Señora, ¿Quedaré para servir?

Munchausen

 

Recuerdo que en cazar.com comencé mis cuentos, batallitas o historietas, con un tema que me divierte, aunque roza a la caza por el forro de un bolsillo, el disparo al bos taurus más ibericus de todos los bos taurus, el vulgarmente conocido como toro bravo, como soy algo supersticioso entraré en este apartado de relatos, de El Clan, con el mismo pie, así que amigos perdonad la incursión por poco cazadora, en desagravio añadiré de inmediato a esta intervención otro cuento, este para mi gusto muy, pero que muy de caza, espero que coincidáis en esta subjetiva afirmación del cuentista – cazador, o viceversa, que cualquiera sabe lo que es antes o después, en este caso.
El primer relato, es un cuento de anteayer por la mañana, es un decir, pues casi puedo ponerle fecha, dado que en la pasada semana leí, en el ABC, que el torero Curro Vázquez cumplía 50 años, y el sucedido tuvo lugar cuando era un novillero, que apuntaba maneras pero empezaba, es decir, que el diestro andaría por los 16 y el cuentista por los 25, lo he titulado,“Señora, ¿Quedaré para servir?:

Como ya os he contado en otras ocasiones mi familia solía reunirse en una gran finca de los abuelos, muertos estos, se constituyo una sociedad familiar, con esa y otras fincas, así las mantuvimos durante bastantes años, hasta que las diferencias de opinión, y de circunstancias personales, obligaron a su disolución, en esa finca, una dehesa preciosa de encinas y alcornoques, con 7.500 has. de las que casi 500 eran de regadío, nos reuníamos, en Navidades y Semana Santa, un montón de primos más que mediano, sin ningún miembro de la anterior generación presente, aquella horda, casi incivil y a media doma, se regía por unas normas no escritas, la sociedad aportaba tres personas de servicio, el resto lo llevaban las primas casadas, los costos de alimentación eran asumidos en exclusiva por los casados, aunque la sociedad aportara algún cordero y algún cochinillo que otro, los solteros, entre los que este cuentista se contaba, solíamos aportar las bebidas y en ocasiones, de forma totalmente voluntaria, el postre, recuerdo que le compré a una mujeruca la carga de naranjas de dos borricos, eran muy dulces del pueblo llamado Acebo, entre zumos y no zumos duraron un día y un desayuno, la verdad es que no lo pasábamos en grande, y mucha de la unión que ahora mantenemos los primos viene de aquella época, nunca existió un asomo de bronca ni siquiera una discusión digna de mención, aunque las bromas eran como las tracas, una detrás de otra sin solución de continuidad, todas a todos y por su orden.

La autoridad máxima indiscutible se repartía entre dos matriarcas, ambas de gran tonelaje y genio afable, aunque firmes en sus posturas respecto al mantenimiento del orden, la que nos gobernaba a los mayores, era Andrea, la casera de la finca, una mujer maravillosa, graciosa, activa, resolutiva, fantástica cocinera y organizadora, el alma de la casa, nos había visto nacer a todos y nadie osaba cuestionar sus ordenes, por otra parte casi siempre incuestionablemente llenas de lógica; la de los pequeños, los de la siguiente generación, que eran legión, era Rosa, el ama, permanentemente húmeda de forma que aun no he logrado explicarme, aportada por una de las primas mayores, doblaba en calibre a Andrea, nunca interferían en sus campos respectivos, esta mujerona, amable y tranquila, dominaba las revueltas infantiles de una forma muy personal, a la par que eficaz, cuando el guirigay, en el enorme cuarto destinado a guardería, de un heterogéneo grupo formado por gente menuda de entre un mes y doce años, se ponía insufrible, Rosa sacaba, de su amplio receptáculo, uno de sus ubérrimos pechos y apretando en los lugares precisos, con toques magistrales y con puntería que todos envidiaríamos, a base de cortos pero potentes chorros de leche, arrinconaba a los revoltosos y los dejaba mas suaves que un guante, si el ministro de gobernación del momento hubiera tenido noticias de Rosa, la contrata para el Campus Universitario y prejubila a cinco o seis mil “grises”, afortunadamente, para los “grises”, este cuentista todavía no contaba sus mentiras por escrito.

