El alarido

Ale

 

Se agiganta, a la distancia, la figura del lugar de nuestro destino. En medio de la arboleda, va tomando forma la casa de la Estancia. Su colorido suave, va empequeñeciendo, lentamente, el verdor de los pinares que la rodea.

Atrás, implacable, nos persigue la túnica de polvo que arrastra la estanciera. Al jugar con el viento forma en el aire caprichosos remolinos.

El rugir del motor merma su eco, ensayando las aceleradas finales hasta detenerse en medio de un silencio “caliente”, adormecido bajo el sol de la siesta.

El polvo que nos perseguía nos da, por fin, alcance. Nos cubre y sigue su marcha hasta perderse al frente ensombreciendo el pinar.

En el portal del caserón, tendido sobre el valle, ayer verde y hoy soportando cruel sequía, nos aguarda con franca sonrisa y cordial abrazo, nuestro amigo Ricardo Roda, mayordomo de la Estancia.

Las horas pasan, la tarde nos muestra su breve crepúsculo mientras, atareados, acomodamos la jauría.

Nos sorprende la noche atando la última cadena, preparando la última ración.

Luego, la mesa larga, bajo el techo cordial. En la pared de nuestra espalda el barómetro marca la sequía que sentimos.

En un extremo de la habitación la estufa, crepitante, deja consumir, a través de azulado humo, los restos de un sauce costero que, tal vez, en otras épocas brindó reparador descanso a algún malón de los que asolaban la zona.

Allí transcurre la cena, cordialísima, entre gente amiga. El frío de la noche no llega hasta nosotros. Hay demasiado calor en la casa, tanto material como espiritual, para sentirlo.

La madrugada nos encuentra embebidos en los preparativos de las monturas, máquinas y víveres.

A lo lejos, van perdiendo forma, silenciosamente, las estrellas.

Los caballos se mueven nervioso dando pequeños trancos, mientras la jauría, desatada, ensaya corridas, entrechocando entre sí, mostrando la alegría que les brinda el espacio abierto y venteando, de tanto en tanto, los olores del campo quieto.

Partimos.

Queda atrás el casco de la Estancia.

Pronto, el monte monótono en su grandeza, nos recibe con el quejido de las ramas quebradas.

Fija la vista en el suelo, atentos los sentidos a los perros cazadores, tratamos de desentrañar el paso de la presa.

Pasan las horas junto a las leguas, matizadas por esperanzas siempre renovadas y el placer del rastreo largo.

Así hasta que el sol va descendiendo en el horizonte, dejándonos el recuerdo de su breve claridad que apura el paso del regreso.

Enfrentamos otro día que nos muestra, en su frío intenso, la seca larga, el monte sufrido, la tierra dura, donde el rastro del jabalí resulta imposible.

Nuevo regreso largo, en busca de reposo.

Al fin, en la tercera jornada, surge del suelo el trote nítido del solitario jabalí deseado.

El abanico de los tres cazadores toma forma.

En su centro, la jauría dirigida marcha ya sobre el rastro de la bestia, delante de su amo, quien, firme la vista en el suelo, la va “llevando”.

La emoción crece.

Seguros ya, monte tras monte, se agiliza el paso que sólo detiene, por pocos instantes y hasta ser superado, algún alambrado.

Pasan las horas, viene y huye el bosque, mientras cada vez más firme, continúa el rastro su caprichosa marcha.

De pronto ¡oh emoción!..., arranca un perro en vertiginosa carrera. Tras él, el resto...

Los jinetes, con un alarido que sobrecoge el ánimo, desestriban sus pies, desbocando sus cabalgaduras en seguimiento de la jauría.

Resuena en el silencioso ambiente el tronar de los cascos, el ruido del monte quebrado por el empuje y el grito del amo de la jauría que rebota en los jinetes.

¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!...

Se ve ya el rastro de la presa, su pezuña elevada en la tierra removida por su tremenda carrera y, en su persecución, las huellas de las patas de los perros, lo que demuestran en gemidos apagados, el afán de sus ansias combativas.

Cae un jinete en cruel rodad. Detiene el quipo su exigida carrera resoplando, mientras el silencio del drama presentido va tomando forma en medio de la polvareda que se levanta.

