Un fin de semana inolvidable

Rayón

 

Una mañana al levantarse Manuel, temprano como siempre lo hacía, le dijo su padre que se aseara bien y se pusiera ropa apropiada para ir al pueblo a cortarse el pelo, que ya tenía la melena como la de Cristóbal Colón. Manuel empezó a refunfuñar diciendo que podía dejarlo para otro día, que al ser sábado habría mucha gente en la barbería. La verdad de no querer ir al pueblo no era la de que fuese sábado, era que ese día tenía pensado salir a cazar, algo que su padre se "olió", por lo que le dijo que se dejara de protestas y se vistiera, que se iban al pueblo.

Nada más llegar al pueblo le dijo su padre que saliera zumbando para la barbería de "Ponaire", que cuando acabara se marchaban rápido para la sierra, que se había quedado su madre sola y no quería tardar en volver.

Cuando llegó Manuel a la barbería y se sentó en el sillón para cortarse el pelo se empezó a reír a carcajadas, preguntándole después a "Ponaire" si se acordaba de aquel día cuando él era más pequeño que se tiró del sillón al suelo y salió corriendo por la puerta de la barbería con media cabeza pelada y media sin pelar porque le habían empezado a dar la lata unos hombres que había allí diciéndole que "Ponaire" le iba a dibujar un pez en la cabeza como el que le dibujaban los esquiladores a las mulas en la culata. "Ponaire" le contesto riendo que como no se iba a acordar, que se acordaba perfectamente, ya que lo había llevado corriendo detrás de él hasta la plazuela del pueblo que estaba a doscientos metros, que fue donde lo cogió y lo llevo otra vez hasta la barbería medio arrastras como si fuera una fierecilla para acabar de pelarlo.

Estando cortándole el pelo llegó Paco "El Valenciano", que era por el apodo que lo conocía la gente de Baños de la Encina, un hombre que aunque no era demasiado mayor ya estaba jubilado por padecer la silicosis, el mal de las minas. Aquel hombre desde que se había jubilado al no tener otras obligaciones su vida era la caza y la pesca, algo que hacía con verdadera pasión.

Aunque Manuel era un chaval y "El Valenciano" un hombre mayor se consideraban buenos amigos, pues en muchas ocasiones se habían encontrado en la sierra y habían cazado y pescado juntos. Nada más entrar Paco a la barbería le preguntó Manuel que como era que estaba en el pueblo y no en la sierra cazando, que la temporada era corta y se pasaba en un suspiro. "El Valenciano" le contestó que no había ido a cazar porque había quedado con otro y le había fallado y chafado el día, pero que al día siguiente, el domingo, si que iba, que ya había quedado con los hermanos Ortega para ir a "montear" el "Cerro Quedo", y que si él quería también se podía ir con ellos. Manuel le dijo que bueno, que los esperaba en su casa de la sierra a primera hora de la mañana, que pasaran por allí y se iba con ellos.

Manuel le dijo a Paco que de todas formas él se iba a hacerle una espera a los marranos cuando llegara a la sierra. Como Manuel sabía que Paco al tener tanto tiempo libre tenía registrada la sierra y casi siempre sabía donde se podía tirar un buen marrano, le preguntó que donde se podía hacer una buena espera. "El Valenciano" dio una carcajada y le dijo a Manuel que eso no solía decírselo a nadie, que el que quisiera saber que pateara la sierra como lo hacía él, "que para recoger patatas primero había que sembrarlas".

Cuando salieron juntos de la barbería le dijo Paco a Manuel que si le prometía no decírselo a nadie y se iba a poner él le decía donde podía tirar un buen marrano esa misma noche, y que además era muy cerca de su casa. Manuel abrió los ojos como platos y le dijo que eso estaba prometido, que le dijese donde era. Paco le dijo que en el río, que el marrano lo cruzaba por el "Huerto de Juan Manuel", pero que debía ponerse a esperarlo en el lado de "Burguillos", a unos cincuenta metros del río junto a una encina donde se rascaba después de cruzarlo, pero que debía esperarlo hasta tarde, ya que ese marrano posiblemente viniera de muy largo.

