¿Las liebres fuman?

Diego Ruzafa

 

Con la edad nos van cambiando muchas de las necesidades físicas. Antes, de joven, después de una noche de fiesta te podías ir a cazar sin dormir nada, a la vuelta podías estar durmiendo dos días. Hoy, con los años, con tres horas de descanso ya tienes bastante, sobre todo si has tenido una siesta reglamentaria.

Es en esos momentos de insomnio es cuando te vienen a la mente recuerdos de antaño, de cuando jugando al futbol te creías Gento, los primeros amores, la mili, discusiones, peleas y, sobre todo a los que nos gusta la caza, lances y anécdotas. Entonces te da por escribirlas y te puedes tirar horas recordando y traspasando al papel las vivencias.

Esta anécdota pasó hace ya bastantes años y, todavía cuando nos reunimos los pocos que ya quedamos de aquella generación, la recordamos con cariño.

En el pueblo estaban construyendo una fábrica de cementos, motivo por el cual se desplazaron desde muchas partes de España ingenieros, técnicos y toda clase de trabajadores especialistas. Gallegos, vascos, andaluces, manchegos, etc. animaron este tranquilo pueblo durante mucho tiempo. Muchos de ellos echaron raíces y hoy en día son unos votantes más de la comunidad.

Entre ellos llegó un Ingeniero de Caminos al que llamaremos P.

Todas las tardes, a la hora del café, nuestro grupo de amigos aficionados a la caza se reunía en el bar del pueblo para hablar de nuestras cosas y jugar alguna partida de dominó. Allí, en la tertulia, cada uno venía contando sus peripecias en los lances de caza de la temporada, exagerando, como es costumbre entre los cazadores.

Cierto día se acercó un señor que se presentó como Ingeniero y que había venido desde Madrid para trabajar en la fábrica de cemento, que estaría en el pueblo sobre un año; que había oído nuestras conversaciones sobre la caza y que él era muy aficionado y quería saber dónde podía ir a cazar por esta zona.

Después de charlar durante varios días, ya que se incorporó a la tertulia dado que por aquella época estábamos negociando la gestión de un coto para el grupo, le propusimos que se incorporara a la sociedad y que, prorrateando la cantidad que íbamos a pagar por el terreno entre los ocho que pretendíamos arrendar la finca, pasando él a formar parte del grupo. La verdad es que su contestación nos dejó un poco descolocados: «no entro porque no sé el tiempo que estaré aquí». Que de todas formas, si hacíamos alguna cacería, que contásemos con el.

No obstante siguió siendo tertuliano y realmente nos demostró qué clase de personaje era. Empezó contándonos historias que ni él mismo se las creía: que si había ido a cazar con Franco, con Marqueses y Condesas, a las mejores fincas de Toledo y de Extremadura; que por su trabajo le habían invitado a ojeos donde se abatían 20.000 perdices puras, y que él cazaba más que nadie: en fincas de Mario Conde, de Samuel Flores, Bertín Osborne, Jesulín y… muchos más y que, en la última que había estado era en Marigutierrez, propiedad del torero Dámaso G. en Albacete; él tenía la mejor escopeta, el mejor perro y el mejor… todo, y así un largo etcétera. Luego pasaba al tema de la pesca y era el mejor pescando truchas y salmones, en una palabra era el mejor en todo «durante todos los santos días que acudió a las reuniones».

Como en todas sus conversaciones el motivo era el «yo», que era lo único de que era capaz de hablar, algunos de los compañeros le fueron dando de lado. Al parecer lo notó y dejó de venir a las reuniones.

Por aquella época, y dado que la temporada de caza comenzaba pronto, teníamos presentada la solicitud para poder ir a cazar a un coto social en la Reserva de Sierra María-Los Velez. Los grupos eran de seis cazadores y la fecha que nos tocó era a mitad de noviembre.

El problema se presentó con la fecha, ya que era sábado y tres de los socios, por tener que trabajar, no podrían ir y, según las normas la cuadrilla, tenía que ser de seis cazadores ya que, caso contrario, perderíamos el turno no teniendo la opción de cazar ese año. Pensamos que el amigo P podía llenar el hueco que nos faltaba. Le llamamos y accedió, aunque alguno del grupo no lo vio muy bien, pero otro comentó que «a falta de pan, buenas son tortas».

Nos pusimos a preparar el viaje y él nos comentó que iría con su coche, ya que no le gustaba ir con nadie. La idea era ir en dos vehículos para ahorrar combustible, pues el viaje de ida y vuelta era de 500 kilómetros. Él se fue solo en su TT flamante, como toda la indumentaria que portaba, más parecido a un maniquí que a un cazador, daba la sensación de que había ido al Corte Inglés y se había equipado la tarde anterior.

Llegamos al pueblo el viernes por la noche, allí nos esperaba mi primo, hombre del campo, rudo y callado como buen hombre de la montaña, con su gorrilla de paño y eterna colilla, siempre apagada entre la comisura de los labios. Ya con años a las espaldas, había sido un cazador por necesidad, ya que había quitado mucha hambre a su familia, motivo por el cual se había convertido en un verdadero maestro, sin tener en cuenta las vedas ni las modalidades. Ahora, ya con pocas fuerzas, estaba retirado, pero no obstante todavía salía a «echar un puesto con su pájaro» de vez en cuando.

Una buena cena en la pensión del pueblo, posterior tertulia y alguna copilla de más, abrieron las historias de caza de cada uno de nosotros. El amigo P se explayó a su gusto, pero como era su costumbre, su conversación era siempre sobre su persona como mejor cazador, mejor tirador, mejor arma… etc. Mi primo, hombre prudente donde los haya, no abrió la boca en toda la noche, solo escuchaba. Luego ya nos deleitó con su sapiencia cinegética de lances imposibles para cazadores neófitos.

Al día siguiente el primo nos acompañó a la sección del coto que nos había tocado en suerte, ya que nosotros éramos desconocedores del terreno. El mismo era bastante llano, con lomas suaves llenas de esparteras y algunas retamas, con el suelo bastante blando por haber llovido el día anterior. Era zona, según mi primo, de perdiz y liebre, y la verdad es que no se equivocaba.

Al poco de iniciar la cacería alguno ya llevaba alguna pieza, yo cacé dos liebres que, dado que mi primo venía conmigo de morralero, las cogió y se las cargó al hombro. Así pasamos la mañana. El amigo P disparó varias veces pero no acertó a ninguna pieza.

Sobre las 12 paramos para dar cuenta del correspondiente bocadillo que, en el caso del primo, era un buen taco de tocino y algunos chorizos que nos ofreció, junto con el vinillo de su raída bota, y la verdad es que todos picamos, ya que eran hechos por él y eso no lo probábamos normalmente.

El primo dijo que tuviéramos una escopeta cerca, ya que donde estábamos era querencia de las liebres y que, en cualquier momento, podría saltar alguna. Se ofreció el amigo P, ya que no había cazado nada.

A los 10 minutos mi primo advirtió que en la parte derecha, tras una espartera, había una liebre «escuchando». Nos volvimos con cautela y, efectívamente, tras la mata se veían las orejas tiesas de una liebre. El migo P cogió la escopeta y encarándola, soltó los dos tiros. ¡La he matado…! —gritó—.

Uno de los perros, al oír los disparos, salió corriendo y, al volver, traía una liebre… CON UN CIGARRO EN LA BOCA.

El amigo P se levantó, cogió sus archiperres, se metió en el coche y se marchó. Ya nunca más vino a una de nuestras tertulias.

Pasó bastante tiempo para que nos enteráramos de quién había sido la idea.