Los primeros encuentros de Manuel con las becadas

Rayón

 

Antes de nada, decirles que la tierra de Manuel nunca fue de abundancia en becadas, sino todo lo contrario, hasta el punto de que muchos cazadores de aquella zona ni las conocían ni las conocen. Pero Manuel al vivir en la sierra y patearla a diario si que las conocía, pues algunos años tuvo la suerte de poder cazarlas.

Eso sí, las podía cazar porque al patear como antes les comentaba la sierra a diario, conocía todos y cada uno de los “rincones” donde podía encontrarlas, que eran los húmedales y arroyos de las estribaciones de Sierra Morena, donde algunos años acudían las llamadas por allí chochas.

De todas formas, la primera chocha que cazó Manuel le causo una extraña sensación, pues cuando se la cobró su podenca “Diana” y se la llevó a las manos, al verla de cerca le pareció un pájaro de otro mundo, tanto por la forma en que había volado como por su largo y extraño pico.

La historia de Manuel con las becadas se inicia allá por el año 1.963, cuando tenía unos catorce o quince años. Fue un día que estaba cazando la perdiz con reclamo y su pájaro se negó a abrir el pico para cantar. Como aún quedaba una hora más o menos para la puesta del sol, Manuel al no cantar el pájaro de la jaula decidió quitarse y dar una vuelta por los alrededores de donde había estado puesto, en busca de alguna perdiceja para volarla y abatirla para al día siguiente comerla con judías como le había prometido a su madre cuando con el pájaro a la espalda salió de casa para hacerle el puesto.

Aunque a más de un cuquillero al leer esto le pueda parecer mentira, Manuel a los puestos en muchas ocasiones llevaba a su podenca “Diana”, que se quedaba quieta y en silencio aunque a través de las rendijas del puesto estuviera viendo las perdices. Lo único que aquel noble animal hacía era poner todo lo tiesas que podía sus orejas y mirarlas con los ojos abiertos como platos a la vez que miraba a Manuel “preguntándole” con su mirada si él también las veía, a lo que Manuel con una caricia en la cabeza y una sonrisa le respondía que sí, pero diciéndole a su vez con el dedo índice cruzando sus labios que no hiciese ruidos que pudieran espantarlas, algo que aquel animal entendía a la perfección, posiblemente debido a la cantidad de horas que pasaban juntos pateando todos aquellos recónditos rincones de Sierra Morena donde Manuel vivía.

Nada más abandonar Manuel el puesto acompañado por su podenca “Diana”, subió hasta una meseta donde había unas canteras muy querenciosas para las perdices, sobre todo a esas últimas horas de la tarde, ya que solían meterse en ellas a pasar la noche resguardadas del frío. Pero ese día lo primero que levantó la “Diana” no fue una perdiz de las de por allí, sino un pájaro bastante raro para Manuel, pues jamás había visto ninguno que volase y se comportara de la manera que aquel se comportó.

Como se levantó muy cerca, tuvo que dejarlo hacer algunos quiebros hasta que se retiró un poco, que fue cuando con su planeja de perrillos del calibre 16 le soltó la plomada que le hizo caer.

Cuando la “Diana” se lo cobró y llevó hasta sus manos se quedo bastante extrañado, pues más que otra cosa lo que aquello le parecía era un pájaro de otro mundo, tanto fue así, que se sentó en unas piedras que había al lado de la cantera y no se levantó de ellas hasta que no lo examino de arriba abajo un montón de veces.

Cuando siguió andando en busca de las patirrojas, de vez en cuando se miraba la percha preguntándose que pájaro sería aquel tan raro que él jamás había visto por allí hasta ese día.

Más adelante la perra le levantó las perdices en dos ocasiones, cobrando una, más una liebre que también apioló.

Al llegar a su casa lo primero que hizo fue enseñarle a su madre aquel raro pájaro, un pájaro que al verlo su madre le dijo que para nada era raro, que se trataba de una chocha-perdiz, que su padre las había abatido años atrás, pero que hacía bastante tiempo, de ahí que él no las recordara.

Cuando llegó su padre a casa y se la enseñó, éste le preguntó donde la había cazado, diciéndole también que seguro había más, pues cuando iban por allí, que solía ser de tarde en tarde, lo hacían por varios lugares, y que donde más solía haberlas era en el “Arroyo del Pocico de don Juan” y en la juncada del “Cerro Quemado”, que antaño era donde más las había visto él.

