¿Un relato? No, un cuento

Rayón

 

Hace ya unos cuantos años había un buen hombre que tenía una finca de caza mayor en Sierra Morena a la que adoraba, la adoraba porque era una finca heredada de generación a generación en la que prácticamente él se había criado y donde había visto primero a su abuelo y después a su padre trabajar y disfrutar durante el tiempo que vivieron, algo que después siguió haciendo él cuando tomó el relevo generacional.

En la finca además de especies mayores de caza también había algunas perdicejas, y aunque las epidemias a los conejos los habían diezmado, este hombre conociendo el grave problema que tenían, todos los años hacía una repoblación de ellos en la finca, sin ningún ánimo de lucro, ya que no comercializaba la caza menor en ella, y él tampoco los cazaba, pues la única especie menor que solía cazar era la perdiz, tan solo el guarda apiolaba de vez en cuando alguno para comerlo con la familia, pero este hombre quería que en su finca hubiese todas las especies que él desde pequeño había visto en ella.

También hacía todos los años un control de predadores dirigido a los zorros para rebajar el número de ellos en la finca, pues tenía muy claro que de lo contrario los conejos que repoblaba y las perdices que allí había durarían muy poco, no dándole tiempo al resto de predadores de probarlos ni a él mismo de cazarlos y cazarlas. Y es que allí se daba una circunstancia muy especial, pues en las zonas o comarcas donde la caza menor está repartida por todas las fincas, los predadores también se reparten por todas ellas, pero claro, al ser todas las fincas de los alrededores también de caza mayor y no cuidar la menor para nada en ellas, no había conejos ni perdices, así que los predadores de toda la comarca (sobre todo los zorros) se concentraron allí a piaras en busca de comida fácil. Para que se hagan una idea de los zorros que se habían concentrado en la finca, les puedo decir que en el primer control que les hizo este hombre capturó casi trescientos, y por supuesto que no capturó todos, que por pura lógica quedaron bastantes.

De todas formas este hombre se sentía muy orgulloso, pues gracias a su gestión, en la finca además de especies cinegéticas mayores y menores también había alguna pareja de águilas imperiales y algunos linces, por lo menos tenía censados cuatro o cinco, por cierto bastante lustrosos, ya que no les faltaban sus buenas raciones de conejo. ¿Pero saben qué pasó? yo creo que no debería ni decirlo, pues seguro que les pongo mal cuerpo. Un día se enteraron unos ecologistas urbanitas de lo del control de predadores dirigido a los zorros que el buen hombre hacía y le armaron la "marimorena". Llegaron a la finca y le dijeron de todo menos bonito, armándole después un follón del que incluso le costó trabajo desliarse, pues hasta el juzgado anduvo de por medio indagando sobre las denuncias que le pusieron los "ecologistas" urbanitas. ¿Y Saben lo que hizo este buen hombre? pues hizo lo que cualquiera hubiese hecho ante el semejante follón que le armaron aquellos individuos, dejar de hacer el control de predadores dirigido a los zorricos, pero claro, también de repoblar conejos, pues lo que él tenía muy claro es que no iba a repoblar conejos y cuidar perdices sólo para alimentar a todos los zorros de la comarca. ¿Se imaginan lo que ocurrió? pues ocurrió lo peor, que a partir de entonces se dejaron de ver águilas y linces en aquella finca. ¿Y saben por qué? muy fácil se lo he puesto, por falta de comida, ya que al no tener nada que cazar, ya saben, a emigrar o a palmar de hambre. Eso sí, después en esa finca no se verían perdices, conejos, águilas y linces, pero zorros, lo que eran zorros esqueléticos, a montoneras como las amapolas en los trigos, claro, comiendo solamente grillos, moras, gusanos en los troncos podridos de algunas encinas y alguna gallina de las que con su astucia eran capaces de quitarle del corral a alguna familia de sierra de las que por allí vivían.

Pero lo peor que le ocurrió al buen hombre no fue eso, eso no fue nada comparado con lo que le pasó después. Al poco tiempo pasaron por allí otra vez los ecologistas urbanitas, y al no ver las águilas y linces que veían antes en la finca, pues ya saben, más leña al mono y con más fuerza. No se les ocurrió otra cosa que no fuera la de decir y cacarear a los cuatro vientos que aquel hombre era un desaprensivo, que había acabado con los linces y las águilas que había en la finca para que no molestaran a los animales cazables que en ella había, es decir, a las perdices y conejos que ya no había en ella desde que dejo de cuidarlas y repoblarlos a consecuencia del follón que ellos mismos le habían armado con lo del control de predadores dirigido a los zorros.

Como verán, al final el culpable de todo tenía que ser él por fuerza, el buen hombre, pues eso fue lo más rápido que se les ocurrió decir a aquellos ecologistas urbanitas.

Al final el buen hombre con mucha pena y resignación decía: lo malo de todo esto es que mientras haya cazadores y gestores de caza cómo yo, muchas personas como estos ecologistas urbanitas sabelotodo no tendrán nunca problema para descargar sus conciencias, pues siempre van a tener a quienes "cargarles el mochuelo" de todo lo malo que pueda ocurrir en el campo, sea quien sea el culpable, y si la culpa es de ellas como en este caso, pues entonces con mayor motivo y fuerza, ya que así las descargan más rápido y ocultan mejor sus graves errores.


