El loco y los «godos»

Loloco

 

Cursaba yo segundo de carrera y eran contados los días que podía desplazarme a mis queridas tierras astures, así que era compresible que si allí me hallaba en época de caza, no desaprovechaba una sola oportunidad para salir al monte. Daba lo mismo la modalidad a practicar, primando la pluma para mí en aquella época. Aprovechaba para salir tras la arcea o tras las rojas en Los Puertos, sin importarme que la única compañía fuera mi buen setter, eran jornadas en las que lo que importaba era aprovechar el día y cazar, cazar y cazar. Tanto el setter como el que escribe acabábamos agotados sin dar un momento de descanso a las piezas y a las piernas, no pudiendo reposar el momento, disfrutar de lance sosegadamente. Los años, la fogosa juventud, el carácter impetuoso del cazador me lo impedían si cazaba a solas con el Café, pero como los veía poco, también me gustaba salir en la medida de lo posible con mis compañeros de caza que por suerte eran parte de mi familia, mis dos tíos. Mi tío mayor fue siempre cazador de perdiz y si se dejó llevar tras una liebre con los sabues de mi otro tío, más fue por disfrutar de la compañía de su hermano, compañero de juegos en la infancia y amigo fiel hasta su muerte, que del lance que suponía abatir una liebre a la vuelta. Eso era parte de la caza, poder pasar una jornada en compañía de tus amigos, mis tíos en este caso, compensaba que la modalidad cinegética a practicar no fuera la que más te satisficiera, y aunque pocas, alguna vez había que ceder e ir tras la liebre, la raposa o los conejos y es que el placer de un día de caza muchas veces no se mide con el peso que pueda tener tu zurrón, que también se mide por las penas y alegrías compartidas, por las vivencias con tus compañeros y amigos, por esos recuerdos que saboreas a toro pasado. Manuel, el menor de mis tíos, andaba picado ahora en el "gochu" (jabalí), sus perros sin lugar a dudas eran unos de los mejores "sabues" tras el rastro de la liebre que yo haya visto, (y años después de cazarlas con él, en los viajes a Francia, por suerte he visto muchos) y la culpable de su afición al suido se debía en parte por las dotes de la "Xana", la mejor sabues que se ha criado en casa, con la que había quedado bien en un par de ocasiones. Manuel afirmaba que al perro solo hay que enseñarle el rastro que ha de tomar, al menos si es un "sabues" de casta, así que un buen día metió al Sur,( el can más joven de su jauría, ya bien picado en la caza de la rabona, un sabues grande, algo cruzado de griffón, duro como una piedra, fuerte y con ese pecho grande que tienen los "sabues" para albergar esos pulmones, ese corazón que tanto cuajo les da), en el maletero de su "Santana", y de allí no se bajó hasta que supo seguir a la perfección el rastro del "gochu bravo". Y es que Manuel, aprovechando sus visitas a las plantaciones de madera que estaban en sazón de ser cortadas ( marcaba y valoraba madera) sacaba de paseo al Sur, y cuando cruzaba un rastro de jabalí, o tenia la suerte de ver alguno que les pasaba delante del coche, bajaba el "sabues" y lo ponía en el rastro, y así atado con una traílla no paraba hasta dar con el encame y levantar al gochu, que si al principio le costaba y mucho, que otros ya se habrían desesperado, al cabo del tiempo, acabo dando con ellos como el mejor, acabando el entrenamiento y pasando a la realidad. El Sur era un buen perro de rastro, y fue un gran "sabues" de mayor, el primer can de cuerda que hubo en casa y dejó tan alto el pabellón el poco tiempo que cazó el jabalí que mucho tardó Manuel en hacer otro igual. Solo tenia un defecto el Sur, un grave defecto para mí, que sin embargo años después, comentando el caso con un experto en el tema, resultaba ser apreciado en determinados casos para perros muy especialistas. El Sur, no latía el rastro, y era curioso, porque para desesperación de