Lobos de Posguerra

Pumuky

 

—Buenos días tío Meriendo.

—Ahora no, questoy comiendo.

—Bueno, hombre, bueno, si traigo yo pan y tocino y dinero pa comprar vino.

—Siéntate, queres mi amigo, quesque con el humo de los nabos no te había conocío.


Así pasaba la vida de las gentes que poblaban la sierra en los años de la posguerra. Carboneros del Trincheto y gañanes de Ventas con Peñaguilera viviendo en chozos de escoba alumbrados por candiles de carburo en las solanas de las grandes fincas de los Montes de Toledo.

La dieta: mediterránea y variada. Migas para almorzar y judías o garbanzos para comer treinta días al mes. Patatas para cenar siete días a la semana. Una parte del sueldo de los gañanes se pagaba en legumbres, patatas y harina.

Historias de lobos y de aparecidos en noches oscuras alrededor de la lumbre, sentados en el poyo de la cocina. Historias de lobos y fantasmas que daban nombres a los barrancos, Val de Noches, Val de Infierno, la senda de los osillos a la que todos llaman la senda de los Lobosillos.

Años duros en los que la única preocupación era comer todos los días, años de oligarquía y persecuciones políticas, en los que el monte se compartía con otros habitantes, el maqui o "los de la sierra" .

Aunque no se hacía fácil salir por las noches de las casas por miedo a un encuentro con los lobos, los de la sierra o cualquiera de los fantasmas que poblaban los caminos, no quedaba más remedio si se pretendía desplazarse a cualquiera de los pueblos cercanos, muchas horas de bicicleta o de borrico por sendas y carreterines. Debido a esto, cuando alguien iba a Fuente el Fresno donde se encontraba el registro civil, se le encargaba "apuntar" a los recién nacidos de la última hornada, que venía a ser algo así.

—¿Cómo se llama el niño?

—Pues a ciencia cierta no lo sé muy bien, pero su madre se llama Socorro.

—Bueno pues le ponemos también Socorro. ¿Cuándo nació?

—El mes pasado

—Ya, ¿pero que día?

—Pues ahora que lo dice, no lo sé muy bien. Es pequeño todavía.


ALIMAÑAS:

Todo lo que no es caza, es alimaña y los dueños de las fincas, dejan orden a los encargados de pagar cada cabeza de alimaña que se les entregue. Desde Linces y Águilas a ratas y lagartos, pasando por zorras, gatos cimarrones, tejones, meloncillos, urracas, culebras... Una peseta por un pollo de águila, una perra gorda por un lagarto.

Este dinero viene como caído del cielo y cada piconero y cada zagal es un experto alimañero. En la fragua, Juanito prepara unos alambres donde se van insertando las cabezas para ir a cobrarlas una vez al mes.

Algunos como Pablo el "Remendao" hicieron del trampeo un arte y una forma de subsistencia. Carnívoro por naturaleza, comía culebras, zorras y lagartos, pero su receta fuerte era el gato, doméstico, lince o montés, que para el caso es lo mismo. Después de desollarlo y dejarlo orear una noche al raso, puesto en una lata bien especiado y en el horno del pan es una delicia que no se puede dejar de probar y a más de uno dio gato por liebre.

Para comer carne durante una temporada, buscaba un nido de Águila imperial y tapaba el culo de los pollos con un "esparatrapo", al día siguiente siempre había una perdiz o una liebre que los pobres pollos, por razones de tránsito, no habían podido engullir. Se quita la liebre y el esparatrapo, se les deja un para de días para que coman y se vuelve a repetir la operación. Cuando los pollos empiezan a emplumar, se expolia el nido y se ensartan las cabezas en el alambre. Con un poco de suerte, el año que viene volverán a criar.

Los lagartos no eran difíciles de coger. También en la fragua, se hacían unos hierros acabados en forma de círculo abierto.

El perro especialista en correr lagartos se llamaba "Sevino". Un día estaba al lado del camino, y alguien que pasó por allí le dijo: - Vente... y se vino. Era un chucho pequeñajo, con algo de ratonero, como todos los que había por entonces, excepto los mastines de los pastores. Sólo el General Valiño dueño de una finca cercana tenía una rehala de auténticos podencos.

Sevino daba la carreta al lagarto hasta que se embocaba, después se metía "el útil" en la hura, se giraba con un poco de paciencia hasta que se le enganchaba por el cuello y otra cabeza para el alambre.

Las ratas tampoco suponían problemas. Se ponían los cepos pajareros en el corral de las gallinas cebados con tocino (rancio, que no estaban los tiempos para ir tirando la comida) y se formaba una "U" con tres ladrillos de abobe para obligarlas a entrar por la parte de delante de la ballesta.

El único pero es que había que ponerlos de noche y recogerlos por la mañana para que no cayeran en ellos las gallinas. Si la rata caía a primera hora, las compañeras se la comían. La cabeza siempre queda para el alambre, pero era muy desagradable.

