Una de podencs

Llebrer

 

Estudiaba yo por aquel entonces segundo curso de carrera en Barcelona; y digo estudiaba siempre que a jugar a la butifarra en el bar de la facultad se le pueda llamar estudiar. La cuestión era que a través de las fotocopias de alguna amiga más aplicada que yo iba sacando los cursos adelante. A su vez trabajaba los fines de semana para costear la matrícula, libros y algún que otro capricho.

Ya se nos echaba encima el Pilar, mágica fecha para los cazadores aragoneses. Ese año caía en martes y se podía hacer un puente de cuatro días, pero como no, a mí me tocaba trabajar. Hablé con la jefa, y alegando yo no sé cuantas excusas llegando incluso a las de índole necrológica, autorizó mi viaje a tierras del Somontano para acudir al entierro de un tío-abuelo imaginario. Si le llego a decir que me iba a cazar al pueblo de mi padre habría sido capaz de hacerme la circuncisión. Su ecologismo de asfalto era tal que la llevaba a poner veneno para los ratones en las oficinas mientras que con un discurso alegre y facilón criticaba la cinegética y a quien la practicaba.

Bueno, a lo que íbamos; ya estaba de camino imaginando mil y un lances siempre acompañado por el Golfo o por la Linda. La Linda era una pointer blanca y negra que nos iba de maravilla para la menor, el problema venía con la mayor, en nuestras filas sólo quedaba el Golfo como último vestigio de una larguísima generación de sabuesos españoles. Era un orejotas rojizo con una preciosa corbata blanca que adornaba su pecho y un antifaz del mismo color que dividía su cabeza en dos polos de una coloración casi simétrica.. Canelo, Ton, Estrella, León, Perla, Mora, Gento..., eran los antepasados que desde que mi tatarabuelo era un crío hasta entonces nos habían acompañado. Eran sabuesos dedicados a la liebre y al conejo y que en la posguerra tanto habían ayudado a recomponer la maltrecha despensa de las familias. Pero llegaron los sesenta y en el norte de Huesca se empezaron a ver más rastros de jabalí que nunca; bajaban de Benasque y Ordesa a donde hacía unos cuantos lustros que mi abuelo y bisabuelo los iban a recechar con un burro. Y así con esta rápida expansión que todos conocemos, los sabuesos se fueron reconvirtiendo a la caza de “lo jabalín”.

Los aullidos del Golfo indicaban a mi padre mi inminente llegada y es que el Golferas, como a mí me gustaba llamarle, oía u olía el viejo motor de gasoil de mi Peugeot a más de dos Kilómetros de distancia, y salió mi padre con su viejo mono azul, estaba construyendo un nuevo cobertizo para los perros porque nos íbamos a quedar dos “cadillos”(cachorros) de sabueso para reponer los dos que el pasado año habían perecido a los pies de un inmenso verraco que se les aculó en un barranco. Mi padre por su condición de jubilado hacía lo que le daba la gana y cuando empezaba la temporada ponía y pone los pies en polvorosa hacia tierras oscenses arrastrando a mi madre que resignada año tras año seguía y sigue sus pasos.

Puse el despertador a las 6.30 h a.m. pero no hizo falta, a las 6.00 h del sábado mi padre abrió la puerta de mi habitación, y con su ironía característica me dijo vienes o te quedas durmiendo. Fuimos tras las perdices con la Linda y nos fue bastante bien, tres perdices y un trucazo (torcaz) era una gran percha para aquellos montes. Mientras que pelábamos las perdices mi padre me dijo: “¿Ya sabes que mañana vamos al jabalí y te toca resacar?”.

Dicho y hecho ya era domingo y en la plaza del Mesón tan sólo contábamos con la fuerza canina del Golfo y la Pita, esta última era hermana del Golfo y pertenecía a mi primo Julián, y aunque este no podía asistir al evento me la dejaba de muy buen agrado. Ambrosio, Juan, Santiago y Fiti, ninguno tenía perros y Caitano que tenía tres sabuesetes muy buenos no podía venir, y este no le dejaba los perros ni al Padre Santo. Decidió mi padre en vistas de la situación resacar el “Vedao” que era una mancha pequeña pero tremendamente cerrada, donde cada año obteníamos buenos resultados con pocos “puntos” (puestos). El vedao era un carrascal al que la carretera comarcal ponía fin en su parte más baja y un pequeño olivar coronaba el cerro del mismo. Al otro lado del olivar bajaba una ladera yerma totalmente cubierta por las “coscolleras” (coscojos) y las galabarderas (rosal silvestre). Se trataba de un cazadero bastante seco, pero rodeado en su falda de tierras de cultivo, algunas de regadío, donde los suidos hacían las delicias de los agricultores.

