Aquel lobo malo

Loloco

 

Continación a "Aquel lobo bueno"

Para Sofia.

El sonido de las pasadas de vueltas del Niva, se mezclaban con los rítmicos acordes de la eléctrica de Knopfler, los muelles de válvula, forzados al máximo, hacían de coro a la eterna melodía que sonaba en el viejo estéreo, era la versión que salía de por los altavoces del todo-terreno soviético, aderezada por el peso de un cuarenta y cuatro, este de la casa Bestard, no de la Remington, aunque a veces tan mortífero como el primero, los cientos de ruidos procedentes de otros mil sitios no hacían más que aportar al conjunto británico su particular acompañamiento, y aquella noche que se iba para dar paso a otro día, como una mañana de tantas, los Sultans of Swing, intentaban a base de volumen espantar la somnolienta nebulosa de los ojos de Lolo, el loco, que esta vez hacía honor al seudónimo ganado tan a pulso.

Había quedado a las siete en casa del Barbas, eran y cuarto y faltaba otro cuarto más para llegar, por lo que a pesar de la máxima de Toño –“para llegar tarde, no hace falta correr”- exprimí a fondo los setenta y pico caballos del soviet, en un vano intento de robarle tiempo al tiempo, e intentar que amaneciese lo más tarde posible, cosa harto difícil de conseguir, pero esta mañana del mes de noviembre, esta mañana en la que había quedado para voltear una liebre en los altos del Tremoal, el sueño, y las cuarenta que me habían cantado en contra, obligando a alargar la partida hasta donde no hubiera deseado, me jugaron una de tantas malas pasadas, así que a sabiendas de que el Barbas, ya levantado, esperaba en la puerta de su casa con un ojo puesto en el alba y otro en el puerto, por donde debían, asomar mis luces, no podía, por lo menos, que intentar demorar lo menos su partida, aunque sin duda la bronca mañanera ya estaba bien asegurada.

Solo una cosa aliviaba mi pesar, era el plomizo color negro de los nubarrones que se cernían sobre Cantelier, evitando que el día fuera tan de día y alargando las sombras de la tiniebla sobre los altos del Tremoal, dándome la oportunidad de ver, al menos, alguna liebre que tarde hubiera decidido marchar al encame, y en caso de pasar ante los focos del auto, pudiese centrar más la búsqueda, alegrando al menos la mañana a un Barbas, que furibundo gustaba de amanecer en el monte y no era, ni es, amigo de esperar a los que prefieren las sabanas blancas a los blancos brezos del amanecer, la escarcha es buena para los rastros y el frío de los pies suele desaparecer después de un buen paseo, así que con la ansia de que una rabona se cruzase en mi camino, cruzando yo el Lada cuando abandone el negro asfalto para entrar en la pista de tierra, atajo que cruzaba el puerto, aborde los seis kilómetros que me separaban de mi maestro y...

La noche se hacía larga, la luna se había tapado y el un intenso frío anunciaba que el amanecer, implacable como de costumbre, se aproximaba, para él, la correría tocaba retreta y había que ir pensando en descansar las viejas carnes, un trago de agua pura en el regato próximo, un lamento quejoso hacía la escondida luna y una mirada furtiva a las dos sombras que se movían collado abajo, a no más de veinte pasos, precipitadas sobre los restos del ágape, entregadas a saciarse lo más rápido posible, tras tres días de hambruna, en un mal año, sombras jóvenes e inexpertas que lo acompañaban en extraña simbiosis, buscando su experiencia a cambio de la agilidad que él ya no tenía, expulsados ambos de sus cuarteles de invierno, pasto de la vorágine del homo peculio, que ante le color del metal no respetaba tradiciones de antaño, dando cuartel al enemigo en los meses que su presencia solamente se suponía, y ahora, expulsado de sus cálidos pinares de invierno, buscaba refugio en su querida fraga estival, los montes donde buscaba el amor en primavera y donde había cumplido el ciclo de sacar adelante, como hicieron con él mismo hace tanto, una nueva vida.

