El primer encontronazo con un jabalí

Pipo

 

Debía ser el mes de noviembre, de no se qué año, cuando hizo su primer pinito en el mundo de la caza.

Me la había dado mi vecino después de mucho rogarle, porque no era mi vecino persona fácil, si bien acababa siempre sucumbiendo, le gustaba que le rogasen y mucho. Y fue mi primera aportación a este mundo de los perros de rastro, que nosotros utilizamos para la caza del preciado jabalí.

Venia de muy buen linaje, el Tom, su padre, un grifón vendeano de talla media, mas bien bajito, se lo había dado a mi vecino de cachorrón un cazador de perdiz, que no se como diablos se había hecho con semejante ejemplar, su afición a dar pitarrazos a todas horas, hizo que su primer dueño buscase a la desesperada quien le librase del sereno, de no ser así y con urgencia los vecinos de las casas de al lado le iban a formar consejo de guerra.

Tenia todo su pelo de color marrón, largo duro y rizado, las orejas eran enormes, no le arrastraban pero casi, y llenas de caracolillos de pelo que le hacían un perro simplemente precioso. Mi vecino lo metió en una cabana que tenia en el río, como tantos, y que las riadas del 82 habían perdonado, no se sabe muy bien porque. Allí estuvo hasta el primer día de caza, comiendo pienso y alguna que otra sobra apetitosa que la hermana viuda de mi vecino le llevaba de vez en cuando con el ánimo de caerle simpática, no fuera el caso que además de los gritos que le brindaba cada día cuando iba al huerto, en algún mal rato le diese algún mordisco, porque la señora siempre tuvo pánico a los perros.

Me explicaba mi vecino en una ocasión, que el Tom siempre fue bueno, que no recordaba su paso de perro malo a perro mediocre y después a perro bueno, que el Tom siempre fue igual desde el primer día. He conocido y conozco algunos casos así, tanto de perro como de amo, los hay que deben tener un don especial con este asunto, porque como he dicho el Tom estuvo encerrado en su perrera hasta el primer día de caza, se lo llevaron a cazar y simplemente cazó, mejor o peor eso no lo sé, pero cazó.

Cacé mucho con el Tom, y recuerdo de él dos cosas que no he vuelto a ver en ningún otro perro, una su extraordinaria nariz, no olvidaré nunca el día en que pasó por una solana que había enfrente del paso que yo ocupaba, era toda de piedra, de roca viva, nada de piedras sueltas o arena, no, era todo piedra de esa gris que la lluvia afila, hasta convertirla en una especie de campo de martirio para las suelas de las botas, se presentó el Tom por la parte mas baja de la solana, yo a duras penas podía ver su imagen, pero oía su voz, llevaba un rastro, de buen seguro que a primera hora de la mañana algún jabalí había atravesado la solana para encamarse en un pinar que había por encima, pero era ya casi mediodía y hacia un calor espantoso, latía muy de tarde en tarde, pero seguía subiendo por la solana, ya cuando estaba mas o menos a mi altura justo enfrente, le podía ver mejor, daba vueltas y más vueltas, subía y bajaba, se volvía sobre sus pasos una y otra vez, callado, pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, se paraba alzaba la cabeza al viento y soltaba un Auuuuuuuu!! Profundo, justo allí había puesto su pezuña el jabalí así atravesó toda la solana, hasta llegar donde las matas, la hierva y la tierra acababan con la piedra infernal, allí sus latidos se convirtieron en algo rítmico, acompasado y musical, le resultaba mucho mas fácil seguir el rastro, y con esa música se perdió tras la cresta de los pinos hacia la umbría, no volví a oírle mas. Tampoco supimos nada mas de él hasta pasados tres días que se presento en el pueblo, acostándose a la puerta de la primera casa que encontró esperando que alguien le diese algo de comer, era un fenómeno el Tom, con el tiempo su voz también fue envejeciendo con él, le fue cambiando, cada vez mas fina al principio y mas gruesa al final, hasta quedar casi afónico, tanto que no se le oía si no te pasaba muy muy cerca. De momento no he visto otro caso igual.