Nada mas llegar Manuel con su padre del pueblo a la sierra le dijo a su madre que por la noche iba a tirar un marrano tan cerca de la casa que el ruido del tiro iba a mover la ceniza de la lumbre y hasta la tapa del puchero.

Un rato antes de ponerse el sol tomó Manuel el camino del "Huerto de Juan Manuel", y nada más llegar al río por la parte de "Burguillos" se puso a buscar la encina donde le había dicho "El Valenciano" que se rascaba el marrano. Nada más encontrarla preparo un asiento hecho con piedras detrás de unas matas y se sentó a esperar la llegada del marrano.

Era todavía casi de día cuando empezó a oírlo bajar al trote por un "vereón" que había al otro lado del río, en la parte de "Los Llanos de Rentero". Manuel empezó a pensar que Paco solo se había equivocado en el lugar del que venía el marrano, ya que no venía de largo como dijo, sino de unos doscientos metros más arriba del río, del "Barranco de los Acebuches" que era donde debía estar encamado.

No había pasado un minuto cuando oyó el golpe del marrano contra el agua de la tabla del río y el chapoteo cruzándolo. Hubo un momento que se quedó todo en silencio, posiblemente porque al salir el marrano del agua se había quedado quieto haciendo una "escucha" de la que ellos tienen por costumbre hacer cuando van a pasar por un lugar comprometido y peligroso. Pero al momento empezó a oír sus orejas sonar sacudiéndose el agua como si estuviera aplaudiendo. Casi antes de acabar de oírlo sacudirse las orejotas lo vio aparecer entre unos tamujos camino de la encina donde se rascaba, que fue donde lo dejo llegar para soltarle la "pildora" que le hizo rodar por el suelo para después levantarse y salir corriendo y desaparecer entre unas zarzas que había junto al río.

Manuel trató de encontrarlo, pero viendo que ya era de noche, que había mucha maleza y que el marrano podía estar aun vivo y pegarle un buen susto como ya se lo habían pegado otros anteriormente, pensó que lo mejor era dejarlo que se enfriara y se muriera, que por la mañana habría tiempo de buscarlo.

Cuando llegó a su casa le dijo a su padre lo que le había pasado con el marrano, y que había que ir a buscarlo por la mañana, pero que hiciera el favor de ir él, ya que había quedado a primera hora de la mañana con "El Valenciano" y "Los Locos" -que era como le llamaban en el pueblo a los hermanos Ortega- y no le iba a dar tiempo a bajar a él. Su padre al principio le refunfuñó un poco, pero al final le dijo que se fuera tranquilo, que por la mañana bajaría con la yegua a por el marrano.

No eran las ocho de la mañana del domingo cuando Manuel que estaba sentado en el tranco de la puerta de la casa vio aparecer un coche por el carril en el que venían los hermanos Ortega y "El Valenciano" a buscarlo. Cuando se bajaron del coche Manuel vio que venían acompañados por otro hombre joven que le presentaron como José Luis, un madrileño que estudiaba minas en la escuela de Linares al que según le dijeron le gustaba la caza más que a un niño un caramelo, que le había entrado el gusanillo de ella hasta la medula.

Se subieron todos al coche y tomaron el camino de la presa del Rumblar para cruzarla por la carretera que pasaba por encima de ella hacia la sierra. Cuando llegaron a "Los Corralillos del Platero" se desviaron por un carril que los llevó hasta la misma base del "Cerro Navamorquín". Allí se bajaron del coche y "El Valenciano" como "capitán" de cuadrilla les dio las pertinentes instrucciones. Les dijo que a partir de allí podían ir cazando las perdices, pero que cuando llegaran al "Arroyo de la Casilla del Estaño" dejaran de pegar tiros, que por la proximidad que había de allí al "Cerro Quedo" que era el que iban a "montear" ya no se podía tirar, que si había alguna res se podía mover espantada por los tiros antes de que llegaran ellos.