mi tío, cuando lo llevaba en la parte trasera de su Santana, el perro no paraba de aullar casi constantemente, hasta que le aplicaban una dosis de "madera de castaño". Sin embargo cuando picaba el rastro se hacía mudo, (lo cual como ya he dicho muchos aprecian en un perro localizador, ya que evita en determinados casos que las piezas se levanten de sus encames) obligando a mi tío a ponerle los cámpanos de la arcea cuando lo soltaban para levantar. Eso sí, sabías muy bien cuando el perro daba un rastro fresco por los movimientos de su cola. Pero mi tío, aunque cazaba la liebre con este perro, sabía que para disfrutar de esta caza, el perro ha de tener voz, así que decidió enfocarlo hacia la traílla, usándolo para levantar el jabalí con la Xana, que una vez levantado éste, no lo dejaba hasta que uno de los dos se rindiera, y la Xana no acostumbraba a sacar bandera blanca.Pero un buen día, así sin más, añadió a sus correrías con el "sabues" un perro "de las puertas" que siempre hubo en casa, Pistón se llamaba aquel perrín, un can blanco y negro, pequeño, feo, con una cabeza que podría pasar por la del "raposo", orejas cortas y puntiagudas, que contrastaban con las sábanas que colgaban de la cabeza de los "sabues", blanco y negro, con un fino latir que no cambiaba de tono ni para el cartelo, ni para el gato, ni para el extraño que se acercaba a la puerta de la casa, que defendía con coraje a pesar de su corta talla. Un perrín sin raza definida, cruce de aquí y de allá, y que jamás hubiera sabido lo que es una cacería si no hubiera existido el Sur, pero el caso es que el Pistón arrimó a casa con los dientes de leche, sin saber de donde había venido y suponiendo que lo habían dejado abandonado en el pueblo, arrimó a San Martin y allí quedó para siempre. Fueron quizá los sabues los que lo atrajeran a la casa con sus ladridos desde las perreras, o tal vez el Café en una de sus múltiples idas y venidas para comprobar el estado en que se hallaban las vecinas, fuese lo que fuese, el Pistón se sentó en el quicio de la puerta y esa fue su perrera desde el día que arribó a nuestra casa hasta que se marchó de este mundo. Desde el primer día el Pistón se hizo socio del Sur. El "sabues" era mal comedor y había que darle su ración a parte de los otros canes ya que su indiferencia hacia la pitanza hacía que estos intentaran zamparse lo que el no quería comer, provocando las iras del Sur, que al tener mayor tamaño les despachaba a gusto dos o tres canilazos, el caso era que el Pistón, indiferente al peligro que suponían las fauces del "sabues", que echado con el focico a un palmo del plato vigilaba el ágape, se ponía a comer del plato ajeno, teniendo que ser mi tío el que mediara para sacar del cuenco al goloso perrillo, haciéndose desde entonces inseparables y obsequiando el Pistón, que vagaba libre por todo el perímetro de la casa, con varias visitas a las perrera donde el Sur descansaba. Pues un día que andaba suelto el Sur y Manuel limpiaba las perreras, arrancó éste tras un gato, y el perrillo siguió a su camarada, y desde que el gato saltó prado arriba con el Sur pegado a su rabo, el Pistón, pegado al del Sur ,ladraba con el fino latir que le caracterizaba. Eso hizo cavilar al cazador y sin pensarlo dos veces, al día siguiente metió también al Pistón en el Santana,. Y ese día no cortó rastro alguno, pero como era cabezón (gen que heredamos casi todos los Rey) no apeó al perrín hasta que encontró un buen rastro de gochu y una vez puso al Sur en el rastro lo soltó, a sabiendas de lo que se jugaba, y si el Sur salió como un demonio en el rastro, tras él salió el Pistón maldiciendo y no paró de maldecir hasta que mi tío, a la carrera, dos kilómetros mas allá, cortó el rastro al sabues, adquiriendo el Pistón a partir de entonces el grado de "cornetín" y era increíble ver aquella simbiosis que tantas veces arrancó la chanza en las