Los puntos ya estaban colocados y me disponía a soltar cuando percibí el ruido de un coche que se acercaba, era Jaime, íntimo amigo de mi padre, con su cuñado “lo Vasco” (todos lo llamaban así aunque era de Pamplona), llegaban un poco tarde pero con más perros. Jaimito, como lo llamaba mi padre, era (y es) un tipo enjuto, de tez morena y de carácter afable. Destacaba una de sus orejas por ser mucho más grande que la otra, hecho que él achacaba a la crueldad de Mosén Francisco, que en un arrebato de ira casi le arrancó su apéndice auditivo derecho cuando Jaimito en la merienda que hacían siempre para la segunda Pascua recitó para regocijo de zagals y ninons la siguiente jota “Bel cura fue a cagar ta debajo una figuera, un cepo se l’esparo y l’engancho la cojonera”. Jaimito contaba por aquel entonces siete años de edad, pero ya cazaba los conejos con hurón y les paraba cepos a las rabosas, cuyas pieles su madre intercambiaba por ropa y víveres.

Mi alegría por su presencia se tornó en asombro cuando vi salir de aquel coche a tres perros rojizos con pechera blanca y calcetines del mismo color con las orejas más tiesas que el cuero de mis polainas. ¿Qué, te gustan os galgos que me han rigalaó? Evidentemente no eran galgos sino podencos; eran tres dos eivissencs machos, Sultán y Carlitos que debía tan curioso nombre a la entrañable enemistad que unía a nuestro hombre con el médico del pueblo que se llamaba igual que él, o viceversa. La perra era algo más pequeña fruto de un cruce con andaluz seguramente; la llamaba Tula.. Yo no había cazado nunca con podencos y la fama que tenían era nefasta, pero como vi a Jaime tan ilusionado, me guardé mis ofuscados sentimientos hacia aquellos canes y sólo le puse como condición que no soltará hasta que el Golfo y la Pita dieran con la cama de Monsieur Jabalí, como le gustaba llamarlos a “lo Vasco”. En menos de un cuarto de hora se situó Antonio “lo vasco” en el cerro de San Bernabé (y es que en cada zancada "lo vasco" avanzaba dos metros), postura ésta que con asiduidad escogían los suidos para escapar de las escopetas.

“Entra zagal, entra que yo m’en quedo astí esperando a que los oreyudos te’n marquen bel tocino”, me gritó Jaime mientras que yo entraba en el carrascal. Enseguida se dejaron ver las primeras morradas, el lecho del carrascal se encontraba literalmente labrado por las jetas de nuestros amigos, señal inequívoca de su presencia. Los dos sabues se pusieron manos a la obra o mejor dicho, trufas a la obra y los megáfonos del Golfo y la Pita empezaron a sonar acompasadamente con una cadencia continuada que iba en aumento a medida que se acercaban al cuartel general de los guarros. El Golfo fue el primero en emplazarlos y acto seguido la Pita con su particular aullido cada tres o cuatro ladridos parecía decirnos que “nariz tenemos!!!”. Tal y como pronosticaba mi padre estaba encamado “en lo de Roda”, la parte más espesa y donde las galabarderas se agarraban a la cara haciendo jurar en Hebreo al más beato de los cofrades. Me estaba costando mucho llegar y decidí para no arriesgar más el cuello de los perros después de vocear con todas mis fuerzas pegar dos bombazos mostaceros con mí superpuesta del doce. Pero el cabrito no se arrancó y los sabuesos se estaban volviendo locos, cuando como una exhalación aparecieron los podencos de Jaime; en dos botes entraron dentro de los espinos y después de una pequeña refriega con dos o tres bufidos de nuestro protagonista, se arrancó como un tornado haciendo crujir buchos (bojes) y coscolleras como si de una retro se tratase. Salieron los cinco canes a toda leche detrás y al cabo de diez minutos aproximadamente tiró Juan con la automática que se había comprado con el dinero que le tocó en los ciegos. Tres tiros tan seguidos que parecía sólo uno, evidentemente falló y a Ambrosio se le pasó sin tirar. Marchó semejante verraco a buscar bellotas en otros parajes, y yo dando por finalizada la batida ya me dirigí al encuentro de Jaime cuando sus podencos aparecieron a mi alrededor, bebieron en una balseta y volvieron a la carga. “Estos vuelven aprisa, zagal” me dijo Jaime mientras que los podencos marcaban a quieto un poco más abajo. Habían dado con toda la piara. Sacaron dos jabalís en la primera acometida, los subieron por todo el cerro y antes de llegar a San Bernabé, a menos de un Kilómetro de subida, los dejaron estar, aunque quien no los dejó estar fue Antonio “lo vasco” que falló el primero pero dejó sentado al segundo. Y volvieron los podencos y volvieron a arremeter en la misma mata donde esta vez mejor situados Jaime y un servidor tumbamos dos marranetes de unos 40 Kilos, uno por escopeta. Un tercero se le pasó a Santiago que no sé porque leches se había cambiado de punto. Pero no acabó aquí porque aún movieron a otro hermano de los anteriores que se había refugiado unos metros más adelante dentro de un barzal (zarzal), y que después de una carrera de unos quinientos metros, Sultán y Carlitos agarraron por los pernils. El animal se retorcía para morder a sus oponentes hasta que llegó la Tula que se tiró de forma temeraria al morro inmovilizando al marranete casi por completo. Yo, acostumbrado a cazar con sabuesos que sólo agarraban cuando el animal estaba herido de muerte no sabía que hacer, no me atrevía a disparar ni tampoco encontraba el momento de entrar con mi navaja de pelar fruta. En estas desenvainó el Maestro Jaime, que se encargaba siempre de matar el tocino en las casas el pueblo, una navaja no demasiado grande y de un pinchazo en la parte baja del cuello acabó con el sufrimiento de la bestia a la que estaban cosiendo a bocados los podencos. Toqué retirada con el viejo cornetín que había heredado de Demetrio, el último resacador auténtico que conocí y me dirigí al punto de encuentro. Seguramente quedaba algún jabato más en la mancha, pero cuatro jabalís no se cazan cada día ni mucho menos y ya nos dábamos por satisfechos.

