José y su llantina

Rayón

 

Una mañana iba Manuel cazando las perdices por una de las faldas del "Barranco del Oso", cuando enfrente, en la parte de "Los Llanos", vio a Andrés sentado sobre una "peñonada" muy grande que había a media solana.

Cuando Andrés se dio cuenta que Manuel ya lo había visto, empezó a hacerle señas indicándole que bajara hasta el río, que allí se juntaban. Como casi siempre andaban solos por la sierra estaban locos por encontrarse en ella para poder hablar de cosas propias de su edad, pues había veces que se tiraban semanas enteras solos, hablándole solamente a los perros, así que nada más indicarle Andrés que bajara, Manuel llamó a su perra que iba un poco adelantada y juntos bajaron corriendo en busca de Andrés.

Nada más llegar, Manuel le preguntó a Andrés que hacía allí sentado tan tranquilo a esa hora tan temprana de la mañana. Le contestó que había bajado a echarle un ojo al careo de las cabras, y ya de camino se había acercado hasta allí para ver si se bañaban los marranos en el filo de las charcas del río, que la luna estaba ya en cuarto creciente y había que ir preparando algunas esperas.

Después de una larga y animada charla de las que ellos tenían por costumbre mantener cuando se veían en la sierra, le dijo Andrés a Manuel que se fuera a pasar el fin de semana a su cortijo, que sus padres se iban a las fiestas de un pueblo donde los habían invitado, y que él y su hermano José se quedaban solos, ya que no podían irse con ellos por tener que cuidar los animales. Manuel le dijo que le encantaría, pero que tenía que preguntarle a su padre, y si lo dejaba, el sábado por la mañana se iba hacia el cortijo a pasarlo con ellos, que no tenía duda de que lo pasarían muy bien juntos, máxime quedándose solos como iban a quedarse.

Cuando Manuel llegó a su casa lo primero que hizo fue buscar a su padre para pedirle permiso para irse a pasar esos días con Andrés y José al cortijo de "Los Llanos". Al principio a su padre no le pareció muy buena idea, pues conociendo a los dos como los conocía, a Manuel y Andrés, sabía que podían liar alguna como las que ya habían liado en otras ocasiones cuando se habían juntado, pero al final y ante tanta insistencia le dijo que bueno, que podía ir, pero que se portaran bien, no fueran a montar alguna de la que luego tuvieran que arrepentirse.

El sábado, nada más levantarse Manuel preparó sus cosas y salió zumbando seguido por su perra hacia el cortijo de Andrés. Tomó el camino de "Juan de las Vacas" y, cuando llegó allí, cruzó el río para subir por el Barranco del "Pocico de don Juan" hasta coronar el llano de "Valdelagrana".

Al llegar a la ceja del llano desde donde se avistaba el cortijo Manuel se paró al oír a Andrés chillarle a su hermano José. Le decía que como no dejara de dar guerra lo iba a echar de cabeza al pilar donde bebían agua los animales, que ya lo tenía harto. Y es que José era lo más travieso que se podía echar cualquiera a la cara, no paraba de hacer trastadas desde que se levantaba hasta que se acostaba, aunque con ocho años que tenía tampoco se podía esperar demasiada formalidad de él.

Cuando Manuel llegó al cortijo le dijo Andrés que tenía un problema, que había pensado salir a por un par de conejos para hacer un arroz para comer y se había encontrado sin escopeta, que su padre la debía haber escondido antes de irse para que no pudiera salir de caza dejando a su hermano solo, pero que no se preocupara, que ya tenía la solución, matar el gallo y dejar las gallinas viudas, pero que el arroz tenía que hacerlo como fuera. Manuel empezó a reírse y le dijo que no era necesario hacer tal barbaridad, que como él había llevado la escopeta podían salir y en un momento "apiolar" un par de ellos, que el problema no era ese, sino que decidieran salir de espera de marranos esa noche y tuviera que tirarles con la caña de la escoba.

Al rato de la llegada de Manuel tomaron los tres el camino de "piedras blancas" para darle una vuelta a las cabras. Cuando llegaron al "cerro del mirador" vieron que las cabras iban bien careadas, así que Andrés le dijo a Manuel que se fuera con José y se pusiera en un encierro que había un poco más adelante, que él entraría por debajo para "zapearle" algún conejo.

Nada más llegar al encierro se taparon un poco detrás de unas piedras esperando ver alguno subir espantado por Andrés. El primero no tardo mucho, pero aún menos tardo Manuel en hacerle rodar, y al momento subió otro al que también apioló. Manuel llamó a Andrés y le dijo que subiera, que ya no tenía que matar el gallo y dejar viudas las gallinas. Desde allí tomaron el camino del cortijo con los dos conejos colgados, y nada más llegar le dijo Andrés a Manuel que los fuese aviando, que mientras iba a preparar él todo lo necesario para hacer el arroz.

Aunque Andrés tenía solo quince años era un gran cocinero, pues en la sierra a esa edad raro era el chaval que por la necesidad de aquellos tiempos no sabía cocinar, máxime si de vez en cuando tenían que quedarse solos.

Nada más comer empezaron los tres a buscar la escopeta de Andrés por todo el cortijo, hasta que a José se le encendió la bombillita acordándose de haber visto a su padre por la mañana salir de la casa con las escopetas hacia la nave donde encerraban el grano. Al decir José aquello, Andrés dijo que ya sabía donde estaba la escopeta, que seguro la había escondido en una viga que había encima de la puerta de la nave. Cuando llegaron a la nave Andrés busco una escalera hecha de palos de encina que había por allí y se subió a la viga donde loco de contento encontró su escopeta y su canana.

