La criada del molinero

Pumuky

 

El molinero era un hombre de pocas carnes, piernas encorvadas y pelo entrecano aunque costaba diferenciar las canas permanentes de las causadas por su oficio, ya que la mayor parte del día se le veía rebozado en harina, lo que le daba un aspecto más de aparecido o de alma en pena que de paisano de Hurda.

Siendo cazador y mentiroso de nacimiento, el hecho de ser forastero acrecentaba su fama de aficionado a los embustes, pero en honor a la verdad, las soltaba... y bien gordas.

Contaba un día ante un corro de chiquillos que siendo todavía un chaval salió con su escopeta de avancarga y tan bien se le presentó el día que a las diez de la mañana ya lleva colgada una docena de perdices. Viendo que se le habían acabado los perdigones decidió volver a casa y dar por finalizada la cacería, pero llegando ya a las tapias del pueblo se levantó una liebre que intuyendo seguramente que el molinero se había quedado sin munición se puso a hacer monos y a dar vueltas a una encina burlándose del cazador desarmado.
El molinero se buscó en todos los bolsillos pero lo único que encontró fue un papel de estraza en el que guardaba un puñado de "itas", tachuelas de punta corta y cabeza ancha y plana que se utilizaban para arreglar las albarcas. Decidido a poner fin a las burlas de la rabona, metió el puñado de tachuelas en el caño y lo atacó convenientemente, pero está se olió que al publico no le hacía ninguna gracia su representación por lo que decidió poner tierra de por medio.
Justo cuando daba el rabotazo, el molinero encaró y le soltó el recado.

- ¿Y sabéis lo que pasó? Pues que la jodía se quedó clavá en la encina por las orejas. Me la llevé viva e intenté criarla, pero no pudo ser porque tuve que cortarle las orejas para desclavarla de la encina. Y las liebres cuando les cortas las orejas se mueren de pena.
- ¿Vosotros os lo creéis? … Pues yo no. Y eso que me ha pasado a mí.

Esa era siempre la coletilla final de los embustes del molinero, como serían de infames sus mentiras que ni él mismo acertaba a creérselas.

En otra ocasión, contaba como porfiando con un señorito de su pueblo sobre cual de los dos era mejor cazador decidieron apostarse un cabrito a ver quien mataba más perdices.
Las reglas fijadas fueron las siguientes: Cada uno de los apostantes iría acompañado de un juez de la confianza del otro participante, cazarían durante cuatro horas en la finca del señorito, pasadas las cuatro horas el que menos perdices llevase pagaba el cabrito.
El molinero salió acompañado del guarda de la finca y el dueño con el hermano del molinero. Sonaron tiros durante toda la mañana y por la procedencia de éstos los dos sabían que el resultado iba a ser muy ajustado.
Al acabar el desafío, el señorito se presentó con diez perdices mientras el molinero sólo llevaba ocho.
Había perdido la apuesta, pero estaba satisfecho porque según contó, llevaba menos perdices, pero él ... "las había tirado con bala". Hecho que atestiguó el guarda de la finca.

- ¿Vosotros os lo creéis? … Pues yo no. Y eso que me ha pasado a mí.

Como era soltero rancio (entrado en años) y las cosas le marchaban bien, decidió un día poner a una chica a servir en su casa y así, tomó a la hija de Wenceslao como criada.

La chica en cuestión, estaba en edad de merecer, dieciocho primaveras de simpatía y era además muy del gusto de la época, de carnes muchas y prietas.
Sucedió entonces lo que suele suceder entre hombres y mujeres, abandonando ambos muchos días la molienda para dedicarse a la jodienda y como no podía ser de otra forma, al poco tiempo todo el pueblo estaba al corriente de que la hija de Wenceslao ponía más énfasis del requerido en las labores domésticas.

El cura era el compañero de caza habitual del molinero. Tenía dos perrillos conejeros muy buenos y siempre que salían de conejos, cuando todavía quedaba alguno por estas sierras, solía matar más que el del molino. Con las perdices era distinto, ya que la gran barriga del párroco, que aún parecía más grande con la sotana arrebujada en la canana, no le permitía muchas alegrías con los cerros, por lo que en todas las temporadas que llevaban cazando juntos aún no se había dado el día en el que, yendo de perdices, el que repartía el pan los domingos mojase la oreja al que suministraba la materia prima.
Aquel día fue distinto, el cura acertó con un par de banditos a primera hora y crecido por los resultados, a media mañana llevaba una buena percha mientras el compañero seguía bolo.

El molinero, picado por su primera derrota le preguntó:

- Mosén, ¿Qué dice el quinto mandamiento?
- No matarás.
- Pues ándese con cuidado no tenga que rendir cuentas ante el jefe por lo
que está haciendo hoy.
- ¿Y tú sabes lo que manda el sexto?
Hizo memoria un momento ya que no estaba muy puesto en asuntos de iglesias y al final contestó.
- No Fornicarás.
- Entonces haremos un trato: cuando subamos arriba, tu no le digas nada a mi jefe de las perdices y yo no le diré nada de la hija de Wenceslao.

No sé si el de arriba llegó a enterarse de aquello, pero el que sí se enteró fue el padre de la chica. Y por aquel entonces no estaba bien visto deshonrar a una moza y mucho menos que se enterase todo el pueblo antes que su padre.

La chica vivía en las afueras del pueblo, en el camino de la fuente de la Teja. Debido al reguero que bajaba de dicha fuente el camino siempre estaba bordeado de juncos y zarzas
La criada terminaba su jornada cuando ya había anochecido y con la excusa de cuidar de su seguridad el molinero solía acompañarla para despedirla con la efusividad de los enamorados, deseando que llegase pronto el nuevo día.
Pero aquella noche lo único que llegó fue el padre la chica, que avisado por las comadres se había decidido a hacerles un aguardo para lavar el honor de la niña.

Wenceslao medía más de metro ochenta, que en aquella época era mucho medir, era un hombre con la tez renegrida, curtido por las labores del campo y con unas manos como palas. Como entonces se decía, era una fiera.
Ya habíamos dicho que el molinero era poca cosa, bajito y esmirriado. Un títere.
Sin mediar palabra el padre apartó a la chica y comenzó a darle al "galán" guantadas con la mano abierta, se trababa de darle un escarmiento, no de matarle. Le pegó hostias hasta que se cansó y cuando hubo acabado levantándolo por la camisa y el cinturón por encima de su cabeza lo tiró dentro de una zarza. Hecho esto mandó a su hija a casa y se fue a la taberna a intentar serenarse.

El molinero tardó mucho rato en salir de la zarza y cuando estuvo libre se fue derecho a pedir consejo a su amigo el cura.
En pocos minutos, el molinero, el cura y la pareja de la guardia civil se presentaron en la taberna a pedir cuentas al agresor.
Al pobre molinero daba pena verlo, con la ropa hecha jirones, la cara hinchada y sangrando por todas partes, iba hecho un "ecce homo" y con la presencia del cura y la benemérita la escena parecía más un paso de semana santa que una taberna de pueblo.

Cuando se llevaban a Wenceslao, esposado, éste se dio la vuelta y mirando al molinero gritó:
- "Me cago en San Dios". "Que pelliquilla más fina tiene este tío".

Aquello quedó por muchos años en la memoria del pueblo, y cada vez que alguien se hacía un pequeño corte y sangraba, todos repetían la frase de Wenceslao.


Pumuky.