batidas, para convertirse luego en hazaña. Hoy tocaba ir al gochu con los de Ibias, la cuadrilla de D. Aníbal... "el Cura". La cuadrilla estaba formada por varios amigos del pueblo, el cura cazador, su "sobrino", el tabernero de Pellizeira y un carnicero de Taladriz, que vivía en Oviedo, Emilio "el carolino" ,130 kilos de opulencia para 1.700 milímetros de talla, mi amigo "Pucho" (Pepucho), y nosotros tres. Todos aportaban algún perro, se cazaba "a la manera de Ibias", cada uno de los catorce cazadores que formábamos la partida teníamos algún perro a nuestro cargo, como los montes eran duros, la mayoría de las veces se comprobaba un rastro de entrada, se armaba lo mejor que se podía y una vez metidos los perros en el "caliente", se esperaba apostado a que los sonoros aullidos de los sabues indicaran la dirección de la pieza, solo si la zona lo permitía dábamos una vuelta a la busca de algún rastro nocturno que propiciase un mejor lugar para soltar la jauría. Por regla general, los que confirmaban el rastro y lo seguían en su caso, eran los veteranos cazadores de jabalí. En esta cuadrilla había tres, El cura, El "pego", al que mejor era llamarle por su verdadero nombre, José Ramón, y dejar el apodo para ocasiones muy especiales en las que estuviera bien regado de sidra ,y mi tío Manuel. Cada uno de ellos tenía un perro de traílla (o de cuerda como les gustaba llamarlos) que era más especialista que el resto, solían ser perros tranquilos, con buena nariz y tesón para "seguir al gochu hasta los mismísimos infiernos, sacarlo de la caldera de "Pedro Botero" y metértelo delante de los cañones de tu escopeta". Esta era la descripción que hacia D. Aníbal de sus perros de cuerda, y razón no le faltaba. D. Aníbal tenia muchos perros, perros que pasaban por su vida como las cartas de los corintios de sus misas, alguno le duraba un domingo, otro hasta pascua, quizá los de perdices podían hacer un concilio, pero el "Negrin", un sabueso negro y fuego (del que siempre afirmé luego, cuando leí, vi y aprendí más de perros, que era un Sabueso del Jura, tipo Bruno para ser más exacto, y que imagino llegó a estas tierras traído por uno de los muchos que emigraron buscando el pan que aquí no abundaba, y que ahora, al escribir estas líneas, me doy cuenta de que estaban hechos el uno para el otro, y el can era al mismo tiempo Bruno del Jura, y el Bruno del "cura"), el "Negrin" esperaba D. Aníbal que le durase, por lo menos hasta el Advenimiento, dadas las soberbias aptitudes del ejemplar en cuestión. Esa mañana, el rastro estaba fresco en la cantina de Rebollar, un precioso pueblo del Concejo de Degaña, el mas occidental de los Astures, un paraíso para el cazador de montaña, la Sierra de Degaña que confluía con el Valle de Ibias, plagado de bosques milenarios de tejos, acebos, robles y quejigos de montaña ,con lugares más poblados por las bestias irracionales que por los "bestias racionales". El Concejo, todo libre sin acotar, era un vergel para los de la caza mayor y menor, rayando con sitios tan emblemáticos como el Bosque de Muniellos y las montañas de Ancares, donde los urogallos aún "tableaban", los osos aprovechaban más la miel que los dueños de las colmenas, y los corzos y jabalíes eran compañeros habituales de viaje. Mientras tomábamos café con rosquillas de anís (que a mí me encantan) con alguna copina de orujo casero para sacar el frío, de aquella mañana de Diciembre, víspera de la Inmaculada, una mañana de helada en la que brillaba en los campos la blanca capa de escarcha, que el sol, en un radiante día invernal, calentaba sin que se notase mucho en el ambiente. Un pastor de Cerredo, nos ponía en el rastro de un gran gochu, al que había visto por dos días seguidos encamarse en unas seves próximas al pequeño "pueblo", así que para evitar que el sol confundiera los rastros, hacia allí se fueron los tres batidores con los canes en