Las primeras escopetas de Manuel

Rayón

 

La historia que a continuación les voy a contar sobre las que fueron las primeras escopetas de Manuel, estoy seguro que a muchos les va a resultar difícil de creer, pero les puedo decir que se trata de algo muy real. De todas formas al final del relato les diré algo que posiblemente aclare muchas de sus dudas sobre la veracidad de esta historia o relato.

Cuando Manuel contaba tan solo doce años, su padre no tenía más remedio que dejarle de vez en cuando su escopeta para que saliera a cazar por aquella zona de Sierra morena donde vivían para que matase un poco el gusanillo de la caza que ya tenía metido hasta la mismisima medula.

La escopeta del padre de Manuel era una Muguruza de perrillos del calibre doce, una joya de escopeta para el chaval cada vez que la comparaba con otras de las que por allí tenían sus vecinos y amigos de la sierra. Al final se hizo de tal forma a ella que abatía la caza con gran facilidad, hasta que llegó un momento que Manuel casi se hizo dueño y señor de ella, pues ya había veces que para poder cazar casi tenía que pedírsela su padre a él en vez de él a su padre.

Al final su padre ya un poco enfadado con él, una mañana le dijo que iba a solucionar el problema que ya tenían más que creado con la escopeta, que le iba a hacer una para él solo.

Manuel al decirle aquello su padre se puso loco de contento, pero a los dos o tres días más que eso se puso pesado con él, pues no paraba de meterle prisas para que se pusiera manos a la obra con la que iba a ser su primera escopeta.

El padre de Manuel se puso a buscar por el pueblo y toda aquella zona de sierra hasta que encontró los cañones de una vieja escopeta del doce todo oxidados y llenos de telas de araña y una vieja báscula, no en mejores condiciones que los cañones, de una escopeta a la que le habían reventado los cañones.

Después encargó a uno de los carpinteros del pueblo un trozo de tablón de nogal para hacer la culata y el pasamanos y, una vez reunido todo aquel material, se puso manos a la obra a hacer la que al final sería la primera escopeta del pesado de su hijo Manuel.

La tarea no fue nada fácil, pues por hacer tuvo hasta que fabricar los muelles en la fragua de un trozo de pletina de acero y templarlos, las agujas, rellenar los enganches de los cañones para después hacerles otros que engarzaran con los de la báscula, limpiar todo aquel montón de hierros con todo esmero y pavonarlos. Vamos, que aquello fue una obra de chinos, pues se llevó una montonera de horas de fragua, limas, escareadores, azuela, escofinas y demás herramientas para darle forma a todo hasta acabar de fabricar la reluciente escopeta de Manuel.

El día que su padre dio por terminada la faena fue todo un acontecimiento, pues Manuel ya estaba a su lado con un buen puñado de cartuchos de munición y otro de bala dispuesto a probar su nueva escopeta junto con varios de sus amigos que habían acudido para celebrar con él el estreno de la nueva escopeta.

Aunque lo que Manuel no olvidara jamás es la que fue su primera pieza abatida con aquella escopeta, un pato azulón a última hora de la tarde cuando pasaban por el lado de su casa desde el pantano a no sé que sitio a dormir, un pato que paseó y enseñó a todo el mundo como muestra del buen funcionamiento de la que era su primera escopeta.

De todas formas Manuel no estaba del todo contento con aquella escopeta, debido a lo grande y pesada que era, ya que sus cañones eran de los llamados alambrados, unos cañones que medían diez o quince centímetros más que los de cualquier otra escopeta de las que él conocía. Tanto era así, que solo se sentía cómodo con ella en las esperas de marranos y en los puestos de perdiz con reclamo, pero cazando perdices o conejos con su podenca "Diana" se cansaban un montón de llevarla en los brazos.

Lo que Manuel tenía muy claro, era que a su padre no se lo iba a decir después del entusiasmo e ilusión que había puesto a la hora de hacerle la escopeta, así que prefería aguantarse antes de decirle lo que realmente sentía sobre ella.