Andrea, era además el único personal facultativo para curas de urgencia en muchos kilómetros a la redonda, la verdad es que algunos de sus pacientes pasaron después a otras manos, no siempre mejores si bien más tituladas, pero ninguno pasó a mejor vida y ocasiones hubo en que la cosa estuvo dura y difícil, como a muchos médicos les sucede en las guerras, Andrea, forzada por la necesidad perentoria, usaba de la osadía, si había que hacerlo se hacía, pasara lo que pasara y que saliera el sol por Antequera, sus normas ante la enfermedad eran sencillas, hacer lo que hacen las vacas, acostarse y no comer, el tratamiento ... totalmente zonal, perborato, bicarbonato y permanganato, en la farcopea era parca, aspirina y como mucho infusiones, si la cosa lo aconsejaba aguardiente, tanto en friegas como en discretas y prudentes tomas, los partos eran su especialidad y la verdad es que con éxito manifiesto, yo creo que su obsesión por la limpieza era una de las mayores contribuciones a ese éxito, como ayudante sanitario tenía a su marido, el bueno de Eusebio, un tercio de herrero, otro de mecánico y el ultimo de tractorista con maquinas de orugas, las manos de Eusebio eran disuasorias, grandes como ellas solas, renegridas y potentes, la verdad en una ocasión, en que me rompí una costilla, preferí sufrir en silencio, como dicen ahora en TV para otra zona, antes de decírselo a Andrea, ante el temor a la intervención de las manitas de Eusebio, buscando la colocación del huesecillo; Eusebio tenía otra especialidad, hacía los mejores churros que he probado en mi vida, y ese era nuestro desayuno habitual, prefiero no contar los sacos de harina y los litros de aceite que se consumían en aquella casa, ni a que hora empezaba Eusebio su labor de churrero.

Como os figurareis, conociendo anteriores intervenciones del cuentista, este largo preámbulo es la puesta en escena del cuento en si mismo, que sin él quedaría algo cojo y sin color.

En una Semana Santa de hace como 34 o 35 años, se presentó el mayoral de una ganadería vecina, pidiendo autorización para lidiar dos novillos en nuestra plaza de tientas, según decía, llevaban varios intentos de encerrarlos en la suya y los bichos se habían resistido a todos los engaños, al traerlos a la nuestra, que no conocían y con las querencias cambiadas, la cosa podía resultar mas sencilla, naturalmente dimos el permiso, aportamos nuestra parada de cabestros y un nutrido grupo de parientes montamos a caballo dispuestos a ayudar, es un decir, pues la verdad es que si la cosa se terciaba lo divertido era estorbar, por el camino nos pusieron en antecedentes, el apoderado del entonces joven novillero, Curro Vázquez, había comprado, a nuestros vecinos, dos novillos defectuosos con la intención de que se entrenara lidiándolos, a puerta cerrada en el campo, antes del inmediato comienzo de su temporada, cuando llegamos a la finca ya se nos puso la mosca tras la oreja, los denominados novillos eran dos toracos flacones, pero grandotes y correosos, con unos pitones y una cara de mala uva que imponían, la verdad es que su aspecto nos quitó de inmediato las ganas de estorbar y en la mayoría de nosotros despertó a doña Prudencia, sensata señora que, muy probablemente, ayudó grandemente a las dos paradas de bueyes y a los vaqueros a llevar los toracos hasta nuestra plaza, como desconocían el terreno cuando se quisieron dar cuenta estaban en los corrales y sin escapatoria posible.

En un par de coches se presentaron Curro Vázquez, su cuadrilla y el padre del diestro, siempre me he resistido a creer que si un torero es zurdo se le tenga que llamar siniestro, pero también siempre me he preguntado porque esto no es así, a lo largo de mi vida he conocido a muchos toreros, aunque solo he sido amigo de media docena, y excepto en muy contadas y honrosas ocasiones, uno de los personajes, del extraño mundo del toro, que peor me cae es el padre del torero, no puedo entender como un padre puede dedicarse a parasitar a un hijo torero, en lugar de romperse el alma y el cuerpo para evitar que lo sea, o al menos aportar todo lo posible para que deje de serlo cuanto antes, mientras se preparaban todos los elementos necesarios y se ponía el peto al caballo de picar, la placita se llenó hasta la hipotética bandera, el palco, el tendido de los sastres, la meseta de chiqueros, naturalmente acudió Rosa al frente de sus huestes infantiles, y como no, dado que se enteran de casi todo, un teniente de la Guardia Civil, un sargento y dos números.

Recuerdo que le dijimos al padre de Curro que nos parecía oportuno que los toracos pasaran previamente por la barbería, esa moción la apoyaron el picador y los banderilleros, pero tanto el padre como la criatura como los vaqueros vecinos, que hubieran tenido que hacer la faena, no lo consideraron necesario, bien es verdad que en ningún momento posterior ninguno de ellos apareció por el ruedo.