el Land Rover "Santana" del Tío Manuel. El resto, como pudimos, nos apañamos entre el "Doüphine" del carnicero y el 1.500 del cura, abriendo camino la Bultaco "tralla" de Pucho, el tercer "joven" de la partida, y es que de los catorce que formaban parte de la misma, nueve eran veteranos, (uno Ramón del Olmo, de Luiña, en exceso, pues ya contaba ochenta años, largo y enjuto como un avellano, cazó hasta los noventa y tantos, siendo la Parca, la única responsable de que el Sr. Ramón abandonase la actividad cinegética, y que se lo llevó mientras echaba la siesta, un cuatro de Diciembre, día de Sta. Barbara, fiesta en el Concejo, Ramón repitió dos veces de fabes, acabó con el compango y dejó temblando dos botellas de vino de Cangas, ojalá me muera yo como él). Dos maduros y tres los jóvenes; el ya mencionado "Pucho", vecino nuestro de Berducedo, tres años mayor que yo, excelente calderero y aficionado hasta la médula a las motos y escopetas, envidia de mozos del puerto y anhelo de jovencitas, yo mismo y el más joven de todos, el "sobrino " del Sr. Cura, Amable, un chico alto, rubio de ojos verdes, lampiño y de una tez blanca, como la leche de nuestras vacas, al que su "tío" el cura siempre colocaba en los mejores sitios, si bien, Amable ni era muy ducho en el arte, ni era muy afortunado en el lance. Lo que sí era, sin duda, era un buen empollón, con una memoria prodigiosa para fechas, datos, jugadores del Real Madrid y... reyes, orgulloso estaba D. Aníbal de la memoria de su sobrino, al que obligaba a repetir, cada vez mas aprisa, la lista de los reyes godos delante de su pasmada tropa. Alarico, Ataulfo, Sigerico, Walia, Teodorico, Turismundo ... Wanba, Ervigo, Egica, Witizia y Don Rodrigo, soltaba de corrillo Amablin, asombrando a propios y extraños. De lo que siempre recelé, fue de que el lazo familiar entre ambos fuera otro, porque de todos era sabido que D. Aníbal había tenido un hermano, pero este murió de hambre en el cerco de Oviedo en "la del 36", y si como el cura (que estuvo en el mismo cerco) contaba, era menor que él y si como el mismo decía, - robaba comida, Dios me perdone, para mi madre y mi hermano y solo tenia 13 años-. O bien el hermano del cura fue un portento, o D. Aníbal fue, además de cura, hombre, y bien está que así fuera, porque alguien había de heredar la pareja de WW.Grenner, o las "Matador" del cura, y quien mejor que su vástago, al que luego tenté yo, cuando Amablin vivía ya en la Blanca Villa del Concejo de Valdés, para que pasaran los "hierros" a unas manos que supieran darles merecido trato, pero eso fue mucho después. Cuando por fin llegamos al lugar donde nos esperaba la avanzadilla, no sin tener que hacer un par de bajadas para empujar el Doüphine del "Carolino", ya tenían bien localizada la entrada, y con las escopetas echadas a la espalda y los perros atraillados, esperaban ansiosos nuestra llegada, mi tío con la boina calada, a diferencia de los otros llevaba la escopeta con los cañones hacia el suelo, terciada a su espalda. Como recuerdo aquella imagen, con el Sur a sus pies y el "caldo" humeando entre sus labios. Aunque solo éramos trece parroquianos, D. Aníbal, acostumbrado a dirigir almas desde el púlpito, como si de su cartaginés tocayo fuera, arengó a la tropa sobre el tamaño del jabalí, sobre la importancia de asegurar el tiro, sobre la colocación de las posturas. Así, que sin que ninguno osase contradecirlo, con los hierros al hombro, las trece escopetas armaron la mancha, trece, porque una había de meter a los perros en la "mata" y esa escopeta, por decisión del cura, me toco a mí. No sé si el cura quería matar al gochu, o se lo reservaba para su "sobrino", pero quizá, sabiendo la suerte que solía acompañarme y para evitar sorpresas tocóme a mí meter los perros ese día, lo que suponía pocas probabilidades de tirar al jabalí, a no ser que llegara con los perros al encame, algo