Un marrano desde la cama

Rayón

 

Al leer el título de este Cuento o relato alguien puede pensar que se trata de un marrano que fue abatido en su encame, pero en realidad no se trata de eso, sino de que un chaval de sierra llamado Paco abatió un día un marrano desde la cama en la que dormía en verano en la era que había en la misma esquina del cortijo donde vivía en Sierra Morena.

La historia es la siguiente: Un día del mes de Agosto de hace algunas décadas, Manuel decidió hacerle una visita a su amigo Paco, al hijo de un guarda de una finca de caza mayor que había en Sierra Morena.

A la mañana siguiente tal y como tenía planeado Manuel, se colgó su escopeta, su morral, se ciñó a la cintura su canana, llenó su cantimplora de agua y tomó el camino del cortijo donde vivía su amigo Paco, que era en lo más agreste de esa sierra y a algo mas de dos horas de camino del cortijo donde él vivía.

Cuando Manuel iba de camino, como tenía muy claro que en la sierra además de que los cartuchos eran muy escasos había poco dinero para comprarlos, y que la mayoría de los que los serreños tiraban eran recargados por ellos mismos, pensó que a su amigo Paco le haría mucha ilusión que le llevara unas cuantas vainas vacías para luego recargarlas, así que aunque tenía que dar un rodeo fue a pasar por una zona donde todos los veranos venían unos cazadores de Valencia a tirar las tórtolas y dejaban montones de cartuchos vacíos.

Después de llenar hasta arriba su morral de vainas siguió el camino hacia el cortijo donde Paco vivía, pensando en lo contento que éste se iba a poner cuando viese tantas vainas vacías para recargar.

Cuando le faltaban un par de centenares de metros para llegar al cortijo de Paco, ya vio Manuel a éste en la puerta junto al montón de la leña mirando hacia el camino por el que se acercaba, pues ya le habían anunciado la visita dos perretes que tenían en el cortijo con sus ladridos.

Nada más llegar se fundieron en un fuerte abrazo, pues dada la distancia que había entre los cortijos donde cada uno vivía, no se podían ver con la frecuencia que a ellos le hubiese apetecido.

Al entrar a la cocina Manuel vació su morral sobre un poyete que había en ella, esparciendo todas las vainas sobre él. Al ver paco tantas vainas se puso loco de contento, pues pensó que iba a tener arsenal de recarga para un buen tiempo. Después de ver Paco todas las vainas que le había llevado Manuel se quedó mirándolo y le dijo que lo que no podía entender era como alguien podía tirar tantos cartuchos en un solo día, sobre todo a una pieza tan pequeña y difícil de abatir como era la tórtola, que a él le parecía un verdadero derroche de dinero y un verdadero "desperdicio" de cartuchos estando tan caros como estaban, que con los que uno de esos cazadores que venían de la ciudad le tiraba en un solo día a las tórtolas él tendría bastante para todo el año.

Después de contemplar Paco las vainas se pusieron a hacer algo que dada la edad de ambos se convirtió en un verdadero juego para ellos, a separarlas por marcas y colores, pues así a la hora de recargarlas unos colores los recargaba de munición y otros de bala.

Nada más acabar aquella faena que como antes decía había sido un verdadero juego para ellos, Paco le dijo a Manuel, que como se había quedado solo en el cortijo al haberse ido sus padres a Andújar a por el avío de la semana, tenía pensado comer carne de jabalí en adobo de una orza o tinaja que había llena de ella en un rincón de la cocina, pero que si quería también podían salir en un momento a por un par de conejos y freírlos con ajos, que a él le daba igual comer una cosa que otra. Manuel le contestó que mejor salían en un momento a por un par de conejetes, ya que así harían algo que llevaban tiempo sin hacer, echar un rato de caza juntos. Y que en vez de freírlos con ajos los iba a hacer él con unos tomatejos del huerto que tenían en la parte de abajo del cortijo, que ya les había echado él el ojo cuando pasó por su lado al llegar al cortijo.

Al final hicieron eso, salir a cazar los conejos para hacerlos Manuel con tomate como le había prometido a Paco que los iba a hacer. Cogieron las escopetas y un puñado de cartuchos que se echaron al bolsillo, y en un periquete por aquellos alrededores del cortijo abatieron cinco. Como hacía ya mucho calor debido a que eran las doce de la mañana, se marcharon con prisas hacia el cortijo, no sin antes pasar por el huerto y coger unos tomatejos para hacer la comida con ellos y los conejetes.

Durante el tiempo que duró la comida, entre los dos chavales surgieron varios temas de conversación relacionados con su común afición, con la caza, y entre todos ellos el de las esperas a los marranos por ser una modalidad que a ambos le encantaba. Al comenzar el tema de las esperas, Paco le dijo a Manuel que esa misma noche iban a hacerle una espera a un marrano enorme desde la cama, que iba a ser la espera más cómoda de sus vidas. Manuel muy sorprendido le dijo a Paco que le explicara bien, ya que o no lo había entendido o de lo contrario le sonaba todo a cuento chino o a placentero sueño, pero para nada a una realidad. Paco muy serio le contestó a Manuel que no se lo tomara a broma o pitorreo, que realmente había un marrano viejo de esos que ya pierden la vergüenza por completo que todas las noches venía a hacerles una visita al cortijo, y que aunque al principio esas visitas que les hacía les resultaban graciosas y divertidas, últimamente se habían convertido en pesadas e incluso hasta en peligrosas, pues el marrano había hecho del cortijo su zona de "expansión y recreo", y que a veces la defendía con tanto celo que ya se había convertido en un verdadero peligro. Manuel más sorprendido aún que al principio le dijo a Paco que se lo contara con más detalle, pues aunque no dudase de su palabra cada vez lo veía todo más enredado.

