Aquel lobo bueno

Loloco

 

Cruzo la veiga cuando las luces del alba comenzaban a espantar las furtivas sombras de la noche, los ecos del carabo lo acompañaron en su peregrinar en busca de su querido encame, el estomago le recordaba de cuando en vez que ya llevaba dos días sin probar más bocado que unos huesos mondos, recuerdo de algún festín de tiempos pasados, la niebla que se levantaba había empapado su pelo obligando a repetidas pausas para sacudirse de encima el rocío mañanero, los pulpejos de las patas estaban hinchados por el largo paseo nocturno y la carrera que le había pegado a un corzo al que una brisa impredecible salvo aquella noche, no hizo más que abrir de nuevo un viejo corte en la mano derecha, que no acababa de cicatrizar, el lobo, cansado y abatido paso entre una manada de yeguas, atisbo con intención de ver si algún potrillo decidiera adelantarse a los partos de mes de Mayo, olfateo buscando la sangre de una res herida, pero al no hallar nada y al encontrarse próxima una vacada que empezaba a ponerse nerviosa, obvio cualquier intento de acosar una pieza demasiado grande hasta para este viejo carnicero, eso y la hambruna que venia padeciendo en sus flacas carnes le hicieron desesperar y abordar en otra ocasión más favorable un intento con los equinos, de todos modos cruzo la veiga con ese porte de aristócrata venido a menos, imponiendo sus fueros de raza sobre el resto de los mortales animales que ese amanecer, comenzaban a desperezarse en los altos del Tremoal.

El aire barruntaba lluvia, pero los rayos de un breve sol mañanero disipaban la niebla y secaban los empapados brezos, el viejo cazador cruzo la tira negra de asfalto que de un tajo partía en dos la montaña, busco en las laderas bajas alguna liebre encamada y aunque pudo detectar las emanaciones dejadas por la rabona, la hora del día no aconsejaba exponerse en campo abierto a algún ojo humano, así que con dos ratones que encontró bajo una piedra, frente a su querida fraga de acebo, en un alto, dominando y dominante de la situación se dio un baño de sol, esperando a que los mismos rayos que lo secaban a él hiciesen esa tarea con las hojas de los árboles y maleza que le servían de refugio, y se entrego a un sopor con la vigilia acostumbrada del que sabe que ha de dormir con un ojo abierto si quiere mantener su piel pegada al cuerpo.

Estaba en un lugar tan evidente que a nadie se le hubiera ocurrido pensar donde estaba el lobo, a menos de veinte pasos un camino forestal delimitaba la fraga de árboles, “Las Vigas” que así se llamaba aquella fraga, se mantenía como una isla verde de bosque autóctono entre un mar de pinos, es su parte mas frondosa un nutrido núcleo de acebos hacia muy difícil caminar bajo ella a quien no anduviese a cuatro patas, tenía tres barrancos naturales por los que podías escabullirte sin ser visto, su parte alta era la que más gustaban de usar los canidos salvajes cuando eran acosados en su interior, una formidable roca llena de vericuetos en la que solo ellos sabían como volar sin tener alas, ningún perro podía seguir a un lobo en ese terreno, era el lugar perfecto para los meses de primavera, un lugar discreto, con suficiente provisión de agua y comida en las proximidades, debido a la cantidad de ganado mostrenco que pastaba en las inmediaciones, siendo fácil llevar los despojos de las victimas abatidas al interior de esta fraga, para devorarlas en la tranquilidad que daba el resguardo de los acebos de hoja perenne y tupida durante todo el año, también era el lugar donde los machos dominantes establecían el epicentro de sus territorios y donde las lobas sacaban las camadas con más éxito, solo tenía un inconveniente, un inconveniente que caminaba erguido, de fina vista y quien sabe si tanto olfato como el mejor de los viejos lobos, era Toño, “El Barbas”.

El aire nunca mentía, unas veces era tu aliado y otras jugaba contigo haciéndote pasar hambre cada vez que te agazapabas en pos de una pieza, hoy el aire había dicho que llovería y aunque el sol despertó con fuerza y el cielo estaba limpio, pronto las nubes, como fichas de un Puzzle imaginario, fueron tapando el azul y mostrando el encanto del mosaico celeste que comenzaba mostrarse sobre su cabeza, el lobo se levanto tan lentamente como se había acostado, aprovecho la baña de un jabalí para sacarse algún molesto parásito y rasco con las patas para indicar que el señor de Las Vigas estaba de nuevo en casa, que el territorio estaba siendo recorrido de nuevo y que si alguien osaba llegar con malas intenciones, tendría que ser prevenido y saber que aunque el amo estuviese de caza y dejara solo su condado, habría guerra en caso de hallarlo ocupado, se entretuvo marcando olorosamente un par de sitios más, midió la capacidad de su vejiga para no agotar los indicativos, y como estaba a un salto de la entrada en la fraga, no tomo la precaución de cargarse de aire antes de salir al camino, para aliviarse de males mayores sobre un mata allí expuesta.

Dos veces me la habían jugado esta semana aquellas dos bestias (yeguas), no conseguía amarrarlas el primer día y estaban remontadas, sin obedecer ni a mi, que era su dueño, ni a mi garañón que había dejado de serlo debido a un joven potro de mi vecino, ambos de malas pulgas, que aventajaba en coraje y ganas de tener su manada a mi viejo bruto.