Después del primer encuentro que tuvo con los ecologistas urbanitas aquel buen hombre, tuvo un segundo con otros "salva-mundos" y sabelotodo que lo dejó más hecho polvo todavía.

Cuando hacía tres años que había dejado de hacer los controles de predadores dirigidos a los zorros y de repoblar su finca de conejos debido al mal encuentro que había tenido con aquellos "ecologistas" urbanitas, tenía muy claro que ya sería difícil volver a ver en su finca las águilas y los linces como los veía antaño. Pero miren por donde, que una de las mañanas que él tenía por costumbre darse un paseo por la finca vio como sobrevolaba "el cerro de las siete piedras" una pareja de águilas. Su alegría fue tremenda, máxime cuando él no pensaba volverlas a ver más por allí.

Al día siguiente fue otra vez a ver si las veía y, efectivamente, allí estaban. Pero su alegría fue aún mayor cuando al poco tiempo vio como estaban empezando a hacer su nido con idea de criar.

A partir de entonces puso en marcha la teoría que le habían contado su abuelo y su padre cuando él era todavía un niño. Su abuelo y su padre le habían dicho que cuando viera las águilas imperiales haciendo su nido no se le ocurriese acercarse donde estuvieran haciéndolo, ya que en el tiempo de cría no les gustaba para nada la presencia humana, hasta el punto, que si se veían molestadas en el nido o alrededores podían "aburrirlo", que eran unos animales muy especiales a la hora de criar.

A partir de entonces lo único que hacía todos los días era mirarlas y admirarlas desde el cerro de enfrente. Pero miren por donde que uno de esos días que estaba observándolas vio cómo un "toterreno" subía por la falda del "cerro de las siete piedras" derecho hacia el nido de las águilas. Salió corriendo con idea de cortarles el paso, pero cuando llegó ya era tarde, se habían bajado tres hombres del coche dispuestos a subir hasta donde estaba el nido. Les empezó a recriminar la acción, en primer lugar porque estaban en su finca y él no les había dado permiso para que entraran a ella y, en segundo, apoyándose en la teoría de su abuelo y de su padre.

Aquellos tres hombres muy educadamente le dijeron que no debía preocuparse lo más mínimo, que ellos eran ecologistas y que pertenecían a una sociedad que precisamente se dedicaba a la protección de los animales, no a molestarlos, que lo único que iban a hacer era un estudio de una serie de cosas sobre aquellas águilas, pero nada más. También le dijeron que la teoría de su abuelo era acertada sólo en parte, que era una vieja y desfasada teoría de gente de sierra, pero que ellos sabían que en determinados momentos se podían acercar, incluso manipular el nido sin que pasara nada. El buen hombre al final les dijo que en ese caso siguieran haciendo su "trabajo", que por su parte no había problema alguno.

Cuando se marchó lo hizo un tanto triste, ya que unos "entendidos" en águilas le habían tirado abajo la teoría de su Abuelo, una teoría que durante muchos años él había creído y respetado por encima de todo.

Aquellos hombres siguieron yendo por allí varios días más, pero el buen hombre ni se acercaba a ellos, ya que después de lo que le habían dicho confiaba plenamente en que sabían lo que se traían entre manos.

De todas formas a él le quedaba un pequeño recelo, posiblemente porque aunque le hubieran dicho todo lo que le dijeron los "entendidos" en águilas, él quería seguir y seguía confiando en todo lo que su abuelo y su padre, que eran viejos hombres de sierra, le habían contado cuando todavía era un niño, así que una mañana se fue otra vez al cerro de enfrente del que tenían el nido las águilas para ver que pasaba con ellas.

Cuando fue a ver a sus queridas águilas pudo comprobar que ya no estaban allí, que habían "aburrido" el nido y se habían marchado a consecuencia de la manipulación a que lo habían sometido aquellos "sabelotodo" de la ciudad.

En aquel momento sintió juntas una gran pena y una gran alegría. Su pena lógicamente fue tremenda porque se había quedado otra vez sin sus queridas águilas, pero su alegría no era menor, pues la marcha de las águilas "aburriendo" el nido le había hecho recuperar la confianza que le habían quitado aquellos hombres de todo lo que su abuelo y su padre le habían contado y enseñado cuando él era pequeño.

¿Saben lo que hizo aquel buen hombre a partir de entonces? Pues lo que cualquiera hubiese hecho, no confiar en ningún ecologista ni "salva-mundos" de los que van a la sierra dándoselas de saberlo todo sobre ella y los animales que allí tienen su hábitat, es más, a todos los que por allí llegaron después los puso de patitas fuera de la finca. Y es que para él a partir de entonces las palabras sobraban, sólo quería recordar las que les había escuchado a su padre y a su abuelo, aquellos viejos hombres de sierra a los que tanto había querido y admirado, pues para él a partir de aquel día sólo las obras eran amores y no las palabras y las buenas razones de los que dicen saberlo todo y por el contrario no tienen idea de nada relacionado con la sierra y los animales que en ella viven.