Un conejete para el arroz

Diego Ruzafa

 

Había pasado ya de los 90, aunque no se acordaba de cuántos.

Vivía en un pequeño pueblo de la parte norte de Almería.

Como él decía, “con mi edad ya no valgo pa ná”, aunque todavía (aún en contra de su familia) todas las mañanas cogía su desvencijada bicicleta, cargaba su vieja escopeta del 16, y se hacía los 5 kilómetros que le separaban de su cortijo.

Cuando algún conocido le preguntaba, siempre contestaba lo mismo: “voy a por un conejete p´al arroz”. Así llevaba ya varios años sin que nadie viera nunca el dichoso conejete.

Aunque como personaje criado en el campo, y al tener poco contacto con el mundo exterior, era un poco uraño (solo había salido del pueblo para hacer la mili, de donde se había traído su “mocha”). No obstante, cuando se reunía con algún amigo, de los pocos que tenía, y ante un buen vaso de vino, la lengua se soltaba y contaba sus días a la caza del conejete. “Pues lo que decía –contaba-, llego al cortijo, dejo los archiperres, subo al cerrete donde están las bocas, me´spatarrago y desde allí, cuando entran o salen los conejos… pum… pum”.

Esta era su historia desde hacia ya varios años. No se le había visto ningún conejete, unos decían que era motivo de las cataratas que no le dejaban ver. Los “mas inteligentes del campo” setenciaban que es que estaba “perletico” y que temblaba tanto que no podía darle ni a un pajar.

El tio Juan murió cerca de los 100, sin saber cómo era tan mal tirador.

Junto a su María habían sido padres de cinco hijos, dos de ellos todavía vivían en el pueblo, los otros tres en la época de crisis después de la guerra habían emigrado, dos de ellos a Barcelona y el otro a Murcia.

El Jose, el de Murcia, tenía dos hijos. Dada la cercanía desde Murcia al pueblo, visitaban al abuelo con bastante frecuencia. El abuelo Juan se vanagloriaba de tener “dos nietos como dos soles”.

El pequeño se pasaba todo el día con su abuelo, se iba a cazar con él y una de sus mayores aficiones era ayudar a su yayo a recargar los cartuchos.

Así pasaban los años y aquellos pequeños ya se hicieron unos mozalbetes. Siguieron visitando al abuelo.

El pequeño se fue a estudiar a la Universidad de Murcia y, ya que había vivido con su abuelo el amor por los animales, se inscribió en Veterinaria.

Ya desde el inicio de la carrera se agregó a un grupo ecologista.

La realidad de que el abuelo se fuera al otro mundo sin conseguir “un conejete para el arroz” fue que el nieto, defensor de los animales, recargaba los cartuchos CON MAIZENA.