Por aquel entonces, los perros y los gatos se llevaban fatal. Siempre que se monteaba, con alguna de las escasa rehalas propiedad del dueño o de los invitados, una corta ladra acababa con el lince subido a un chaparro y rodeado por todos los perros de la montería. Para no distraer más a los canes de sus labores, un cantazo en las costillas hacía caer al gato entre los que asediaban la huída. Ese no llegaba al "Remendao". Antes de llegar al suelo cada perro escapaba con su parte de botín gatuno.


LOBOS:

Haber, había muchos, aunque no era habitual encontrarse con ellos. Perseguidos desde siempre, se escondían en lo más sucio del monte, que por aquel entonces era extenso. Los dueños de la tierra contrataban piconeros para limpiar las faldas de sierra, cobrándoles la mitad de sus beneficios, las familias más humildes se dedicaban al picón, el padre y varios churumbeles.

No clareaban tanto las rañas como ahora. Los piconeros fueron en gran parte culpables de que la ardilla no pudiese cruzar la península sin tocar el suelo, aunque, a decir verdad ¿para qué coño iba a querer una ardilla cruzar la península?

Una semana al año, después de haberles seguido en sus entradas al monte, los pastores de todas las fincas vecinas se juntaban y se dedicaban exclusivamente a buscar las camadas. Cuando se encontraba alguna, que no era lo habitual, los lobeznos eran paseados por los pueblos, haciendo pensar a los niños que un animalito tan pequeño no podía ser tan cruel y despiadado como en las historias que les habían contado. Todos los ganaderos hacían algún regalo al lobero, en pago de los servicios prestados.

Había muchos ceperos , pero tampoco era habitual encontrar a patas pardas en un cepo, una loba en todo lo que se alcanza a recordar, alimañas muchas, pero lobos ...

Mi bisabuelo era Juan "el perdío". No tenía cuatro años cuando se despistó mientras su madre segaba y se metió en el monte seguido de una perra mastina. Estuvo tres días perdido y ninguna de las batidas que se organizaron fueron capaces de dar con él, ya nadie apostaba que pudiesen encontrarlo vivo. En la tercera noche oyeron aullar a la perra en un barranco, ya amanecía cuando llegaron hasta él. Le encontraron dormido bajo una higuera al lado de la perra muerta por los lobos. Así de caro pago el animal el defender a su pequeño amo. Al niño, una vez muerta la perra, no le tocaron... nadie sabe por qué.

"El perdío" creció y muchos años después, siendo ya casi un viejo mató el lobo más grande que yo haya visto con su escopeta de yesca y avancarga. Esa foto en tono sepia y raída por los años, colgada en casa de su hija, mi abuela, es el primer documento gráfico de esta familia de cazadores.

El abuelo Natividad, andaba una noche por la sierra, había ido a cargar un carro a la estación del tren. Surgieron problemas con la carga y como mayoral de la finca volvió a la casa para pedir consejo al encargado.

La senda era estrecha, pero la luna la iluminaba. Había recorrido esa senda de noche en muchas ocasiones, las mulas las conocían tan bien que uno podía dormirse montado y amanecer en el cortijo, pero aquella noche no andaba solo. Oía las pisadas paralelas a la senda, unas veces a la izquierda, otras veces a la derecha. Bien sabía quienes le acompañaban, aunque no sabía cuántos. La persecución duraba ya más de dos horas cuando al desembocar a un claro les vio, dos pares de ojos brillantes parados frente a él, aunque seguía oyendo pisadas a los lados.

Bajó de la mula, echó mano al bolsillo del chaleco y sacó la navaja "de siete muelles" tan utilizadas entonces. Parado a diez metros de la compaña la abrió, con el ruido característico que producían aquellas facas," clac, clac, clac, clac, clac".

Aquello fue suficiente para la manada. De sobra sabían que los lobos y las cosas que suenan a hierro y brillan como el hierro no se llevan nada bien.

El invierno se alargaba y seguía nevando en el mes de marzo. La Leona, una de las mastinas que cuidaba de las vacas había parido y amamantaba a sus cachorros en Navalagrulla, la casa en la raya de la finca.

El ganado seguía encerrado a causa de la nieve, y aunque había venados y cochinos, sin vallas ni repoblaciones no había tanta densidad como la que hoy en día tiene esa misma finca. Se criaban buenos pavos de catorce puntas para arriba, y siempre se veían muchos venados en las juntas, pero no se solían matar más de tres o cuatro guarros por montería.

Con muchos días de nieve y poca comida, aquella noche la Leona empezó a llorar apenas se hizo de noche. Seguramente estaban cerca aunque no se atrevían a bajar a la casa, pero vencidos por el hambre y estimulados por los gemidos de los cachorros acabaron por decidirse y fueron a buscarlos.

