Un lance… que ni yo me lo creo

Diego Ruzafa

 

Estuvimos por la noche de espera. A excepción de los mosquitos y de los grillos, no oímos nada en toda la noche y aguantando cuatro horas sin fumar, aquello fue muy duro.

Recogimos los archiperres y a las 2 de la mañana ya estábamos pasando calor en la cama.

A las 6 me llama Latiguillo: Oye, que ya tengo el permiso para coger cangrejos, que si nos vamos…

La verdad es que, en ese momento, me acordé de toda su familia pero, como uno es así, le dije que sí. A las 7 ya estábamos en marcha.

Una hora más de viaje y a las 8 comenzamos a colocar los reteles. Entre colocar, quitar, poner, medir y devolver los pequeños al río se pasaron las horas.

Sobre las 12 pensamos en dar cuenta de los bocatas y las cervezas fresquitas que, con el calor que hacía, se agradecían mucho.

No sé si fue por el calor o por las cervezas fresquitas, la verdad es que después de almorzar nos entró un sopor que, potenciado por la fresca hierba y por el murmullo del agua, invitaba a una buena siesta y que, sin darnos cuenta…

Cuanto voy al monte siempre me gusta llevar un regalo que me hicieron mis amigos hace ya bastantes años, mi cuchillo de remate que, por suerte, todavía no he tenido que utilizar y que no sé si llegado el caso tendría valor para usarlo y que, más que cuchillo, parece la tizona, el podenquero, y que siempre llevo conmigo para… cortar el tocino y el chorizo, ya que buen filo sí que tiene…

No sé exactamente el tiempo que pasó hasta que me desperté. Somnoliento aún, oigo como un chapoteo a mi derecha y luego alguno más. Me levanto despacio y no veo nada, solo el chapoteo y algún gruñido como de jabalí.

Como el aire me da en la cara, me ‘envalentono’ y me acerco un poco más. A unos 15 metros estaba la hembra y sus seis jabatos tomando su alegre baño. Me quedé unos minutos mirando la fantástica estampa hasta que, de pronto, un bufido y salen como diablos por la trocha que había entre los zarzales que se adentraban en el monte y que, casualidades, estaba a cinco metros de donde me encontraba.

Coger el cuchillo por la hoja y tirárselo todo fue uno (lo mismo le podía haber tirado un bote de cerveza o la cangrejera) ya que a una velocidad endiablada desaparecieron de mi vista.

Como iba en pantalón corto y el cuchillo lo había tirado entre los zarzales, me estuve maldiciendo un rato haciéndome la idea de cómo lo iba a pasar entrando en las matas a buscar el cuchillo.

Me puse a dar vueltas al zarzal y, a la segunda vuelta, observé una mancha de sangre sobre una pequeña mata. Un subidón de adrenalina, los latidos del corazón que no los podía parar y… a pistear.

El reguero de sangre cada vez se iba haciendo más grande hasta que, a unos 50 metros, vi brillar el metal de la empuñadura del cuchillo.

Allí estaba clavado en el costado de un bermejote.

Cangrejos… una docena.

Diego Ruzafa