Dos ñascos dados con más intención de avisar que de herir, hicieron soltar al joven lobo la presa que hacia sobre la tibia equina, ya casi monda, era una advertencia de que el tiempo de comer se acababa y el de dormir se avecinaba, debiendo ponerse a recaudo de las luces del alba, debiendo evitar la evidencia en una época en la que sus cuerpos y almas no debían andar por esto pagos, así que los tres fantasmas de la noche, un viejo lobo grande y gris y los dos jóvenes, un macho de buen porte y una birriosa loba, comenzaron el descenso hacía las Vigas, su fraga de acebo, su último refugio aquel invierno.

Reparo el lobo en los perros, que ladraban en lontananza, reparo también en el relinchar de las bestias, nerviosas por su presencia, y en la vacada, que ya alertada montaba guardia, con el toro delante , sin terneros que defender, plantaban cara amenazantes, respetando la distancia y a sabiendas de su ventaja, quizá un poco extrañadas de que en esta época campeasen los canidos por los pelados brezos, y el lobo, caminando entre la escarcha busco en la noche la entrada de la Fraga, la misma entrada por donde siempre, querencioso como si de una imaginaria puerta fuese, se introducía en su casa, tomo sin embargo precauciones, detuvo el paso y solo oyó, a lo lejos, algo agradable una música extraña que flotaba en el aire y...

Miraba el cielo el Barbas, un ojo puesto en el alba y otro en el puerto, esperando, deseando, ver las luces del zagal, que sin duda se había quedado dormido, rezongaba entre labios mirando a los sawes, que se le habían pegado a los zapatos, adivinando la intención de su amo, mascando el olor a pólvora y sangre rancia que daba el morral, colgado del cañón de la paralela, que descansaba arrimada a la portezuela, adentro, una débil luz iluminaba a otro zagal, su hijo, que despachaba a gusto, con la tranquilidad acostumbrada un buen tazón de leche fresca, en el que remojaba el pan del día anterior y que asentía con la cabeza, sin decir nada, a las maldiciones que en un dialecto confuso profería su padre.

Los cortos paseos entre la cocina y la puerta exterior delataban el nerviosismo del cazador, que para evitar pensar en que la hora se perdía , por culpa de un mozalbete, se entregaba a recordar otros días, donde la fortuna de la caza le había deparado lances dilatados y saboreados en el tiempo que ahora servían para abandonar la mente en pos del recuerdo, y recordaba el Barbas como le habían enseñado a cazar una liebre a la vuelta, hace tanto tiempo, que olvidaba a menudo donde había cazado esta o la otra, o cuando y en que año se le había dado mejor la jornada, pero teniendo presente siempre, desde el primer día, las lecciones paternas sobre las demandas mañaneras, la paciencia y la ciencia de sacar la liebre del encame y esperar, disfrutando de los sawes, a que se fuera a otro mundo seguida de unos perros que por el lugar de partida habían de empujarla al mismo sitio que ella quería ir, para confundir mil veces su rastro, ya imposible de confundir, y donde seguro esperaba el Barbas, que tranquilo, paciente, pondría fin a esa carrera con perdigón de sexta.

Como apretaba el frió aquella mañana de Noviembre, la primera hora del amanecer, la más fría, sacaba al barbas de sus cavilaciones y le hacia repara en el ruido de un motor, que a todo trapo bajaba la pista de la Veiga, la que subía al tremoal, dos taconazos malhumorado y un silbido a los sawes de liebre, que se habían entretenido en mascar un poco al gato del vecino, echo una mano a la del doce, otra al viejo morral de serraje y ...el Niva del loco apareció en la curva que daba a casa.

Buscaba las liebres a la desesperada y trazaba las curvas amplias, metiendo el coche en las cunetas, lo justo para que mis focos me ayudasen a deslumbrar una rabona con la que situar nuestro comienzo, salí como pude de la segunda curva, para entrar en la mas cerrada, pero en la que dominaba una amplia ladera, muy querenciosa de las rabonas, aminore la velocidad, y acerque la rueda izquierda al borde de la pista...entonces, vi dos ojos brillar, hacía ellos dirigía mi vista cuando algo, salto delante del coche obligándome a aplicar de lleno mis pies sobre los inexistentes frenos del Niva, por un momento pensé que un potro se me había metido delante, y ante el temor de que viniese el resto de la manada, tan fuerte fue el frenazo que cale el motor, las luces alumbraban todo lo largo de la pista y entonces, ante mí, impasibles ....