que no me agradaba lo mas mínimo, así que me quedé allí compuesto y... con los perros, nueve "sabues", bueno, nueve y el Pistón, pero éste no contaba como can de caza. Mi "rallye" estaba formado por cinco buenos "sabues" asturianos, tres cruces con griffón, el Negrin del cura y el Cornetín, todos, excepto el perrín, atados con los cordeles a mi alrededor, esperando que las escopetas llegasen a las posturas, y cuando el ultimo de ellos, D. Aníbal, hubiera llegado al final de la armada, uno de los mejores sitios, pero a los que más costaba llegar por lo empinado del terreno y lo sucio que estaba el monte, a una señal del "Capitán", el "lloco" soltaba los perros en el rastro y tras ellos, monte adentro empujaría el jabalí hacia las armadas. Lo primero que hacían los perros, por mucho que te empeñaras en animarlos a voces, era dar una carrera sin rumbo, y aliviar sus intestinos, y como tantas otras veces, eso fue lo que paso con los "sabues", eso hasta que mi buena Xana, mi Xana querida (y que cada vez que te recuerdo y te veo alegre, rabicorta, subiéndome por las piernas, moviendo el "tuco" se me ponen húmedos los ojos), cogió el rastro, y con su fina voz empezó a latir el caliente. Tras ella, en tromba entraron otros tres "sabues" más menudos de talla, y tan ligeros como mi Xana, los blancos del "Nin", el Galopin, el Zar y por fin, nuestros dos griffones Rol y Sur, éste con su rémora ladrando pegado a la cola, cargaban también dentro de las seves. En un momento me quedé solo, sin perro alguno a mi lado, en el borde de entrada al encame del "gocho" , oyendo frente a mi, a lo lejos, la sonora orquesta de viento que batía el matorral. La Mata en si era pequeña, eso parecía vista desde afuera, retamas viejas en las que se habían enganchados los espinos salvajes, las "seves" como las llamábamos en asturiano y las "silvas" como las llaman los gallegos, que si dan moras, también dan pinchos con agujas, al haber crecido entre las escobas, la Mata en si era un una red viva de espinos, no había camino, y el único sendero era el que había echo primero el jabalí y que ahora habían agrandado, bien poco por cierto, los perros. He de decir, tal vez por lo agobiante de aquel día, que nunca me vi en una jungla tan espesa y difícil, así que en la medida de lo que pude avancé abriendo paso con los cañones de la paralela, viendo como mis manos se iban tornando rojas por culpa de los espinos, jadeando, sudando, con la camisa pegada al cuerpo y el jersey hecho jirones, no había forma de avanzar, si no se atascaba un brazo, era una pierna, y en alguna ocasión para andar hacia los perros, hube de dejarme caer como un fardo, sin poder poner las manos delante para protegerme del batacazo y usando el carril que fieras y perros habían construido, avanzando unas veces a gatas y otras a tortas, resolviendo, tras diez minutos de agobio, no llegar mucho más adelante y dejar hacer a los perros. Pero, si el jabalí había escogido este lugar, era por algo, y el gocho sabía muy bien que su defensa estaba en la frondosa vegetación que le servía de refugio, en eso, en sus más de cien kilos y en dos navajas que para sí las quisiera el mejor herrero de Taramundi. Así que los perros, que habían llegado al encame, con muy buen criterio, ladraban "de parado" .-¡Lolo, están al parado, anda y muévelos, echa un tiroooo!