Sinfonía en Do Mayor

Le Cuto, Comte de Cantelier

 

Es el mes de septiembre, el peor mes para que los bravos sawues sigan las emanaciones que dejan los esquivos corzos, es el peor mes, porque gracias a la mano del homo que no es tan sapiens, el tiempo ha cambiado y los calores del verano se concentran en el mes Ciervo, secándose las fuentes y los arroyos cuando debían reponer sus acuiferos.

Es mal mes para los perros, porque gordos y hastiados, han perdido la forma en las perreras, limitándose los "oubidos" a los atardeceres veraniegos, cuando algún mal gato pasaba a segura distancia frente a los caniles, pero es el mes donde los cazadores de corzo, inusualmente en mangas de camisa, aprestan sus jaurías en pos de para mí, la pieza reina del rastro.

Andan los machos cansados del tardío celo estival, han cesado sus correrías tras las hembras y han mudado sus territorios los más viejos, los más huraños, para buscar en la seguridad del oscuro monte, el sosiego del guerrero que ha cumplido una vez más con el ciclo vital, los territorios de apareamiento no tienen ahora atractivo alguno para esta especie, debido a la presión sometida sobre los alimentos susceptibles de ser comidos, que se han visto acosados por hembras, crías, señores feudales y juglares avidos de trincar alguna doncella despistada de su señor, carecen de interés, refugiándose los Chevriles, en los sitios donde queda algún brote tierno, intentando, hembras, machos, crias y jovenzuelos, llenar el buche para soportar el crudo invierno que se les viene encima, los montes están quemados, y las lluvias que tienen que llegar en otoño, llegan cada año más tarde, por lo tanto, no es inusual encontrar ahora, agrupados, más pendientes de la pitanza que del territorio, a machos jóvenes y viejos rodeados de su harén hembruno.

Laten los sawues en los remolques, el primer día de caza, a pesar de que sus carnes están bien cebadas, la afición desmedida, la pasión por la caza, su olfato y su instinto, hacen que lleven latiendo desde la noche anterior, donde los piqueur han obviado llenar en exceso los calderos del rancho, donde los mismos piqueur, han emanado esa carga de adrenalina que hace presagiar el fin de la veda.

Son las siete de la mañana cuando los hombres se reúnen en torno a carros repletos de enormes orejas, de ojos, que tras su triste aspecto, brillan hoy de forma especial, van acoplándose los músicos, los griffones de metal, los armónicos sawues de pelo fino en el grupo de viento, los timbales de los Bleus, las troupe de viento, los flautistas sawues ligeros, los contrabajos de Nievers, entra la percusión leonada....toda la sinfónica se apresta para comenzar el día de caza, todos atentos a la batuta del Conductor de la jauria, que estudia el pentagrama con fruncido ceño. Hoy, clave de Sol, ni corchetas, ni corzas, solo machos y a ser posible aquellos que el Comte susurra al oído y que sabios, han sabido burlar sus pesquisas recechatorias.

Se sueltan los canes, en los puestos, los pocos que han osado madrugar, buscando en la frescura del alba la facilidad para que los perros den con el rastro, esperan atentos al desarrollo de la cacería, los de los puestos son los de siempre, los que saben que Maestro esta tocando, por fin, uno de los Sawues, piano, arranca una nota en el fondo de la fraga, pronto, suena toda la orquesta, desafinando, sin seguir compás alguno, ha de retomar el Director la batuta, solo se trata de un ensayo breve, probando los instrumentos.

Pero ahora, Sacrebleu, una flauta inicia rítmicamente la melodía, pronto se unen los fauve, los sawues, los de Nievers, y los tres "tricolores" de Cantelier, el ritmo va increccendo hacía las posturas, —Piezaaaaaa, Piezzzzzzaaaaaaa—, todas las posturas, TODAS, esperan a que la pieza rompa hacía delante de sus cañones, atentos buscan en las salidas del monte la pieza que presta va delante de sus perseguidores, por fin, dos corzas rompen delante de uno de los cazadores, apoya su arma y busca la cuerda repleta de mosquetones que cuelga en su cinturón, tan importante como su vieja escopeta, sabe que ha de parar a los punteros, así que sin hacer ruido se coloca, lo más oculto posible por donde han cruzado las piezas, llegan los perros y hecha mano del mayor número de ellos que puede, ha requerido la ayuda del puesto de al lado que rápido se ha encargado de cortar a los dos griffones, los dos mejores, que se la jugaban al primer cazador, pero de los doce que venían tras las corzas, ha cogido a seis, a los otros, a fuerza de dar gritos, han ido frenando a alguno, y dos, los imposibles, siguen tras las corzas, perdiéndose en lontananza los graves alaridos, marcando el lugar exacto por donde huyen sus enemigas en medio de un mar de pinos.