Los tres putos lobos no se movían, clavaban la mirada en los ojos del loco que impávido asistía a la escena, por un momento las legañas del alba parecieron pegarle los párpados, pesados hasta la saciedad, la nebulosa del insomne, el miedo del cazado se apoderaron de aquella mañana de noviembre, el frió, producto del amanecer o del eterno miedo que llevamos metido en los pantalones erizaban el vello del cogote, el loco, paralizado, inmerso en el mundo de las sombras luchaba denodadamente contra los tres fantasmas, suplicando a su mente que lo despertase de la pesadilla en que se había sumido, y los tres espectros, con los ojos brillando a cinco metros del cazador, arrogantes, inmisericordes jueces de la vida y de la muerte, dieron la espalda al hombre, que se columpiaba mecido por la parca, dejando un alma sin pena alguna a los pies de un montón de chatarra cosaca.

Aún sin vida, con la sangre helada en los ojos, salte del Niva ante los pies del Barbas, lívido el semblante, perdida la mirada sin poder decir palabra , necesite dos lingotazos de Mendoza para sacudir la lengua y soltar, tan rápido que hube de repetir tres veces, mi encuentro matutino...y el Barbas oyó, tranquilo, crédulo, científico y maquiavélico, mientras mi sangre, por fin, se licuaba devolviendo mi cuerpo a la vida...mi alma, ya estaba lejos por aquel entonces.

Dudo el viejo lobo antes de encamarse en la profunda fraga, dudo pues el encuentro delataba su situación, dudo también porque en esa época del año, debía, tenía que hallarse lejos de donde ahora estaba, cargo aire, el Sur, que trae el agua, se le metió de lleno en los pulmones, el Sur, que tanto odiaba, desaconsejaba salir a lado alguno, la luces del alba habían ganado la refriega nocturna y ahora, la evidencia los delataba, a regañadientes, buscando acomodo a las carnes se encamo donde siempre, bajo la roca grande que llamaban Piedra Montol, dominando, dominante su cuartel de verano y espero el lobo, suspiro el lobo, que no fuese aquella humana sombra una de las alimañas que tanto le odiaban...y así, cansado, viejo...con un ojo más abierto que el otro, comenzó a calentar su artrosis, y como siempre paso la lengua en el hueco del colmillo que faltaba y se entrego a un sueño de lobo, que duerme sin estar durmiendo.

Siete, no mas de siete, seis arriba, en las bocas de salida de las peñas y uno abajo, con tres de los sawes y un cinturón lleno de mostacilla, para hacer más ruido que nueces, y para ver, si era cierto que él chaval había dado con ellos.

Seis arriba, dos en las piedras de Andrés, uno en el Cuerno, tres que vayan bien lejos, sin cargar el aire, por el camino del Curro, y cuando estén altos, dominando la fraga, sin hacer ruido se dejan caer en piedra Montol, en las dos salidas altas, uno en cada hueco, pegados a la piedra, como una hoja de carballo, yo cortare el camino de Pan de Oveja, quietos y a esperar, una hora a los que van arriba, media más al del Cuerno y los de las piedras de Andrés han de estar puestos en veinte minutos más, así que nin, a las once en punto, no más, echas el primer tiro y sueltas los canes....y por amor de Dios, Berra nin, Berra fuerte.

El mejor estratega que había en aquellos lares daba ordenes en voz baja, ordenes concretas y concisas, tras cada recomendación una mirada fija, una pausa, unos ojos que se clavaban dentro de los tuyos, un Ay mi..., de turno, obviaba cualquier pregunta que quisieras hacer, las ordenes no se repetían, se asumían, la tensa situación hacia sudar las manos, y el frió espantado de aquellos cuerpos, exhalaba vapores en una gélida mañana que amenazaba lluvia, Ay del que falle, pensaba yo, Ay de mi si no están....y así, con las del 12 aferradas, evitando hacer ruido, el Barbas, su hijo y el que esto escribe, dieron la espalda al resto de la cuadrilla, y a base de piernas se dispusieron a dar el rodeo, el gran rodeo que había para llegar a Piedra Montol...