- Era la voz de mi tío Manuel que sabia muy bien el peligro que se cernía sobre la jauría, cuando los canes latían al "quieto", quería decir que el jabalí estaba remiso a dejar el encame, aculado contra una mata, como un toro ante las tablas, había optado por defenderse y vender cara su vida, distaba mucho eso de un agarre a una pieza herida, con terreno para que le caigan encima seis o siete perros, que lo sujeten bien para rematarlo, como cada uno disponga, porque cada cual sabe muy bien el valor de sus "arrestos", pero un buen jabalí, grande como éste, sin merma alguna en sus facultades, seguro de si mismo y decidido, podía dejar mal parados a unos canes, que si tenían coraje, no eran lo que se precisaba para sujetar a tal bestia, así que no quedaba más remedio, había que entrar en la maraña y a fuerza de gritos, tiros y ánimos a los perros , mover al enemigo para que asomara la jeta a las armadas, donde una escopeta entablaría mejor conversación que los perros. Pense en la Xana, a la que estaba oyendo aplicarse de firme, y sabiendo que de un momento a otro, los amagos que hacían, gocho y perros, tornáranse en batalla en el momento que uno aferrara, haciendo los otros lo mismo y el gocho iría despachándolos a placer, así que sin reparar mucho más en los espinos que me rasgaban ropa, manos y cara, usando la paralela como un machete, me abrí paso hasta llegar a menos de diez metros donde el verraco, aculado contra las seves, defendía la plaza a capa y espada. Se veían bien los "sabues" blancos del "Nin de Abres" el de San Tirso, una pareja de albares canes, que muy bien habrían colado por "blancos del rey" o Porcelaine,.Más difícil era atinar el resto de combatientes, y a la "Bestia" solo se le adivinaba, como un bulto pardusco que al moverse hacia nosotros, hacía recular la jauría, el "negro" del jura, el can de D. Aníbal, fue el primero que vi salir volando sobre las seves, pero se repuso y volvió a la carga. No podía esperar más, así que dejando las cuerdas vocales en aquella mata, con todas mis fuerzas, espoleé la jauría, y sin cambiar las balas por dos tiros de mostacilla, que llevaba a propósito, apreté el gatillo de la matador dos veces, y por fin, con el ruido de los tiros y la violencia de mis gritos, el jabalí, arranco hacia las armadas. Respiré tranquilo cuando oía alejarse, rompiendo maleza, al enemigo, tras él, diluyéndose entre las escobas, el orfeón de "sabues", y de pronto, desde la armada, antes de lo que yo me esperaba, sonaron los tiros, dos, muy seguidos el uno del otro, mala señal, todo cazador sabe que un tiro solo, o dos bien espaciados, son sinónimo de blanco, mientras que los disparos apurados, significan precipitación, lo que raras veces tiene que ver con la buena puntería, así que abrí la "Aya", y las vainas salieron despedidas con violencia, dejando en su parábola una estela humeante con sabor a azufre, metí otros dos tiros, los últimos, porque solo me habían dado cuatro balas de escopeta, siendo el resto de los tiros munición de menor y dos o tres "garbanzos" y por lo que pudiera pasar, con el arma terciada, "rabuñado" por los espinos, agucé el oído y... Lo que oí no significaba nada bueno. El sonoro latir de los "sabues" se tornaba en ladra de guerra, se oía romper la maleza, violentamente, se oían aullidos de dolor, gemidos, mordiscos y demás, y tal era el ruido que hacían en la refriega los perros y el jabalí, que yo, un chaval hecho en el Puerto, acostumbrado en la matanza del año a agarrar los "gochos" por las orejas mientras mi tío los sangraba, acostumbrado a tirar del buey, que a más de uno había puesto en fuga, y acostumbrado a ver de noche al lobo, a cazar "a mano" al teixo y la raposa dentro de la cueva, pues acostumbrado a todo eso, el mozo del Puerto, se quedó petrificado, con las sienes chorreando agua, muerto de miedo e impasible ante tamaña carnicería. Son esos dos segundos de duda que separan la línea de la vida de la línea de la muerte, y aún no se lo que hubiera pasado si mi tío Manuel, que venia corriendo desde su postura, incapaz de encontrar la entrada, a gritos me imploraba que auxiliara a los perros - Lolo, entra, entra que los mata a todos -, y entonces, más por obedecer la orden, agachándome ante el túnel que habían echo en su huida la fiera y los perros, en cuclillas, con la paralela apuntando hacia delante, y el seguro quitado, avancé. A tres metros de mí, tirado a un lado de la senda, el Rol, con