Al menos una de ellas estaba preñada, y como el potro estaba comprometido, habiéndoselo regalado a un amigo de la ciudad al que tenía mucho cariño, pensé que lo mejor, antes de que el joven aprendiz de caballo, se me llevara lejos las dos bestias, pariendo (que ya estaba próxima) la preñada Dios sabe donde, era subir con la caballería de casa e intentar apartarla de su galán y conducirla hasta el curro que teníamos en casa, donde podría vigilarla hasta que el potro estuviese en condiciones de defenderse por si mismo y fuera entregado a quien era menester.

Como no quería forzar al animal, deje los dos perros del ganado en casa, y muy a mi pesar, también deje a mis dos sabuesos de liebre, pero el diablo podía tentarme a seguir a los perros en caso de que levantasen una haciéndome olvidar el cometido que tenia que llevar a cabo, así que antes del alba ya salíamos de casa, lleve el animal por las riendas, entre otras cosas porque el trecho que me separaba de donde apacentaba el ganado era largo y con una pronunciada subida , así que la intención era mantener fresca la cabalgadura, para acometer rápido a las bestias y poder interceptarla antes de que se me metiese en el bosque, ardid muy habitual en este par de jamelgos, no olvide eso si, mi vara de freixo (friso o aliso), porque en caso de que el garañón se pusiera pesado me haría de buena herramienta para medirle los costales, algo que solo por el hecho de tenerme toda la semana dando vueltas ya demandaba mis caricias, mi caballo era viejo, viejo y amigo, ambos pasamos muchas jornadas en el monte y el podía detectar los rastros como el mejor can de caza, en la oscuridad pude oír varias veces que algo nos pasaba delante, o quizá otra cosa se arreaba a nuestra vera, arrancándose una carrera, en cualquier caso sabia que especie animal era por los resoplidos del caballo, si se trataba de una liebre solía dedicarle un chillido largo, en el caso de un corzo era un resoplido, y cuando andaban los jabalís cerca, daba patadas con sus cascos en el suelo, era tan noble el animal, que se venia tras de mi sin apenas jalar las riendas.

Cuando corone la pista de la Veiga era ya de día y el sol calentaba la mañana, el aire nos daba de cara, como era llano y las bestias podían y debían estar cerca opte por subirme al caballo, así que apreste las riendas, eche mano a la crin y metiendo el píe en el estribo, bien aferrado, me dispuse a cabalgarlo, y lo hubiera conseguido como siempre si no fuese porque el animal se arreo para atrás, nervioso y con el rabo levantado resoplando y mirando fijo a lo lejos, hacia ninguna cosa visible.

El lobo se percato de que algo andaba mal cuando era demasiado tarde, dejó de hacer sus necesidades y de súbito, al girarse de costado vio como un hombre y un caballo le tenían enfilado a menos de cinco metros, en su precipitado intento de escabullirse se metió donde menos aconsejable era, entre el hombre, que blandiendo una vara intentaba asestarle un golpe y el caballo que nervioso se giraba, buscando también un escape.

El lugar donde los tres se encontraban era un angosto paso entre la fraga y el monte, la pista se estrechaba y si a un lado había un talud de tierra, al otro una gran roca hacía imposible el escape hacia ese lado (la roca fue volada años más tarde, cuando se ensancho la pista, pero el talud, todavía obliga hoy a esperar de un lado si se cruzan dos vehículos), así que el caballo viendo al canido a su espalda, opto por defenderse atacando, y soltó ambos cascos hacia atrás en una monumental coz, poniéndose luego en fuga sin volver la cabeza para saber contra que había impactado, porque bien es cierto, que el animal al dar la patada impacto y no en un solo blanco, sino que de una coz abatió al mismo tiempo a hombre y fiera, dejando ambos tendidos en el suelo, el uno agarrando el pecho, el otro meneando la cabeza.

Hombre y lobo se miraron, con la fiereza que se miran dos enemigos, impávidos sin poder hacer nada, Toño el Barbas, con una coz en la boca del estomago luchaba por no perder el sentido, sabiendo lo que tenía delante y sin saber que al lobo le había dado la otra pata en la mandíbula, dejándolo sonado en pugilista envite.

Acerté a ver al lobo, que lejos de atacarme se mantenía a distancia, con una extraña expresión en su boca, media lengua sangrante fuera y los ojos desorbitados, yo intentaba encajar el golpe que me había propinado mi montura, y apoyada mi espalda contra la piedra, incapaz de defenderme, se me vinieron los sudores pensando que mi fin había llegado, pero inexplicablemente, el lobo se fue fraga adentro, tambaleándose como si de un borracho se tratase, y cuando pude recupérame, del golpe y del susto, intente seguir su rastro, abandonándolo a no más de diez pasos de donde lo había seguido, convencido de que ni yo estaba para vocearlo, ni el estaba para morir hoy, así que volví en busca de la caballería, vi sangre en el suelo, en el lugar del lance y algo más, blanco, como una piedra, que en medio de la pista de tierra amarilla destacaba sobremanera, al recogerlo me encontré entre los dedos con un canil de mi enemigo, resolviendo entonces mis dudas sobre porque no me había atacado, y siendo la prueba palpable de que no me había caído del caballo y soñado todo esto, no vine a buscar a ese lobo aquella tarde, seguro estaba de que estaba refugiado en lo más frondoso de la vigas, fue el único lobo, que por alguna razón extraña, consideré lobo bueno.

Loloco