Pero miren por donde, que un día que Manuel volvía de cazar a su casa, su padre que estaba en la puerta viéndolo llegar, le dijo que parecía más una escopeta con cazador que un cazador con escopeta, que se había dado cuenta que era enorme para él, pero que no se preocupase, que eso lo arreglaba rápido haciéndole otra de un tamaño más apropiado al suyo.

Cuando Manuel le escuchó decir eso a su padre abrió los ojos como platos, para después preguntarle una y otra vez que si aquello lo decía en serio o solo para tomarle el pelo. Cuando su padre le dijo que la cosa iba en serio Manuel no perdió el tiempo para buscarle comprador a la escopeta, pues al día siguiente ya andaba liado de tratos con todos los serreños de los alrededores tratando de colocársela a alguno, hasta que se la cambió a Tomás el guarda de una finca vecina llamada Corrales por dos hermosas cabras que pasaron a aumentar el rebaño que llevaba el cabrero de su padre.

A los pocos días el padre de Manuel se puso a buscar una báscula del calibre 16, pues él ya tenía unos cañones casi nuevos de este calibre que alguien le había dado, pero la cosa no fue tan fácil, pues por más que la buscó incluso por las armerías de los pueblos de los alrededores no la encontró, incluso ni en dos de las armerías de Linares donde le habían dicho que lo mismo tenían alguna de desguace, en la armería de los hermanos Vargas y en la de Bustos. Pero no por eso el padre de Manuel tiró la toalla ante esta imposibilidad.

Aunque Manuel era tan solo un chaval, ya recorría toda aquella zona de sierra con una moto de 500 que tenía su padre, una Bianchi Italiana preciosa por la que más de uno de la zona y pueblos de los alrededores andaba "preñado", así que un día le dijo su padre que la cogiese y se fuera a un cortijo donde le habían dicho que había una escopeta del 12 con los cañones reventados, a ver si se la vendían o regalaban, que aunque fuese de ese calibre ya adaptaría él los cañones del 16 a esa báscula, que eso no iba a ser problema alguno.

Cuando Manuel llegó al cortijo donde su padre lo había mandado con la moto a por la bascula se llevó una gran desilusión, pues aquello más que una escopeta parecía un saco de hierros rotos, las maderas de la culata y pasamanos no las tenía, le faltaban los perrillos, y golpes tenía los habidos y por haber, pero bueno, como a caballo regalado no se le mira el diente, Manuel la echó a la moto, le dio las gracias al hombre que se la dio y se marchó de regreso a su casa con ella.

Cuando llegó, su padre se puso a mirarla sin hacerle ascos algunos como él esperaba que le hiciese, es más, le dijo que ya tenían resuelto el problema, y que aunque le faltasen algunas piezas eso no era problema alguno, que ya las fabricaría él.

A los pocos días vuelta a empezar. Encargó otra vez la madera para hacerle el pasamanos y la culata y se puso manos a la obra con todo aquel montón de chatarra del que debía nacer la nueva escopeta para Manuel.

La tarea fue aún más difícil que con la anterior, pues además de tenerle que hacer agujas, muelles y todo lo que le hizo a la otra, también tuvo que fabricarle los perrillos y ajustar la báscula al tamaño de los cañones, aunque según el padre de Manuel aquello era pan comido.

De todas formas, a base de muchas horas, mucha paciencia, fragua, torno, fresa, limas, aceites, barnices y demás productos y herramientas, logró hacer una preciosa escopeta.

Cuando Manuel vio acabada la que para él sería una verdadera joya, no se lo podía creer, máxime si recordaba todo aquel montón de hierros que él había llevado en la moto hasta su casa desde el cortijo donde los encontró, pues aquel día para nada él pensaba que de aquello su padre pudiese hacerle una escopeta como aquella.