una cuchillada en los pulmones, agonizaba, le salían burbujinas rosas entre el tajo de sus costillas, y abría la boca intentando meter algo de aire entre sus pulmones, que oprimidos por el cambio de presión que hacia la herida, lo ahogaban sin remedio. A dos pasos del Rol, uno de los "blancos" echaba borbotones de sangre de su garganta, sus piernas se habían vuelto coloradas, éste ya no se movía, entonces el Pistón apareció, salido de no se donde, y se metió tras mis piernas, tan nervioso estaba que casi le descargo la escopeta. Pero a menos de cinco metros, la violenta lucha no cesaba, perros y jabalí, aplastaron la maleza de tal forma, que había un radio de unos tres metros, en donde no quedaba una escoba, ni un espino en pie, y allí, con el Sur bien agarrado a su jeta, el Bruno sujetando una oreja, y los otros canes, metiendo canilazos donde podían. ¿Y la Xana?, pues la Xana lo mordía donde mas le duele a los machos, así que por detrás y a traición, se mantenía a buena distancia de los puñales de marfil. Aunque estaba a tiro, lo tenía a cinco metros, no podía disparar sin herir a uno de los perros, y como no sabia qué hacer, (para mi desgracia, lo bueno lo he aprendido en el monte, pero lo que no se ha de hacer también, siendo la factura mas cara en este último caso), me puse a gritar para animar a la tropa, nada peor, al oírme tan cerca, me vio por el rabillo de esos diminutos ojos, y con renovado ímpetu, voló el Sur a su derecha, libre del Sur, el mas grande de los que lo aferraban, le bastaron dos "viajes" más para acuchillar al Negro, y sin prestar atención a la Xana, viendo en mí rival mas peligroso, cargó en mi dirección. El primer tiro fue a bocajarro, sin apuntar siquiera, procurando esquivar la acometida, cosa que conseguí, en parte a que el bicho buscaba más una vía de escape que entablar combate con un nuevo enemigo, y en parte, porque la Xana seguía acosándolo por la retaguardia. De todos modos, al pasar a mi lado me golpeó un poco en la pierna izquierda, haciéndome caer de costado en las seves, y encontrándose de bruces con el Pistón, al que intentó sacudir con la jeta, pero como el can era tan diminuto, se le zafó como un conejo entre las escobas. Libre el camino emprendió la huida por el túnel de maleza que habíamos ensanchado, sin apoyar bien la escopeta, apuntando como pude al negro bulto que desaparecía entre el verde, le eché el tiro que me quedaba, sin notar que hubiera servido para algo más que para el culatazo que me dio en el biceps, tras él como un rayo, sin que pudiera frenarla, marchó la Xana tocando arrrebato. Por fin el silencio, dos minutos de sosiego, tirados todos como muertos entre la maleza, rota la tregua por los gritos que daban desde las armadas, incomprensibles gritos de angustia, y de nuevo, dos disparos en el fondo del mato, me puse en pie de un salto, a mi alrededor, los que estaban vivos se lamentaban de no haber muerto, uno de los "porcelaine" había tornado su blanco pelaje por rojos lamparones de sangre, acostado, intentaba levantar su cabeza para lamer la herida, pero estaba tan conmocionado y perdía tanta sangre que no podía ponerse en pié, a su lado el Bruno sufría convulsiones y echaba espuma por su boca (un ataque de epilepsia como confirmaríamos más tarde), de la nada salía el Sur, vivo al fin, gracias a Dios, pero sonado, daba trompicones sin poder fijar el rumbo. Dejé a un lado la paralela y eché mano al Blanco para intentar sacarlo del mato, al cogerlo en brazos, al hacerle daño, me propinó un mordisco de rabia en el hombro, pero no hice caso, ya me aprestaba a dar la vuelta por donde había entrado cuando sudoroso se me llegó mi tío Manuel, no dijo nada, miró de soslayo al Sur, tiró la paralela al lado de la mía y se echó el Bruno del cura bajo un brazo y a otro de los "sabues", una perita pequeña, propiedad del "Masin el de Tormaleo", (que con sesenta y