo hacia la torreta de mi hijo, había pulverizado a la señora de maese zorro, con una Blaser de 165 Grs. de su 300 W. Mg., las tres ciervas que tenía yo delante se comportaron de forma desigual, una se escondió de inmediato las otras dos ni levantaron la cabeza, cosas de la edad que permiten llegar a tenerla, oí cochinos a mi espalda, justo por donde no debían, se airearon y no entraron, me importó un comino, ya de noche sonaron dos disparos en la postura de mi hermano, con su Mauser 77 del 7 mm. R. Mg. repite rapidísimo, había mandado a las praderas de Manitú al mayor de los escuderos de mi viejo y canoso conocido, las carcajadas volvieron a resonar en la sierra, el jodío va a terminar muriéndose ... pero de risa.

Cuando mi hijo y el guarda me recogieron yo era el tipo más feliz de la sierra, el año pasado un sobrino había visto una pareja de linces jovencitos, probablemente dos cachorros empezando a cazar, y por las huellas y síntomas teníamos serias sospechas de la presencia de al menos dos parejas, la comprobación nos llenó a todos de satisfacción, saque varias conclusiones, es un animalito enormemente expresivo y excesivamente confiado, las ciervas viejas continúan siendo sabias, como lo fue la Mona, y de las cosas difíciles de verdad en la sierra es ser perdiz, que cantidad de enemigos tienen y como saben sortearlos, desde luego las de bote no llegan ni al tercer día en esas condiciones.

Esta ha sido más de caza que la primera, pero de todo tiene que haber en la viña del Señor, un fuerte abrazo, JC (A) Munchausen