La madre de la Canela se llamaba Linda, era una perra también vendeano, que mi vecino había comprado en una perrera, tenia el pelo algo mas corto y mas duro que los vendeanos que yo conozco, y su voz, a mi corto entender delataba que algún intruso en alguna ocasión saltó la tapia, para introducir genes anónimos en el linaje de su familia, pero aún así, todo su aspecto y maneras eran de vendeano. Poco puedo decir de la Linda, que era un perro del montón, que cazaba según le pintaba, y que mas bien diría yo que cazaba poco, prefería que fuesen otros los que encontrasen los jabalís, y ella acudía a la llamada montando alboroto tras el bicho una vez desencamado, y yo entiendo que cazar solo cazan los primeros, los demás persiguen y acosan, pero para este, el cazar es el buscar y perseguir no solo el correr detrás de alguien.

Pues hizo criar mi vecino a la Linda, y yo insiste que insistirás, hasta que ya grandecitos los cachorros, me llevó un día a la cabana y me dijo -escoge. Había tres perritos preciosos, dos hembras y un macho, los tres eran del mismo color, marrón clarito, "canela". Una de las hembras tenía una manchita blanca en la frente, tan insignificante, tan pequeña, quizá un par de pelillos, pero eso me hizo gracia, con la edad no se le veía la mancha, tan pequeña era. Me quedé con ella y me la llevé entonces mismo hacia mi casa, le construí una pequeña perrera en el huerto de mi padre, y cada día iba a verla y a sacarla de paseo, no tengo ni idea de las horas que pasé con aquella perra en el monte antes de empezar a cazar, pero imagino que mas de muchas.

Cuando se abrió la general, la llevé a cazar. Yo poco o nada amante de andar por el monte para hacer salir los jabalís, decidí ese año ir con los perros, para acompañar a mi perra, había oído de la boca de quien para mi ha sido y será el mas grande de los llevadores de esta tierra, que para tener un buen perro, el dueño tiene que ir con él al monte, entendiendo dos cosas, una que era posible que tuviese algo de razón, y otra mucho mas clara, y es que él no era amante de meterse en el monte con perros que no fueran suyos, a lo cual si pretendía que mi perra cazase, no me quedaba mas remedio que olvidarme de mi afición favorita que no era otra que colocarme en un puesto, mejor o peor, pero eso si con buenas vistas y buena posición, para dominar la batida por completo de principio a fin, para enterarme de todo como si de una película se tratase y yo la estuviese viviendo en directo.

Renuncié a esa posición privilegiada, y me dediqué a acompañar mi perra por el monte, las cuatro o cinco primeras jornadas de caza no hizo absolutamente nada que no fuese procurar seguir mis pasos, podíamos haber atravesado el campo de minas mas grande del mundo sin que a ella le hubiese pasado nada, siempre ponía sus patitas justo donde yo ponía mis botas, ya empezaba a aburrirme el asunto, pero los compañeros me animaban, veían en mi esa falta de experiencia del principiante, y no se si porque de verdad se lo creían, o por que el interés a que el grupo aumentase el número de perros les movía a mentir, pero lo cierto es que me animaban constantemente, aludiendo que eso era lo normal.

La que debió ser quinta o sexta jornada de caza para mi perra, no se nos dio nada mal, se levantó una cerda enorme, buena madre y buena criadora, se presentó en uno de los pasos, y un tiro de escopeta la dejó seca, el alboroto de los perros continuaba por la mancha, daban vueltas y mas vueltas, yo corría de un lado a otro con la intención de ver correr los bichos por algún claro que el monte ofreciese, pero nada nunca pude ver nada, el caso es que durante la jornada y en el mismo puesto se fueron presentando cerdos, pequeños, apunto ya de perder la librea que la naturaleza les ofrece para su perfecto camuflaje en sus primeros pasos. Eran muy pequeños, y el cazador fue dando cuenta de ellos uno a uno tal como fueron viniendo, a pesar de las prohibiciones, era y casi diría que lo es todavía, costumbre de estos parajes tirar a todo el mundo, al menos cuando ya empiezan a perder esa librea, como era el caso, pero que según como les miras se les ven las rayas, y según como les miras no.