Pero lo mejor fue la adaptación que Manuel tuvo a aquella escopeta, pues llegó un momento que casi apuntaba con ella a ojos cerrados. Pero es que lo mejor de ella es como tiraba las balas, pues hasta setenta pasos las clavaba con gran precisión, algo difícil de conseguir con una escopeta.

Al final la escopeteja aquella de perrillos del calibre 16 se convirtió en la compañera inseparable de Manuel, pues durante el día no se le caía de las manos, pero es que durante la noche dormía detrás de la puerta de su habitación donde al acostarse la colgaba con más cuidado que si fuese de oro. Aunque para él seguro que aquella escopeta tenía más valor que si fuera de ese precioso metal, pues durante los años que Manuel vivió en Sierra Morena, esa fue su amiga, compañera, novia y hasta la que tenía que "escucharle" sus lamentaciones, penas y alegrías.

Todo eso hasta que Manuel se hizo un hombre con diecinueve años, que fue cuando tuvo que emigrar de allí de la sierra hasta Madrid en busca de un trabajo de los que ahora llamamos estable, pues entonces con todo el dolor de su corazón tuvo que ponerse a buscarle comprador como a la primera. Pero lo de los tratos a Manuel no se le daba nada mal, pues al final se la vendió, o mejor dicho, se la cambió al guarda de "Vallejones" por dos cabras y una chota, que se quedaron allí en la sierra aumentando el rebaño que llevaba el cabrero que tenía su padre para que las cuidase.

Este hombre, el guarda de "Vallejones", al final no sé como se apañó para que se le legalizaran, pero la escopeta acabó legalizada. Aunque después de unos años de tenerla se la vendió a un cazador del pueblo, que fue el que más años la tuvo, hasta que por edad decidió no renovar el permiso de armas y tuvo que entregarla en el cuartelillo de la Guardia Civil.

La pena a Manuel por esa escopeta cuando realmente más la sintió fue hace unos años, cuando ya tenía casi cincuenta, pues una de las veces que fue a su pueblo se enteró que la escopeta estaba en el cuartelillo donde este hombre la había entregado. Pero cuando fue a ver si la podía recuperar se encontró con que ya la habían destruido, pues en principio la inutilizaron para que este hombre se la llevara a casa, pero al decir que no la quería la habían tirado destruida a la chatarra. Manuel se llevó una gran desilusión, pues pensó que aquella escopeta sería lo que mejor le podía recordar a diario las dos etapas más bonitas de su vida, las de su infancia y juventud, pues para él aquella escopeta llevaba muchas horas de su vida dentro, unas colmadas de pena y otras de alegrías.

Esta es por muy imposible que les pueda parecer la verdadera historia de las dos primeras escopetas de Manuel.

Lo que les decía al principio que al final les iba a decir para que no viesen todo lo anterior como algo imposible de creer, es que Manuel vivía en Sierra morena porque su padre era el encargado y jefe de mantenimiento de un pantano que hay en esa sierra. Y que el padre de Manuel tenía allí una nave taller que no la había en ninguno de los pueblos de los alrededores. En él había torno, fresa, fragua, equipo de utillaje, ajuste y todo lo necesario para trabajar cualquier metal o madera. Pero es que a todo ese equipo había que añadirle que el padre de Manuel además de ser un gran jefe de taller era uno de los mayores manitas que por allí se conocieron. Tanto era así, que además de echarles la culata, agujas y todas las piezas que se le rompían a las escopetas de muchos del pueblo, tenía que ir a resolver problemas en maquinas que no sabían resolver en algunos talleres del pueblo, hasta en las almazaras de la zona cuando por aquella época había averías difíciles de reparar tenían que avisarle a él, así que para él hacer una escopeta de un montón de chatarra era pan comido.

La pena es que el padre de Manuel no se dedicara a la escultura, pues con aquella cabeza y manos que tenía, quien sabe si no hubiese dejado una inmensa obra.