Cuando iban subiendo por la falda del Navamorquín se les arrancó un zorro al que le soltó Manuel un tiro que lo dejó tieso. Manuel quiso gastarle una broma a José Luis. Le dijo que si quería llevarse la piel de aquel bicho se lo metía en el morral y cuando llegaran arriba se lo pelaba para que se la llevara, que era muy bonita. Cuando José Luis dijo que sí, que le encantaría llevarse la piel de aquel animal, bajó "El Valenciano" hacia ellos diciéndole a José Luis que no le hiciese caso al "putaditas" de Manuel, que se lo decía para cuando el zorro se enfriara en el morral se le fueran todas las pulgas a su cuerpo, que no era la primera vez que con esa broma habían tenido que desnudar a alguien y lavarlo en un arroyo para quitarle las pulgas y garrapatas de algún zorro por la dichosa bromita de Manuel.

Nada mas llegar arriba, al "Arroyo de la Casilla del Estaño", "El Valenciano" sujetó los perros y mandó al resto del grupo a ponerse donde anteriormente les había dicho que debían hacerlo, que en veinte minutos soltaba los perros.

Al momento de estar puestos empezó Manuel a oír una "ladra" de los perros y, seguidamente, el monte crujir hacia él como si viniese una apisonadora. Sin saber lo que venía hacia él se preparó con la escopeta encarada hacia el lugar por el que le parecía que asomaría lo que fuese, algo que pronto averiguo al ver por encima de las jaras las cuernas de una "collera" de venados que venían a salir del monte como centellas. Nada más salir el primero, como a unos veinte pasos de él, le apuntó algo delantero para no dejar el tiro atrás por la velocidad que llevaba y le soltó el "escopetazo" haciéndole caer dando tretas. Cuando con la vista buscó al otro ya iba por el pecho de enfrente, a unos sesenta o setenta pasos. Puso con él, le zurro el otro "pelotazo" de plomo y también lo tumbo, pero después se levantó cogiendo a Manuel con la escopeta vacía, aunque a unos cien metros, en un arroyuelo que había mas abajo lo pararon los perros y lo remató Juanito Ortega con el cuchillo.

Cuando llegó "El Valenciano" donde ya estaban todos juntos contemplando los dos bichos, sacó la navaja del morral y se puso a aviar uno, diciéndole a Manuel que se liara con el otro, que para eso lo había abatido él. Mientras aviaban los venados Luis Ortega se marchó a una casa de pastores que había cerca de allí para tratar de convencer a alguno de ellos para que con una caballería les bajara los venados hasta el coche.

Al poco tiempo de haber acabado de aviar los venados llegó Luis con un pastor que traía una caballería de reata dispuesto a bajarles los venados a cambio de la propina que le había ofrecido. Con los venados ya cargados en el coche tomaron el camino de vuelta hasta la casa de Manuel. Cuando llegaron a ella descargaron los dos animales, y mientras en la cocina el padre de Manuel y "El Valenciano" hacían las partes de la carne como allí había por costumbre hacer en aquellos tiempos, la madre de Manuel sacó unas botellas de vino con algo de picar, y en animada tertulia estuvieron hasta el amanecer contándose unos a otros viejos lances y las peripecias de ese mismo día.

¡Ah! se me olvidaba. Cuando llegaron a la casa de Manuel, lo primero que hizo su padre fue enseñarles el marrano que tenía colgado en la cuadra, que era el que había tirado Manuel la noche de antes en el "Huerto de Juan Manuel" y él había ido a cobrar por la mañana.

La verdad es que fines de semana como ese en cuestiones de caza se suelen dar pocos, máxime cuando son disfrutados entre unos pocos amigos como había sido el caso de aquel.