Paco le explicó, que el tema se debía a que todas las tardes cuando cogían los tomates y otros frutos del huerto, los que estaban "picados" los tiraban por encima de la valla hacia fuera para que al día siguiente los picotearan las gallinas y los pavos que tenían en el cortijo, y que al marrano le había dado el "olor" de aquello y se había picado en comérselos por la noche, y que aunque al principio les parecía gracioso cuando lo observaban desde las ventanas del cortijo, la cosa había cambiado mucho, pues ya venía también a la misma puerta del cortijo y sus paredes a comerse otros restos de comida que a veces por allí quedaban, como podía ser cáscaras de melón o sandía que a veces dejaban en la misma puerta para echárselos por la mañana a los animales, y que al principio cuando se acercaba demasiado y le ladraban los perretes o su padre le daba una voz por la ventana el bicho se espantaba y se iba corriendo, pero que ya había perdido de tal forma la vergüenza y el miedo, que a los perros muchas noches los acorralaba contra la puerta del cortijo a base de tirarles dentelladas y a su padre cuando le voceaba desde la ventana se le quedaba mirando casi desafiándolo a que saliera fuera para darle "caña", así que ya no tenían más remedio que abatirlo, pues cualquier mañana se iban a encontrar los perros rajados de arriba a abajo en la puerta del cortijo.

Aunque a Manuel en principio le parecía todo aquello muy raro, llegó un momento en que se lo creía, así que ya estuvo toda la tarde impaciente por que llegara la noche para hacerle la espera a aquel marrano que según Paco tenía la vergüenza y el miedo totalmente perdido, y para ver la realidad de toda aquella historia.

Cuando llegó la noche, Paco le dijo a Manuel que le ayudase a llevar otro catre y una colchoneta hasta la era para ponerlo junto al suyo, y que después cogiera también la escopeta cargada con bala y la pusiera en la cama como ya tenía él la suya, que nada más acabar de cenar en la puerta del cortijo iba a apagar la luz y se marchaban a la era para empezar la espera, ya que algunas noches el bicho llegaba bastante temprano.

Cuando después de cenar en la puerta del cortijo se iban hacia la era a acostarse y esperar al marrano, el padre de Paco, Juan, que ya había vuelto de Andújar, les dijo que tuviesen mucho cuidado con el "macareno", que habiendo él visto el comportamiento que tenía con los perros y con sus voces a través de la ventana, no debían confiarse con él, y que sobre todo no se acercaran después del tiro hasta no estar seguros de que estaba muerto, que si lo veían moverse le atizaran un segundo tiro de remate, ya que de lo contrario y dado lo grande y viejo que era aquel animal los podía poner en serios aprietos.

Nada más acostarse, los dos muchachos no paraban de mirarse desde una cama a otra cada vez que oían un ruido, pensando que ya venía el marrano, aunque luego veían que se trataba de algún ciervo de los que asomaban de vez en cuando por lo alto de un puntalillo que había detrás de la casa.

Al final pasó el tiempo y los chavales se quedaron dormidos como troncos o a "pata suelta", hasta que pasadas las dos de la madrugada las voces de Juan desde la ventana del cortijo diciéndoles que si es que no iban a tirarle al marrano hasta que les volcase los catres despertaron a Paco, que a su vez le dio una patada al catre de Manuel para que también se despertara. Cuando Manuel casi asustado por la patada que Paco le había dado a su catre se incorporó, ya vio a éste con la escopeta encarada apuntando hacia la esquina del cortijo que era donde a menos de diez pasos estaba el marrano.

Al mirar Manuel a la esquina del cortijo vio al marrano como si fuese de día, pues además de la luna llena que había, el marrano estaba junto a la encalada y blanca pared del cortijo resaltando aún más su figura. Hasta que sonó el tiro de Paco haciendo que aquel enorme marrano se desplomara y la sierra quedara atronada y llenos de ecos todos sus barrancos.

Pero ahí no quedó la cosa, pues cuando los dos se levantaron de los catres para acercarse al marrano con las escopetas casi encaradas, asomaron los perros de detrás del cortijo entonando en sus ladridos cánticos de victoria que hicieron que el marrano diese un fuerte "atestón" y se levantara del suelo y corriera hacia la parte baja del cortijo sin que pudiesen tirarle otra vez por la proximidad de los perros con él. El que casi paga el pato del espantón del marrano fue Juan, el padre de Paco, pues cuando éste asomaba por la esquina de abajo del cortijo para ver que había pasado, se encontró de cara al marrano a menos de dos metros, menos mal que se metió detrás de la esquina, que si no se lo hubiese llevado por delante.

Cuando se asomaron a la parte de abajo del cortijo vieron que el marrano estaba al lado del huerto caído delante de los perros que no paraban de ladrarle envalentonados ante la que ya era la inminente muerte de aquel "Generalazo de Sierra", pues éste ya ni se movía ante ellos.

Cuando llegaron hasta él vieron que el marrano efectivamente ya estaba muerto, pudiendo comprobar ya de cerca el enorme animal que era aquel marrano que había tenido que ser abatido por su exceso de atrevimiento y falta de vergüenza.