La becada y el béisbol

Becassier

 

Andábamos, mi buen amigo y compañero de foro José González y el que esto os cuenta, cazando gelinottes en la Reserva Faunística de Rimouski, al noreste de Québec. Esta Reserva tiene una superficie de 729 Km2 y está formada en su totalidad por bosques de abeto rojo y azul mezclados en mayor o menor medida con arce y abedul blanco. Cuenta con 45 lagos en su interior, y toma el nombre del rio del mismo nombre, el Rimouski, que la atraviesa de norte a sur. La conformación de dicha masa boscosa y la variedad vegetal que la compone, daba lugar al biótopo idóneo para encontrar la ya mencionada gelinotte, aunque no descartábamos tropezarnos con algunas becadas despistadas.

Haré aquí una pausa para describir la gelinotte al profano, pues es ave propia de la fauna canadiense y, evidentemente, no están ustedes, queridísimos lectores, obligados a conocerla. Dicho pájaro, de nombre científico bonassa umbrellus y llamado comúnmente "perdix" por los quebequienses, es una gallinacea del tamaño entre un faisán y nuestra perdiz roja. Su coloración es parda-grisácea y se caracteriza por tener una cresta negruzca en la cabeza y una larga cola atravesada lateralmente por dos franjas oscuras que el macho abre en abanico en época de celo. Goza también de un curioso collar de plumas donde se mezclan el negro con el amarillo y que, en reposo, le confieren un aspecto más rechoncho de lo que en realidad aparenta. Su comportamiento en el monte es parecido al del faisán, le gusta vivir emboscada, sólo levanta el vuelo en situaciones muy apuradas y es una gran apeonadora. Una de sus argucias más características es encaramarse a las ramas de los árboles y, desde allí, hacer burla de perro y cazador que, atónitos, asisten al despegue del pájaro por donde menos esperaban: encima de sus cabezas. La difícil pronunciación de su nombre, junto a su habilidad para esquivarnos durante los días que duró mi visita cinegética a Québec hicieron que deformáramos ligeramente su pronunciación y la rebautizáramos con el parecido nombre de jilipollas, haciendo referencia este mote, más que al pájaro, a cómo nos hacía sentir a nosotros, sus perseguidores.

Bien, retomemos el hilo de este cuento, andábamos pues tras las gelinottes. La verdad es que la densidad de pájaros no era precisamente abundante, una primavera con nevadas tardías que había provocado gran mortalidad en nidos y pollos, junto a dos días de fuerte viento norte el cual obligaba las gelinottes a esconderse en las profundidades de los abetales, hacían que en zonas donde en pasadas temporadas era relativamente fácil hacerse con el cupo de capturas, apenas viésemos pájaros. La jornada anterior, que también habíamos dedicado a la caza de tan pintoresca ave, se había saldado con un rotundo cero en nuestros respectivos casilleros, cosa en Québec harto difícil de lograr. Como único dato curioso de tan aciaga salida cabe apuntar un pájaro que había saltado delante de un camino y, habiendo sido tirado por un servidor, nos había obsequiado con una escena de destape o “strip-tease” nada erótica, marchándose a criar en gayumbos y dejándonos, como único testimonio de mi malogrado disparo, plumas suficientes para confeccionar un edredón. La mañana del día de autos, aunque más fructífera, había transcurrido tranquila, casi aburrida diría yo. Sólo una muestra de Willy, el epagneul breton de José, tras la cual salieron una familia de seis "jilipollas" de las cuales pudimos descolgar dos, y el curioso tropezón con un lince que encaramado en un árbol nos avisó con un par de rugidos que las gelinottes de la zona tenían dueño, habían animado un poco nuestro paseo. Diré del felino que, a pesar de su inicial valentía al proferirnos tan gatunos improperios, no se dignó a posar delante de mi Nikon, pues abandonó su árbol cobardemente y por lo bajini, tomando las de Villadiego antes de tenerlo encuadrado.

Después de comer un mendrugo de pan aderezado con un poco de queso al estilo montuno, léase deprisa y corriendo para aprovechar la tarde, decidimos dar la última vuelta por los alrededores de la cabaña donde nos alojábamos, pues el resto de compañeros de expedición habían visto algún pájaro en esa zona la jornada anterior. La desazón de no encontrar la caza que esperábamos hacia mella en nuestra moral, y dedicábamos nuestra atención más a la contemplación del maravilloso paisaje que la Reserva nos ofrecía, con sus combinaciones de colores otoñales en los árboles: el rojo fuego de la hoja de arce, el ocre amarillento de los abedules, el tornasol azulado del abeto alpino... que a seguir las evoluciones de nuestros canes. Cuando empezó la acción andaba yo enfrascado en la extracción, sin estropear ninguna raíz, de un pequeño abeto azul al que quería trasplantar a una distáncia de 6000 kilómetros, de estranquis y sin hacerle pagar pasaje.