La Leona no vestía las carlangas como solía cuando dormía en el monte al pie del cercado de las vacas. Tal vez de haberlas llevado hubiese podido presentar más batalla.

Después de unos de minutos de gruñidos y carreras, sólo pudo gemir y arañar la puerta, eran demasiados para atender a todos a la vez. Acosándola, le obligaban a perseguirles unos metros, varios de ellos se enganchaban durante unos segundos, momento en el que otro miembro de la manada aprovechaba para sacar un cachorro del cajón. Así hasta que se llevaron toda la camada. Aunque seguramente alguno salió trasquilado, no quedo más rastro de ellos que las pisadas en la nieve y sangre de lobo y perro tiñendo la entrada de la casa.



Algunos años más tarde, en pleno verano, la cuadrilla de gañanes segaba el trigo a la antigua usanza, hoz en mano.

Las mujeres vestían pañuelo en la cabeza bajo el gran sombrero de paja. Al contrario que en los tiempos modernos, no se estilaba estar moreno, ya que ello delataba la condición humilde del que portaba el bronceado. No era moreno de playa, era moreno de pobre.

Cayendo la tarde, en un descanso para estirar los riñones alguien dijo:

—Por la linde de aquella siembra baja un guarro.

Efectivamente, siguiendo la linde del trigo bajaba un macareno, que seguramente acababa de abandonar el encame y andaba dando la vuelta al sembrado para entrarle con el aire de cara.

—Y por la otra linde viene un lobo.

—¡Sí hombre!, Un lobo va a andar por aquí.

Por la otra orilla del trigo, venido de quién sabe dónde trotaba un lobo solitario y escuálido y por la velocidad y la dirección de ambos, si nadie lo remediaba, iban a encontrarse justo en el pico de la siembra.

Así fue y así pasó, justo en el pico se toparon de bruces el cerdoso y el cánido. No se sabe cuál de los dos dio el salto más grande, pero el susto debió ser inolvidable para los dos, salieron perdiendo el rabo cada uno por donde había venido para acabar entrando los dos en la misma siembra que les había tapado las vistas, con grandes risas por parte de los segadores.



LOS DE LA SIERRA:

Malos tiempos después de acabar la guerra. Envidias y venganzas particulares, nuevas o heredadas de otras generaciones salieron a flote en la España rural. Si alguna vez habías hecho un comentario en contra del orden establecido y alguien que tuviese alguna cuenta pendiente contigo lo había oído, o se lo habían contado, corrías el riesgo de ser denunciado por rojo y verte obligado a unirte a "La partida".

Haciendo compañía a los lobos, la partida, la Benemérita y la contrapartida poblaban las noches en el monte.

Normalmente, nadie les veía, aunque se sabía quienes eran, gente del pueblo y de los contornos, junto con otros a los que "les pilló allí" y sabían que era muy peligroso desplazarse sin tener un papel.

Los enlaces, gente que simpatizaba con el maqui y que normalmente tenían casas alejadas de las poblaciones se encargaban de hacerles llegar los suministros a cambio del dinero que éstos obtenían "como podían", normalmente de asaltos a los poderosos del pueblo, en los caminos o en sus propias casas.

Si los enlaces tenían hijas en edad casadera, mejor que mejor. Siempre se podía organizar un baile y beber vino para mitigar la soledad de la sierra.

Siempre se dijo que la hija del enlace era la única chica de los contornos que se atrevía a salir de casa de noche. Andaba en tratos amorosos con el jefe de la partida y eso le servía de salvoconducto, nadie se atrevería a molestarla por la cuenta que le traía.

Muchas noches delatados por presiones, amenazas o dinero, tableteaban los naranjeros en los barrancos dejando bajas en ambos bandos. Pero los caídos del tricornio eran pronto reemplazados mientras los de la sierra eran cada vez menos.

El final de la partida más famosa, ya bastante mermada por las escaramuzas y varios años de inclemencias, vino de la mano de un topo. Un pobre hombre que presionado por los del otro bando se vio obligado a echarse al monte e infiltrarse en el grupo de los que vivían escondidos.

Después de muchos días en el monte, no aguantó más aquella situación, una noche de nevada como tantas noches había entonces, aprovechó su turno de vigilancia para degollar a todos los miembros de la partida.

Enloquecido por la tensión y la sangre, corrió y corrió por el monte, pero la nieve pudo con él. Al día siguiente, cuando consiguió llegar al pueblo buscando la protección de los que le habían puesto en aquel trance, se vieron obligados a amputarle las piernas, cangrenadas por congelación.

Aún "anduvo" muchos años por el pueblo, desplazándose a rastras con la ayuda de las manos, arrastrando el castigo de la traición y seguido por todas las miradas. En los pueblos se sabe todo.


Un saludo.
Pumuky.