Un manchego en Gredos

Emilio Negrillo

 

Desde hace años vengo practicando el senderismo —sobre todo— de montaña. Mi baja en monterías comerciales y el amor al campo me han llevado a pasar muchas horas de caminata y disfrute de la naturaleza. Esta actividad me reporta grandes satisfacciones y me ayuda a mantener —en cierta forma— las más de siete arrobas de mi anatomía.

Hace un tiempo recorrí parte de Gredos en su cara sur. Los pinares de Navarredonda, las pozas de la Garganta de Valdeascas y —como fin de fiesta— la Laguna Grande, fueron parte de mis andanzas.

Impresionantes son las vistas desde los Barrerones y el Círculo Glaciar. Pude disfrutar del agua de su Fuente y de unos deliciosos huevos fritos en el refugio Elola. Después, un tramito del Almanzor y vuelta a la Plataforma en Hoyos, todo en el mismo día. Era julio y me pasé un poco de vueltas, la piedras de granito, las escobas, el calor y la falta de sombras hizo el resto. Aquello era un erial salpicado de escobas. Juré no volver más a Gredos.

Mira por donde, el pasado noviembre fui agraciado con una hembra selectiva en Gredos y —desconociendo la cara sur—, decidí pedirla y tratar de hacer las paces con esta zona de España. Debo aclarar que la caza mayor para mí se reduce a recechos selectivos en cualquiera de sus especies, corzo, ciervo, rebeco, etc. Con 40 años de profesión a mis espaldas y más del 95% de caza —que me corresponde— ya «colgada», es lo único que me satisface, además de correr tras las perdices en mi tierra natal La Mancha.

Finalmente, el rececho quedaría fijado para enero y —como viene siendo habitual— me acompañaría Mª Eugenia. Decidimos pasar la noche anterior en Guisando, por estar cerca del cazadero y seguir el consejo de C.J. Cela: ver «el pueblo de más bellas vistas de España».

El día anterior preparo los pertrechos y decido acompañarme del viejo S.B. Poco más, ya que el tiempo prometía esplendido —como así fue—, un par de chubasqueros, cámara, prismáticos, bastones y las tragaleguas más veteranas.

Después de comer en Arenas, subimos a Guisando y estiramos las piernas en parte de la senda que sube al Mira. Las vistas desde el Nogal del Barranco son una pasada. La temperatura era espectacular y llegué a tener que espantar alguna mosca. Impresionante ruta que asciende hasta el pico de La Mira por los Galayos, dejando a un lado el refugio Victory. Después del paseíto, pudimos ver una punta de cabras guisandesas y únicas bajo el control de Fidel, uno de los pocos cabreros que pueblan estas serranías.

Más tarde, recibiríamos a Carlos, guarda del cuartel asignado para el rececho. Es un zamorano de 48 años, afincado en Gredos desde hace 25 y —que a medida que transcurre la conversación— nos hace partícipes de su amor por la montaña y las monteses.

Nos pasará a recoger a las 8 y cazaremos parte de su oficina, Garganta Lóbrega.

El día amanece espléndido. Nada de aire, nada de frío y nada de camisetas térmicas y plumas. Un café, barrita con aceite y al Land Rover. ¿Cuánto me acordaría después de los almuerzos manchegos?

No os he contado. Nací en un pueblo de Ciudad Real hace 57 años, donde lo más alto es un cerrete que no tendrá 100 metros de alto. Mi desayuno habitual, un trago de leche o zumo y hasta las dos que coma. Todo eso va al traste los días de caza. Si es de mayor —antes del sorteo— son migas, chorizo, sardinas y unas guindillas fritas. Café, perrunillas y un par de copas de anís. Si de menor, desayuno un café y, en el almuerzo de las 10, todo lo que haya en el zurrón. Y me sienta fenomenal, no como los churros de la calle O´Donnell.

Después de una hora —hasta el Pº de Candeleda y pasado el puente del Puerto—, dejamos el auto acabada la pista. Enfrente, Garganta Lóbrega. Aquí empezó mi reconciliación con Gredos. Dos arroyos —el del Castaño y de los Cabrones—, vierten sus aguas en el Lóbrego que ruge con las recientes lluvias. Las torrenteras surcan la senda de herradura perfectamente dibujada en el horizonte y que se pierde, a los pies de los espectaculares espolones rocosos del Almanzor.

