Matías, el marrano y la cantimplora

Rayón

 

A Matías le gustaba la caza posiblemente más que a nadie, sobre todo cazar las perdices, las esperas y los "ganchitos" a los marranos.

Todos los años cuando se levantaba la veda se iba unos días de vacaciones a la sierra, a la casa de su suegro, que era vecino de Manuel, y allí se hacían compañeros inseparables de caza Manuel y él. Muchas noches salían de espera de marranos, y durante el día con los perros en busca de ellos por toda aquella zona de Sierra Morena, donde no era difícil dar con algunos buenos "navajeros".

Una mañana muy temprano salieron camino del "Cerro de la Majada", un cerro donde solían "apegarse" muy bien los marranos, sobre todo algunos marranos grandes de los que andan solos por la sierra. Llevaban cinco o seis perros que tenían más vicio con los marranos que Matías y Manuel, pues estaban tan acostumbrados a cazar por aquella zona de sierra que cuando los soltaban se ahorraban todo tipo de esfuerzo buscándolos, pues solían ir derechos a los encames que ya conocían de memoria.

Aquel día cuando llegaron al cerro le dijo Manuel a Matías que se pusiera en un collado por donde solían correr los marranos cuando se levantaban de una "hoya de monte" que había en la parte de la umbría, que él iba a entrar con los perros a "zapearlos". Cuando Manuel iba dando la vuelta al cerro, al llegar a la parte de la umbría le arrancaron los perros un "marranazo" como un elefante de grande. El lomo le sobresalía por encima de las jaras, y las "navajas" se le veían asomar por ambos lados de la boca a distancia. Era un gran ejemplar digno de un gran lance.

Aunque los perros que tenían eran sabios en esta modalidad de caza, el marrano se las estaba haciendo pasar "canutas", pues no eran capaces de hacerle correr más de diez pasos seguidos. Se les "retrancaba" contra el monte y no eran capaces de moverlo, y aunque eran perros muy valientes le hacían arco, pues una de las veces que se confío "El Careto" y se acerco demasiado a él, le pego una dentellada que le dejo una parte del lomo sin piel, menos mal que no lo llego a pillar de lleno, ya que si lo hubiera hecho seguro que le habría sacado las tripas.

Aunque Manuel intentó tirarle en un par de ocasiones que lo vio entre el monte le fue imposible, pues cuando lo iba a hacer se le metían los perros por medio y se lo impedían. Tan difícil vio Manuel que los perros sacaran al marrano del monte y tan fácil que el marrano le destripara todos los perros, que los llamo, los recogió y se fue en busca de Matías para ver que solución le daban entre los dos a aquel problema que tenían creado con el marrano, un marrano que debía ser el padre de todos los marranos de Sierra Morena.

Al recoger los perros, el marrano dio un pequeño "atestón" hacia un "pegote" de jaras que había más abajo y allí se quedó encamado, pues Manuel no lo volvió a oír moverse más durante el tiempo que estuvo con el oído puesto tratando de ver si se iba de allí o se quedaba otra vez aplastado.

Cuando llegó Manuel donde estaba Matías y le contó lo que pasaba con el marrano, éste empezó a reírse a carcajadas, diciéndole a Manuel que lo que le pasaba es que le había tomado miedo, pero que por muy grande que fuese y por mucha escuela que tuviera él lo sacaba de allí aunque fuera cogido por las orejas a estirones.

Manuel sin contestarle tan siquiera lo guió hasta donde estaba el marrano. Cuando llegaron le indicó el lugar donde lo había dejado de oír moverse, donde debía estar encamado de nuevo. Matías le dijo a Manuel que se pusiera en unas piedras que hacían balcón en la solana de enfrente nada más cruzar el arroyo que había más abajo, que él le entraría por arriba con los perros para que bajara y así le pudiese tirar. Cuando Matías muy decidido se metió entre el monte en busca del marrano y animó a los perros para que lo sacaran, el marrano en vez de correr hacia donde lo estaba esperando Manuel lo hizo hacia él, cogiéndolo en un callejón entre dos lentiscos donde se encontraron uno frente al otro en direcciones contrarias. El marrano en su carrera de huida, no porque lo hiciese de forma intencionada, lo pilló por delante y lo revolcó en el suelo, y una cantimplora de aluminio que llevaba colgada en bandolera, sin saber como, el marrano se la llevó colgada arrastrando hasta ni se sabe donde, pues Manuel la fue oyendo sonar como un tambor por el suelo hasta que saltó el marrano una loma que había enfrente a unos quinientos metros.

