Pablito «El pateas»

Burgalés

 

Transcurrían los años cincuenta en un pequeño pueblecito serrano del Valle de Valdelaguna, enclavado en el corazón de la Sierra de la Demanda, cuando por sus estrechas y angostas callejuelas, aún sin pavimentar ni alumbrar, y llenas de boñigas de vaca entre las que escarbaban y picoteaban las gallinas, correteaba y hacía sus travesuras Pablito,"El pateas". Que era como así le conocían y le llamaban todos los vecinos del pueblo.

El mote de " Pateas" se lo había puesto su joven vecino, llamado Ángel, y apodado"Porreto". Este, era uno de los muchos furtivos que había en la zona, debido a la necesidad que se pasaba en aquella época de escasez, y siendo aquella una forma fácil de llenar la despensa, muchos eran los que se dedicaban a cazar furtivamente.

Pablito se pasaba todo el día "pateando" como los corzos, de aquí para allá. "El pateas", parecía un correveidile, iba siempre corriendo y silbando a todos los sitios, ya fuera haciendo rodar el ruidoso aro de hierro que le hizo el herrero y que se lo regalaron por su séptimo cumpleaños, o acompañado de su inseparable perra de caza, la "Coli" y su tirachinas colgado del cuello.

"El pateas", por aquel entonces, era el pequeño de tres hermanos. Su hermano Rafa el mayor, pasaba el invierno en la capital estudiando en el seminario y los meses de verano regresaba al pueblo para echar una mano en casa. La Mari, era la hermana mediana y como chica que era, la tocaba hacer todas las labores domésticas, además de cuidar a Pablito, mientras su madre, la señora Benita, regentaba la cantina del pueblo y su padre cumplía con sus obligaciones como guarda forestal.

Paulino, que era como se llamaba el padre del "Pateas", pasaba las jornadas fuera de casa, montado a lomos en su yegua, vigilando los montes y ríos del continuo furtiveo que estos sufrían. Si bien es cierto, que muchas veces pillaba a estos furtivillos con las manos en la masa y la mayoría de las veces salían indemnes del encuentro, porque este era consciente de la necesidad que se pasaba en aquella época y hacía la vista gorda.

Pablito,"El pateas", era un niño alegre y extrovertido, rubio y al que no le pesaban las carnes. Vestía con alpargatas unas calzas cortas y una casaquilla, atuendos que resultaban exiguos cuando llegaban los fríos y duros inviernos con las grandes nevadas a la sierra.

En esos días en los que para ir a la escuela debían cavar con la pala una estrecha trinchera en la nieve hasta llegar a la escuela, por el más de un metro de nieve que había caído, y que los furtivos como "Porreto" aprovechaban para cazar jabalís y corzos siguiendo sus huellas. O las noches de fuertes heladas, en las que, hasta se helaba el río y dentro de las mismas casas el agua de baldes, abrevaderos del ganado, y en los aleros de los tejados se formaban unos enormes carámbanos, que eran el objetivo de las bolas de nieve de Pablito y los niños del pueblo y que luego chupaban a modo de polos.
A Pablito y sus compañeros de escuela les salían unos enormes sabañones en las finas canillas que lucían y tiritando, llegaban en esas frías mañanas a la escuela con un hatillo de leña para atizar la estufa. Donde les esperaba Don José, el maestro, dispuesto a que aprendieran la lección aunque fuera a base de reglazos.

Por aquel entonces, no había calefacción en las casas y mucho menos luz eléctrica y agua corriente y tenían que valerse para calentarse de las cocinas económicas, estufas, chimeneas, glorias..., e incluso del calor que desprendía el ganado, que se guardaba en la cuadra, siendo esta, la planta inferior de las casas. Pablito tenía que estar atento y tener cuidado cuando subía descalzo por las escaleras, porque si se descuidaba un poco el gorrino le rebañaba el pie.

Y para alumbrarse en las oscuras y frías noches de invierno utilizaban lámparas de aceite, carburo y velas.

El agua lo cogían en la fuente de la "Canaleja"o en la de la plaza del pueblo, y a la hora de lavar, las mujeres del pueblo tenían que ir al lavadero o al río.

Cuarenta años después todo a cambiado mucho, los inviernos ya no son tan duros como lo eran antes, no caen aquellas grandes nevadas, las calles están pavimentadas y alumbradas, las casas tienen calefacción, luz y agua corriente.

Y Pablito "El pateas", ya no es el niño rubio y delgado que correteaba por aquellas callejuelas. Pero a pesar de eso, los mayores del lugar le siguen recordando como Pablito,"El pateas". Y cada invierno regresa a su pueblo natal, para en compañía de sus hijos, el incombustible, y ya no furtivo, "Porreto" y demás compañeros, practicar su gran pasión y afición, la caza.