Yacían en la placeta del Mesón los cuerpos inertes de los cuatro hermanos, hacía años que no lográbamos una “percha” así. Mientras tanto los cazadores discutían sobre la validez en nuestras batidas de esos perros de orejillas enhiestas. Unos decían que cortaban el rastro de los sabuesos, mientras que otros argumentaban que no seguían lo suficiente a la pieza y era imposible que la llevaran hasta la segunda línea. El que más se quejaba era Ambrosio porque según él los seguían tan de cerca que corrían como demonios y así no había Dios que atinara, ni aun tirando con garbanzos, y después los dejaban, y al no oír a los perros se te pasaban sin darte cuenta. Y es que Ambrosio pobre ni con una granada de mano los tocaba y era el chivo expiatorio de toda la colla cuando las cosas no salían bien. Sin dejar de discutir sobre los pobres galguetes, como les llamaba Jaime, empezamos a despellejar, tarea en la que todo el mundo colaboraba por aquel entonces, cuando apareció mi primo Julián con el Golfo y la Pita en el Land Rover. Su sonrisa maliciosa denotaba que alguna hazaña había logrado aquella mañana, y al abrir el portón del coche asomó la jeta de un verraco impresionante, 113 Kg dio en la romana donde pesábamos los sacos de sal. Y todo por culpa de los sabuesos. El Golfo y su perra la Pita llevaron con su cabezonería al moro hasta el barranco de los barrancos que delimita los tres cotos contiguos, donde desafortunadamente para Monsieur Jabalí esperaba Julianón que alertado por el vociferio de los sabuesos dejó sus labores en la granja y acudió a tan preciado barranco acompañado de su planilla del 12 y las dos únicas balas que tenía en el coche; aunque sólo necesitó una.

Mi madre nos preparó la comida, una liebre con una picada de almendras, hígado y sangre de la misma que hacía cantar al paladar. Y mientras Jaime y Antonio “lo vasco” se deleitaban con el guiso mi padre nos decía “De no ser por tus perros, Jaimito, a los diez minutos se habría jodiu la cacería”.

A mi todo esto me dio mucho que pensar y desde luego cambió la visión que yo hasta entonces tenía de los podencos pero la tradición pesa mucho y por aquí se continua cazando con sabuesos aunque cada vez con más sangre francesa.

Nosotros por nuestra parte seguimos y seguiremos cazando con perros de rastro, pero ahora que Jaime ha dejado la práctica de tan noble arte debido a que el paso del tiempo no perdona, hemos heredado dos de sus podencas, nietas de los protagonistas de esta historia; y que queréis que os diga, ..., pues que en manchas pequeñas y armando en corto trabajan muy bien.



Desde Barcelona, pero con lo corazón en lo Somontano, Llebrer lo Mesonero.