Cuando yo llegué a la pista donde los coches esperaban, había en el suelo una cerda enorme y cuatro pequeñajos tendidos, eran hijos suyos sin duda, el cazador afortunado explicaba una y otra vez los lances, pero yo no oía nada, con todo el follón y por mis carreras a un lado y otro del monte había perdido mi perra, nadie hablaba de ella, nadie sabia nada, el resto de perros estaban todos subidos en el coche, y la mía sepa dios donde andaría. De repente, a lo lejos se oyó un latido de perro, que nadie antes había oído jamás, míratela se oyó en medio de la tertulia, debe estar perdida, no te preocupes que aparecerá y esto le irá bien, yo miré a José el amigo de la infancia que me había metido en este grupo de cazadores, y le dije, voy a ir a buscarla, vosotros iros hacia el pueblo y arreglad los jabalís que antes que acabéis yo ya habré bajado. Había más de dos horas desde allí a pie hasta el pueblo, pero la preocupación no me dejaba pensar en la distancia. A todo esto los latidos se seguían oyendo y siempre en el mismo sitio. Me cargué la repetidora al hombro y empecé a caminar por el camino que subía hasta una ermita, construida hace muchísimo tiempo en lo alto de uno de los cerros que rodeaban el monte que habíamos cazado, pensé que si me subía en alto podría determinar donde lloraba mi perra.

Al atravesar el primer barranco me pareció oír la perra dentro de él, esperé un poco y la volví a oír, así que cambié de ruta y me fui subiendo barranco arriba, el barranco en cuestión acababa en lo que antaño fueron campos de cultivo, una pequeña hondonada en medio del monte ahora, llena de paredes que daban lugar a pequeños y estrechos bancales, que labraban de una sola pasada de mulo.

La Canela se seguía oyendo, de tarde en tarde y siempre en el mismo sitio, mira que es tonta pensaba yo, al menos podía ir bajando, cada vez la oía mas cerca, así que cuando me pareció la empecé a llamar, por si fuera poco al oírme se volvió mas tonta todavía, cada vez que oía su nombre la perra ladraba, pero no se movía, será posible a que se me hace de noche, eran ya los alrededores de las cinco de la tarde, y el sol ya se había perdido detrás de las montañas. De repente, se apareció la Canela ante mi, meneando el rabo a todo meter y con un nerviosismo poco natural, cuando se acercó intenté acariciarle la cabeza, pero no me dejó tocarla, se volvió por donde había venido y así que la perdí de vista, entre mis gritos de llamada se oyó un bocinazo de ella, eso no me pareció nada normal, seguí caminando hacia donde se había oído, hasta que la vi dar vueltas en unas matas, y cada vez que yo la llamaba ella ladraba, no acertaba a entender que leñe estaba pasando, cuando vi como las matas se movían ligeramente, la perra seguía ladrando, ya casi sin parar, hacia las matas que se habían movido, instintivamente me descolgué la repetidora del hombro y quité el seguro, apuntando hacia las matas, pero no conseguía ver nada, me fui acercando poco a poco, la perra ya me estaba poniendo nervioso, no se callaba, ladraba continuamente, de no haber visto moverse las matas hubiese pensado que la perra se había vuelto loca, ya metido en medio de las matas seguía sin ver nada, havia una de esas viejas paredes entre las matas, y pensé que quizá el bicho estuviese pegado a ella, pero cuando llegue a ver las piedras de la construcción no había nada, de repente y no se como, encima de la pared, entre las matas y casi a la altura de mis ojos vi de lo que se trataba, se veía perfectamente, estaba inmóvil, era la patita de un jabalí, cual una rama seca, imagino que cagado de miedo, y harto de los gritos que le propinaba la Canela. A mi mente, en décimas de segundo, se vinieron tantas y tantas historias de grandísimos cazadores que habían matado en alguna ocasión un jabalí a cuchillo, la pata que yo veía y después de haber visto a los que yo supuse sus hermanos tendidos en la pista, me aconsejaron no tirarle un tiro, le hubiera destrozado, y muchas fueron las quejas de los compañeros cuando algún jabalí había quedado mal parado después de uno o mas tiros, "este está destrozado, pera esto mejor que se escapen", comentarios de este tipo eran cosa habitual en aquel tipo de cazadores, que mas de una vez pensé que iban a cazar el jabalí únicamente por su carne.

Volví a poner el seguro a la repetidora, la apoyé en un pino y metí la mano en mi morral sacando el cuchillo hecho a mano, que me habían regalado hacia un par de años, y que yo utilizaba para desangrar los jabalís. Con la herramienta en la mano derecha, y con mi brazo izquierdo extendido a la altura del hombro me fui acercando a la pared, metí la mano entre las matas hasta llegar a la pata del animalito, la idea era cogerle y levantarle en el aire, con lo cual quedaría totalmente indefenso, y a mi voluntad, era cuestión de degollarlo como tantas veces había oído y ya estaba la hazaña hecha.