Frente a nosotros, una impresionante mancha de robles, enebros y encinas acoge a dos enormes venados que Carlos nos ofrece a través del telescopio que lleva en su mochila. Este no es el Gredos que recordaba en la cara Norte, donde los canchales de piedra y los pelagartares tenían su reino.

En un recodo de la senda aparece un aprisco con sus corríos para el ganado. No me lo puedo creer, en el S-XXI un cabrero con su majada, berengones y borriles, para una punta de cabras —esta vez verato-murcianas—. En un momento, regreso a La Mancha con mi abuelo mostrándome el conjunto. La impresión es brutal con este «dejá vu».

Dejamos la Majada del Tío Jacintón para seguir adentrándonos en la Garganta y llegar, a una segunda —del Castaño— abandonada. Podemos apreciar las condiciones en que vivían y viven estos Serreños. No me puedo imaginar el frío que debe de entrar por estas piqueras y las largas noches de invierno.

Las cabras se hacen esperar. Carlos ameniza la jornada con unos espectaculares machos al fondo —uno de ellos plata segura— a través de los prismáticos. Un precioso Macho Montés, símbolo supremo de la vida en libertad. Amigo de las rocas pulidas al chorro de arena.

Un acercamiento nos deja a 300 metros de la primera selectiva, pero su magnífica vista pone tierra por medio. El mimetismo de estos animales me tiene impresionado, no puedo verlas. Señores, en Gredos no hay tierra, hay risqueras, piedras rodadas, chinarros de mil quilos, pero lo que se dice tierra, tierra, no. Así no te manchas las botas. No sabía que la vista era tan aguda en estas reses. Imaginaos el acercamiento a un gran macho en lo alto de un risco vigía.

Son las dos y la cabra no aparece. Una hembra de jabalí precede alegremente a cuatro primales en el pecho de enfrente y nosotros, paramos a otear al borde del arroyo de Los Cabrones, lugar este que parece el sitio de retorno al plan ‘b’ de la tarde, ante la ausencia de resultados. Las monteses bajan cuando hace frío y nieva. Hoy hace un día caluroso de enero y están «mu largo», en lo más alto.

Para nosotros —los manchegos— no hay nada lejos, todo está largo o «mu largo». Es curioso, la gente de montaña es como más directa. Está acostumbrada a ver las cosas de otro modo, con un poco de barranco en medio. Para mí, las cabras —a estas horas del mediodía y sin almorzar—, son «ilusiones a diez kilómetros de esperanza» parafraseando a Ussía.

Pero mira por donde —a la vuelta—, entramos de nuevo al barranco del Castaño y —subiendo por la torrentera—, Carlos me avisa de la presencia de otra selectiva. El cambio de ritmo está acabando con las mermadas fuerzas de que dispongo y la cabra se oculta en el fondo, lo que me permite coger de nuevo el resuello. Esta vez la llamada de mi compañero es acuciante. Los últimos cien metros de subida me dejan ante un precioso ejemplar. La encaro y el trallazo del 300 hace lo demás. El estampido recorre todo el valle y acaba desgarrándose en la cumbre de Los Hermanitos.

El silencio se apodera del ambiente. La intimidad de este momento es inimaginable. La ceremonia ha terminado y los veteranos depredadores sellan con un abrazo este ancestral rito conservacionista.

La cabra es un precioso ejemplar de 14 años. Cumple con todos los requisitos para ser objeto de su selección. Hacemos las fotos y compartimos lo de la mochila (zurrón), manzana y un poco de chorizo. Barritas energéticas y agua. Son las tres de la tarde y aún queda trecho para llegar al coche.

El regreso —más relajado— permite ocuparme de Mª Eugenia, que no se ha quejado en toda la jornada, ha inmortalizado esta Garganta y camina alegremente detrás. Son las cinco cuando guardo el arma en la funda, escuchando el latido de los perros que nos despiden desde el hato de la majada.

Ya hace unos días que empecé con este relato —de regreso a Madrid—, pero mi alma continúa por esas cumbres de Gredos. Creo que Carlos las adora, porque ellas le permiten asomarse y estar más cerca de su Zamora natal.

Pronto volveré, tomaré un vino en el refugio Victory y brindaré por mis amigos y amigas de las rocas pulidas.


Madrid febrero de 2014