Ha llegado el conductor a la armada, y presto, vuelve a meter sus perros en el lugar donde han saltado las hembras.

Llegados a este punto, hacemos un alto.

Maese Jean, el Corzo, si es macho es muy astuto, si es viejo es más astuto todavía y si es muy viejo, es imposible, siempre usa la misma táctica, juega con los perros, si por fortuna han conseguido captar su emanación y van en pos del rastro que este ha dejado, no duda en buscar los encames de las hembras, porque no os quepa duda de que el macho sabe perfectamente donde esta encamado su harén, donde están descansando los corcinos y donde se halla el joven amante que ha osado entrar en sus dominios y no duda, ni un momento, en traicionar a su prole buscando su seguridad, por mucho que os hayan enseñado en cinta de 8 mm., la gallardía, es cosa de retorcidas mentes humanas.

No duda el macho en usar su armada testa contra hembras, corcinos y corzos peor dotados, poniéndolos delante de los canes, no duda en confundir su rastro y aguantar encamado como los perros le pasa a medio metro, sin mover una oreja, saltando en numerosas ocasiones delante de los piqueurs que vienen más retrasados, tampoco duda en buscar la seguridad entre el ganado mostrenco, caballar , vacuno, en incluso ovino que pulula por los montes, para hacer eso se asegura de que sus perseguidores vengan prestos cerca de él, deteniéndose prudentemente para escuchar por donde tocan los rastreadores, así que, ¿Qué pieza, en suma podría dar más juego a una jauría?, que satisfacción oír por fin a los perros retomar de nuevo el rastro y levantar al que se la jugaba, clavado al suelo, como una liebre, entre los helechos, sabe el Maestro que han levantado de nuevo los perros y una vez más el grito de Pieza, retumba el monte, esta vez el sol esta alto, el monte arde y los rastros se confunden, los perros, con tres arreones tras las corzas, y aunque el Conductor habrá hecho el cambio con los dos o tres que tenía de refresco, sabe que la partida ha llegado a su cenit y que el corzo va a jugar la última baza que le queda, así que han de ser los mejores perros, los Sawues de Corzo, los que deben cargar con el peso de la persecución.

Han sacado el macho a la armada, pero esta vez, como siempre, no venia al trote, el corzo no tocaba el suelo y ha pasado el cortafuegos tan rápido, que los quinientos y pico metros por segundo de la paralela no han bastado para frenarlo, eso y el escaso blanco que ofrece, le han salvado la vida, de nada ha servido el silbido que ha pegado el puesto vecino, intentando frenar esa carrera a vida o muerte, el animal sabe lo que se juega, y aquí, si los perros vienen encima, da lo mismo silbar que cantar una copla, a este corzo no lo parta ni... Belcebu.

Pero saben los de la armada que todavía queda una oportunidad, así que esta vez, si dejan pasar a los perros, tres sawues , ligeros, cruzan la armada por el mismo lugar que la pieza, van latiendo levantado y así seguiran hasta que lo revienten... o quizá, con un poco de fortuna, consigan... darle la vuelta.

Esos perros que se han ido, veteranos, saben que el corzo de nuevo va a seguir con su estrategia, y aunque el circulo que traza es amplio, poco a poco, va oyéndose como a lo lejos, los sawues van volviendo a la pieza, al fondo de la armada, el Comte, espera y desespera, aferrado al .270, su mente ve la imagen de la pieza, saltando delante de los perros, e imagina a los perros, siguiendo el rastro, los anima silenciosamente, y se ve a si mismo aplicando la nariz en la demanda, —Vuelve, vuelve, suspira— y el trio, el sonoro trio anuncia que por fin el macho ha dado la vuelta, ese claro al que no quitaba ojo se llena de corzo, grave percute el .270 tres tiros, siguen las trompetas, resuena el eco de los disparos y por fin... se detienen los sawues, lejos, entre los pinos, un "solo" epitafio, un aullido anuncia el fin de la jornada, son las ocho en punto de una tarde del mes de septiembre, hemos visto, hemos oido...

Mudo en Blanco y negro... o ¿Estereo y Tecnicolor?

Viva Mozart.

Le Cuto, Comte de Cantelier