Cuando todo estuvo dispuesto, Curro se colocó en el tercio y dio la orden de abrir el chiquero, se dice que hay toros listos, otros que saben latín, etc. etc., el morlaco que salió por la puerta de aquel chiquero, era el Einstein de los toros, sabía latín, griego, etrusco y descifraba de corrido la escritura jeroglífica, salió despacito, enterándose, miró cuidadosamente por la rendija que dejaban los goznes de la puerta y se fue a por el vaquero que oculto tras ella la estaba abriendo, menos mal que el hombre se dio cuenta de la mirada y se refugio en el burladero inmediato, cuando un peón lo llamó el toro se arranco con violencia, pero ... no lo hizo al torero, no, el sabía demasiado para eso, lo hizo a la entrada del burladero, vamos que le corrió la mano mejor que cualquiera de nosotros a una patirroja, cuando lo citó Curro con el capote le buscó detrás de él una y otra vez, y rompió un par de capotes, al picador se arrancó despacito cuando estaba llegando se paró le dio la vuelta y ataco en corto y por derecho por el lado contrario, la costalada fue de órdago y el caballo salió con un puntazo grandecito, instintivamente salí del burladero para llamarlo y librar a los caídos, maldito instinto, cuando vi como aquel bicho venía cortándome el camino hacía mi refugio, me prometí no volver a actuar nunca por impulsos que no fueran razonados y razonables, menos mal que la salida había sido corta y llegue antes que él, aquellos pitones buscando el hueco, su olor y su bufido todavía los recuerdo, en medio de un continuo coro de gritos de susto y suspiros de alivio siguió la lidia durante un breve rato, hasta que finalmente sucedió lo que con un animalito como aquel, que casi con seguridad había sido toreado no en una sino en varias otras ocasiones, tenía que suceder, llegó la cornada, la cosa rondó la tragedia, fue, dicho sea en dos palabras, “impre sionante” (dicho muy posterior pero muy taurino), lo levantó lo zarandeó en el aire y tras soltarlo intentó recogerlo de nuevo en el suelo, menos mal que los peones anduvieron listos, mientras algunos nos llevábamos al torero medio arrastras ellos se llevaron al toro, gracias a Dios la cosa, aunque seria, no fue grave, un fuerte varetazo en el muslo y una pequeña cornada, aunque eso si en mal sitio, en la ingle y afectando en parte al pene, con gran susto lo subimos a un coche y lo llevamos a casa, allí fue puesto en las manos de Andrea y de Eusebio, estas ultimas se limitaron a sujetarlo para mantenerlo quieto, mientras Andrea lavaba, limpiaba y afeitaba la zona a toda prisa.

Aquel año había aportado yo al común un par de botellas de Juanito el Caminante, Etiqueta Negra, y una caja de Rioja, pues bien el puñetero padre del torero, entre grandes aspavientos y lamentos, se encargó de beberse enterita una de las Juanitas, mientras la cuadrilla daba buena cuenta de algunas de las Riojanas, se conoce que esto del susto y las cornadas ajenas da mucha sed, el pobre torero aguantaba estoica y valientemente la cura de urgencia que le practicaba Andrea y la malsana curiosidad de múltiples mirones y alguna mirona, hasta que Rosa cubrió la entrada impidiendo con su humanidad tanto nuevas intrusiones como miradas, el pobre hombre cuando notó que sus partes pudendas se habían inflamado de mala manera y el pene quedaba un tanto torcido se preocupó seriamente, y no cejaba en inquirir a Andrea sobre el resultado de sus curas, hasta que finalmente al terminar y disponer su traslado al hospital mas cercano, llenó de angustia preguntó:

Señora, ¿Cree usted que quedaré para servir?

Hijo yo creo que si, un poco tuerta puede que quede la cosa, pero servir, seguro que servirá y hasta puede que algunas lo prefieran así.

En ese momento intervino Eusebio, asegurando que el estaba seguro de que enderezarse del todo ya no se aderezaría nunca, pero que sin duda su uso posterior no sufriría merma alguna, para tranquilizar al joven diestro le contamos los grandes conocimientos que sobre churros tenía el opinante y la autoridad que ello le confería en la materia, mucho dudo que el hombre se quedara tranquilo con nuestras buenas palabras y deseos.