A medida que nos acercábamos la marcha sé hacia más lenta y tediosa, los charcos que encontramos en nuestro lento caminar estaban helados, los brezos crujían bajo nuestras botas, empapadas por el roció mañanero, el Barbas, buscaba constantemente amortiguar el ruido evitando las sendas que las caballerías habían trazado en el monte, cruzamos las encharcadas veigas, evitando salir a las cuerdas del monte, donde una brisa podía delatarnos, describimos un amplio arco para llegar a nuestras posturas, antes de llegar a la piedras, evitamos, como si tratase de los mismos lobos a una manada de bestias equinas, tan montunas como los corzos, intentando no ser vistos y provocar una estampida, un relincho fuera de lugar que pudiera evidenciar nuestra situación, incluso nos acurrucamos contra un par de acebos caídos, dejando pasar ante nosotros un raposo que regresaba de sus correrías, dos corzas entraban en la fraga, se mantenían al borde, lo cual nos demoro un poco más, provocando un desasosiego en nuestro guía, que no quitaba ojo de su reloj, calculando el camino que tantas veces había calculado, la premura nos llevo a cometer un fallo, un mínimo fallo, intentando ganar tiempo atajamos bajo un bosquecillo de pinos, al entrar en él, como sombras, buscamos bestias u otros animales que pudieran asustarse de nuestra presencia, y no pude evitar decir, ya que iba primero, un casi imperceptible – Vamos -, entonces seis o siete torcaces salieron como alma que lleva el diablo, sacando del tórax mi corazón y provocando una mirada del barbas que si no estuviese a cinco metros, me hubiera fulminado instantáneamente, más preocupado quede, cuando vi que metía, con precipitación, dos tiros en la del doce, por un momento pensé que me iba a dejar seco allí mismo, pero un gesto indicándome que hiciese lo propio me saco de las cavilaciones, entendiendo el gesto que ahora demandaba mi atención, había que cargar porque podíamos topar de frente al enemigo, alertado por el ruido o quizá por las demandas de los que abajo ya ocupaban sus puestos...

Abrió un ojo y sin mostra mucho interés vio como tres Torcaces pasaban sobre su encame, volaron otras dos siguiendo a las primeras, vuelo alocado de huida, dio un salto, el macho joven ya estaba de pie, con la vista clavada en los palomos que huían monte abajo, para cambiar su dirección de nuevo en precipitado giro y perderse en la distancia...y hubiese bastado eso para que la atención de los canidos se tornara en pesquisa si no fuese porque otras tres torcaces vinieron a posarse, tranquilamente, en un pino que había a menos de diez pasos del cubil, así que de nuevo el aprendiz de Conde se relajo y comenzó a atusarse ante la mirada del Señor de las Vigas, que desperezándose se sacudió el frió y retomo el encame, la joven loba asistía desde la orbita de su estatus a la escena y sin dar mayor importancia se entrego de nuevo al reparador sueño en que se hallaba...

¡ Coñeee, Maldita mi estampa ¡

Booomm, el primer tiro de Pepin nos sorprendió a cinco minutos del puesto, salió el barbas echo un demonio, monte abajo sin volver la vista, moviendo los brazos, jurando y perjurando la calidad horaria del reloj de dos duros que portaba Pepin, volábamos nosotros para cubrir las posturas que se nos antojaban imposibles cuando el segundo tiro sacaba del monte una bandada de Torcaces, cubrió mi compañero como pudo su sitio e indicándome que buscara yo el mío, un poco más alto y lejano, me dejo todo el tajo de llegar, como podía al único escape que faltaba por cubrir, cincuenta metros arriba, cincuenta metros eternos que yo pugnaba por reducir a marcha forzada y...de nuevo sonó otro tiro en el fondo de la fraga.

