Enrique, sus recechos y encames

Rayón

 

Enrique era el mayor de los componentes de una cuadrilla de caza que formaban cuatro chavales en Sierra Morena. Y aunque no vivía todo el año en la sierra como Manuel, Valentín y Andrés, pasaba muchas temporadas el solo en una finca de olivas que tenía su padre en el interior de la sierra, llamada "Juan de las Vacas". Una finca situada en un bonito paraje, un kilómetro más abajo de la presa del Rumblar. Estaba rodeada por el río y por un caudaloso arroyo, que incluso en los meses de verano tenía algunas charcas de agua. El cortijo estaba en el centro de la finca y era blanco, lo habían encalado como casi todos los de Andalucía. Delante de su puerta tenía dos enormes eucaliptos que hacía muchos años había sembrado un casero que tuvieron que se llamaba Esteban "Bellotica". Cuando desde la puerta del cortijo se miraba a la altura de la vista solo se veían olivas, pero cuando se miraba levantándola un poco el paisaje cambiaba, era de lo más agreste, lleno de solanas, umbrías, lomas y barrancos, poblados de lentiscos, retamas, jaras, encinas, madroñas y todo tipo de monte.

La pasión de Enrique era la caza, y aun más la sierra, sobre todo cuando podía vivirla en soledad durante las noches en que la luna estaba en cuarto creciente o llena, pues según él era cuando mejor se sentía andando por ella. Decía, que para él la noche en la sierra tenía un embrujo que no podía comparar con ninguna otra cosa, sobre todo cuando la vivía recechando marranos.

A las once o las doce de la noche tenía por costumbre coger su escopeta de "regate" como él la llamaba, el morral con algo de comida y agua, y se marchaba a recechar los marranos por aquella zona de Sierra Morena, sobre todo por las laderas que daban al río y al "Arroyo Andújar". Subía hasta un llano de un par de kilómetros de largo por uno de ancho, y por el filo de él, por la "ceja", iba caminando muy despacio y con el mayor de los sigilos, con el mismo que se mueven un lobo o un lince cuando andan cazando durante la noche. Cada cuarenta o cincuenta pasos se asomaba entre las piedras que había en la "ceja", desde donde se avistaba la ladera del río y más adelante la del arroyo. Cuando se paraba se quedaba un rato en silencio, escuchando, tratando de oír algún marrano hozando o levantando piedras para comerse los bichillos que se cobijan bajo ellas. Cuando oía alguno empezaba a poner su estrategia en marcha, que consistía en tratar de averiguar hacia donde iba a dirigir su "viaje" de careo, para después bajar sin hacer el menor ruido por algún "vallejo" más adelante de donde estuviera y ponerse por delante de él para esperarlo hasta tenerlo a tiro.

Si tenía suerte y abatía alguno a primera hora de la noche, lo aviaba, se lo cargaba y se iba a dormir lo que quedara de ella a "Juan de las Vacas", para después mandárselo a sus padres al pueblo con "Manolillo", que era el hombre de confianza que tenía su padre en la finca para cuidarla, pero cuando no tenía suerte y le amanecía andando por la sierra sin cortar pelo, si se sentía con fuerza le cambiaba los cartuchos de bala a la escopeta por otros de perdigones y se liaba a darle "caña" a las perdices hasta que llegaba al cortijo, mientras que cuando se notaba demasiado cansado, lo que hacía era acostarse en alguna de las camas que tenía hechas a lo largo del río y de la "ceja" del llano.

Aunque parezca mentira, Enrique tenía hechas camas con ramas y pasto por toda aquella zona de sierra para acostarse donde ya cansado de andar le amanecía. Si el tiempo era caluroso se acostaba en las que tenía en las frescuras del río, y cuando era fresco lo hacía en las de la parte alta, en la ceja del llano.

Lo más curioso era que en cada una de las camas que tenía hechas por toda aquella zona de sierra tenía escondida una botella con agua, un paquete de tabaco y una caja de cerillas, liado todo en algo que fuese impermeable por si llovía que no se le mojaran, ya que según él, lo que no aguantaba en la sierra era quedarse sin tabaco, pues si se quedaba sin él tenía que volverse al cortijo y en algunos casos al pueblo.

Una tarde que Manuel sabía que Enrique estaba en "Juan de las Vacas", cogió sus pertrechos y bajó a buscarlo para irse juntos a hacerle una espera a los marranos. Cuando llegó, Enrique estaba sentado en la puerta del cortijo mirando fijo hacia las copas de los eucaliptos. Al darle Manuel las buenas tardes y preguntarle que era lo que miraba con tanta atención en las copas de los eucaliptos, Enrique le contestó que la dirección del aire, que aquello era la mejor veleta que había, ya que aunque no hiciese casi aire, al ser las ramas tan finas allí arriba se movían con el aliento de un pájaro. Cuando bajó su vista de las copas de los eucaliptos le dijo también a Manuel que el aire venía de maravillas para hacer la espera, que venía "Granaino" y soplando siempre con fijeza.

