La charca y los lobos

Rayón

 

Una mañana nada más levantarse Manuel, salió de su casa y se sentó en el tranco de la puerta mirando la sierra y dándole vueltas a su cabeza pensando donde iba a ponerse esa noche a esperar los marranos. Después de hacer un recorrido mental por todos los sitios donde podía ponerse, decidió hacerlo en una charca que había en un profundo barranco, donde hacía mucho tiempo que no se ponía y donde además sabía que nadie se había puesto desde que él lo había hecho por última vez. Era un sitio de muy difícil acceso, pues para llegar hasta él había que bajar por una de las empinadas laderas del barranco, que además de empinadas estaban cosidas de monte por el que casi no se podía andar, o dar un enorme rodeo para subir después barranco arriba por el arroyo hasta la charca.

Una vez decidido el lugar se puso a preparar todos sus pertrechos para cuando llegase la hora de irse no perder tiempo. Sacó la escopeta de su habitación junto con su morral al que le tenía un especial cariño. Como en la sierra se aprovechaba todo lo que se podía, su padre aprovechó la piel de una cabra a la que llamaban "Jarropa" que se les había muerto para hacerle a Manuel su primer morral, de ahí que le tuviese tanto cariño.

Después empezó a meter en él todo lo que siempre metía cuando se marchaba de espera de marranos: una cuerda para cargarse el marrano y sacarlo hasta donde luego pudiese entrar con la yegua a por él, una vieja y gastada navaja con la que nada más abatir los marranos los capaba y aviaba y una botella que le había forrado con cordel Bernardino el guarda del pantano en sus ratos libres llena de agua

Mientras preparaba todo, la perra, la "Diana", no hacía nada más que mirarlo con cara de tristeza, pues cuando veía a Manuel meter la botella del agua y algo de comida en el morral sabía que se iba de espera y que ella tenía que quedarse en la casa.

Nada más comer lo cogió todo y salió de casa dudando por donde irse, si por la parte de arriba y bajar por la ladera del barranco hasta lo más hondo de él, que era donde estaba la charca, o dar la vuelta por el río. Al final se decidió a bajar por el río y subir barranco arriba, pues aunque el camino era mucho más largo también era mucho más cómodo.

Cuando río abajo llegó a la boca del barranco, empezó a subir por él en busca de la charca, que estaba como a un kilómetro y medio. Cuando iba subiendo el barranco, al dar una curva el arroyo se metió encima de unas ciervas que le demostraron no tenerle el mínimo respeto, ya que dieron un pequeño "atestón" y como a unos treinta o cuarenta pasos se pararon y se le quedaron mirando con el mayor de los descaros, para después muy tranquilas subirse hacia arriba por la ladera de la parte de la umbría. Posiblemente aquellos animales lo que pensarían es que donde iba solo aquel chaval tan "enano" por aquel recóndito y solitario barranco.

Más arriba le pasó algo que le dejo las piernas flojas del susto durante un rato. Según subía por el arroyo vio una vieja y oxidada lata de las del tamaño de cinco kilos de tomates en conserva, que posiblemente se le había quedado olvidada a algún piconero después de haber apagado el picón. La lata empezó a moverse y dar vueltas ella sola, y allí no corría ni gota de aire que pudiera impulsarla. Manuel no daba crédito a lo que estaba viendo, ya que lo que más le parecía era un acto de brujería. Cuando estaba a punto de descolgarse la escopeta sin saber muy bien para qué, se despejaron todas sus dudas, pues salió de la lata y empezó a volar barranco arriba como si le quemaran la cola una chocha o "perdiz chorcha" como por allí le llamaban, que Dios sepa lo que haría dentro de la lata.

Cuando de nuevo empezó a respirar tranquilo subió un poco más arriba y allí estaba la charca, en un llano al lado del arroyo. Se veía claramente que en su día había sido un huerto hecho por la mano del hombre a base de cavar y allanar la tierra. Era un llano de unos veinte metros de largo por unos siete u ocho de ancho, donde solo había unos pocos tomillos, un par de jaras pequeñas y la charca pegada a la pared que hacía el llano con la solana. La charca tenía un par de metros de diámetro, y el agua que la llenaba bajaba de otra más pequeña que había en un venero unos metros más arriba.

Era un lugar de ensueño y lleno de vida, pues cuando Manuel se sentó detrás de unas matas a unos veinte pasos de la charca para esperar a que bajaran los marranos a bañarse, como todavía quedaba un poquito para que se pusiera el sol, no dejaba de ver pájaros revolotear de un sitio para otro, las mirlas arroyo arriba y abajo buscando lombricillas en la tierra húmeda, y un poco más tarde empezaron a llegar al llano de la charca y sus alrededores algunos conejos. Unos retozaban, otros comían y otros escarbaban, así que movimiento y vida allí no faltaba.

Se hizo de noche y ya solo entraba al barranco la luz de la luna, que por cierto estaba casi llena. Manuel colocó bien las orejillas hechas de papel blanco a la punta de los cañones de su vieja escopeta de perrillos del calibre dieciséis y se la encaró apuntando al tronco de una encina que había un poco mas arriba, pudiendo comprobar que se veía perfectamente tirar.