Dio un salto, y echo a correr sin volverse para mirar si los dos jóvenes le habían seguido, corrió lo que sus viejas patas daban buscando el paso más alto, prudente ,cargándose d el aire que ya estaba cargado de olor a pólvora, se escurrió entre el mar de brezos y de dos saltos se metió en el corredor que daba a la salida más alta de las piedras, por allí, sin ser visto, sin detenerse, intento salvar una vez más, ya iban tantas, su vieja piel, mientras cruzaba furtivamente la gran piedra donde solían apostarse los cazadores, busco la sombra que debería estar allí armada, y al no encontrarla, asegurándose de que no estaba oculta entre las peñas, dio dos saltos dejando atrás la refriega, busco por un momento a los que no le habían seguido, sabiendo que no cogerían esta senda, buscando el paso más querencioso y difícil para los perros que latían en el fondo del monte, y sabiendo que sin duda, era tarde para ellos, porque los errores en esta vida de hombres y lobos, se pagaban con la muerte, y sin duda, la muerte, estaba armando los pasos mas evidentes....y así, aun parece que suspirando, el viejo señor de las vigas dio los cuartos a la fraga y una vez mas, a paso lento, busco la inmensidad del monte...entonces oyó un clic a su derecha..

Dos tiros sonaba arriba, el hijo del barbas soltaba la carga de sus recamaras en la postura de abajo, dos tiros más, estos de los puestos mas lejanos y los sawes latiendo a fondo, no le dedique ni una mirada, y cubrí los escasos metros que faltaban para llegar a mi armada, dos saltos y....Noooo, allí estaba, se iba, se largaba monte adentro...solo pude ver una figura parda, que pareció más lenta de lo que yo esperaba, vi la cara del barbas reflejada en mi mente y así, sin pensarlo y mientras empujaba el seguro de la Sarasketa hacía delante, tire de ambos gatillos al tiempo, sin saber muy bien donde apuntaba.

Doce plomos salieron de los negros caños, pero ni uno solo rozo su piel, asombrado del golpe de guadaña que había, no espero el lobo una segunda andanada, y a galope, evitando en lo posible servir de nuevo blanco, se metió por la senda del ganado, que procuraba mas velocidad a la huida, sin preocuparse de lo que había por delante, que ya había bastante preocupación con lo que dejaba atrás y por un momento burlo el lobo a su hora esa mañana del mes de noviembre, por un corto momento...

Los tiros de las piedras eran precipitados, así que cortando su carrera, volvió el Barbas sobre sus pasos, ante él, un descampado inmenso ofrecía un hermoso puesto desde el que divisar la huida de la pieza, un puesto donde se habían matado y se matan muchas piezas que abandonan la fraga para cambiar el monte, un magnifico puesto para disparar uno y diez tiros a placer, recreándote en la perspectiva que te da la pieza, pudiendo tirarla a cincuenta metros y seguir tirandola a doscientos, un puestazo de balcon....si el Barbas hubiera llevado un rifle, pero el Barbas, nunca porto nada que tuviera el cañón rayado, conociendo sus cartas, fue a ponerse el Barbas en el único sitio que nadie se hubiese puesto, tras un pino, al pie de una senda de ganado, muy cerrada de maleza y sin posibilidad alguna para que....

Entro volando, saliendo entre los brezos, abandono la cobertura del pino, se planto delante del lobo y a seis metros los tumbo de un tiro, sin pestañear, seco y sonoro estampido, único tiro del que sabe cazar, rumor del que no yerra, un tiro de muerte, no más.

Fui el primero en llegar, encontré al Barbas sentado, con el despojo sanguinolento del lobo apoyado en sus pantalones, manchadas de sangre las manos, una en la enorme testa del lobo, otra aferrando la Aranzabal, quise decir y no pude, mire al Barbas que por un momento dibujaba un destello cristalino en su párpado, quizás debido al frió norte que rolaba, pugnando con el viento del agua, quizás...y sin decir nada, y viendo como el índice del Barbas, se perdía en el interior de aquella boca lobuna, di la vuelta dejando a ambos allí, y sabiendo que dos amigos se habían encontrado un mal día y nunca se volverían a ver.

Loloco