Después de "discutir" el sitio donde iban a hacer la espera tomaron el camino de las olivas de "Santa Amalia", que fue donde al final quedaron en hacerla. Nada más llegar, Manuel se colocó en una postura a la que llamaban "La postura del Abanero", que estaba enfrente de una umbría cosida de monte por donde solían entrar los marranos a las olivas a comerse las aceitunas secas que quedaban bajo ellas. Enrique se puso más arriba, en una fuente muy querenciosa para ellos, pues casi todas las noches entraban a bañarse en ella.

No se había hecho aún de noche cuando Manuel empezó a oír un marrano tronchando monte por la umbría que tenía enfrente, que según sus cálculos le iba a entrar a Enrique. Pasó un rato y efectivamente, le entró, ya que soltó un seco "escopetazo" que dejo toda la zona atronada.

Después del tiro de Enrique Manuel empezó a oír bajar algo corriendo por su espalda que parecía venir desempedrando las olivas. Se puso a escuchar con atención pudiendo comprobar que lo que fuese venía derecho hacia él, aunque pronto se despejaron sus dudas, pues a unas cuatro o cinco olivas de distancia vio bajar un marrano bastante grande que "encendía". Manuel pensó, que según bajaba aquel animal o acertaba el tiro o en su alocada carrera era capaz de llevárselo por delante por no darle tiempo de esquivarlo. Manuel lo aguantó hasta tenerlo a una oliva de distancia y allí le "zumbó" el tiro haciéndole rodar solana abajo.

Al poco rato se presentó Enrique un tanto cabreado donde estaba Manuel, diciéndole que el marrano que había abatido era el que él había tirado antes y se le había ido. Su cabreo no era porque lo hubiera abatido Manuel, pues de eso se alegró, era porque lo había tirado a "cascaporro" y no le había dado, algo que según él no se lo podía permitir nadie. Decía que los marranos que se podían fallar eran los que se tiraban mal, pero los que se tiraban a huevo o "cascaporro" como había tirado él ese jamás se debían fallar, que eso eran pérdidas de control y concentración como las que tenían los toreros cuando los cogía el toro.

Como Enrique se había enfadado un poco con él mismo por no haberle dado al marrano, después de tomarse en el filo de las olivas pegado al "arroyo Andújar" un bocadillo que llevaban, le dijo a Manuel que lo esperara allí, que iba a quitarse la espina del marrano que había fallado tirando otro al que le tenía averiguados los pasos, que lo iba a esperar en una charca del arroyo que estaba unos quinientos metros más abajo, donde entraba todas las noches a bañarse, y aunque era ya tarde sabía que el marrano entraba a la baña más tarde todavía.

Manuel se quedó recostado sobre una piedra mirando las estrellas y escuchando los ruidos que hacen los pequeños animalillos que se mueven durante la noche en la sierra, esperando que Enrique se hartara pronto de esperar al marrano y subiera a buscarlo.

No hacía una hora que Enrique se había bajado a la charca cuando Manuel oyó un "tirascazo" que por la distancia y dirección en que había sonado no tenía duda de que lo había tirado Enrique, pues aunque en el silencio de la noche los tiros parecen más cercanos, él sabía que había sonado a unos quinientos metros, donde Enrique le dijo que iba a ponerse.

A los diez minutos ya vio Manuel a Enrique subir por una vereda que había pegada al filo del arroyo. Cuando llegó, (en tono de broma y riendo) le dijo Manuel que no le dijese lo que había pasado, que por la alegría que subía sabía de sobra que no había perdido la concentración como con el anterior, que lo había abatido, que le había pasado lo que a los toreros cuando no los pillaba el toro.

Después de contarle Enrique a Manuel el lance del marrano que había abatido, aviaron al primero y se bajaron con él hasta donde estaba el segundo, al que mientras Manuel subía a su casa por la yegua para llevar los marranos hasta "Juan de las Vacas" Enrique se quedó aviándolo también.

Cuando regresó Manuel con la yegua cargaron los dos marranos en ella y subieron río arriba por una vereda hasta el cortijo de "Juan de las Vacas", donde nada más llegar los descargaron, los pasaron dentro y los colgaron en una viga que había en un patio interior. Después metieron la yegua en la cuadra y le dieron como siempre hacían su premio, unos puñados de cebada.

La verdad es que aquel animal bien se merecía el premio, pues la tenían tan acostumbrada a cargarse los marranos que ya lo único que le faltaba era agacharse como los camellos para que la cargaran mejor.