Al final casi discuten los dos, pues cuando Matías tembloroso y con la cara llena de rasguños y tierra se levantó del suelo, vio como Manuel casi no podía mantenerse de pie, pero no por el miedo como le pasaba a él, sino por la risa y carcajadas que estaba dando de verlo tumbado en el suelo con la cara arañada, lleno de tierra y sin la cantimplora a la que no volvieron a ver más por mucho que la buscaron por donde Manuel oyó desaparecer el marrano con ella colgada.

Después se dedicaron durante varios días a buscar el marrano por toda aquella zona de sierra, pues sabían que era difícil encontrar otro tan grande como aquel. Metieron los perros en todas las zonas con monte donde ellos pensaban que podía estar cobijado, pero no hubo forma de dar con él, así que al final desistieron de buscarlo, entre otras cosas porque a Matías se le acabaron los días de vacaciones y tuvo que marcharse al pueblo, a Baños de la encina. Pero un día que Manuel iba cazando las perdices por la ceja del llano de "Valdelagrana", vio la trocha de un marrano con unas pisadas enormes, tan grandes que no le quedó duda alguna de que eran del marrano de la cantimplora. Manuel se dio cuenta de que el marrano en sus desplazamientos nocturnos se dejaba caer desde la ceja del llano solana abajo hasta el río, así que pensó que lo mejor era madrugar al día siguiente y bajar al río para buscar rastros frescos que indicaran bien su "viaje", para una noche de luna ponerse a esperarlo.

Al día siguiente, amaneciendo, bajo Manuel a buscar los rastros del marrano, llevándose una gran sorpresa, pues cuando iba llegando al "Peñón de los Vaqueros" vio a unos doscientos metros de distancia al marrano subiendo por la solana de "Los Llanos" que daba al río. Manuel se quedó quieto detrás de unas matas siguiendo con la vista al animal para ver la dirección que tomaba. Su sorpresa fue aún mayor cuando lo vio meterse en un "vallejón" poblado de monte que había a media solana y no salir de él. Manuel se dio cuenta y no dudo que el marrano se había quedado allí encamado a pasar el día, ya que a la hora que era tampoco podía ir muy largo.

Manuel desde allí tomó corriendo el camino de su casa para después ir a avisarle a Matías de que tenía localizado al marrano de la cantimplora. Cuando Matías llegó del pueblo lo hizo acompañado por su cuñado "Nino", que también venía dispuesto a echarles una mano en la tarea del marrano. Al rato salieron los tres camino del río con todos los perros en busca del marrano. Cuando llegaron, Manuel les dijo que se adelantaran a ponerse en el puntal que había mas abajo del "vallejón" donde estaba el bicho, ya que su querencia de huida debía ser esa. Cuando Manuel calculó que estaban puestos bajó y soltó los perros "achuchándolos" hacia donde él pensaba que estaba el marrano. Al oír el animal las voces de Manuel no esperó a que llegaran los perros, pues antes de que lo hicieran salió zumbando, pero no hacia donde lo estaban esperando "Nino" y Matías, sino solana abajo buscando la defensa de la maleza que había a todo lo largo de la orilla del río.

Al ver los perros al marrano correr salieron todos detrás de él hasta la orilla del río, donde se les quedó "retrancado" en unas zarzas grandes que había pegadas a una tabla de agua.

Con toda la estrategia estudiada para abatir al marrano bajaron hasta las zarzas y se colocaron encima de unas piedras bastante altas que había desde donde dominaban toda la zona. Aunque animaban a los perros para que le entraran no eran capaces de sacarlo, ya que el bicho les imponía un gran respeto. Al final tuvo que bajarse Manuel de las piedras y coger unos "cantos" que empezó a tirar a las zarzas, algo que animó a los perros en su pelea con el bicho y le hicieron salir. Cuando salió, como los perros estaban por la parte de arriba, el animal en su desesperación por huir se tiró a la tabla de agua del río para cruzarlo, y allí en el centro del río le "apretó" Matías un "tirascazo" que acabó con él.

Las búsquedas y las bregas que habían mantenido con el marrano habían merecido la pena, pues cuando lo sacaron del agua y lo dejaron tumbado en la arena que había en la orilla, se miraron entre ellos no dando crédito de lo grande que era aquel animal ni de las grandes defensas que le asomaban por ambos lados de la boca. Realmente era un "marranazo", un verdadero "generalazo de sierra" de los que no suelen verse todos los días.