Benito «El de las cuerdas»

Pumuky

 

Pasaba el verano en el pueblo. No tendría más de 12 años y repartía mis energías entre la piscina y las niñas, indígenas o veraneantes. Tenía como todos los niños una pandilla de amigos de mi edad, pero también tenía otro amigo desde hacía muchos años: Benito "Brinquitos", aunque para mí era Benito "El de las cuerdas".

Todos los días, invariablemente, Benito, con más de setenta años, se sentaba bajo la higuera a las puertas de su casa y tejía.

Con sus cuerdas de cáñamo o sus manojos de esparto, forraba botellas para mantener fresca el agua, hacía serijos, capazos, serones, yo que sé... una nueva tarea cada pocos días.

Yo, que aún no había adquirido la sanísima costumbre de la siesta, me sentaba a su lado y preguntaba

—¿Qué haces?

—Ya lo verás cuando esté terminado.

Pero la mayoría de las veces, el mimbre cogía forma y yo seguía sin saber que extraña utilidad podría tener aquel útil, y mucho menos su nombre.

Apenas refrescaba la tarde, echábamos a andar y nos perdíamos por los cerros, subíamos a la Loma larga, al Risco amarillo, a la Póveda o al Povedillo. Por el camino, Benito relataba el nombre de cada bicho que veíamos u oíamos, dejándome siempre con la pregunta en la boca... Una Oropéndola, una Choa, un Caballito, un Milano.

Cuando llegábamos a lo alto del cerro, nos sentábamos y escuchábamos el lento pulso de los campos. El runrún de los tractores, el latir lejano de los mastines, las perdices despidiéndose del día antes de esconderse en las umbrías.

Sentado en una piedra, con el sombrero de paja calado y un centeno entre los labios, se quedaba mirando a un punto del suelo, donde aparentemente no había nada y sentenciaba:

—Ahí hay una macuca.

Y sacando la navajilla escarbaba un momento hasta que, como no podía ser de otra forma, aparecía la macuca. Después de rasparla un poco, la partía por la mitad y la comíamos mientras seguíamos escuchando sin cruzar palabra.

Aún tardaría mucho tiempo en conocer el valor de las trufas. Aquellas macucas a las que Benito daba tan poca importancia.

En cuanto el sol empezaba a esconderse, desandábamos el camino y como sí de un camino totalmente nuevo se tratase, todos los nombres cambiaban... Un Mochuelo, una Zumaya, Una lechuza...

A mis padres no les gustaban demasiados mis paseos por el monte. Algunos años atrás, antes de hacer amistad con el de las cuerdas, éste me invitó una tarde:

—¿Te vienes a quemar un rastrojo?

Con el ansía de pirómano que todo niño lleva dentro, marché sin pensarlo dos veces y, por supuesto, sin avisar a nadie del motivo de mi ausencia.

Y así, quemando, quemando, se nos echó la hora encima, de tal forma, que cuando, tiznado como una sartén, entramos de vuelta al pueblo, las vecinas con las que me iba cruzando, me hicieron darme cuenta de mi error y salir del ensimismamiento incendiario.

—¿Ya has aparecido?

—Vaya la que has liado.

—Todo el pueblo buscándote.

—Menuda te espera...

Con cada vecina que me cruzaba, mis piernas se aflojaban un poco más.

Y debió ser gorda la que lié, porque cuando aparecí en la calle, mi madre salió corriendo hacia mí y cuando ya me encogía esperando recibir la mayor azotaina de mi vida, se agachó, me abrazó y me dijo ¿dónde has estado?.

Benito tenía una particularidad en el rostro. Una particularidad que no pasaba desapercibida y menos aún para un niño. Le faltaba una oreja.

Durante años nunca me atreví a preguntarle el motivo, ni a él ni a ninguno de mis mayores, aunque yo creía saber como ocurrió.

"La guerra". Aquella guerra de la que hablaba mi abuelo cuando no me acababa el plato de lentejas. Un disparo en la trinchera o la metralla de una granada. No podía haber sucedido de otra manera.

Una tarde subidos en un cerro como de costumbre, me armé de valor.

—Oye, ¿qué le pasó a tu oreja?

Cuando me disponía escuchar el relato bélico, con el enemigo asaltando y las balas silbando sobre los asediados, escuché una historia que a mi se imaginó la más extraña forma de perder una oreja.