Hago aquí otra pausa para recordar a mi querido José que el abeto en cuestión se quedó en su casa. Lo que nunca se sabrá es si el olvido fue casual o una maquiavélica argucia del que suscribe para utilizarlo de excusa y regresar un año de estos a recuperarlo. De paso, comprobaría "in situ" que la botella de Cardenal Mendoza que me escoltó durante el viaje de ida no hubiere sufrido una expoliación total de su preciado contenido.

Decía pues, y perdonen mis continuos paseos por los cerros de Úbeda, que estaba yo enfrascado en mis labores de jardinería cuando un pitido discontinuo, feo, el cual estaba atentando contra la calma y el sosiego del lugar donde nos encontrábamos, pero sin embargo familiar, me distrajo de mi afán botánico. Mi mente, algo aletargada por la aciaga jornada, tardó en reconocer el collar electrónico de mi setter Rose el doble de lo que tardé en empuñar el hierro y disponerme a servirle la muestra. José, que estaba dirigiendo la operación de cirugía vegetal a mi lado, se colocó en el sendero y un servidor se adentró en el bosque, dirigiéndome presto hacia donde se oía el pitido. Al acercarme a la perra, no sin antes sortear infinidad de ramas y arbustos que parecían querer vengarse de lo que intentaba hacer con un congénere suyo hacía un minuto, la vi de muestra, tumbada en el suelo como es costumbre en ella. Busqué afanosamente un pequeño claro donde poder disparar con comodidad y, al no hallarlo, decidí entrar al trapo, sucediese lo que sucediese. Al fin y al cabo José cubría la más que posible salida del ave por el sendero. Al llegar yo a la altura de la perra, el pájaro arrancó verticalmente, no se trataba de una gelinotte sinó de una becada, y se tapó inmediatamente tras una mata. Reconozco que mi certero tiro, lanzado a tenazón, fué más fruto de la casualidad que de mi buen tino. La cuestión es que perdí de vista la becada y, al no oír disparo alguno por parte de mi compañero, supuse que había acertado. No me equivoqué, pues sin orden previa Rose se adentró en la mata por donde había desaparecido el escolopácido y me lo trajo en su suave boca, sin apenas despeinarlo.

Aún estábamos junto al sendero haciendo los honores a la minor y comentando el completo lance cuando Yako, el braco francés de José, se introduce en el bosque y revuela otra becada que se nos viene encima. Al vernos da un giro de 45 grados e intenta huir siguiendo el trazado del sendero, ofreciéndonos un blanco perfecto. Le vaciamos las armas al unísono y la becada, después de hacer unos extraños en su vuelo, cae en el camino, a unos cuarenta metros de donde le tiramos. José se dirige a cobrarla a la vez que recarga la escopeta. Yo, con el arma abierta , aguardo en el sitio donde le disparamos. Cual es mi sorpresa cuando, al agacharse José para recoger la becada, ésta emprende el vuelo y, deshaciendo el camino que había hecho, se dirige hacia mi, en vuelo casi rasante y con claras intenciones de poner tierra de por medio, esquivando el único cartucho que mi compañero había tenido tiempo de cargar. No se aún que es lo que pasó por mi mente en esos momentos para representar semejante pantomima, encontrándome desarmado y con una becada viniéndome de frente a escasos dos metros de altura. La verdad es que nunca me ha atraído demasiado el deporte profesional, y menos los de claro cariz norteamericano, pero el caso es que me encontré agarrando la escopeta por el cañón y, en infausta imitación del bateador titular de los Red Sox, intenté propinarle un escopetazo en vuelo de magnitud tal que, del contrapeso del arma, mis nobles posaderas acabaron en el barro, la becada se fue a criar y las carcajadas de José se oyeron en Pekín.

Moraleja amigos:

La becada a veces tiene comportamientos extraños e incomprensibles a nuestras obtusas mentes, pero ciertas actitudes del cazador, a ojos de la becada, son dignos de reclusión y larga convalecencia en centros de tratamiento mental especializado.


Dedicado a un amigo del alma, sin el cual semejante caída nunca hubiera sido posible.



Bécassier