No había acabado de comprobar que se veía bien tirar, cuando empezó a oír ruidos por varios sitios. Enfrente, en la umbría y a su izquierda, se oían unos ciervos, que posiblemente eran los que había espantado cuando subía por el arroyo. También en la umbría, pero a su derecha, se oía el claro ruido de una marrana con lechones, pues de vez en cuando daban sus típicos gruñidos y, en el arroyo, por la parte de arriba, se oía bajar un marrano hacia la charca, pues cada vez el ruido era más cercano. Pero de pronto pasó algo muy raro que no llegaba a entender Manuel. Los ciervos empezaron a correr umbría arriba, la marrana con los lechones empezó a bufar y a correr también, y el marrano al oír la huida de los ciervos y de la marrana se marcho corriendo arroyo arriba. Hasta los conejos que había estado viendo comer en el llano toda la noche se fueron. Aquello le extrañaba mucho a Manuel, pues el aire venía bien, iba hacia abajo y sesgado para la solana dándole en la cara, y una persona a esas horas era imposible que pasara por allí. Manuel siguió con el oído puesto tratando de averiguar que era lo que había espantado a todos aquellos animales, cuando a unos veinte pasos más arriba de la charca oyó un pequeño ruido que claramente se apreciaba que no era de una res, era demasiado sigiloso y tenue. Empezó a mirar al lugar por donde lo estaba oyendo, hasta que entre dos jaras vio un "trasluzón" de algo que le pareció un perro. Su primer pensamiento fue que posiblemente se le había quedado a alguien un perro perdido y andaba solo por la sierra. Pero aquel pensamiento le duró poco, pues aquel animal dio unos pasos y se plantó dentro del pelado del llano a unos quince pasos, donde Manuel pudo ver claramente que no se trataba de un perro, sino de un lobo y bastante grande. El animal dio otros pocos pasos y fue directamente a la pequeña charquita que había más arriba en el venero, donde empezó a beber agua. Según estaba bebiendo agua el lobo levantó su cabeza y se quedó mirando hacia el arroyo. Manuel también dirigió su vista hacia donde lo hacía el lobo, viendo que allí había otro que cojeando también se dirigía a beber agua donde lo estaba haciendo el primero. Se fijó bien en la pata delantera derecha del segundo lobo, viendo que no podía apoyarla en el suelo. Manuel empezó a pensar que posiblemente aquel animal llevaría clavada alguna espina en su pata, pero también pensó que a ver quien era el "guapo" que lo cogía para sacársela como él se las sacaba a su podenca "Diana" cuando cazando se clavaba alguna.

Después de beber agua se bajaron muy tranquilos al llano, y allí empezó el de la pata coja a pasarle el cuello por encima del lomo al otro acariciándolo y jugando. De vez en cuando el primero que entró a beber agua suspendía los juegos para sonar sus colmillos dándose nerviosas dentelladas en el pelo de varias partes de su cuerpo, posiblemente queriéndose quitar algunas garrapatas u otros parásitos. De todas formas aquellos animales ni aún jugando se veían totalmente relajados, pues al mínimo ruido que oían tensaban todos los músculos de su cuerpo y se quedaban inmóviles con sus orejas tiesas escuchando, y hasta que no se aseguraban de lo que era no volvían a jugar otra vez.

Entre juegos y caricias andaba la cosa entre aquellos dos hermosos animales cuando Manuel según estaba embobado mirándolos cogió con mucho cuidado una linterna que tenía a su derecha encima del morral (que siempre llevaba para ver aviar los marranos) y la encendió lanzándoles la luz para poderlos ver mejor. Cuando les dio la luz de la linterna, en vez de correr se quedaron fijos mirándola sin mover ni tan siquiera un solo pelo, hasta que la apagó, que entonces si que salieron corriendo barranco abajo como almas que se lleva el Diablo.

Al rato se quitó Manuel, y barranco abajo por donde se fueron los lobos tomó el camino de su casa, pues ya tenía muy claro que no le iba a entrar ningún marrano.

Durante el camino iba pensando en la majestuosidad que tenían aquellos animales de los que siempre había oído hablar mal, incluso poniéndolos como fieras malignas y dañinas, mientras que él los había visto acariciándose y jugando como lo pueden hacer las más cariñosas y tiernas de las criaturas.

Al poco tiempo volvió Manuel a ponerse de espera en la charca del barranco, acompañado por el hijo del guarda de una finca que había al lado de su casa, que era más pequeño que él, tenía solo doce años, pero esa noche no le entraron los lobos, le entró un marrano que abatió, aunque para nada le hubiese importado que le hubieran vuelto a entrar los lobos como la vez anterior, pues en pocas ocasiones iba a tener la oportunidad de ver unos animales de la belleza de aquellos a tan poca distancia y con la actitud que mantuvieron durante todo el tiempo que estuvieron delante de él a merced de su escopeta. Aunque en realidad Manuel se quedó tan embobado mirando aquellos dos hermosos animales, que yo creo que de lo que menos se acordó fue de su escopeta, y aún menos de tirarles, pues ni por la cabeza le pasó tal idea.