muchos tacos, de Masin ya no tenía nada),corta de talla y de oreja, pero con una nariz asombrosa, que tanto corría una liebre o un corzo, como levantaba el jabalí mas emboscado, en el otro, y así con los tres perros a cuestas, el Sur siguiéndonos a distancia y el "Pistón" cerrando el grupo, derrotados, salimos de la Mata. El resto de la cuadrilla, excepto mi tío Secundo y D. Aníbal, nos esperaban a la salida, y los más jóvenes, excepto Amable, que mas lívido que de costumbre, asistía a la escena desde su limbo particular, entramos entre los espinos para sacar las dos escopetas y el resto (más bien los restos) de los canes, de nueve que habían entrado, tres salieron en brazos, tres, con los pies por delante ,dos a rastras y una, nuestra buena "Xana", seguía zumbando, tras ella habían ido el cura y mi tío mayor, y aún se la oía latir en el fondo del valle, muy lejos de donde estábamos, y sus latidos no se perdían en la distancia, lo que quería decir, que de nuevo el gochu se había parado o... que quizá alguno de los tiros, míos o de Manuel, que también le había tirado cuando salía de la mancha, lo había tocado. Poco tardó en parar de latir la "Xana", evidenciando que la pieza estaba muerta y bien muerta, así que para el gochu, la historia acabó aquí. Para Amable, sin embargo, había empezado. Porque cuando regresaron mi tío y el cura, éste no venía precisamente radiante, caminaba a grandes trancos delante de Secundo, que hacía lo posible para seguirlo y aunque estaban lejos, las voces se percibían claramente desde donde estábamos todos, haciendo un corro en torno a los muertos y cosiendo (yo) a duras penas a los vivos, y el cura no platicaba salmos ni alegorías, que bien pareció entenderme, aunque cuando interrogué a Secundo éste negó, que el altísimo, ni estaba tan alto ni tan limpio en aquellos terrenales momentos, y como estaba cosiendo,y consolando al mismo tiempo al "Carolino", que el gochu le había llevado un can y otro estaba a punto de irse, no fijé mi atención en Amablín, que cuanto más cerca veía a su "tío", más se escondía tras el bulto de gente, pero ya estaba el cura muy cerca , que como locomotora, rezongando venía encendido como cuando le maté una liebre que ya tenia él encañonada. -¡Tú¡- dijo el cura apuntando con la vara de avellano que le servia de ayuda en la subida -¡Tú¡- dijo otra vez, blandiendo la misma vara, (que pareciera el dedo acusador del falso apóstol) a su "sobrino" - ¿Tú... a qué has tirado, pagano? - , y al oír esto, hasta dejé de coser, y el "Carolino" y toda la cuadrilla, como si fuéramos uno solo, clavamos los ojos en Amablín (porque cuando D. Aníbal llamaba a alguien "pagano", estaba a punto de cambiar la letra B de su nombre por la M, pasando a ser D. Animal) y Amablín, advirtiendo los fusiles apuntarle en el "poste del reo", y a su "tío" con el sable ante el pelotón, sentía ya en sus oídos, apunten... fueg..., y Amablín, soltando la escopeta, mudo de miedo, solo pudo largar de su boca la letanía gótica que tan bien se sabia - Alarico, Ataulfo, Sigerico, Walia, Teodorico, Turismundo ... Wanba, Ervigo, Egica, Witizia y Don Rodrigo...-. Y es que Amable, cuando arrancó el jabalí hacia su puesto, apuntó tranquilo hacia donde venía el ruido, quitó el seguro y echó los dos tiros a la pieza , que furtivamente salía de entre las escobas y... el zorro quedó seco, con dos balas de escopeta metidas en las costillas, y tan contento se puso Amable que agarrándolo por la cola , como el "Maestro" a su montera, se lo dedicó a su tío, que desesperado veía desde su armada como el jabalí, alertado de las posturas, daba la vuelta para acabar con la tropa que venia ciega en su rastro. Por eso cuando voy de sidra, no bebo Rioja y cuando rececho al corzo, no tiro al zorro, y es que "un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio".

Loloco

Dedicado a mi perrita Fas, de la que tanto me acuerdo.