Mas no. Por supuesto, pronto corre el jinete revoleado e inseguro, aún, gana su monta. Castiga al noble bruto y el indiano grito vuelve a brotar de su garganta nerviosa.

Sigue la corrida su terrible galopar, salvando el monte bajo y dejando la piel de los jinetes en las espinas del alto.

Ante el redoble, huye el águila curiosa, mientras la maestría de los jinetes juega su justa de superar al resto.

Vibra en el monte el grito repetido que azuza a la jauría. La presa imprime mayor velocidad a su corrida, buscando en el tremendo esfuerzo de atravesar los montes cual saeta, desorientar a sus perseguidores.

¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!...

Se junta, a lo lejos, la polvareda de presa y jauría. El alarido de los monteros se hace más vigorosos, mientras se atropella montes, para acortar distancias.

La lucha ha comenzado.

El grito de aliento a la jauría combativa, resuena en el ambiente.

Clavan los cascos los corceles, al pie del titánico combate y caen al suelo los arañados jinetes, rodeando la escena con el corazón sobrecogido por la leal pelea.

Suena imperioso el bufido del jabalí irritado, con sus cerdas erguidas. Se revuelve, ágilmente, demostrando en cada dentellada la estirpe de su alma combativa.

Los perros prendidos ya, reciben en la sangrienta danza de la lucha el castigo de la fiera sujetada, con gemidos apagados.
Vibran bajo las pieles, los músculos estirados, arrastrando la tierra bajo sus patas al tratar de afirmarse. El monte cede paso a la brega, abriendo claros en medio del sordo crujir de sus ramas vencidas.

El polvo seco del suelo removido, se eleva al aire. El remolino de la lucha, acrecentada en furor, lleva a los cielos el titánico esfuerzo de pezuñas y patas, formando un impresionante ballet de fuerza y de fiereza.

Se tiñen las pieles blancas de los perros de manchas escarlatas. La tierra bebe, ávida, el sudor, de los cuerpos mezclado con la espuma de sus bocas y la sangre de sus heridas.

Se calma y vuelve a enardecerse la lucha. Se cumple la dentellada adivinada de la fiera pero los perros sujetan su embestida, tal como les fuera enseñado.

Los minutos pasan lentos en la brega, pero el esfuerzo continuo pide tributo en cansancio. La lucha merma poco y se hacen más pausadas las acciones.

Templa músculos la jauría, vibra la forma bajo el esfuerzo y en la palanca de su firmeza, va aquietándose la peligrosa testa de la bestia sujetada.

Ayudan los jinetes desmontados, vuelcan la presa, maniatan su boca y desprenden los perros. Luego su anudan las patas del jabalí que, enfurecido aún, entrechoca sus dientes lanzados impresionantes resoplidos. La bestia no se resigna a verse vencida.

Descansan, por fin, las emociones humanas.

La jauría con los cuerpos manchados por su propia sangre, busca la sombra breve de los montes. Abriendo sus bocas, respiran agitadamente su cansancio. De cuando en cuando, se lamen, cuidadosamente, las crueles heridas recibidas.

La calma ha vuelto al monte. El silencio ocupa su reinado del que fue alejado momentáneamente.

Se agiganta otra vez el pinar, esta vez con más colorido, con más alegría...

Una mesa larga recibe las emociones vividas, la corrida tremenda, la jauría combativa.

El jabalí vencido y capturado, recorre las tablas con nerviosismo.

La gente de “Negro Muerto” se muestra contenta.

Cayó un temible depredador.

Habrá una preocupación menos...

Nos alejamos del pinar, del amigo Roda, del campo de los Galli, de “Negro Muerto”, sintiendo que un pedazo de nuestra alma queda con ellos en esta despedida.

Muchas gracias gente gaucha, gente amiga, que por más de cuarenta veces me permitisteis hacer retumbar la tierra con el galope de mi cabello, lanzado en loca carrera, regar con sudor y sangre de mis jaurías vuestros hospitalarios campos e hicisteis esforzar mi garganta y la de quienes me acompañaron con el clásico grito de cacería...

¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!... ¡Chelóóó!...



Ale