Tiempo atrás, aún existía en el pueblo la tradición del guarro de San Antón.

El día 17 de enero, se soltaba en el pueblo un lechón al que previamente se le cortaban las orejas y el rabo. El guarro en cuestión, vagabundeaba por las calles del pueblo, hocicando de puerta en puerta hasta que las mujeres aparecían con las sobras, que se convertían en el único sustento del marrano. A las pocas semanas ya había aprendido cuales eran las puertas más provechosas, en las que interesaba insistir con sus hocicadas y gruñidos.

Exactamente al cumplir un año de vida mendicante, se volvía a celebrar la romería de San Antón. Se hacía una gran lumbre, se degustaban somarros y vino de pitarra y el guarro era sorteado entre los vecinos. El afortunado estaba obligado a reponer un nuevo lechón, eso sí, sin apéndices.

Los padres de Benito tenían huerta, por lo que en su casa siempre había restos de hortalizas. El marrano pronto aprendió el nido.

Una desgraciada mañana, cuando aún era un bebé, su madre lo metió en el capazo para ir a trabajar a la huerta. Cuando llegó a la puerta se dio cuenta de que había olvidado algo, por lo que dejando el capazo en el suelo, volvió a entrar en la casa.

La mala suerte hizo que este hecho coincidiera con la ronda del guarro de San Antón, que seguramente se quedó asombrado con la comida tan suculenta y extraña con que le obsequiaban aquel día.

Al oír el llanto del niño, la madre salió corriendo pero ya era tarde para la oreja de Benito.

Según me contó aquella tarde, no fue por hambre, fue por venganza. Se vengó en el niño del hombre que le mutiló el día de San Antón.

—Y menos mal que mi madre llegó a tiempo. Acuérdate de que le cortaban las orejas... pero también el rabo.

Pasaba el verano y por fin llegó el día que yo tanto esperaba: la Virgen de Agosto, la apertura de la media veda.

Por las mañanas iba de morralero a las tiradas de tórtolas con mi padre y mis tíos, pero por más que insistía no había forma de que me dejasen tirar. Ya te llegará la hora, no te preocupes.

Por las tardes iba con Benito, y aquel año, después de hacerme prometer que no contaría nada en casa, acordamos que tiraríamos alternativamente, una él y una yo.

En los pasos del puerto, zigzagueaban a ras de los chaparros en banditos de tres o cuatro ejemplares. Se fallaban muchos tiros, pero dada la abundancia y la conocida alergia a los perdigones que tienen estos pájaros, no había día en que no se hiciese una abultada percha.

El arma de mi debut era una escopetilla del dieciséis, con más años que la tos y, como podéis imaginar, con una correa de cáñamo tejida debajo de la higuera.

Aquello, no podía ser muy difícil, lo había visto cientos de veces, un zumbido en el aire una o dos detonaciones y el pájaro se ocultaba detrás del chaparro dejando un manojito de plumas flotando en el aire que indicaba que nos esperaba en el suelo a pocos metros.

El sol dejó de calentar y comenzó la tirada, pero no pudo ir peor.

Cada vez que llegaba mi turno se repetía la misma escena, un tiro que iba vete tú a saber donde, un dedo que buscaba el segundo gatillo sin encontrarlo y el bandito que seguía su camino invisible entre los chaparros de la solana.

Y así una vez, y otra, y otra. En muchas ocasiones cuando conseguía encararme la escopeta, la tórtola estaba en París.

—No les apuntes, sólo tienes que taparlas.

Pero... qué iba yo a tapar. Cada vez que cogía la escopeta estaba más nervioso que la vez anterior. No es posible. No puede ser tan difícil.

Un montón con las tórtolas abatidas por Benito descansaba a nuestros pies. Cada vez que una caía, yo salía del puesto a buscarla.

En el que sabía iba a ser, por la hora, el último lance, "el de las cuerdas" bajó una más. Cayó en una clara a quince metros del puesto y como siempre, fui a cobrarla.

—No la encuentro.

—Si está ahí, justo delante de ti.

—No la encuentro.

La tórtola estaba a mis pies.

No quería volverme. No quería que mi amigo viese mis lágrimas.

Nunca seré un buen cazador.

Hace ya muchos años que murió, pero cada vez que alguien me pregunta por qué conozco el nombre de tantos pájaros me acuerdo de él. Una Oropéndola, una Choa, un Caballito, un Milano...



Pumuky