Cuando mi mano llegó a la altura de la patita, se cerró de golpe, el intento de levantar el animal del suelo fue en vano, el bicho casi a la misma altura que mi pecho, del tirón que le di, se me vino encima, me aparté ligeramente, y se bajó al mismo nivel que se encontraban mis pies, no le solté, pero en el envite había perdido mi arma, que por cierto no he vuelto a ver en mi vida, el animal intentaba zafarse de mi mano, los dientecillos le hacían un ruido terrible, no gritaba, no decía nada, eso quedaba para la Canela que entonces lanzaba unos ladridos que no he vuelto a oír nunca mas, las matas de nuestro alrededor se iban aplastando con las vueltas que dábamos, el bicho intentaba soltarse y yo solo hacia que dar vueltas en redondo con la intención que no alcanzase con su boca una de mis pantorrillas, no creo que me hubiese hecho gran cosa, pero era algo instintivo, de levantarlo nada de nada, ya lo intentaba ya, pero no podía, la vista me había engañado, el peso del bicho estaba bastante por encima de los que yo había visto en la pista, y además con aquel movimiento, me resultó imposible despegarlo del suelo en ningún momento, el agotamiento hacia mella en mi, mis riñones ya no podían mas, así que pensé que lo mejor era coger la escopeta y dejarse de bravuconadas, miré como pude a mi alrededor, y la escopeta estaba lejisimos, descansaba apoyada al pino, como a unos 25 metros de donde estaba ocurriendo todo, no me vi capaz de llevar el bicho hasta allí, así que me rendí, pensé, lo suelto y trataré de coger la escopeta lo mas rápido que pueda, si lo veo irse y le puedo tirar, bien, y si no que se engorde, pero yo no puedo mas. En estos pensamientos estaba, cuando oigo alguien reírse a carcajada limpia detrás de mí, más o menos al lado de mi escopeta. Al darme la siguiente vuelta con el bicho persiguiendo mis piernas, veo a mi amigo José, justo al lado de mi escopeta, José había desconfiado de mi experiencia en el monte, y pensó, mejor le espero y le bajo con el coche cuando se harte de buscar la puñetera perra, pero se cansó de esperar en la pista y poco a poco se fue subiendo por el camino, el follón que teníamos liado el jabalí, la Canela y un servidor, delató nuestra presencia y le fue fácil dar con nosotros. -No te rías y coge la escopeta que lo voy a soltar, ya no puedo aguantarlo más,

-No lo sueltes, no lo sueltes, me gritó mientras corría hacia nosotros, soltó su escopeta en el suelo y se metió la mano en el bolsillo para sacar una navaja que no tendría mas de seis o siete centímetros de hoja, la abrió y con toda la tranquilidad del mundo la soltó en el suelo, al agacharse, la Canela le propinó unos ladridos a la altura de la oreja, -cállate tu, que ya está bien, le apuntó con una tranquilidad pasmosa, se acercó a la escena y al primer paso que hizo el jabalí hacia él le agarró una oreja, a lo cual el jabalí respondió con un grito tremendo, la otra mano se la pasó por debajo de la barbilla hasta cerrar su morro, pínchale dijo, mientras lo sujetaba a duras penas, con mi mano derecha y sin soltar el animal, cogí la navaja, y se la metí por el cuello, a media hoja, la sangre del pobre bicho me manchó la mano, al ver esto mi amigo le soltó de golpe, y el tirón que dió , hizo que yo le soltara también, salió a todo meter por un clarete que había, y la Canela tras él, tranquilo dijo José, no irá muy lejos, efectivamente al poco oímos la Canela que le mordía, el bicho había perdido la batalla, y había muerto al poco de soltarle nosotros.

Yo con las dos escopetas al cuello, y los riñones destrozados, mi amigo José con el jabalí y la Canela arrastras, nos fuimos bajando hasta el camino, -pasa!!!, le gritaba José a la Canela cuando mordía el jabalí y hacia mas duro su trabajo al arrastrarle.

-Será buena la perra esta.... murmuró, mientras bajábamos en silencio, y cansados.





Isaías Sánchez Pérez