Al día siguiente por la mañana Manuel cogió su escopeta y un puñado de cartuchos que se echó al bolsillo y junto con su podenca tomaron el camino del “Cerro Quemado” en busca de más chochas.

Cuando llegó a la parte baja del cerro, que era donde estaba la juncada, Manuel preparó su escopeta y se dispuso a patear la zona en busca de aquel nuevo pájaro. La junquera tenía como unos doscientos metros de larga por unos treinta de ancha, y estaba entre dos laderitas muy suaves que había en la falda del cerro, donde además de los juncos había una hierba muy alta debido a la gran humedad que allí había.

Nada más empezar a subir por la parte izquierda de los juncos, la “Diana” levantó una rabona como un choto de grande, a la que Manuel no le hizo asco alguno, pues cuando empezó a repechar la laderita de enfrente le soltó la plomada del cañón izquierdo haciéndole rodar. Cuando la perra le cobró la liebre y se la colgó, siguió junquera arriba esperando levantar alguna chocha, pues en realidad era lo que él iba buscando, y no se hizo esperar, pues unos cincuenta metros más arriba se levantó una casi del hocico de la perra, y aunque lo hizo con un vuelo rápido y casi acrobático no le valió, pues como el terreno allí era casi pelado la pudo dejar retirarse un poco para que serenase su vuelo y además tirarle a buena distancia.

Pero ahí no queda la cosa, pues un poco más arriba le levantó otra la perra, aunque a ésta ni le tiró, pues Manuel había hecho una pifia. Con los nervios del lance de la anterior chocha se le había olvidado reponer en la escopeta el cartucho tirado anteriormente, así que cuando quiso tirarle, el perrillo sonó en falso y se quedó con las ganas. Aunque dentro de lo malo la cosa se remedió, pues vio como la chocha volaba hacia abajo para tirarse de nuevo a los juncos más o menos por donde al principio se le había levantado la rabona, así que emprendió marcha hacia abajo en busca de ella, aunque sujetando a la perra, pues al haberla visto también tirase de nuevo a los juncos le entraron los nervios por llegar a levantarla de nuevo. Cuando llegaron al lugar Manuel dejó entrar a la perra a los juncos y rápidamente la sacó otra vez, pero en esta ocasión ya no hubo fallo, pues le soltó un tiro y la bajó.

Como Manuel por entonces tenía todo el tiempo del mundo para cazar, cazaba sin prisa alguna, así que lo que hizo fue sentarse un rato mientras se fumaba un celtas largo de aquellos del paquete “colorao” y saboreaba aquellos lances que acababa de vivir con las chochas.

Cuando acabó el cigarro empezó a dudar entre subir y acabar de cazar el trozo de junquera que aún le quedaba por recorrer o marcharse a su casa, decidiéndose al final por lo segundo, pues pensó que para hacer un guisote al día siguiente había más que suficiente con las dos chochas y la rabona. Además se acordó de lo que siempre le decía su padre, que no cazase como si fuera un lobo, que solo había que cazar aquello que pudieran consumir en casa, que el resto de las piezas había que dejarlas vivas en la sierra para que siguieran criando y formando despensa.

Manuel durante ese año además de esas chochas abatió otra doce o quince más por todos aquellos humedales que había en la zona de Sierra Morena donde él vivía, pero al siguiente bajó mucho la cosa, pues de tres o cuatro no pasó, aunque al siguiente volvió a abatir algunas más, pero sin llegar a las del primer año.

De toda esta historia de Manuel con las becadas hace ya casi cuarenta años, los mismos que Manuel dice no haber vuelto a verlas. Aunque claro, también es verdad que al muy poco tiempo emigró de allí a Madrid y ya su contacto con esa sierra que él tanto adora y añora no ha vuelto a ser el mismo, pues ahora tan solo la visita unas cuantas veces al año, mientras que por aquellos años la pateaba y cazaba a diario con su podenca “Diana”, con aquella maravillosa podenca con la que Manuel pasaba los días enteros sin separarse. Una perra a la que tan solo le faltaba hablar con Manuel, aunque con miradas, señas y gestos se entendían a la perfección.