Una vez que el novillero su puñetero padre y la cuadrilla, salieron camino del hospital, nos tocó solucionar el tema de los dos toros, los taurinos nada querían saber de ellos y los de la finca vecina menos, para mi que solo con pensar en tener que volver a llevarlos a su lugar de origen se les ponía carne de gallina; por lo tanto lo mejor que acordamos entre todos fue matarlos en la plaza, en donde permanecían bajo el cuidado de la guardia civil y un par de vaqueros de casa, el autor del estropicio permanecía en el ruedo y al otro, que apuntaba los mismos modos y grado de taurina sabiduría, lo habían soltado los vaqueros desde los chiqueros a los alares para que permaneciera mas tranquilo entre los cabestros; cuando le comunicamos al teniente la decisión, quiso mandar a los guardias al cuartelillo a por un Máuser, pero yo me negué, le dije que de ese asunto me encargaba yo que para eso era en mi casa, la conversación fue graciosa:

Pero bueno usted sabe lo que esta diciendo.

Pues si teniente si lo se.

No me lo puedo creer, ¿Ha matado usted alguno más antes de hoy?

El hombre no quitaba la mirada de mi bien cuidada tripa, que ya entonces apuntaba un futuro prometedor.

Pues si teniente he matado bastantes, lo menos treinta y sin ni un solo revolcón.

Coño, es su casa, haga usted lo que quiera, pero al menor síntoma de que se pueda repetir lo de antes le vacío el cargador al toro.

En aquella época andaba yo intentando tirar con alza y punto, cosa que nunca conseguí hacer ni medio bien a costa del astigmatismo, para practicar me había llevado un Sako del 375 H. H. Mg. muy retocado por Emilio Peñuelas, con un alza en V muy abierta y un punto de torpedo algo más grueso de lo normal, como era difícil conseguir balas, un amigo de mi padre me había traído, de Alemania, 150 DWM Tug de 300 Grs., magnificas aunque algo duras y pesadas para nuestra fauna, pero para los toros estupendas; cuando el teniente me vio sacarlo de su funda, soltó la carcajada y aseguró que así él también lo hacía, ordenó a los guardias que desalojaran los altos de la plaza y mientras un vaquero entretenía al toro en el extremo contrario, bajamos juntos a un burladero, con sumo cuidado para no hacer ruido cargue el rifle y salí al ruedo a dos pasos del burladero, bueno más bien a uno pues el brazo izquierdo lo tenía apoyado en él, cuando se lo dije, el teniente llamó al toro, el bicho se volvió me miro con las peores intenciones, claro que las mías no eran mejores, y se vino bufando como el tren, era la primera vez en mi vida que tiraba un toro sin lente, la cosa imponía pero era preciosa, comprendo que la adrenalina puede emborrachar, más o menos cuando estaba en el centro del ruedo, pequeño como es el de una plaza de tientas, apreté el gatillo, la escena la viví a cámara lenta el 375 ni se movió, el toro pareció elevarse sobre el suelo y luego literalmente se desmoronó, instintivamente di el cerrojazo y esperamos un momento luego con el rifle por delante nos fuimos acercando, reconozco que el teniente le echo mas valor que yo, él lo hizo a cuerpo descubierto le agradezco su confianza en mi, el disparo estaba perfectamente centrado en el testuz y al animal se le movían hasta los cuernos, creo que es el mejor tiro que he hecho en mi vida con miras abiertas, al otro toro lo tire más lejos y con el único problema de esperar a que estuviera solo y sin peligro de matar un buey, lo tire al codillo dio un salto tremendo y quedó en el sitio, tenía un tiro de codillo algo alto.

El 375 H.H. Mg. es un calibre magnifico, he conocido varios excelentes cazadores que lo usaban como rifle único para montear en España y en sus salidas africanas, Alfonso Urquijo, tuvo una época que así lo hacía y si alguien tiene pensado ir a África nos mala medida ese previo entrenamiento local, yo ahora los uso menos, quizá lo considere algo excesivo, pero debo decir, en su honor, que con las excelentes balas Winchester Power Point de 270 grs., es con el calibre que más volteretas he conseguido con los jabalís y esas volteretas son uno de los momentos que mas me gustan de la montería.

De Curro nunca volví a saber nada, bueno si pero por la prensa y alguna ocasión en que lo vi torear, pero nunca he vuelto a hablar con él, aunque en una ocasión mientras yo ocupaba una barrera él estaba debajo en el callejón y tuve tentaciones de recordarle el lance y contarle el final, pero la verdad entre que no me pareció educado el que no nos dieran las gracias ni a nosotros ni Andrea, que bien se había ganado un recuerdo y unos bombones, y el tener que acordarme de su padre y mi querida y, a su costa, difunta Juanita, de etiqueta negra, me abstuve y lo deje estar.

Gracias por la paciencia y un fuerte abrazo para todos, JC (A) Munchausen