Cuando por la tarde llegaron las cabras al cortijo las encerraron en el corral y salieron los tres camino del arroyo donde habían decidido hacer la espera. Por el camino le dijo algo Andrés a Manuel que lo dejo sorprendido, ya que estaban en el mes de Octubre y la siega del trigo había sido a principio del verano. Le dijo que estaban los marranos entrando a comer trigo como locos a los barbechos. Al ver a Manuel tan sorprendido le dijo que no le estaba diciendo ninguna tontería, que al haber llovido tanto los días anteriores y haberse ablandado el terreno, los marranos iban buscando los hormigueros para levantar verdaderas barranqueras en ellos y sacar las bolsas de trigo que tenían almacenadas las hormigas, que había veces, aunque le pareciese una exageración, que en unos cuantos hormigueros se hartaba un marrano de comer trigo.

Al llegar a la ceja del llano desde donde se bajaba una pendiente hasta el arroyo donde iban a ponerse, Andrés se paro en seco, le puso la mano sobre el hombro a su hermano y le dijo que le iba a leer "las leyes penales", que como se le ocurriese hablar en el puesto o hacer cualquier ruido le daba un capón que se iba a estar rascando durante al menos una semana. Manuel no paraba de reírse al ver a José con la cara llena de churretes y muy serio mirar sin tan siquiera parpadear a Andrés diciéndole con movimientos de cabeza a todo que sí.

Ya en el arroyo bajaron un poco hacía el río hasta unas piedras donde Andrés dijo que se iba a poner con su hermano. Manuel se despidió de ellos deseándoles suerte y siguió para abajo a ponerse en la postura de "la raja de la piedra", una postura que conocía perfectamente y de la que tenía muy buenos recuerdos, pues hacía poco tiempo había abatido un buen marrano en ella.

Hacía una hora que Manuel se había puesto cuando empezó a oír un guarro bajar por la umbría de enfrente derecho hacia él, pues el ruido cada vez era más cercano. Tan cercano que una de las veces que miró al arroyo lo vio aparecer entre unos tamujos que había a unos cincuenta pasos delante de él. Con la escopeta ya encarada y las pulsaciones alteradas por la emoción de aquellos momentos de espera hasta que el marrano se acercara un poco más para tirarle, oyó un tiro de Andrés que en el silencio de la noche parecía que se lo había pegado en la misma oreja.

Al oír el tiro el marrano que iba a tirar Manuel, se volvió para atrás y se metió en el arroyo dejándolo con tres palmos de narices. Pero en aquel momento empezó Manuel a oír a José con una llantina y dando unos alaridos que en el silencio de la noche ponían el vello de punta. Manuel pensando en lo peor salió corriendo arroyo arriba con todos sus pertrechos arrastrando y el corazón saliéndosele por la boca, pues los quejidos y la llantina cada vez eran más ensordecedores en aquel silencio de la noche. Según iba corriendo como una centella arroyo arriba oyó la voz de Andrés. Se paró a escuchar y ya con más claridad empezó a oírle decir que era un gallina, que los hombres no lloraban por tan poca cosa, y menos de esa forma. Manuel al oír a Andrés hablarle a José empezó a respirar algo más tranquilo, aunque tuvo que pararse y recostarse sobre una piedra para recuperarse un poco de aquel mal rato que había pasado, pues vuelvo a repetir, que Manuel había pensado que había ocurrido lo peor.

Cuando Manuel llegó a ellos con parte todavía del sofoco que había pasado, aún seguía José sentado sobre una piedra con las manos sobre su cara y llorando a lagrima viva, y Andrés delante de él tratando de calmarlo. Al preguntarles que era lo que les había pasado, Andrés le contestó que no había pasado nada, lo único que su hermano era un "cagao", que estando sentados en el puesto habían oído una piara de marranos bajar hacia el arroyo, y al ver que lo iba a cruzar más arriba de donde estaban puestos le había dicho a su hermano que se quedara allí quieto, que él iba a cortarlos, y que cuando los cortó y le tiró a uno que había abatido, los otros en vez de correr hacia atrás como era lo normal habían corrido todos juntos hacia donde estaba José y le habían pasado por encima revolcándolo y llenándolo de tierra por todas partes, pero que no le había pasado nada como para que llorase de esa forma tan escandalosa.

Manuel se sentó al lado de José y le echo el brazo por encima de sus hombritos apretándolo hacia él mientras le decía que ya valía, que no llorara más, que solo había sido un susto. José con su cara aún más llena de churretes que por la tarde por la tierra que le habían echado por encima los marranos y por las lagrimas de la llantina se quedó mirando a Manuel y dejo de llorar. Andrés al dejar José de llorar dijo: ¡menos mal!, se ha callado, pues si no lo hubiese hecho posiblemente le hubiera metido el tapón de la cantimplora en la boca como única solución.

Al final se quedó Manuel con José aviando el marrano mientras que Andrés subía al cortijo a por una carretilla para subir aquel peludo.

Con el marrano ya colgado en el cortijo, Andrés se puso a guisar unas "papas amarillas" para cenar, pues sabía que le encantaban a Manuel.

En la cena ocurrió algo que no debía haber ocurrido nunca. Andrés cogió una jarra de cristal que había en la cocina y la llenó hasta el borde de vino, diciendo que había que celebrar la caza del marrano como lo hacían los mayores, con buenos tragos de vino.

Lo siguiente si les digo que a la jarra le entraban casi dos litros no creo que tenga que contárselo, aunque lo que sí les puedo decir es que durmieron en la cocina justo al lado de la mesa donde habían cenado, pues aunque intentaron llegar hasta las camas lo único que pudieron hacer fue volcar las sillas y tumbarse en el suelo. ¡Cosas de críos!.