Un montero ejemplar

JGR

 

Un montero ejemplar, así es como me definiría.

Y no es que sea persona que se vanaglorie de sus virtudes y cualidades, más bien prefiero ver en mí defectos y errores para hacer propósito de enmienda, cosa que por mi condición humana casi nunca consigo y cuando creo que no volveré a tropezar en esa piedra lo vuelvo a hacer y la caída incluso es mayor.

Pero como no es mi intención hacer de estas letras un tratado sobre mi personalidad pasaré a relatar el por qué de considerarme cazador de tan buen hacer.

Tengo que confesar que la vena cinegética me llegó cuando ya tenía los veintitantos, por lo que no he podido comenzar esta historia contando como mi abuelo me sacó a cazar por primera vez o cómo abatí el primer cochino cuando aún era un niño. Mis únicas incursiones juveniles en este mundillo fueron las que protagonizaba con una carabina del cuatro y medio tras las ratas que divisaba desde el balcón trasero de la casa donde vivía. Por tanto, soy montero que se ha hecho a sí mismo porque hasta la pubertad los adultos disfrutan enseñándote altruistamente los entresijos y avatares de la vida o de la caza, que es el caso que nos ocupa, pero cuando tu voz comienza a parecerse a un graznido y tu cuerpo se cubre de pelo, el adulto ve en ti a un competidor y se guarda de contarte dónde ha visto un gran guarro o la querencia de un bando de perdices.

Es por ello que decidí formarme en la teoría de la caza mayor para luego adquirir experiencia en el campo, pues pienso que tan importante es una cosa como la otra en la caza y en la vida. Compraba todas las revistas de caza que se publicaban y me empapaba de toda la sabiduría que plasmaban en ellas consagrados monteros, verdaderas instituciones en el ámbito nacional. El Manifiesto de la Montería es para mí un Credo que tengo presente desde que suena el despertador hasta el regreso a casa después de una jornada cinegética.

Leí durante este tiempo multitud de libros de temática venatoria y completé la formación con videos que devoraba durante las calurosas siestas de mi tierra.

Es por todo ello que una vez puse en práctica sobre el terreno todo lo aprendido, no me encontré en un ambiente desconocido, así pues, cuando en las juntas se comentaban las venturas y desventuras campestres de cada cual, la jerga utilizada no me sonaba a chino y comprendía lo que querían decir cuando se referían a un collado, una solana, una pepa o la traviesa, que bien podría haber confundido a estas dos últimas con mujer e hija del propietario respectivamente. Aprendí igualmente a no preguntar al postor si el lugar que me había tocado en suerte era bueno, porque pronto me di cuenta que la respuesta siempre era la misma: "Es de los mejores".

Siempre escucho atentamente cuando veteranos cazadores están hablando, y a que ver, oír y callar en determinados momentos es la mejor manera de aprender, aunque a veces lo que oyes es tan descabellado o fantástico que ganas dan de asistir al campo con tapones en los oídos, si no fuera porque son muy útiles a la hora de escudriñar la naturaleza cuando de cazar se trata.

Tengo a bien no haber discutido nunca en la junta, aunque en alguna ocasión haya tenido motivos para montar en cólera por el simulacro de sorteo que se ha efectuado. No he litigado jamás por la propiedad de una pieza ni he disparado a salvajina alguna que no fuera lo permitido, respetando las ciervas, las jabalinas seguidas de sus crías, los varetos o los propios jabatos.

La seguridad es un tema que siempre he tratado de forma escrupulosa, quizá por haber probado en mis propias carnes las caricias de los perdigones y cuando aprieto el gatillo es porque no tengo dudas sobre la ubicación de los demás cazadores y sólo cuando estoy seguro de que lo que veo es un animal y no el compañero del puesto contiguo que está haciendo sus necesidades detrás de una jara.

Las veces que un vecino ha conseguido un buen trofeo no he tenido reparos en felicitarlo en vez de buscar defectos de cuerna o colmillos, según sea el origen de éste, así como intento consolar al hundido cazador que ha fallado lo inexplicable en vez de hacer de ello motivo de mofa y diversión en la junta de carnes.

Pero como todo no podía ser perfecto he de confesar que tengo una espina clavada en lo más profundo de mí y esa no es otra que la de no tener colgada de una pared de mi casa la cabeza de un venado o las navajas de un cochino, no por pereza a la hora de coger taladro y tornillos, sino porque no he conseguido abatir pieza alguna en mi deambular por estas sierras de dios. Claro está que mi peregrinaje ha estado plagado de ganchos de poca monta donde entre ciento cincuenta escopetas han matado diez o veinte piezas, o monterías en las que el engaño se ha visto desde la celebración del sorteo, si así se le pudiera llamar, a pesar de que luego se haya rezado un padrenuestro promovido por los autores de dicho artificio, supongo para expiar el pecado que acababan de cometer. Mas cuando en dos ocasiones se me ha presentado la ocasión que andaba buscando he fracasado, una vez porque el guarro corría más que yo a la hora de disparar y la otra porque el venado que se me paró frente a mí a no más de treinta pasos hizo que me temblaran hasta los pelos al no estar acostumbrado a semejante escena con lo que después de soltarle cuatro tiros, uno de ellos a "balón parado", el animal se largó no se si pensando en el patético estado anímico en que quedé.

Después de esto, he comprendido que de montero ejemplar nada, que me queda mucho por aprender, pues en el campo nunca paras de instruirte, aunque espero algún día contar con la experiencia de al menos acertar a una pieza.

Sí he de decir que, haciendo gala de mis principios expuestos al comienzo de este relato, no tuve reparos en contar el lance del venado en la comida a pesar de ser motivo de guasa durante mucho tiempo. Espero un día contar un lance con otro final.


PD: Decir que este relato lo escribí hace tiempo cuando, como digo en él, no me había estrenado como montero, por lo que es totalmente verídico. Hoy en día, aunque pocos, ya tengo alguno colgado.