Toreando un jabalí

Busta

 

La anécdota es del año 1966 y me la contó el protagonista.

La jornada había sido un fiasco ya que después de horas en el monte no había aparecido nada que enfilar en el punto de mira. Pasaba el mediodía y, cansado de estar en el puesto, Jaime, nuestro protagonista, se fue bajando hacia el pueblo, miró en dirección al puesto que lindaba con el suyo y no le vio tampoco, por aquella época no tenían emisoras, así pues tomo rumbo hacia abajo buscando el senderuco que le conducía a un camino mejor hacia Herrera de Ibio.

Ya alcanzó la carretera y cargando con la escopeta caminaba entre malhumorado por el fracaso de la cacería y admirado por tan bello lugar, se tropezó con un paisano que al borde de la carretera se entretenía haciendo figuras sobre la tierra provisto de una vara.

—A las buenas tardes— saludó el cazador, ansioso del desahogo verbal.

—Muy buenas— respondió el hombre, que siguió enfrascado en el dibujo que le entretenía; una pausa y prosiguió:

—¿Que tal la caza?

Que más quería nuestro amigo Jaime que tener pie para desahogarse, así que con cierto retintín, pero como que no quería la cosa, preguntó:

—¿Pocos bichos se ven por la zona, no?

—No crea, alguno sí que se ve— respondió el artista labriego.

Siguió otra pausa, como si no hubiera más que decirse, hasta que Jaime comentó de nuevo:

—Son muy esquivos y no se dejan ver fácilmente.

—Huy, no lo crea, algunos son tan nobles y mansos que hasta se dejan torear, aunque no todo el mundo se atreve...

Jaime se calló sin saber muy bien por que razón el hombre le estaba tomando el pelo de aquella manera, quedando indeciso ante la actitud a tomar. Como ya llegaban otros compañeros de cuadrilla, Jaime, jactándose, envalentonado, respondió:

—Bah, para mí no sería difícil.

—Hombre, si usted quiere, lo podemos ver— respondió raudo y sonriente el paisano desde la cuneta.

Jaime quedó desconcertado y hasta preocupado, pero no le dio tiempo a recular, pues ya estaban sus compañeros preguntando por el posible espectáculo y en un momento surgieron las risas y cuchufletas.

Resultó que el dichoso paisano, llamado José Velez, había criado en una huerta cercana a un jabalí capturado cuando, tierno rayón, retozaba en el monte. Que dicho animal resultó que, ya sea por jugar u otra causa, se dió en arremeter contra cualquier trapo que se moviera.

A algún gracioso le dió por preparar una especie de muleta para emular así correctamente el arte de cúchares, y ya con la algarabía propia de los buenos aficionados, se dirigieron al coso, que era una finca cercana donde en efecto estaba el "morlaco", un muy respetable jabalí. El bicho miró a los tumultuosos visitantes, como barruntando que el asunto iba con él, sin quitarles un ojo de encima. En unos segundos ya estaba Jaime en mitad del ruedo, después de saltarse el paseíllo, con su muleta de tela y palo.

Citándole nuestro amigo, el bicho le levanta la cabeza y le mira fijamente, son momentos difíciles, no sabiendo como va a reaccionar el bicho, no sabe si salir corriendo o torear. En esto el dueño del morlaco le grita: "sobre todo no se deje usted desarmar, que va a por usted y le mata".

Jaime aguantó, hay que decirlo, varios embistes y lo hacía bien. De hecho a cada capotazo iba cogiendo confianza y arrimándose cada vez más... Hasta que en esas un colmillazo le arrancó la tela, él casi ni se inmutó hasta que el dueño le gritó: ¡corra, corra... que lo mata!

Parece que esas palabras del paisano fueron las que desencadenaron la cólera marrana pues se le pusieron las cerdas de punta y bufando como que no estaba para bromas. El torero que estaba en medio de la finca hechó a correr cual Curro Romero en tarde aciaga, pero el bicho parecía poseído, que energía, mientras todos gritaban con el alma en vilo: ¡¡¡Corre, corre... al árbol!!!

Llegó al manzano a la vez que el jabalí, en un sobreesfuerzo digno de atleta, y empezó a trepar, aunque el jabalí lo debió de ver poco ágil pues le envió una buena tarascada en la pierna que le ayudó a subir a la rama más próxima, como si fuese el mismo Tarzan de los Monos.

La anécdota solo quedó en las risas y comentarios que se suponen en estos casos, además de en un pantalón nuevo roto, más la consiguiente contusión en la rodilla, que no tuvo mayor importancia.

Así sucedió este hecho real, contado por el propio protagonista, que todavía nos deleita con sus múltiples vivencias, siendo una auténtica enciclopedia para los que tenemos el placer de conocerle, y así lo atestiguan fotografías que quedaron del evento toreril.


Para Jaime Ruiz, cazador, taxidermista y hombre conocedor del monte, pero sobre todo gran persona.


Busta (publicado en la revista Pólvora y Plomo/Daniel Quintana)